Tomás de Torquemada: el primer Gran Inquisidor

La inquisición, cuyo significado verdadero era «investigación», puede definirse como una institución creada por la Iglesia para hacer frente a la herejía en todas sus formas. La idea de que había que castigar la disensión con toda la fuerza de la que se disponga es una idea tan antigua como el cristianismo mismo. Los cierto es que poseían ya de tribunales espirituales agregados a todas las sedes. Incluso a veces los obispos instituían la denominada «inquisición general» lo que realizaban era una investigación de un determinado distrito. Aunque la imposición del castigo corría por cuenta de los obispos, estos, rara vez la imponían pues tenían su tiempo ocupado en otros diversos asuntos que les era imposible. En el transcurso del siglo XIII el papa fue creando de forma gradual una organización denominada Inquisición y que ahora se denomina «medieval» o «pontificia» para diferenciarla de la española que ha llegado a adquirir tan mala fama.

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La orden dominica ha quedado ligada a esta institución desde el primer momento. Nunca tuvo la oficialidad de la organización pero parece que eran los que mayoritariamente se dedicaban a ocupar los puestos relevantes.

La Inquisición pontificia ha demostrado ser la más eficiente. Se creo una red compleja de jerarquías muy detalladas. Llegaba a todos los lugares y donde aparecía, el miedo y el terror hacía acto de presencia. Contaba con el apoyo de la autoridad secular que había acogido con agrado su introducción; poseía prisiones propias y envolvía todos sus asuntos en un secretismo inquebrantable. La Iglesia había rechazado durante mucho tiempo la tortura, pero esta fue autorizada de forma oficial mediante bula papal en 1252. El inquisidor vivía de las propiedades confiscadas a las víctimas, cosa que ocurría inmediatamente. No se permitía abogados defensores y se ocultaban los nombres de los testigos que acusaban al acusado.

La Inquisición no se ocupaba de los castigos, sino de salvar almas, de los asuntos espirituales. La sentencia no la dictaban los inquisidores solos, sino un grupo más numeroso del que formaban parte varios expertos en cuestiones teológicas y doctrinales, incluyendo algún delegado del obispo a cuya sede perteneciera el acusado. Normalmente los herejes impenitentes eran quemados. Las reincidencias solían castigarse con cárcel, pero el negarse a cumplir avocaba directamente en la hoguera. La sentencia no la aplicaba la Inquisición directamente, e entregaba a los condenados a las autoridades seculares. La lectura y ejecución pública paso a ser una institución, además de un espectáculo popular.

Uno de los grandes errores de de la Inquisición que llevo a su decadencia en el siglo XV fue que no llegaba a la totalidad del mundo cristiano. Alemania estuvo libre de ingerencias e Inglaterra se libro totalmente. La única autoridad central de la Inquisición medieval era el papa, quien tenía demasiadas ocupaciones como para prestarle mucho a esto.

En España esta decadencia era muy visible, en algunas regiones las autoridades seculares se habían mostrado en otro tiempo especialmente celosas en promover las leyes contra la herejía. Pedro II de Aragón fue el primer gobernante medieval que prescribió la hoguera para herejes en 1197. Jaime I en el siglo XIII destaco por su severidad. Fue en su reinado cuando se creo la Inquisición medieval aragonesa que comenzó a actuar en el siglo XIV y sus principales víctimas fueron los fraticelli, franciscanos cismáticos, que a pesar del papa, persistían en atenerse a lo que consideraban como la prístina sencillez de la orden, y también los conversos del judaísmo o el islamismo que se mostraban débiles en su fe.

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En consecuencia, fanáticos clericales y fracasados políticos empezaron a hacer campaña en pro de la introducción de este sistema en Castilla, como un problema criptojudio, que eran el «coco» de aquéllos y los rivales de éstos. Durante el reinado de Juan II de Castilla, el impopular ministro del Álvaro de Luna chocó con la oposición de un par de obispos que casualmente eran de extracción judía, obtuvo del papa Nicolás una delegación de poderes inquisitoriales en ciertos altos dignatarios eclesiásticos, a quienes se faculto de modo específico para proceder incluso contra el episcopado. Y ya en el reinado de su sucesor de Juan, Enrique IV la agitación adquirió una forma más amenazadora.

Isabel la Católica, hermanastra de Enrique, accedió al torno en 1465, con la guerra civil de por medio. Durante un tiempo se dedico a los problemas importantes. Pero le merodeaban eclesiásticos y notables que siempre le estaban azuzando para castigar a los conversos. Entre ellos estaba nuestro protagonista, un fraile dominico de ojos hundidos, de rostro demacrado que se llamaba Tomás de Torquemada, Valladolid (1420-1498), Había sido confesor de la reina cuando está era una infanta y se oponía a los judías aunque él mismo era de extracción judía. Pero incluso hubo algún inquisidor que lo superaba en acciones, fray Alonso de Hojeda y pedía con urgencia que se tomasen medidas extraordinarias y, si llegaba el caso, violentas contra los enemigos de la fe. El papa Sixto IV, menos vehemente, pero esperanzado, invistió a su legado en Castilla de plena autoridad inquisitorial.

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Isabel era prudente y se encontraba por completo bajo la influencia de su esposo Fernando II de Aragón, quien ha quedado para la historia como uno de los gobernantes más astutos y egoístas de todos los tiempos. No iban los monarcas a permitir la injerencia externas en los asuntos del reino. En Sevilla se llevo acabo una investigación que demostró que la herejía se hallaba muy extendida por Andalucía, así como por Castilla. La guerra civil acabo en 1477, Isabel, para afianzar la paz, se traslado a Sevilla donde permaneció durante más de un año, administrando justicia sin contemplaciones y luciendo el mismo atuendo más de una vez. Isabel dudo, hasta que un episodio fortuito reforzó la posición del fanático. El miércoles 18 de marzo de 1478, un joven caballero penetró en la judería con el propósito de terminar una faena pendiente con una joven judía que lo tenía enamorado locamente. Al entrar en la casa de la muchacha, encontró a varios judíos y conversos reunidos para una celebración misteriosa. Era, esa noche, víspera de la Pascua judía, y era evidente que se habían reunido para celebrar el oficio tradicional llamado seder que normalmente suele caer en abril. También tuvo la mala suerte de coincidir con la Semana Santa. Todo se conjunto para que se creara la leyenda y la noticia se propago como la pólvora por toda la ciudad: que aquellos bribones se habían reunido para blasfemar contra la religión cristiana, y el creador, en los días de su Pasión.

El prior de San Pablo, al hacerse eco, aprovecho la ocasión y se presento con los argumentos delante de la joven reina, lo que la motivo a tomar medidas. Se envió inmediatamente a los embajadores españoles ante la Santa Sede para que obtuvieran la bula para autorizar la creación de la propia Inquisición. El papa Sixto intento hacer oídos sordos para poder mantener el control de la institución.Pero en noviembre de 1478, comento en una bula la gran cantidad de cristianos falsos en España, y dio poder a los soberanos españoles para que nombraran a tres obispos u otras personas idóneas o cualificadas para el caso, doctas en teología o en derecho común, que fueran sacerdotes y mayores de 40 años. Y así fue como se fundó la Inquisición española.

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Durante dos años las futuras víctimas disfrutaron de una calma relativa por la puesta a punto del funcionamiento de la Inquisición. Pero el 17 septiembre de 1480, Miguel de Morillo, maestro en teología y Juan de San Martín, bachiller en teología, comenzaron a calentar motores; el día de Navidad llegaron a Sevilla y al día siguiente se organizó una solemne procesión para dar toda la pompa y el boato a la nueva institución católica.

Sevilla era el centro por excelencia de los cristianos de nuevo acuño. Los marranos, que así se denominaba a los judíos conversos o no, decidieron resistir con todas sus fuerzas, son la esperanza de ser apoyados por sus con ciudadanos. Diego de Susan, mercader inmensamente rico ─su fortuna se estimaba en 10 millones de maravedíes─, tomo la iniciativa ya que había sido elegido como uno de las ocho personas para sostener el palio en el bautismo del infante Juan. Se asociaron junto a él, otros mercaderes y miembros del ayuntamiento. Se reunieron y propusieron entre todos aportar a la causa dinero, hombres y armas. Pero en el último momento el secreto fue traicionado.

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Resulta que Diego de Susan tenía una hija llamada Susana, de bella tal, que se la conocía como «la hermosa hembra». Esta mantenía una relación intrigante con un caballero de cristiano linaje, Diego de Merlo, al que le contó los planes por culpa de la supuesta confianza desmedida que crean los asuntos amorosos. Así, que el cristiano señor, se vio en la obligación de advertir a los inquisidores, con lo que todos los principales ciudadanos de Sevilla quedaron bajo su poder. Se detuvieron además a algunos magistrados y demás dignatarios de la ciudad. Fueron juzgados deprisa y corriendo y, por supuesto, condenados a muerte. El 6 de febrero de 1481, tuvo lugar en Sevilla, el primer acto de fe, y seis hombres y mujeres fueron quemados vivos.

Pronto hubo un segundo acto de fe y el propio Diego de Susan fue depurado en esta ocasión. Iba encadenado y el pesado dogal se arrastraba por el fango, pidió a un «buen samaritano» si podía ayudarlo pidiéndole «ten la bondad de levantar el extremo de mi bufanda africana» de forma cortés. Para la ocasión se había construido un quemadero en los arrabales de la ciudad, en el Campo de Tablada. Se habían colocado en las cuatro esquinas las figuras de los cuatro profetas principales, para que pudiesen observar el castigo ejemplarizante que se le daba a los suyos por insistir en sus creencias.

La hija de este, Susana fue protegida por Rainoldo Romero, obispo titular de Tiberias, que la hizo ingresar en un convento. Pero una mujer tan casquivana no soñaba con la vida contemplativa y a las primeras de cambio se fugo. Adopto lo que entonces se llamaba «una vida de vergüenza» y fue de mano en mano, de brazo en brazo, de cama en cama de amantes, hasta que una vez perdida la belleza y los encantos acabo en manos de un abacero. Finalmente murió en la indigencia. Eso si, antes de fallecer, dejo dicho que su cráneo fuese expuesto encima de la puerta de acceso a la casa donde había mal vivido en los tiempos de perdición. Poco después recibió la calle el sobrenombre de «Calle de la Muerte». Allí permaneció durante siglos la calavera, y decían, que a veces, en medio de la noche, de las mandíbulas descarnadas surgían extraños gritos de dolor y remordimiento.

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Sabiendo los marranos que se iba a poner en funcionamiento la Inquisición, huyeron en tropel de Sevilla, huyendo a buscar refugio en los alrededores bajo el paraguas de magnates locales. Pero las ordenes de entregar a los furtivos llegaron inmediatamente. Y el terror era tan descomunal que las ordenes se obedecieron al pie de la letra y se entregaron a los escapados. Por ejemplo, en el marquesado de Cádiz se entregaron a unas 8 000 persona, conociéndose al marqués como uno de los mejores cumplidores con el Santo Oficio de todos los nobles castellanos.

Durante la epidemia de de peste, se prohibió la salida de los conversos cuya reputación era intachable, solamente podían irse si dejaban todas sus pertenencias, lo que hacía que no hubieran escapadas. Los inquisidores se trasladaron a Aracena y cuando la peste comenzó a disminuir volvieron a Sevilla. Siguieron organizando autos de fe sin descanso y por lo menos uno al mes se celebraba. Hasta los muertos tuvieron sus autos de fe, eran exhumados y quemados tras un simulacro de juicio. El 4 de noviembre ya habían sido quemadas 298 personas y 98 habían sido condenadas a cadena perpetua.

El papa recibió apelaciones que solo encontraron la ventura de que este expresó su desaprobación a los métodos severos que eran excesivos. Desde el principio de la Inquisición española, se redactaron una serie de normas a seguir, muchas de ellas ridículas, para poder descubrir a los judaizantes: lavarse las manos antes de las plegarias, cambiarse la ropa interior los sábados, poner nombres a los niños sacados del Antiguo Testamento o ponerse cara a la pared antes de morir. Se perdonaba la vida a los chivatos de los judaizantes y la Inquisición obligo a los rabinos para que obligaran a sus fieles que descubrieran quienes eran los falsos. Un rabino de Zaragoza, bajo amenaza de muerte, tuvo que pedir sus seguidores que obedeciesen a los inquisidores públicamente y les contaran todo lo que sabían de los marranos bajo la pena de excomunión.

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Como el trabajo se acumulaba, hubo que nombrar tribunales complementarios. El 11 de febrero de 1482 el breve pontificio nombro siete inquisidores, entre ellos, Tomás de Torquemada, el confesor de la reina, que hasta el momento estaba contento con su papel en segundo plano. Se nombraron nuevos tribunales en Ciudad Real, Córdoba, Jaén y Segovia. En Córdoba una de las primeras víctimas fue la amante del tesorero de la catedral, que también fue quemado. El tribunal de Ciudad Real fue creado para la provincia de Toledo. En su primer auto solo fueron condenadas cuatro personas; en el segundo, que fue a finales del mismo mes, la cifra aumento hasta 30 vivos y 40 que habían muerto ya o huidos. En dos meses de existencia este tribunal quemo a 52 herejes y condenó a 220 fugitivos, además de sentenciar a 183 personas a hacer penitencia pública. Ya en 1485 se traslada a Toledo la sede del tribunal.

Con el fin de perfeccionar la organización, se nombra a Tomás de Torquemada jefe del consejo supremo que se creo para coordinar los tribunales locales de Castilla y León, que se hizo extensiva al reino de Aragón, incluyendo a Cataluña y Valencia. Así se centralizo todo y se creo la institución de Gran Inquisidor.

A partir de este momento la Inquisición se hizo, aún si cabe, más celebre, tristemente, y se extendió a toda España. El celo personal la obligaba a no dar veredictos absolutorios. Torquemada era un asceta. Para darle a su cargo la dignidad que el suponía que merecía, se rodeaba de un séquito principesco y residía en palacios. Mantenía una guardia personal de cincuenta familiares armados doscientos infantes, y a sus subordinados se les permitía diez jinetes y cincuenta arqueros por cabeza. Cuando aparecía este cortejo, las puertas de las ciudades se abrían rápidamente. De hecho acumuló tantas riquezas que vivió permanentemente con el temor de ser asesinado.  La actividad de Torquemada en Castilla llego a su punto álgido cuando procedió contra dos prelados de conducta intachable y gran sabiduría, pero que eran de origen judío: Pedro de Aranda, obispo de Calahorra y Juan Arias Dávila, obispo de Segovia. Los dos fueron enviados a Roma para comparecer al juicio. Dávila falleció antes de la sentencia y Aranda fue despojado de las órdenes sagradas y depuesto de sus funciones. Toda la acusación se basó en rencores y prejuicios.

En Aragón fueron reticentes a usar los métodos de la Inquisición castellana. Pero al final cedieron. Pero los conversos aragoneses eran influyentes y adinerados y se opusieron con toda su fuerza. Poco después del primer auto de fe, el 10 de mayo de 1484, el inquisidor Gaspar Juglar fue encontrado muerto. Parece ser que envenenado, pero las pruebas no eran muy convincentes.

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Tomo pues, el relevo, Pedro Arbués, canónigo de la catedral de Zaragoza, y se centro en los conversos. Ahora, casi todos los conversos se hallaban en manos del tribunal de Zaragoza para ser condenados cuando les placiese. Los nombres de grandes familias como Santángel y los Sánchez aparecen de forma monótona en los anales del tribunal. Hasta el historiador de la corte, micer Gonzalo de Santamaría, murió en prisión después de ser acusado y juzgado tres veces. En el plazo de 15 años se habían celebrado más de cincuenta autos de fe y casi todas la familias de cristianos nuevos tenían a alguien a quien llorar. En 1488 comenzó su actividad en Barcelona. Al año siguiente se creo en Mallorca el tribunal para las Islas Baleares. Es curioso que pese a lo escaso de población de las islas, equitativamente en escarnio fue de tamaño desproporcionado con respecto al resto del país. La huida a las provincias meridionales de Francia, empezó a adquirir proporciones alarmantes.  La maquinaria del Vaticano se puso en marcha, y el papa Inocencio VIII exigió a los países extranjeros que entregaran a los fugitivos que se habían escondido en sus tierras. Los soberanos españoles se mostraron, incluso dispuesto a usar las armas, eso si, contra países pequeños e inofensivos.

En 1492, con la expulsión y desmembramiento del califato de Occidente, después de siete siglos de batallar, el celo religioso español, había llega a su punto más alto. Solo era un vestigio de comunidades florecientes del siglo pasado, que ya se habían encargado de mermar con la leyes anti judías y las matanzas sin sentido.

TorquemadaEn el siglo XV, la historia amañada de un asesinato ceremonial en la ciudad de Ávila, con fines rituales, de un niño en La Guardia que fue perpetrado por judíos y conversos, fue utilizado por Torquemada como prueba de que existía complicidad entre los dos grupos. Pero a pesar de la falsedad del acontecimiento, la Inquisición se vio renovada con más valor para acometer nuevas capturas y, en ocho años, 70 personas pagaron a causa de esta absurda y única acusación. También se da el paso definitivo hacía la unidad religiosa de España. El 30 de marzo de 1492, en la cámara del consejo en la Alhambra de Granada, los soberanos españoles formaron el decreto que mando al exilio a 200 000 españoles leales, cuyos antepasados habían vivido en el país desde tiempo inmemorial. Cuatro mese después ya había sido expulsado el último judío y Torquemada veía su sueño cumplido.

La historia de los marranos y la Inquisición sufría un cambio radical. La percepción de peligrosos por la religión, al sufrir el aislamiento y el desapego de los suyo,  comenzó a transformarse en racial. Ya no había complicaciones para los inquisidores. Ahora no había que quemar a nadie, solamente había que convencerlos para que abrazaran la fe verdadera.

Pero esto ya es otra historia.