02/03/2024

Educar con las fábulas de Esopo

Desde los tiempos de Esopo, la fábula ha sido un género utilizado por todos los educadores para enseñar los valores morales. Pero fue él, por datos que tenemos de su vida, el primero en emplear a los animales para enseñar al hombre a comportarse como tal. Esta es una buena ocasión para repasar algunas de sus fábulas más universales. Esopo aprovecha el reino animal para poner delante del hombre sus defectos y virtudes.

Muy poco se sabe de la vida de Esopo. La mayor parte de los estudiosos de su obra datan su existencia hacia el siglo V a. C., pero podría ser anterior. Lo que no ofrece dudas de que se trataba de un personaje conocido y admirado gracias al cual ha sido posible reconstruir en gran parte la vida cotidiana de la Grecia antigua. Ciertamente, hábitos, vicios y virtudes de aquella época aparecen reflejados en sus limitadísimas tabular, que a la postre se convierten en espejo universal de la condición humana.

Cuenta una pretendida biografía, escrita en el siglo II a. C., que Esopo era un esclavo rígido, inteligente y bondadoso, que pasaba la vida dando buenos consejos a todos los que lo solicitaban. Su limpieza de alma y su dignidad moral contrastaban con un físico repugnante «… De imagen desagradable, tripudo, cabezón, canijo, zancajoso, bracicorto, bizco, bigotudo, una ruina manifiesta».

En la actualidad se conserva alrededor de 270 fábulas de Esopo. Se tratan de narraciones breves, predominantemente de animales, a los que el fabulista hace actuar para extraer una lección moral. Eran familiares a personas de toda suerte, desde los hombres más cultos hasta los analfabetos. Sabemos por el Fedón de Platón, que Sócrates había puesto en verso algunas, y que, a punto de morir, le comenta a sus discípulos que el contraste entre el dolor y el placer que está experimentando en aquella situación le hubiera dado a Esopo tema para una fábula.

El ciervo y la fuente

Un ciervo que vivía en una cristalina fuente se vio reflejado en el agua. Se sintió admirado y orgulloso de la belleza de sus cuernos, pero avergonzado de la fealdad de sus patas. En esto, las trompas de los cazadores y el ladrido de los perros le avisaron del peligro que corría, y emprendiendo una veloz carrera, pronto escapó de sus terribles perseguidores; pero las ramas de un árbol se le entregaron en los cuernos y detuvieron en su huida. No consiguió escapar, y los cazadores le alcanzaron. Al morir exclamó el ciervo:

            — Ahora veo que lo que más me gustaba no me servía para nada, y, en cambio, lo que me avergonzaba es lo que me pudo salvar.

La zorra y el león

Había una zona que nunca había visto un león.

La puso el destino un día delante de la real fiera. Y como era la primera vez que la veía, sintió un miedo espantoso y se alejó tan rápido como pudo.

Al encontrar al de un por segunda vez, sintió miedo, pero menos que antes, y lo observó con calma por un rato.

En fin, al verlo por tercera vez, se envalentona no lo suficiente hasta llegar a acercarse a él para entablar conversación.

En la medida que vayas conociendo algo, así le irás perdiendo el temor. Pero mantén siempre la distancia y prudencia adecuada.

La zorra y el leñador

Una zorra estaba siendo perseguida por unos cazadores cuando llegó al sitio de un leñador y le suplico que la escondiera. El hombre le aconsejó que entrara en su cabaña.

Casi de inmediato llegaron los cazadores y le preguntaron al leñador si había visto a la zorra.

El leñador, con la voz, les dijo que no, pero con su mano disimuladamente señalaba la cabaña donde se había escondido.

Los cazadores no comprendieron la señal de la mano y se confiaron únicamente en lo dicho con la palabra.

La zorra, al verlos marcharse, salió sin decir nada.

Me reprochó leñador por qué a pesar de haberlo salvado, no le daba las gracias, a lo que la zorra respondió:

            —Te hubiera dado las gracias si tus manos y boca hubieran dicho lo mismo.

No niegues con tus actos, lo que pregonas con tus palabras.

La liebre y la tortuga

Cierto día una liebre se burlaba de las cortas patas y lentitud al caminar de una tortuga. Pero esta, riéndose, le replicó:

            — Puede que seas veloz como el viento, pero yo te ganaría en una carrera.

Y la liebre, totalmente segura de que aquello era imposible, aceptó el reto, y propusieron a la zorra que señalara el camino y la meta.

Llegado el día de la carrera, arrancaron ambas al mismo tiempo. La tortuga nunca dejó de caminar y a su lento paso, pero constante, avanzaba tranquila hacia la meta. En cambio, la liebre, que al rato se echaba a descansar en el camino, se quedó dormida. Cuando despertó, y moviéndose lo más veloz que pudo, vio como la tortuga había llegado la primera final y obtenido la victoria.

Con seguridad, constancia y paciencia, aunque a veces parezcamos lentos, obtendremos siempre el éxito.

El viejo perro cazador

Un viejo perro cazador, que en sus días de juventud y fortaleza jamás se rindió ante ninguna bestia de la foresta, encontró en sus ancianos días un jabalí en una cacería. Y lo agarró por la oreja, pero no pude retenerlo por la debilidad de sus dientes, de modo que el jabalí escapó.

Su amo, llegando rápidamente, se mostró muy disgustado, y groseramente reprendió al perro.

El perro lo miró lastimosamente y le dijo:

            — Mi amo, mi espíritu es tan bueno como siempre, pero no puedo sobreponerme a las flaquezas de mi cuerpo. Yo prefiero que me alabes por lo que sido, y no me maltrates por lo que ahora soy.

Respeta siempre a tus ancianos, que, aunque ya no puedan hacer de todo, dieron lo mejor de su vida para tu beneficio.

El joven pastor anunciando al lobo

Un joven pastor, que cuidaba un rebaño de ovejas cerca de una villa, alarmó a los habitantes tres o cuatro veces gritando:

            — ¡El lobo, el lobo!

Pero cuando los vecinos llegaban a ayudarle, se reía viendo sus preocupaciones. Más el lobo, un día de tantos, si llego de verdad. El joven pastor, ahora alarmado el mismo, gritaba lleno de terror:

            — Por favor, vengan y ayúdenme; el lobo está matando a las ovejas.

Pero ya nadie puso atención a sus gritos, y mucho menos pensó en acudir a auxiliarlo. Y el lobo, viendo que no había razón para temer mal alguno, hirió y destrozó a su antojo todo el rebaño.

Al mentiroso nunca se le cree, aun cuando diga la verdad.

Me gusta invertir mi tiempo en leer, escuchar, ver películas, montar en bicicleta y andar. S’acabo.
PEDRO TOMÁS, elredondelito.es
PEDRO TOMÁS

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