22/05/2024

La propaganda de Hollywood es también propaganda de Israel…

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Cuando el ejército de Estados Unidos se retiró de Afganistán y los talibanes retomaron el poder (el 30 de agosto de 2021), dejando a la primera potencia militar mundial en el más absoluto ridículo, Hollywood puso en marcha su maquinaria de blanqueamiento con la producción de dos películas muy similares en las que dos arquetípicos héroes americanos escapan, de una forma u otra, de los malvados talibanes: Operación Kandahar (guion de 2015, casting completo en diciembre de 2021, filmada en 2022, lanzada en 2023) y El Pacto (casting en octubre de 2021, filmada en 2022, lanzada en 2023).

En la primera, Gerard Butler, haciendo de operativo de la CIA, y su traductor, haciendo de buen salvaje, escapan de los barbudos montañeros tras un chivatazo a medias entre la prensa e Irán. En la segunda, Jake Gyllenhaal, en su papel de militar de las Fuerzas Especiales, viaja a Afganistán (financiado de su propio bolsillo) para rescatar a su traductor, en su papel de buen salvaje, de los adoradores del AK-47.

Previamente a la retirada, cuando las banderas estadounidenses se estaban agotando de tanto cubrir féretros, se lanzó The Outpost (2020), en la que traicioneros milicianos afganos atacaban una y otra vez un puesto militar perdido de la mano de Alá. La película sirvió como alfombra para justificar una posible retirada, debido a la imposibilidad de defender todo Afganistán y al carácter fanático e irracional de sus habitantes.

Antes de esto, hemos podido disfrutar de películas tan variopintas como Black Hawk Derribado (1997), donde soldados americanos escapan de la salvaje Somalia; En Tierra Hostil (2008), donde un artificiero enganchado a la adrenalina vuelve a Iraq varias veces para desactivar bombas; El Único Superviviente (2013), donde otro militar americano escapa de las garras talibanas gracias a los pastunes tras un «ataque» fallido; El Francotirador (2014), donde un S.E.A.L. es enviado a Iraq para dar cuenta de otro francotirador enemigo a dos kilómetros de distancia; y, más recientemente, 12 Valientes (2018), donde un grupo de boinas verdes trata de adentrarse en Afganistán.

Hollywood se ha encargado de dejar muy claro quiénes son los buenos y quiénes son los malos de la película durante su historia, salvo aquella vez que les dio por hacer Rambo III (1988) ensalzando a los muyahidines, aunque fuese en un contexto anticomunista (una temática muy ochentera, como pudimos ver en El Sargento de Hierro, de 1986). Desaparecida la amenaza roja, los estudios cinematográficos encontraron a su villano perfecto en todo lo que oliese a musulmán, y mucho más tras los ataques del 11 de septiembre.

Pero el enfoque cambió. Ya no eran películas de fusil y trinchera, de tanques contra tanques, de bosques ardiendo, infierno sobre la Tierra y olor a Napalm por las mañanas. Ya no se trataba de enseñar quiénes eran los buenos de la película, que se daba por sentado, sino que los buenos de la película hacían las cosas bien. A los conceptos del honor y el patriotismo había que añadir otro: la precisión. Se acabó lo de soltar bombas a diestro y siniestro, de los cañonazos y la patada en la puerta antes de preguntar; ahora la imagen debía de ser otra: que el mejor país del mundo tiene los militares mejor preparados, que las mujeres también pueden llevar un casco de kevlar y, sobre todo, que Estados Unidos «solo» dispara a los malos. La guerra es limpia, los civiles apenas se inmutan (salvo para salir corriendo o que reciban una bala de los propios malos), todo es estrategia y puntería. El enemigo es grosero, incivilizado, salvaje, disparando a diestro y siniestro mientras grita “derka derka muhammad jihad”.

Uno de los mayores propagandistas militares de Hollywood, también llamado por otro director de cine, y que no es más ni menos que el explosivo Michael Bay (Armageddon, Pearl Harbor, Transformers, 13 Horas), disfruta en lo que él llama películas de mostrarnos el potencial tecnológico y la exactitud de reloj suizo con la que trabaja el ejército estadounidense. En Transformers (2007) y varias de sus secuelas, pudimos ver cómo los cazas pueden lanzar misiles en ciudades pobladas por millones de habitantes causando cero bajas (salvo, por supuesto, las de los robots malvados). 13 horas (2016) nos muestra la soberbia inteligencia y precisión yanqui, una vez más con los «moros» como villanos.

Hollywood también se percató de otra cosa. ¿Cómo era más fácil llegar a los jóvenes? ¿Mediante historias de guerra? ¿O con películas basadas en los cómics y juguetes de la infancia? Gracias al avance del CGI, la posibilidad de que esto último resultase en un producto ridículo, casi cómico, quedó superada (salvo bochornosas excepciones). Desde la mencionada Transformers, pasando por G. I. Joe hasta toda la franquicia Marvel y DC, se ha enseñado a toda una generación que la fuerza bruta y el poder absoluto, si lo ejerce un estadounidense o, en su defecto, un aliado, es positiva, limpia y pulcra con los civiles. Tony Stark salvó el solito en Iron Man (2008) a los habitantes de una aldea de ser secuestrados, oh sorpresa, por malvados señores con pinta islámica (los mismos que le secuestraron a él). Con el Capitán América, descubrimos que los malos siguen siendo una especie de sucedáneo de los nazis mezclado con los rojos (Capitán América: El Soldado de Invierno, 2014) contra la libertad y el libre albedrío.

Pero el culmen llega con Capitán América: Guerra Civil (2016) en la que, de una forma muy poco sutil, y tras la muerte de civiles provocada por una nueva «vengadora» procedente de una ex-república soviética (Wanda Maximoff / La Bruja Escarlata), el Capitán Rogers se niega a tener que dar cuentas de las actividades de su grupo de superhéroes a la ONU, basándose en la libertad… para, al final del film, descubrir que el responsable de su lucha interna es un militar también ex-soviético. Qué decir que, al final de toda la saga (hasta el momento), todos los superhumanos muertos, salvo Tony Stark, no sean americanos (la propia Wanda, su hermano y la mismísima Viuda Negra).

Después de esta exposición, ¿alguien se pregunta por qué Estados Unidos y buena parte de «Occidente» apoya casi incondicionalmente al estado de Israel? Muchos ciudadanos de estos países pensarán, «si nuestro ejército defiende lo bueno, y lo hace bien, y los israelíes son nuestros mayores aliados en Oriente Medio, entonces su ejército también defiende lo bueno y lo hace bien».

Si lanzan misiles sobre edificios civiles, «es que no serían edificios civiles; habría terroristas»; si mueren civiles por explosiones, «a culpa es suya por no haberse marchado»; si se les cortan los suministros, la luz, el agua y las comunicaciones, «se lo harán a los terroristas». ¿Dónde están esos grupos de fuerzas especiales que entran en orden y sigilo a los refugios de los malos para detenerlos mientras el vecino de al lado prácticamente puede seguir con la cena? ¿Dónde están las redadas en las que aparece un helicóptero y en cinco minutos ya tienen a los villanos atados de pies y manos bajo las hélices? ¿Dónde están esos misiles cuyo alcance de la explosión acaba justamente donde termina el pie del terrorista más lejano?

No existen. Porque la guerra no cambia. La guerra es sucia, cruel y sangrienta, y se lleva tanto a culpables como inocentes por delante. Las guerras suelen conducir al genocidio. Y no lo digo yo; lo dice la historia, incluso la historia más reciente (Somalia, Kurdistán, Balcanes, Ruanda, Yemen, Kuwait, Cáucaso). Las películas son solo eso, películas. Solo venden una versión azucarada de la lucha entre el presunto bien y el presunto mal, o las partes que mejor venden a quien las produce. En Palestina no hay grupos de élite israelíes apuntando con sus láseres para que los misiles den perfectamente en el blanco, ni francotiradores disparando con precisión a la cabeza de quien lleve un pañuelo verde, ni bondadosos militares protegiendo a civiles del bando contrario, ni un Capitán Israel desarmando terroristas con los puños y un escudo. No, Palestina parece más bien un viejo sargento, con una estrella de David al cuello, mirando el humo de las explosiones mientras afirma con aire satisfecho: «me gusta el olor del fósforo blanco por la mañana».

Me gusta invertir mi tiempo en leer, escuchar, ver películas, montar en bicicleta y andar. S’acabo.
PEDRO TOMÁS, elredondelito.es
PEDRO TOMÁS

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