19/05/2024

El lado oscuro de las tecnologías verdes y digitales

Desde hace mucho tiempo, me estoy preguntando constantemente, cuál es la parte que no interesa difundir sobre las tecnologías verdes y digitales, aquello que no te venden porque sería un despropósito parecido a escupir hacia arriba y quedarte quietecito. Vivimos de las tierras raras en cuanto a tecnología se refiere y si se profundiza un poco en el tema descubrimos que no todo es como parece. Estamos de acuerdo que es un avance, pero puede que lo que no nos estén contando, y no se trata de conspiranoia sino de datos, pueda afectar tanto a nuestra futura vida tanto como las energías de origen fósil o no renovable. La contaminación producida para poder extraer las tierras raras, que nunca se encuentran en estado puro, sino mezcladas con otros minerales mucho más abundantes y de los que hay que separarlos, exige un montón de energía y, sobre todo, un descontrolado uso de recursos hídricos. Veremos como acaba todo esto, si es que alguna vez llegamos a terminar.

Metales raros que podemos encontrar en un vehículo eléctrico

Os dejo unos cuantos puntos aclaratorios de lo que no nos cuentan y a nosotros no nos interesa enterarnos.

Las energías llamadas «limpias» necesitan recurrir a minerales raros, cuya explotación es todo salvo limpia. Incluso cabe decir que se trata de una pesadilla medioambiental en la que se mezclan —por citar sólo algunos elementos— residuos de metales pesados, lluvias ácidas y aguas contaminantes. Dicho de otro modo, para limpiar, previamente hay que ensuciar. Sin embargo, fingimos no darnos cuenta por qué nos negamos a evaluar el conjunto del ciclo de fabricación de aerogeneradores y paneles solares. «Ya no debemos contentarnos con valorar los productos acabados que son verdes, sanos y no contaminantes, sino que hemos de examinar si el proceso de extracción de sus componentes y el de su fabricación industrial son respetuosos o no con el medio ambiente», subraya el activista medioambiental chino Ma Jun.

Estas mismas energías —llamadas asimismo «renovables», puesto que captan fuentes de las que podemos disponer es tan infinito, como los rayos solares o la fuerza del viento y de las mareas— se basan en la explotación de materias primas que no son renovables. Las riquezas del subsuelo son finitas, y el tiempo necesario para su formación, que se cuenta en miles de millones de años, podría no permitirnos hacer frente al crecimiento exponencial de nuestras necesidades.

Dichas energías —todavía calificadas de «verdes» o de «libres de carbono», porque nos permiten des habituarnos de las energías fósiles— en realidad se basan en las actividades generadoras de gases de efecto invernadero. Se requieren cantidades considerables energía generada por centrales eléctricas para explotar una mina, refinar los minerales y finalmente enviarlos a un centro de producción donde serán incorporados a un aerogenerador o a un panel solar. ¿No existe una trágica ironía en el hecho de que la contaminación no emitida en las aglomeraciones urbanas gracias a los coches eléctricos sea simplemente desplazada hacia las zonas mineras, donde se extraen los recursos indispensables para la fabricación de estos últimos? En este sentido, la transición energética y digital sólo supone una transición para las clases más privilegiadas: descontamina el centro de las ciudades, más adinerado, para trasladar su impacto real a las zonas más miserables y alejadas de las miradas. Ahora bien, ¿cómo reaccionar cuando se ignora que existe un problema? Así pues, nuestro nuevo modelo energético es terriblemente pernicioso: del mismo modo que los actores de la economía del carbono no podía negar que contaminaban, la nueva economía verde, al tiempo que ensucia, se esconde tras el virtuoso discurso de la responsabilidad para con las generaciones futuras.

Las tecnologías que de numerosos medios ecologistas elogian por su capacidad para sacarnos de la energía nuclear se basan en materiales (las tierras raras y el tántalo) cuya explicación genera radiactividad. Los metales raros no son radiactivos en sí mismos, pero la actividad que consiste en separarlos de otros minerales radiactivos con los que están combinados de manera natural en la corteza terrestre, como el Torio o el uranio, produce radiaciones en proporciones nada desdeñables. La radiactividad en los alrededor de del depósito tóxico Baotou y en el fondo de las minas de Bayan Obo es, según afirman los expertos, dos veces superior a la registrada hoy en Chernobil. Y, en condiciones normales de explotación, los residuos generados, aunque presenten una tasa de radiactividad débil según los estándares del Organismo Internacional de Energía Atómica (IAEA, por sus siglas en inglés), necesitan estar aislados durante varios cientos de años.

Con el fin de acelerar la transición energética y digital, ciertas mentes pensantes les gustaría trasladar el concepto de los bucles locales, especialmente activos en cuestión de productos alimenticios, a los circuitos de distribución de la energía. Así, los ecobarrios —como el de Vauvan, en la ciudad alemana de Freiburg im Breisgau—, se jactan de consumir una energía limpia producida cada vez más a nivel local. Pero ¿alguien sé la ha ocurrido sumar los millones de kilómetros recorridos por los metales raros, sin los cuales estos barrios verdes no podrían existir? «En el plano conceptual, este rollo ecológico se sostiene. Pero en la práctica conduce a algo completamente perverso», se inquieta un experto francés.

Ciertas tecnologías verdes en las que se basa nuestro ideal de sobriedad energética necesitan en realidad, para su fabricación, más materias primas que otras tecnologías más antiguas. «Un futuro basado en las tecnologías verdes supone el consumo de gran cantidad de materias —revela un informe del Banco Mundial—, y sin una gestión adecuada podría arruinar […] Los objetivos de desarrollo sostenible». Si nos acercamos en negar esta realidad, podríamos llegar al resultado contrario al que perseguía el Acuerdo de París sobre el clima, e incluso encontrarnos sin suficientes recursos explotables, puesto que un mundo compuesto por 7500 millones de individuos se dispone a consumir, en el curso de las tres próximas décadas, más metales que las 2500 generaciones que nos han precedido.

En conclusión, el reciclaje de los metales raros, del que depende nuestro mundo más verde, no están ecológico como dicen. Su balance medioambiental corre incluso al riesgo de aumentar a medida que nuestras sociedades produzcan aleaciones más variadas, compuestas de un número más elevado de materiales, en proporciones cada vez más importantes. En consecuencia, las industrias de la transición energética y digital tendrán que enfrentarse a una contradicción fundamental: su búsqueda de un mundo más sostenible podría, en la práctica, limitar en gran medida la emergencia de nuevos modelos de consumo más sobrios, basados en los principios de la economía circular. De hecho, tal vez las generaciones futuras digan de nosotros: «¿Nuestros antepasados del siglo XXI? ¡Ah, sí! Aquellos tipos que sacaron los metales raros de un agujero para meterlos en otro agujero».

Todo esto y más, lo podéis leer en el magnífico libro de Guillaume Pitron La guerra de los metales raros → La cara oculta de la transición energética y digital → Editorial Península Atalaya. Por si pensáis que este señor está sólo, podéis echar un vistazo a este artículo y comprobar que somos muchos los que pensamos igual con respecto a la creación de energía verde.

ÉCHAME UN CABLE
EN PATREON

ESTA ECHO PRIMO