Misterios sin resolver: combustión humana espontánea

La combustión humana espontánea es uno de los fenómenos más extraños y antiguos de los que se tiene desde que el hombre es hombre. En 1763 se demostró que no era un fenómeno nuevo; no respeta clases, y le puede ocurrir a cualquiera, sea un vagabundo o a un trabajador. Este fenómeno fue descrito ampliamente en el siglo XIX en relatos ficticios de Dickens, Zola, Melville y Quincey.

Pero este tipo de igniciones fortuitas no son normales. Ha habido casos muy bien documentados, lo que no quiere decir esclarecidos, se concluye que el calor generado es tan intenso como para romper cristales o fundir el plástico de los enchufes, y la mayoría añade que hasta los huesos humanos se reducen a una pila de cenizas. En los hornos crematorios de las funerarias se consiguen los resultados deseados a 1370° C. Pero incluso llegando a esas altas temperaturas, tienen que mantenerlas durante un periodo de tiempo adicional para reducir los huesos a cenizas.

Ella vio el cuerpo en el suelo en una situación horrible. A una distancia de 1.5 metros de la cama había una pila de cenizas. Sus piernas con los calcetines puestos, permanecían intactas y la cabeza medio quemada tendida entre ellas. Casi todo el resto del cuerpo esta reducido a cenizas. El aire de la habitación estaba cargado de hollín. Una pequeña lámpara de aceite en el suelo estaba cubierta de cenizas, pero no había aceite en ella; y los dos candelabros que permanecían levantados en la mesa les faltaba el cordón de algodón y el sebo de ambas había desaparecido

Lo curioso es que cuando se produce la combustión humana espontánea nunca se producen serios daños al área circundante. Las combustiones normalmente suceden en el interior de edificios y los daños se encuentran dentro de un espacio determinado, no muy amplio, extendiéndose tan sólo a unos pocos metros del cuerpo y algunas veces las ropas de las víctimas no ha sufrido daño ninguno y están en perfecto estado.

Un caso de combustión humana espontánea

Tenemos el caso de Mary Reeser en San Petersburgo, Florida. El 1 de julio de 1951. Su asistenta tenía que entregarle un telegrama y al ir a ello se encontró que su puerta no estaba cerrada, por lo que intentó acceder al apartamento de la señora. Pero tuvo un pequeño inconveniente: el pomo de la puerta estaba demasiado caliente como para abrir la puerta. Acudieron en su ayuda dos hombres que al forzar la puerta recibieron un golpe de aire caliente, algo de humo y una pequeña llama encendida en el tabique de la pared. Avisaron a los bomberos y fue fácil extinguir el fuego, procedieron a romper la pared hasta que encontraron los restos de la muerta.

Lo que encontraron de la señora Reeser que estaba sentada en su butaca, fueron unicamente 4 kilos de cenizas, la esterilla de la butaca, el armazón de una lámpara, así como uno de los pies con la zapatilla colocada en él. Una pequeña parte de la espalda era aún reconocible, pero sin embargo, su cráneo había quedado reducida al tamaño de una manzana. La pared detrás de la butaca y una pila de periódicos que estaban a tan solo 30 centímetros estaban intactos. La investigación la llevaron a cabo patólogos, bomberos, expertos en incendios y asesores de seguros, aunque ninguno consiguió una solución plausible.

Durante mucho tiempo se elucubraron teorías varias para intentar explicar este fenómeno. Entre otras se pensó en un exceso de ingestión de alcohol, mientras que otra parte pensaba en un exceso de metano. Este gas que se forma en el estómago puede ser inflamado por fuentes externas. Lo que se ha podido aclarar es que el fuego se inicia en el abdomen, ardiendo desde dentro hacía el exterior.

En septiembre de 1967 los bomberos de Londres fueron avisados de que un vagabundo se encontraba tumbado en las escaleras de la entrada de un edificio. El vagabundo estaba ardiendo. Un oficial experimentado, Jack Stacey, le relato a un antiguo investigador llamado John Heymer lo que sus ojos habían visto:

Había cuatro hendiduras en su abdomen de unos 10 centímetros de donde salían llamas azuladas que fueron comenzando a quemar los escalones. Extinguimos las llamas poniendo una manguera en la cavidad de sus abdomen. Bailey estaba vivo cuando empezó a quemarse y debió de haber sufrido mucho. Sus dientas estaban hundidos en el rellano caoba de la escalera.

Lo mismo sucedió con una oveja en Dorset, Inglaterra, durante la Segunda Guerra Mundial. Una patrulla que se encontró con el animal informó de que «de su estómago brotaban llamas azules». Como en el caso anterior, el cuerpo de la oveja, menos la zona de las llamas, resultó ileso. El fuego parecía haberse iniciado en el estómago.

En un intento de reproducir estos acontecimientos, un programa de televisión con la ayuda del Dr. John de Haan, forense especialista del Instituto Criminalístico de California, quiso duplicar o por lo menos hacer una simulación enrollando un cerdo muerto en una manta. Prendieron una pequeña cantidad de gasolina sobre el animal. Pasadas cinco horas todavía estaba ardiendo, pero el fuego estaba apagado. Las extremidades del cerdo estaban intactas, al igual que en el caso de los humanos, pero a diferencia de estos, cuando se golpeaban. El fuego había estado prendiéndose lentamente, lo suficiente como para producir un calor extremo que destruyera los huesos.

Muchas personas creen que sólo son fuerzas sobrenaturales pueden explicar la razón para que se produzca este fenómeno. Pero lo más probable es que se trate de un proceso más terrible conocido como el «efecto mecha».

La víctima primero muere de un ataque al corazón, un derrame o una caída. Un cigarrillo encendido o una chispa de algún fuego cercano hace que su ropa arda sin llama. Mientras la ropa se va quemando lentamente, el calor derrite la grasa que está debajo de la piel y la tela carbonizada la absorbe como una mecha y la quema. Experimentos llevados a cabo con cadáveres de cerdos envueltos en tejidos similares han mostrado que arde con una llama suave y estable que calienta el cuerpo a 800ºC y dura unas siete horas o más. Las partes del cuerpo que están desnudas pueden quedar sin quemarse pero el resto del cuerpo queda completamente incinerado. Como vemos explica en parte el fenómeno, pero no totalmente.

La mayoría de los médicos y científicos creen que este fenómeno es falso, que se debe más a mitos y leyendas urbanas que a la realidad. Es por esto que la mayoría de estos casos han sido estudiados más por seguidores de los fenómenos paranormales que por la comunidad científica.

En los últimos 300 años apenas se han registrado 200 casos de combustión espontánea humana, algo que ha complicado un correcto estudio del fenómeno. El caso más conocido quizá sea el de la Condesa de Cesena, citado por Charles Dickens en uno de sus relatos, y en el que la condesa fue hallada reducida a cenizas mientras en su habitación, que estaba intacta.

Tenemos el caso de un bebé un niño de dos años y medio de edad y los médicos no saben muy bien cuál es el verdadero motivo que ha hecho que el pequeño Rahul haya salido ardiendo cuatro veces desde nació. En este tiempo, sus padres han tenido que llevarle al hospital en cuatro ocasiones al ver como el menor estaba rodeado de llamas sin conocer el origen del fuego.

Los médicos del Hospital Kilpauk de la ciudad de Madrás están investigando el caso y sospechan que se puede tratar de un fenómeno de combustión espontánea humana. Uno de los pediatras que le atienden piensan que el pequeño puede estar emitiendo, a través de sus poros, un gas que entra en combustión al contacto con la atmósfera, según recoge el Times de India.

“La combustión espontánea humana es una teoría falsa. Que un bebé se incendie espontáneamente no es posible”, dijo el especialista en quemaduras del Hospìtal de Madrás, el Dr. J Jagan Mohan. “Los alcohólicos tienen un porcentaje muy pequeño de alcohol secretada en el sudor, pero incluso eso no generarían un incendio”.

Para que podáis crearos una idea de como va el asunto del bebé y del fenómeno en si, os recomiendo leer los dos siguientes enlaces.

1. – Impacto por caso de bebé que arde y se quema en forma espontánea.

2. – ¡Ni un bebé ni nadie entra en combustión espontánea! ¡Son malos tratos!

En su artículo sobre «Combustión espontánea humana», la Chambers’s Encyclopaedia of Universal Knowledge (1888) menciona el siguiente caso, en el que el famoso químico alemán Justus von Liebig fue llamado como testigo experto:

El 13 de junio de 1847, la condesa de Goerlitz fue encontrada muerta en su alcoba, con la parte superior de su cuerpo parcialmente consumida por el fuego. La cabeza era una masa negra casi informe, de la que sobresalía la lengua carbonizada. El médico a quien se consultó no pudo sugerir ninguna otra explicación que la de que el cuerpo de la condesa tuvo que haberse incendiado espontáneamente, y no por la ignición de su vestido por una bujía. Según esta evidencia, la condesa fue enterrada; pero habiendo conducido algunas circunstancias a la sospecha de que había sido asesinada por su criado Stauff (al que se había visto intentando envenenar al conde), se exhumó su cuerpo en agosto de 1848, catorce meses después de su muerte, y fue sometido a un examen especial por parte del Colegio Médico de Hesse, que informó que no había muerto debido a una combustión espontánea. El caso se asignó después a Liebig y a Bischoff [el anatomista patólogo Theodor von Bischoff], cuyo informe se hizo público en marzo de 1850, cuando se llevó a juicio a Stauff. No encontraron dificultad en llegar a la conclusión de que el cuerpo fue quemado intencionadamente, después de la muerte, con el fin de ocultar el asesinato (producido por estrangulamiento o por un golpe en la cabeza) que se había perpetrado previamente. Se condenó al prisionero, que después confesó que había cometido el asesinato por estrangulamiento, como de hecho la lengua prominente ya podía haber sugerido. Desde aquella fecha, no ha habido ningún caso de supuesta combustión espontánea.

En sus Chemische Briefe (3.ª ed., 1851), Liebig rechaza la opinión de algunos autores según los cuales si una persona es excesivamente gorda y está llena de licor espirituoso, resulta anormalmente inflamable. Contradice sus afirmaciones con «el hecho de que cientos de bebedores de coñac, gordos y bien alimentados, no se queman cuando, por accidente o voluntariamente, se acercan demasiado a un fuego». Mientras la circulación continúe, añade, su cuerpo no se encenderá, y concluye que la combustión espontánea en un cuerpo vivo es absolutamente imposible.