02/03/2024

Santos – Julio

1 - Simeón el loco († c. 590)
Una de las figuras más extrañas del santoral la de este hombre de Oriente que en su juventud abandona a su madre para hacerse anacoreta en el mismo paisaje sagrado que conoció Jesucristo. A eso podría llamársele, con una metáfora a lo divino, locura, pero es sólo el comienzo de una vida singular que terminaría en su ciudad natal, convertido por voluntad propia en el bufón de Dios.

Apariencias de filósofo cínico, rasgos de perturbado, chistes tremendos que desconciertan a todos, paradojas que desarman, Simeón, llamado «Salo», el lunático, debería ser el santo de los clowns y de los humoristas, con sus ocurrencias grotescas y trascendentales que anticipan el mundo contrastado, irreverente a la manera sublime, de los personajes de Dostoievski.

Profeta, taumaturgo, excéntrico escandaloso, payaso, comparte su vida con las prostitutas, los mendigos, los desechos de la sociedad, riéndose de todo y de todos, saboteando la lógica de los que le rodean con una rara alegría inexplicable que viene de arriba; así escarnece Simeón las seguridades de nuestra vida y se transforma en caricatura de nuestra precaria fe, tan envarada y solemne.

¿Para qué estar tan serios, para qué tomarnos tan en serio, para qué respetar tantas normas y convenciones? Todo es como una gigantesca broma que sólo tiene sentido si sabemos vivirla con humor, porque la voluntad de Dios y su Providencia, vista con ojos humanos, es un absurdo, y nuestras certezas, a la luz de Dios, deben de ser de una suprema comicidad.

El más sensato de los hombres, que vuelve al revés todo prejuicio, san Simeón el loco, nos valga a la hora de tomarnos a burla a nosotros mismos y a los demás, para ser fieles, para corresponder con abandono y humor a la sonrisa del Cielo.

2 - Proceso y Martiniano (siglo I)
Según una tradición muy romana, eran dos soldados que custodiaban a Pedro y a Pablo cuando los apóstoles estuvieron presos en la cárcel Mamertina; los milagros que presenciaron les movieron a la conversión, se les bautizó allí mismo y más tarde, firmes en su nueva fe, sufrieron martirio por ella y fueron decapitados en la Via Aurelia.

Poco más se sabe de estos mártires, muy venerados en la Edad Media, y sobre quienes se conserva una homilía de san Gregario Magno que pondera los innumerables milagros hechos por su intercesión. Los historiadores al no saber más desconfían, pero ambos tienen un altar en la basílica de San Pedro, honor poco frecuente que indica el respeto de la Iglesia por su recuerdo.

Proceso y Martiniano, desde su oscuridad documental se han colocado, pues, en San Pedro, y sin duda también en el Paraíso, como el centurión Longinos, que está asimismo muy cerca de allí, en la basílica, con su impresionante estatua de Bernini. Los tres, mientras cumplían órdenes, tropezaron inesperadamente con Dios, y ahí les tenemos en un rincón del santoral y en la primera iglesia de la Cristiandad.

Estos humildes soldados montando guardia en la tenebrosa cárcel Mamertina que hoy visita fugazmente horripilado el turismo, debieron de presenciar escenas grandiosas e inolvidables que transformaron sus vidas: lo que hacían en la [intense_tooltip title=”Un ergástulo (en latín, Ergastulum (singular), ergastula (plural) ) era una prisión que existía en las ciudades de la Antigua Roma, donde eran encerrados los esclavos que desagradaban u ofendían al dueño de alguna manera con el fin de castigarlos y corregir su comportamiento.”]ergástula[/intense_tooltip] aquellos dos presos y cómo eran sus visitantes, y hoy, fiesta también de la Visitación de la Virgen, pensamos en la caridad de aquellos fieles que iban a confortar a los apóstoles.
Proceso y Martiniano, santos por contagio, estaban allí, cumpliendo su deber, y la gracia hizo todo lo demás. Ellos sólo fueron dóciles a la evidencia interior de la fe, camino seguro que recorrieron hasta el martirio.

3 - Tomás (siglo I)
Tomás o Dídimo, el Gemelo, judío de Galilea, uno de los Doce, tiene escasísimas intervenciones personales en los Evangelios, y San Juan, que es el único que destaca algún episodio suyo, que le da voz ante la posteridad, tampoco perfila muy bien su silueta. Hasta la Resurrección parece que es uno más, casi inidentificable entre las figuras apostólicas.

Pero en el capítulo veinte Tomás se distingue del resto de sus compañeros con una actitud terca y desconfiadísima, negándose a creer que el Señor ha resucitado porque él no estaba entre los discípulos a los que se apareció. «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y meto mi dedo en el lugar de los clavos y mi mano en su costado, no creeré».

Se resiste a admitir aquello sin pruebas evidentes, sin comprobaciones. Ver para creer. Pasados ocho días, Jesús se presta a lo que le pide, y Tomás pronuncia anonadado la famosa confesión de fe en la divinidad de Cristo: Señor mío y Dios mío. El incrédulo es así uno de los que llegan más lejos en la formulación explícita de la fe.

También -según una tradición incomprobable- Tomás fue quien llevó más lejos la predicación del Evangelio, hasta la India. Pero poco importa la verdad histórica de este hecho. En la economía espiritual del relato de Juan, el episodio se justifica por dos cosas: la declaración del apóstol y las palabras de Cristo: «Dichosos los que creyeron sin ver».

Es decir, dichosos nosotros, a pesar de nuestra tentación constante de pedir pruebas o, por qué no, milagros, que nos confirmen en medio de la debilidad, sin comprender el don que se nos brinda, el de creer, esperar y amar a Dios más allá del alcance de los sentidos. Creer envueltos en la noche y en el silencio de Dios, que aquí está su Luz y su Palabra.

4 - Isabel de Portugal (c. 1270-1336)
En Coimbra, el antiguo convento de Santa Clara, Santa Clara-a-Velha, hoy casi reducido a ruinas por las arenas del Mondego, evoca dos historias de amor completamente distintas: allí recibió sepultura (aunque su sepulcro está ahora en Alcobaça) Inés de Castro, amante y luego esposa del príncipe don Pedro, hijo de Alfonso IV de Portugal, y allí estuvo también, antes de su traslado a Santa Clara-a-Nova, la tumba de la fundadora, la llamada Reina Santa.

La vida de esta última, santa Isabel -abuela de los hijos de Inés de Castro y madre de quien la hizo asesinar en 1355- a simple vista es menos novelesca, quizá porque obedece a otra concepción del amor, pero no menos dramática en el fondo, y la que es patrona de Coimbra y de todo Portugal sigue muy viva en el recuerdo popular.

Nació en el otro extremo de la península, en el reino de Aragón, hija de Pedro 111 el Grande, y sobrina nieta -por su abuela paterna Violante de Hungría- de la otra santa Isabel, cuyo nombre llevaba. A los doce años la casaron con Don Dionisio de Portugal, matrimonio que puso a prueba una paciencia sin límites, por el carácter violento del soberano y sus continuas infidelidades.

Tampoco su hijo Alfonso, bien llamado el Bravo, era precisamente apacible, y después de mediar en la guerra que se hacían padre e hijo (por lo que sufrió destierro acusada de favorecer la rebelión), ya viuda (1325) y después de retirarse a su fundación de Santa Clara, habiendo ingresado en la orden tercera de san Francisco, tuvo que reconciliar al rey Alfonso con su nieto el rey castellano.

Eso fue en el último verano de su vida, agotada por ayunos y penitencias, con fama de santidad por sus inagotables caridades y su solicitud para los enfermos. Amores, pues, los suyos menos trágicos y tormentosos que los de la desdichada Inés de Castro, pero más fecundos en paz y en obras de misericordia.

5 - Miguel de los Santos (1591-1625)
Vic, que fue tradicionalmente la más levítica de las ciudades catalanas, «la ciudad de los santos» como se la llamó, fue cuna de Miguel Argemir, hijo de un notario, educado en un ambiente de gran piedad, que sin duda influyó en que siendo aún niño hiciese voto de virginidad perpetua.

Los psicólogos modernos y quizá también la mayoría de los curas de hoy pondrían graves reparos a una decisión como ésta. ¿Qué sabe un niño de corta edad, cómo puede comprometerse para toda la vida? Una cosa así, ¿no puede representar un trauma incurable? Miguel no parece un hombre traumatizado, pero sí alguien que tiene mucha prisa, como si previera que tiene poco tiempo por delante.

Su primera vocación es la de eremita solitario en el Montseny, pero aquello no puede ser, es aún un chiquillo, los conventos de Vic también le rechazan, hay que esperar a que crezca y madure, pero él no quiere esperar, sabe muy bien adonde va, y a los doce años consigue que le admitan en los trinitarios calzados de Barcelona.

No le gusta la orden por demasiado blanda, y en 1608 -tiene diecisiete años- hace profesión en los trinitarios descalzos de Oteiza, en Navarra. Luego estudiará en Alcalá de Henares, Baeza y Salamanca, y siendo aún un simple colegial maravilla con los prodigios de sus éxtasis públicos que le levantan del suelo y le mantienen suspendido en el aire.

En 1622 se le nombra superior del convento de Valladolid y allí muere en olor de santidad, hombre de gobierno, escritor místico, predicador, a los treinta y tres años. Fue canonizado en 1862 y es patrono de su ciudad natal.

6 - María Goretti (1890-1902)
Su canonización en 1950 fue como un desafío. En la era de Freud, en el siglo de la exaltación incondicional del sexo, una mártir de la pureza suena a ridiculez ñoña. No están los tiempos para tomarse tan trascendentalmente algo que el sicoanálisis y la sociología van a reducir a tragedia muy laica y muy vulgar. Ésta es una figura de la santidad para el escarnio.

Desde luego, impresionan las cifras que encierran una biografía tan breve, doce años, como santa Inés, una niña. ¿Qué se le puede pedir a una niña de esta edad? Lo que se le pidió se resume en una historia muy sencilla.

Marietta, hija de la viuda Assunta Goretti, es la mayor de seis hermanos, y la familia subsiste penosamente trabajando como colonos en unas malas tierras pantanosas de la región de Ancona. Con ellos viven otros braceros, los Serenelli, y su hijo Alessandro, de veinte años, empieza a fijarse en Marietta, que al parecer está muy desarrollada para su edad.

Lo demás es sobradamente conocido: quiere forzarla, ella se resiste y por fin la apuñala asestándole catorce heridas, a consecuencia de las cuales Marietta muere al día siguiente en un hospital después de perdonar al asesino (Alessandro será condenado a treinta años de trabajos forzados, más tarde se convierte y asiste junto a Assunta Goretti a la beatificación de su víctima en 1947).

Unos dirán: no había para tanto, qué exageración, ¿por qué no podemos comportarnos igual que los perros? Otros ven el cuerpo humano y la vida misma de una manera sagrada, y esta perspectiva irrenunciable fue lo que hizo de Marietta un símbolo del respeto por los dones de Dios, que no deben abaratarse zoológicamente.

7 - Fermín (¿† 303?)
Como recuerda una canción popular y bullanguera, su fiesta se acompaña con estrépito, el santo de Pamplona trae algazara y jubilosas celebraciones, mientras los eruditos discuten aún sobre el lugar de su nacimiento y el tiempo en que vivió. ¿Pamplonés o del sur de Francia, murió en el 303 o mucho antes?

No hay pruebas concluyentes en favor de ninguna teoría, pero la tradición le supone de Pamplona (nacido tal vez donde hoy se levanta la iglesia de San Lorenzo), e incluso da los nombres de sus padres, Firmo y Eugenia, que vivían en una ciudad todavía pagana por completo.

El obispo de Tolosa del Lenguadoc, san Saturnino, envió a Pamplona a un apóstol cuyo nombre era Honesto, y algo más tarde el propio san Saturnino visitó la ciudad navarra y bautizó allí a los primeros cristianos con el agua de un pozo cuyo emplazamiento está señalado en una calle pamplonesa.

Fermín, recién bautizado, se instaló en la Tolosa francesa, donde se le ordenó y finalmente se le consagró primer obispo de Pamplona. Luego se dedicó a evangelizar las Galias, estuvo en Beauvais, en la Picardía y en los Países Bajos, y fue decapitado en Amiens. Siglos más tarde se descubrieron sus restos, y parte de sus reliquias fueron llevadas a Pamplona, donde desde fines del siglo XVI su fiesta se celebra el 7 de julio.

En Amiens -ciudad que también le tiene por patrónYen el resto de la Iglesia universal es conmemorado el 25 de setiembre, pero en Pamplona San Fermín no es un día de otoño sino de comienzos de verano, una fiesta estival en la que el ruidoso folclor contribuye a la gloria del primer obispo navarro que fue a morir por la fe tan lejos de su patria.

8 - Procopio († 303)
Como testigo próximo y veraz, Eusebio de Cesárea nos cuenta lo poco que se sabe de este humilde mártir: que nació en Jerusalén, que vivía en Scitópolis, donde era lector, exorcista y traductor de las Escrituras, y que era hombre muy espiritual y mortificado que sólo vivía de pan y agua.

Cuando empezó la persecución de Diocleciano, junto con otros cristianos fue conducido a Cesárea, y allí el gobernador Flaviano le ordenó que sacrificase a los dioses. Al negarse Procopio (citando unos versos de Homero quepodían aplicarse a su fe), se le hizo decapitar.

La tradición cristiana no se conformó con esto, y en torno a él se tejió una absurda leyenda que le supone personaje principal y pagano con la misión de perseguir al cristianismo, y no lejos de Antioquía se le atribuye una visión semejante a la de san Pablo en el camino de Damasco.

Una vez convertido, su historia se despeña de disparate en disparate, con prodigios bélicos que consigue con la ayuda de una cruz que es casi un amuleto y otros aparatosos milagros, hasta que muere entre terribles torturas en circunstancias completamente inverosímiles.

Nuestro Procopio, el verdadero, y sus claras y sólidas virtudes, no bastaron a la sed de maravillas que ya entonces había en la Iglesia, pero hay que quedarse con la sencillez del santo auténtico, no con el fantoche que parece un supermán a lo divino, con el clérigo que sólo hizo lo que debía hacer, entre otras cosas morir mártir, eso sí, citando a Homero, como quien se permite humorísticamente un adorno heredado del paganismo porque le sobra fe ante el verdugo.

9 - Verónica de Julianis (1660-1727)
La pequeña Úrsula, la menor de siete hermanas, huérfana de madre desde los cuatro años, llamaba la atención por su vehemencia caprichosa, su terquedad y sus travesuras. Nada parecía anunciar en ella a una futura mística, y su padre, instalado en Plasencia como intendente general de Hacienda, hacía planes para casarla adecuadamente, contando con sus atractivos.

A los diecisiete años se hizo capuchina en un convento de Citta di Castello, en la Umbría, y adoptó el nombre de Verónica, el espejo de Cristo. Fue maestra de novicias y de nuevo volvió a llamar la atención, ahora por fenómenos inexplicables que alarmaron a las autoridades eclesiásticas.

Al parecer tenía visiones y éxtasis, pero además llevaba impresos en las manos y en los pies los estigmas de la Pasión, como siendo extrañamente fiel a la imagen a que aludía su nombre. El obispo de la diócesis, de acuerdo con la abadesa y con la ayuda de un docto jesuita y de tres médicos, estudió el caso con la desconfianza que es de rigor.

Las heridas se renovaban después de curadas, y al no poder aclarar los hechos se impuso a la monja una especie de severísimo castigo a manera de prueba: recluida en su celda, sin oír misa ni comulgar y tratada como una impostora; pero los fenómenos persistían y, sobre todo, mantenía su actitud serena, confiada y alegre, de absoluta obediencia y humildad.

Más tarde fue abadesa hasta su muerte, y se la vio gobernar el convento con un espíritu práctico, una solicitud por los detalles de la vida cotidiana, una sensatez y un buen humor que desconcertaban a los que creían que la unión íntima con Dios incapacita para vivir en este mundo.

10 - Cristóbal (¿siglo III?)
Popularísimo gigantón que antaño podía verse con su barba y su cayado en todas las puertas de las ciudades: era creencia común que bastaba mirar su imagen para que el viajero se viese libre de todo peligro durante aquel día. Hoy que se suele viajar en cohe, los automovilistas piadosos llevan una medalla de san Cristóbal junto al volante.

¿Quién era? Con la historia en la mano poco puede decirse de él, como mucho que quizá un mártir de Asia Menor a quien ya se rendía culto en el siglo V. Su nombre griego, «el portador de Cristo», es enigmático, y se empareja con una de las leyendas más bellas y significativas de toda la tradición cristiana.

Nos lo pintan como un hombre muy apuesto de estatura colosal, con gran fuerza física, y tan orgulloso que no se conformaba con servir a amos que no fueran dignos de él; primero un rey, aparente señor de la tierra, y luego el Diablo, verdadero príncipe de este mundo, le defraudan, uno y otro se vanaglorian de no temer a nadie, pero el rey tiene miedo al Diablo, y el Diablo tiembla a la sola mención de una cruz donde murió un tal Jesucristo.

¿Quien podrá ser ese raro personaje tan poderoso aun después de morir? Se lanza a los caminos en su busca y termina por apostarse junto al vado de un río por donde pasan incontables viajeros a los que él lleva hasta la otra orilla a cambio de unas monedas. Nadie le da razón del hombre muerto en la cruz que aterroriza al Diablo.

Hasta que un día cruza la corriente cargado con un insignificante niño a quien no se molesta en preguntar; ¿qué va a saber aquella frágil criatura? A mitad del río su peso se hace insoportable y sólo a costa de enormes esfuerzos consigue llegar a la orilla: Cristóbal llevaba a hombros más que el universo entero, al mismo Dios que lo creó y redimió. Por fin había encontrado a Aquél a quien buscaba.

11 - Benito (c. 480-c. 547)
En este monje barbudo de hábito negro, con el rostro iluminado por una luz indecible, lo que más atrae son los ojos, limpios y profundos, pendientes de una lejanía que está más allá de lo que podemos ver. Lleva una pluma en la mano y está escribiendo en un libro santas palabras sobre la humildad y la obediencia. Así le vio un anónimo español del siglo XVI en cierto cuadro que se conserva en el monasterio de Leyre.

No es mucho lo que se sabe de él. Que nació en Nursia, en la Umbría, y que estudió en Roma, cuyo ambiente debió de sentir tan amenazador para su fe que prefirió retirarse a la soledad para hacer vida ascética. Más tarde le volvemos a encontrar en Subiaco, donde se le unen discípulos y funda doce monasterios de los que es superior.

Hasta que, después de graves vicisitudes entre las que no faltan la calumnia y un intento de envenenamiento, se instala en las alturas de Montecasino, entre Roma y Nápoles, y sobre las ruinas de un templo pagano levanta el gran monasterio cuna de la orden benedictina. Allí escribió su famosísima regla que iba a adoptar todo el orbe cristiano, modelo de espiritualidad y discreción, que es como uno de los documentos fundacionales de la antigua Europa.

Patrón de Europa le nombró precisamente el papa Pablo VI, ya que su regla, por la que se rigen hoy unos cuarenta mil monjes de todo el mundo, ha hecho que el patriarca del monacato occidental fuera uno de los grandes constructores de la personalidad europea; como Montecasino es nuestro símbolo de cultura cristiana, sobre cimientos paganos, arrasado por los bárbaros y destruido nuevamente en la segunda guerra mundial, persistiendo en medio de las peores tormentas como una lámpara que no se apaga y que encendió Benito.

12 - Juan Gualberto († 1073)
Este santo florentino es conocido en la historia de la vida monástica como fundador de una comunidad a la que dio una adaptación personal de la regla de san Benito, y que desde la casa madre de Vallombrosa, en la Toscana, se extendió por toda la península.

Antes había sido religioso en San Miniato de Florencia, pero se dice que huyó de allí cuando los monjes quisieron elegirle abad, «prefiriendo obedecer que mandar, y huir del peligro en que están los que ocupan lugares altos». Con un compañero fue, pues, en busca de otros parajes, aunque en Vallombrosa a la larga tuvo que resignarse a la dignidad abacial.

«Manso, benigno, grave, modesto, severo con los rebeldes y suave con los flacos, muy compasivo con los enfermos, celoso de la santa pobreza», del retrato que trazan de él los hagiógrafos antiguos surge una admirable estampa de monje que sólo vive para la oración y la caridad.

En su recuerdo hay una llamativa anécdota a la que se atribuye su decisión de abrazar el estado religioso. Su familia andaba enzarzada en sangrientas venganzas, y cierto día topó en un camino solitario con el mayor enemigo de los suyos, que se encontraba inerme ante él.

El hombre se arrodilló para suplicarle que le perdonase la vida por amor de Jesucristo en la cruz, y Juan Gualberto, conmovido, le abrazó diciéndole que no podía haberse buscado un abogado mejor. Luego, al entrar en una iglesia, vio que el crucifijo inclinaba la cabeza ante él, dándole las gracias.

13 - Enrique (973-1024)
Hijo del duque de Baviera, heredó el ducado a la muerte de su padre, y en el 1002, al morir sin descendientes directos Otón III, le sucedió en el trono del Imperio RomanoGermánico; posteriormente su apoyo al papa Benedicto VIII, que tuvo que enfrentarse a un antipapa, le valió ser coronado en Roma.

Su política de consolidación de la monarquía germánica y sus guerras con Polonia forman parte de sus deberes imperiales, que no son del caso, y en el santoral se le recuerda por otros conceptos, como favorecer a los cluniacenses, su empeño en contribuir a la reforma del clero y sus fundaciones eclesiásticas, entre ellas el obispado de Bamberg, en cuya catedral está enterrado.

Pero también tales aspectos tienen que ver de forma directa o indirecta con la política, y ésta inevitablemente determinó la aparición de ciertas leyendas piadosas (como la de su matrimonio blanco con santa Cunegunda), que hoy los historiógrafos tienden a rechazar.

De san Enrique se decía por ejemplo que tenía una firme vocación de monje y que repetidas veces intentó ingresar en un monasterio, circunstancias que están lejos de ser probadas. De todos modos, si está en el santoral no es por ser religioso frustado, sino emperador reinante, con todas las adherencias legendario-políticas que ello significaba en aquel tiempo.

Canonizado en 1146, aun suponiéndole una indudable piedad y un fervoroso celo por la causa de la Iglesia, hoy se le evoca por santificarse al frente de un imperio, haciendo política, en el altísimo puesto humano que se le asignó, sin renunciar a sus turbiedades y peligros, santo emperador para que de todo haya.

14 - Camilo de Lelis (1550-1614)
Un viejo capitán cansado y sin fortuna al morir lega todo lo que posee a su hijo, un arcabuz y una espada, además de su temperamento impetuoso y de Dios sabe qué sueños de gloria militar. Camilo será también desde la adolescencia mercenario, hombre que alquila su vigor y su vida por una soldada.

Hacia los veinte años una úlcera en la pierna le hace recalar en el hospital romano de San Giacomo, y como era pobre pagaba sirviendo en el mismo hospital como enfermero; hasta que le echaron de allí por pendenciero y jugador -los naipes eran su perdición-, y otra vez renqueando se fue aquel gigantón violento por tierras y mares ganándose el pan con la guerra.

De nuevo la llaga, «una caricia divina», le hizo interrumpir esta existencia errante, por dos veces quiere hacerse capuchino, pero nadie se fía de él, y hacen bien, siempre cede a sus tentaciones, la riña y la baraja, y al fin, solo y desnudo ante sí mismo, decide cambiar para dedicarse a Dios y al servicio del prójimo.

Vuelta a San Giacomo, donde ahora se desvive por los enfermos; por su abnegación le nombran mayordomo y atrae a varios compañeros que le secundan en obras de caridad y de piedad. Ya en la treintena, cuando en el hospital le miran con desconfianza por su celo excesivo, estudia para sacerdote, se ordena y, venciendo mil obstáculos, entre ellos el de su escasa salud, funda una congregación, los llamados «camilos».

Hasta su muerte, él y los suyos cuidarán enfermos en la iglesia de la Madalena, cerca del Panteón, cuando no recorre Italia atendiendo a los apestados, visitando cárceles y dedicándose a los moribundos. Hombre sencillo y sin grandes luces, con la testarudez que le distingue, no tiene más guía que la solicitud heroica y práctica; se lo juega todo a la carta del amor de Dios, quien le recuerda su llamada y su fidelidad en una dolorosa úlcera que jamás va a cerrarse.

Francisco Solano (1549-1610)
En los altares es un fraile al que acompaña un insólito atributo, un violín, instrumento del que al parecer se servía para atraer a los indios americanos, quizás entonando también alguna canción, porque se sabe que además de ser aficionado a la música tenía muy buena voz.

La primera parte de su vida transcurre en Andalucía; en su Montilla natal, en Córdoba, estudia con los jesuitas, en 1569 se hace franciscano, pasa al convento de Nuestra Señora de Loreto, cerca de Sevilla, y luego será maestro de novicios y superior en San Francisco del Monte.

En 1589 embarca en Cádiz con once religiosos más y empieza la aventura americana, en la que se suceden naufragios, calamidades y peligros, llega a Tucumán por la ruta de los conquistadores, y durante diez años misiona entre los indios convirtiendo a muchísimos de ellos.

¿Consiguió bautizar a tantos miles de golpe como quiere la tradición? ¿Es cierto que tenía don de lenguas y que todos los indígenas le entendían en la suya propia? Lo seguro es que aprendió las lenguas de la tierra peruana, y que su predicación popular y sencilla causaba un efecto imborrable en sus oyentes.

Desde 1601 le encontramos en Lima, donde sus superiores tienen que amonestarle porque sus palabras conmueven de tal manera al gentío que se suscitan tumultos. Allí muere tras una breve enfermedad, con fama de santo, el fraile viajero del violín y del crucifijo.

15 - Buenaventura (1221-1274)
Cuando fray Buenaventura llegó a París para completar sus estudios debió de quedarse perplejo y horrorizado ante el ambiente polémico de la gran ciudad universitaria; había dejado atrás su aldea toscana, Bagnorea, y su mismo nombre de Juan de Fidanza para encontrar entre los hermanos menores el amor celeste, la paz y la humildad del padre San Francisco, pero París vivía una enconada guerra de teólogos rivales derrochando violencia y orgullo.

Los frailes iban a la greña entre injurias, calumnias y hasta palizas discutiendo sobre Aristóteles y Averroes, y fue en medio de ese guirigay tan poco ejemplar donde se formó Buenaventura, experiencia inolvidable que le daría un santo equilibrio: sin renunciar a la inteligencia y al saber, insistió siempre en que «cualquier mujeruca ignorante puede amar y conocer mejor a Dios que un sabio teólogo».

Él y Tomás de Aquino serán el Doctor Seráfico y el Doctor Angélico, resumiendo fraternalmente en aquel agitado París el esfuerzo por unir verdad y caridad, conocimiento que se ilumina con luces superiores o se condena a ser una triste caricatura de la ciencia de Dios sin Dios.

Buenaventura será franciscano antes que nada y por encima de todas las teologías del mundo, y cuando le elijan general de su orden, también muy dividida, y se convierta en una gran personalidad (obispo _de Albano, cardenal y legado pontificio), antepondrá a todos los honores, consideraciones políticas y doctas palabras el espíritu de sencillez del fundador.

Lavaba la vajilla de su convento, cerca de Florencia, cuando los enviados del Papa fueron a anunciarle que era cardenal, y según la tradición les pidió que colgaran el capelo de la rama de un árbol porque tenía las manos grasientas y sucias. Esto será más duro, suspiró.

16 - María Magdalena Postel (1765-1846)
Julie Postel, hija de un cordelero normando, en su niñez era apodada «la santita» por las gentes de Barfleur, que se hacían lenguas de su piedad; se educó con las benedictinas de Valogne, que le propusieron quedarse con ellas, pero la abadía no le pareció suficientemente pobre.

Su ideal era enseñar a niñas que no pudiesen pagar ningún colegio, quería recristianizar Francia partiendo de la formación de las mujeres, y a los dieciocho años se instaló en Barfleur en una choza, humilde origen de sus futuras escuelas para alumnas también muy humildes.

Durante la Revolución se convirtió en la «virgensacerdote», como entonces se dijo: estaba autorizada a distribuir la comunión, ocultaba los vasos sagrados, facilitaba lugares de culto clandestino, daba albergue a los curas fugitivos y seguía enseñando el catecismo en cuevas y graneros.

En 1805 fundó en Cherburgo las Hermanas de las Escuelas Cristianas de la Merced, congregación para la que adquirió años después la abadía de Saint-Sauveur-le-Vicomte, cerca de Coutances, y gobernó su orden hasta una edad muy avanzada con criterios tan espirituales y de tanta ternura maternal que fue canonizada en 1925.

La hermana María Magdalena, que a su muerte había fundado treinta y siete casas, desplegando una enorme actividad a pesar del asma que sufría y de las penitencias que solía imponerse, fue una mujer fuerte y humilde, con la testarudez que se atribuye a los normandos, convencida de ser un pobre instrumento de Dios con el cual Él podía hacer maravillas.

17 - Alejo (siglo V)
Hay santos con cuya vida la tradición teje estupendos relatos para envidia de los escritores, y éste es el caso de san Alejo, cuya historia es como una novela bizantina, con sorpresas, viajes, naufragios, sucesos extremados, estatuas parlantes y una anagnórisis, el reconocimiento final, que no puede ser más novelesco. Y así desde la Edad Media la literatura se ha ocupado complacidamente de este formidable personaje.

Era hijo único de Eufemiano, opulento y caritativo senador de Roma, estaba adornado, dicen, con todas las gracias y virtudes, y el mismo día en que se casa abandona a su dulce esposa y vaga como un peregrino por tierras lejanísimas hasta recalar en Edesa, más allá del Eufrates, donde vive a la manera de un piadoso mendigo junto a la basílica del apóstol Tomás, pidiendo limosna y repartiéndola entre los demás pobres.

Diversos prodigios señalan su presencia y le sacan del anonimato, tiene que volver a correr mundo y va a parar de nuevo a su ciudad natal, donde su padre, que le ha buscado afanosamente por todas partes, no le reconoce y le da albergue, como a un pordiosero más, en el hueco de la escalera principal del patio de su casa.

Allí -una antigua tradición romana supone que en el Aventino, donde hoy se levanta la iglesia de San Alessio-, ejemplo de paciencia y humildad, ayunó y rezó entre las burlas de la servidumbre durante diecisiete años, al término de los cuales, al morir, se le encontró en la mano una carta dirigida a sus padres y a su esposa declarando al fin quién era.

Otro mendigo por Dios, en medio del esplendor de Roma, al igual que Benito José Labre, pero en su propia casa, irreconocible para los suyos, peregrino en su patria y ciudadano ya del Cielo.

18 - Sinforosa (siglo II)
Matrona romana cuyo esposo, san Getulio, que era tribuno militar, murió mártir en la época de Adriano. Estematrimonio tenía siete hijos varones cuyos nombres conserva la tradición: Crescencio, Juliano, Nemesio, Primitivo, Justino, Estacteo y Eugenio.

Dicen que todos se retiraron, junto con la madre viuda, a la ciudad de Tívoli, donde se mostraba a los visitantes de siglos después una cisterna seca en la cual parece que estuvieron escondidos durante un tiempo mientras arreciaba la persecución.

Por fin cayeron en manos de sus enemigos, y como Sinforosa no se dejase persuadir con promesas y amenazas para sacrificar a los ídolos, mandaron «darle muchas heridas en el rostro, colgarla de los cabellos y tenerla suspensa en el aire». Pero desde allí animaba a sus hijos a permanecer firmes en la fe.

Se le ató al cuello una pesada piedra y se la arrojó al río Teverone, afluente del Tíber que pasa por Tívoli, y sus hijos recibieron muerte al siguiente día: Crescencio, Juliano, Nemesio y Primitivo de lanzadas en la garganta, el pecho, el corazón y el vientre, Justino fue desmembrado y hecho cuartos, Estacteo herido por todo el cuerpo y Eugenio partido por el pecho en dos mitades.

En su memoria se levantó una iglesia en la Via Tiburtina, pero tales hechos, muy semejantes a otros de no muy clara historicidad, son discutibles. Los antiguos cristianos confundían a menudo historia y símbolo, como hoy confundimos historia y ciencia, aunque tal vez su voluntario equívoco era más noble y se acercaba más a las verdades últimas.

19 - Justa y Rufina († 287)

Itálicas y alfareras,
nimbadas de luz la sien,
con la palma entre las manos,
con el león a los pies.

Así las vio un poeta andaluz, y en el sevillano Museo Provincial de Bellas Artes está el lienzo de Murillo, quien representa a las patronas de su ciudad rodeadas de cacharrería y sosteniendo entre las dos -anacronismo delicioso en el que casi no reparamos- nada menos que la Giralda.

Según la tradición, Justa y Rufina eran hermanas, hijas de un alfarero que vivía en la Trajana de aquel entonces, la Triana actual, al otro lado del río. Su padre era gentil, pero ellas habían abrazado el cristianismo, quizá de una forma discreta, para evitar conflictos familiares y alborotos en la vecindad.

Cuéntase que un día entró en su tienda un hombre pidiendo donativos para el ídolo que llevaba. Es el momento en el cual la discreción puede convertirse en traición, y se niegan rotundamente a participar en la idolatría, declarando que adoran a un Dios que «no es semejante al oro o a la plata o a la piedra» (lo había dicho san Pablo), «obra del arte o del ingenio humanos».

Criadas en un alfar, ¿quién va a saber mejor que ellas lo que vale y lo que significa un objeto, lo que han visto salir del barro informe y sucio, aunque luego se venere? Les rompen todas sus vasijas, ellas a su vez destrozan el ídolo, y el escándalo, el sacrilegio de pulverizar lo que el mundo adora hace que se las conduzca a presencia de Diogeciano, gobernador de la ciudad.

Al negarse a renegar de su fe, se las atormenta en el caballete, se las obliga a andar descalzas por los caminos yacaban en una mazmorra donde Justa muere. Rufina será arrojada a las fieras, que se amansan prodigiosamente a sus pies, como el león que evocaba el poeta, y por fin la decapitan y queman sus restos.

El recuerdo de estas santas alfareras sigue vivo en Sevilla.

20 - Elías (siglo IX a. de C.)
Hoy es la fiesta del príncipe de los profetas, «el sol de Israel», originario de Tisbé, al otro lado del Jordán, «intérprete de la voluntad de Dios, instrumento de milagros, juez y reformador de su pueblo, maestro de la soledad». Suyo es el privilegio excepcional de no morir, sino de ser arrebatado a las alturas por un carro de fuego (de ahí la antigua creencia generalizada de que volvería en los tiempos mesiánicos).

Se ocultó durante la persecución de la fenicia Jezabel, esposa del rey Ajab, que favorecía la idolatría; y cuando Dios como castigo negó el agua a aquella tierra infiel, Elías compitió con los profetas de Baal en el Monte Carmelo; después de dejar que éstos fracasaran en sus intentos de atraer el fuego celestial para un sacrificio, la oración del santo hizo que descendiera milagrosamente el fuego de Yavé.

Los elementos de la naturaleza le sirven, dialogan con él: primero es el fuego en el Monte Carmelo, luego la respuesta de Dios consiste en lluvia que pone fin a la sequía, y cuando ha de refugiarse en el Monte Horeb, perseguido por la infame reina, espera la voz de Dios, que no descubre ni en el viento impetuoso ni en el terremoto ni en el fuego, sino en la suave brisa.

Dios evita los clamores para hablar a su elegido en un murmullo, íntimamente. Al fin transmite sus poderes a Elíseo y mientras habla con su discípulo «he aquí que un carro de fuego con caballos ígneos separa a uno de otro, y Elías sube al cielo en el torbellino».

Este incombustible profeta de llama volverá a aparecer en la transfiguración del Monte Tabor, junto a Moisés, hablando familiarmente con Cristo.

21 - Lorenzo de Brindis (1559-1619)
Cesare de Rossi, natural de Brindis, en el tacón de la bota italiana, se crió en Venecia, lugar más seguro que su ciudad natal, amenazada por los turcos, a los dieciséis años se hizo capuchino adoptando el nombre de Lorenzo, y estudió en la Universidad de Padua, donde adquirió un profundo saber bíblico.

Ocupó altos cargos en su orden, pero se le conocía sobre todo como predicador, dedicándose de manera especial a la conversión de los judíos; su poliglotismo, su ciencia y su fuerte personalidad tenían que asignarle escenarios más vastos fuera de Italia, y así no tardó en desempeñar importantes misiones evangelizadoras, políticas y diplomáticas, todo un poco revuelto, como entonces solía hacerse.

En 1599 pasó a Austria, donde fundó los conventos de Viena, Praga y Gratz, distinguiéndose por su labor entre los luteranos, y años después le encontraremos en Alemania, España y Portugal (murió en Lisboa), infatigable y persuasivo como un embajador, valiente como un guerrero y sencillo y humilde como un fraile.

La Historia le recuerda principalmente por el episodio bélico de 1601, cuando durante la guerra contra los turcos en Hungría desempeñó un papel semejante al de san Juan de Capistrano, arengando a las tropas, aconsejando a los generales y conduciendo al ejército cristiano a la batalla sin más arma que un crucifijo.

San Lorenzo (que desde 1959 es Doctor de la Iglesia por sus numerosos sermones, obras de controversia y comentarios bíblicos) puede parecer desconcertante en su mezcla de espíritu evangélico y actuación política: no se conforma con llevar almas a Dios, también quisiera mejorar un poco el mundo, y es posible que este último ideal sea la corona de su gloria.

22 - María Magdalena (siglo I)
Las prostitutas y los publicanos -es decir, los ladrones con licencia para robar- os precederán en el reino de los Cielos. Una de las sentencias más agresivas del Evangelio. ¿Las rameras antes que nosotros, que más o menos cumplimos la ley, vamos a misa, rezamos, damos limosna, somos honorables? Ahí queda dicho.

María de Magdala es la ilustración viva de este anuncio escandaloso. La pecadora que derrocha ungüento aromático a los pies de Jesús en una mixtura de nardo y lágrimas, don de lo que se tiene porque se puede comprar, y don de uno mismo, el más valioso como dolor y arrepentimiento.

¿Es la misma María contemplativa, hermana de Lázaro y de la hacendosa Marta, que tuvo extravíos juveniles? Así lo quiere la tradición, y en este caso será también la misma a quien se aparece Jesús resucitado en la escena del Noli me tangere. Antes que a Pedro o a cualquier otro apóstol, Cristo se aparece a María, la llama por su nombre y no tiene que añadir nada más.

Entre los bienaventurados (y además de primera fila) parece, pues, que hay que contar con presencias insólitas: andrajosos, recaudadores de contribuciones, bandidos, chiflados, mujeres públicas. Al Hijo de Dios siempre se le reprochó tratar a gentes de mal vivir, personas a las que uno nunca invitaría a su casa y que Él no sólo invita al Cielo sino que además les da preferencia.

Según la ley esto es disparatado e injusto, pero un sentimiento puede suspender toda la legislación humana y divina, una lágrima pesa más que todos los pecados del mundo, un brusco ademán de generosidad abre las puertas del Paraíso. Por eso María Magdalena vale más que todos nosotros, que solemos mirar por encima del hombro a los ladrones y a las prostitutas.

23 - Brígida de Suecia (1303-1373)
De Brígida o Bridget se cuentan edificantes anécdotas de niñez que nos parecen sospechosamente próximas a la irrealidad, pero así eran los hagiógrafos de antaño. Su padre la casó con el príncipe Ulfo Godmarsson, y todo indica que fueron un matrimonio muy piadoso, ambos terciarios franciscanos; tuvieron ocho hijos (uno de ellos santa Catalina de Vadstena) y contribuyeron a cristianizar las costumbres de la corte del rey Magnus II. Se sabe también de una peregrinación suya a Santiago de Compostela.

En 1344 Brígida enviudó y no tardó en fundar en Vadstena la orden del Salvador, los brigitinos, pero la última parte de su vida iba a transcurrir en Roma, dando ejemplo de gran austeridad y ocupándose de los pobres y los enfermos. Allí fundó así mismo una residencia para estudiantes y peregrinos suecos.

Fue consejera de papas y figura muy admirada por sus virtudes en la Ciudad Eterna; se decía que andaba por los aires y que su rostro despedía luz, y se le atribuía sentir en la boca un intenso sabor amargo si alguna vez pronunciaba palabras que no estaban de acuerdo con la más estricta caridad.

Murió en Roma de vuelta de una peregrinación a Tierra Santa, y al año siguiente su hija Catalina trasladó sus restos a la Suecia natal. El libro de sus revelaciones, publicado póstumamente, fue muy discutido, «por haberle querido tachar y reprender algunos teólogos, que midiendo las cosas divinas con prudencia humana, no acaban de entender que Dios reparte sus gracias a quien Él es servido», pero al fin tuvo la aprobación del sapientísimo cardenal dominico fray Juan de Torquemada.

24 - Cristina (¿† c. 300?)
Como en el caso de santa Sinforosa que veíamos días atrás, también esta mártir despierta sospechas más o menos fundadas. ¿No será un simple eco de una leyenda de origen oriental? ¿Es verosímil lo que de ella se cuenta? Muchos siglos después de su muerte seguimos mirando a los santos con no poca suspicacia y casi con temor de que todo eso sea verdad.

La historia de santa Cristina tiene una localización bien determinada, el villorrio de Bolsena, junto al lago de este nombre al norte del Lacio, en cuyos alrededores hubo un pueblo de la edad del bronce, una ciudad etrusca y una primitiva necrópolis cristiana. De tal espesor de pasado surge esta mártir.

Era la hija de una autoridad local y «desde niña se aficionó a la fe de Cristo, y por la devoción de su santo nombre se llamó Cristina contra la voluntad de su padre». Estamos en el polo opuesto de los hijos de santa Sinforosa: aquí los padres no exhortan a morir por lo que se cree, sino que se convierten en verdugos.

El de la santa «procuró con todas sus fuerzas y mañas apartar a su hija de aquella creencia que él tenía por locura, mas no pudo hacer mella en aquel pecho sagrado y fuerte, antes la doncella, tomando los ídolos de oro y plata que su padre tenía, los quebró e hizo pedazos, y los repartió a los pobres».

El muy bárbaro la hace azotar y rasga sus carnes con garfios de hierro, luego se enciende una hoguera… Es mejor omitir las crueles torturas que siguen, interrumpidas por manifestaciones milagrosas, hasta que se la ata a un madero y es asaetada. Cristina, la de Bolsena, nos deja su nombre admirable y un perfume extraño de antiguos y cándidos prodigios.

25 - Santiago el Mayor (siglo I)
Es uno de los que el Evangelio llama «hijos del Trueno», un hombre de violencia explosiva, de una pieza. Entre los santos abundan las variedades de violentos, Pablo, Agustín, Jerónimo, Ignacio, los que toman por asalto el reino de los Cielos, siempre después de muchas pruebas y revolcones que los encauzan.

Santiago es uno de los que al ver pueblos que se cierran a la palabra del Maestro reclama fuego de las alturas para aniquilarlos cdmo Sodoma y Gomarra. Luego no parece conformarse con un lugar secundario en el Paraíso, quisiera estar a la diestra de Jesús. «¿Puedes beber el cáliz que yo beberé?», se le pregunta. «Puedo», responde muy seguro.

Impaciente, ambicioso a lo divino y mártir, este apóstol es el que la tradición vincula con España, haciendo de él, hasta en sus excesos reales o atribuidos, tanto da, un santo a la desmesurada y patética medida de los españoles, sustancia sobrenatural de esta tierra, como Patricio lo es de Irlanda.

Santiago de los españoles, «raíz de España», es el caballero celestial que aparece en batallas de la Reconquista acuchillando infieles y ganando victorias para la cruz, el que en la hora del desaliento es confortado por la visita de la Virgen, sobre un pilar, en Zaragoza, y cuyo sepulcro en Compostela atrae a peregrinos de toda la Cristiandad.

«Apóstol canicular», según el poeta; «entre los dos meses ardientes», tiene una presencia de fuego, levanta la espada sobre las cabezas, «más maduras que la mies que nos rodea»; es un santo salvador, como todos, pero también terrible, como un huracán de justicia que tarde o temprano ha de venir del Cielo. «Toda oración es siempre por el hombre, pero ¿quién dirá por Vos mismo esta plegaria pura y sencilla: Hágase tu voluntad?».

26 - Joaquín y Ana
Lo que veneramos en ellos es la participación oscura y anónima en los designios de la gracia; anónima también, porque los Evangelios no citan sus nombres, y solamente los apócrifos mencionan a Joaquín y Ana como padres de la Virgen. Para nosotros son los padres de María, se llamaran así o de otro modo.

Figuras muy borrosas de las que casi nada seguro podemos decir, personajes sin perfil perdidos en la maraña del tiempo, sin precisión histórica ni datos. Y no obstante son los abuelos de Dios hecho hombre, el matrimonio -sin duda santo- que dio la vida y que formó la piedad de María, la Santísima.

Sobrecoge, a poco que lo pensemos, esa disparidad de criterios. Los grandes de este mundo recuerdan orgullosamente en sus árboles genealógicos la importancia secular de sus linajes: tantas generaciones encadenadas de antepasados ilustres, ricos, poderosos, nobles, famosísimos, como si de una manera retrospectiva la gloria de sus ascendientes pudiera contribuir a la de sus sucesores.

En los subversivos criterios de Dios, los propios padres de María, madre inmaculada de Cristo, no merecen ni el recordatorio de unos nombres de pila; el Espíritu Santo no se toma la molestia de hacérnoslos saber, ¿para qué?, y delega esa información secundaria a las brumas inciertas y pintorescas de los apócrifos.

Joaquín y Ana pertenecen así a lo más puro de la tradición espiritual: son gentes desconocidas que cumplieron admirable y calladamente su deber -por su fruto les conoceréis: la Virgen-, y luego desaparecieron sin más. Su recompensa no tiene por qué estar en los libros, ni siquiera en los Evangelios. El Verbo humanado sale según la carne de la piedad y de la fe, no de la fama de una progenie.

Joaquín y Ana, piedras ocultas e indispensables de nuestra colaboración en el plan de Dios.

27 - Los siete durmientes
La Leyenda Dorada lo cuenta con el frescor y la ingenuidad que les son propios, luego un poeta inglés del barroco les menciona como un punto de referencia bien conocido; parece un capítulo de las Mil y una noches, pero es sólo una historia más o menos fantaseada de los primeros cristianos de Éfeso, la ciudad en que se supone que murió la Virgen María.

La Dormición de la Virgen, como suele decirse en Oriente. Y también estos siete cristianos efesinos -cuyos nombres han llegado hasta nosotros-, tras huir del perseguidor Decio y ocultarse en una cueva próxima a la ciudad, caen en un letargo que dura varios siglos, y cuando al despertar vuelven temerosamente a Éfeso creyendo que sólo han transcurrido una horas, lo encuentran todo muy cambiado y ven al cristianismo oficialmente reconocido por las autoridades.

Contaminación legendaria, es posible, alegoría de la resurección de la carne, quizá; aunque hubo tal vez una base histórica, un grupo de fieles perseguidos a quienes se tapió la entrada de la cueva hasta que murieron de asfixia. El hecho es que aquí está el singular relato que ya circulaba en el siglo VI y que incorporó estos personajes al calendario de la Iglesia bizantina y al martirologio romano.
El sueño de Dios, el más alto de los sueños posibles, salva de la persecución y hace inmortales, la cueva es como el seno materno de la Iglesia en un símbolo de renuncia al mundo y de refugio contra el horror, y en ella el tiempo no cuenta: siglos enteros frente a la eternidad no son nada. Y así como ellos todos ante la muerte somos durmientes a la sombra de Dios, confiados en el despertar triunfal.

28 - Catalina Tomás (1531-1574)
Se la compara siempre a una florecilla del campo, y aunque la imagen sea tan cursi hay que convenir en que a veces los tópicos más manidos se remozan si sabemos ser más sensibles a la exactitud de su alusión. Ésta es una santa tan sencilla, tan insignificante en su apariencia, que hace pensar en la flor silvestre en la que sólo reparan los ojos que saben ver.

Mallorquina de Valldemosa -lugar tan bello como trivializado por manadas de turistas sentimentales-, al quedar huérfana fue a vivir con un tío en la finca de Son Gallart, cerca del pueblo, haciendo de criadita y de pastora; un ermitaño, el padre Antonio Castañeda, la dirigía espiritualmente.

Luego se trasladó a Palma para trabajar de sirvienta con el propósito de hacerse religiosa, pero al no tener dote ni instrucción, ninguna de las comunidades de la ciudad quiso aceptar a aquella payesita. Catalina rezaba.

Por fin se allanaron todas las dificultades, inexplicablemente tres conventos estuvieron dispuestos a admitirla, y ella eligió ─porque en resumidas cuentas pudo elegir a su gusto─ el de Santa María Magdalena, de monjas agustinas, en el cual tomó el velo en 1553.

También allí vivió sólo para servir -nunca pasó de enfermera y ayudante de tornera-, entre éxtasis, visiones y gracias espectaculares que hacían que acudiesen a ella muchos de la ciudad para pedir sus consejos y encomendarse a sus oraciones. Nada de eso cambió su actitud de obediencia y humildad, y a menudo se complacía en rasgos extravagantemente infantiles para que la tomaran por tonta.

La santita de Valldemosa aparece en fiestas y procesiones populares en las que no faltan disfraces de demonios en recuerdo de los embates del Maligno contra aquella criatura de Dios.

29 - Marta (siglo I)
Marta de Betania, hermana de María y de Lázaro, está en todo: limpiar y ordenar la casa, guisar, servir, vigilando que nada falte, modelo de ama de casa hacendosa y concienzuda. Recibe al Señor, y se multiplica para procurarle la mejor hospitalidad.

Pero cuando su hermana sólo está pendiente de las palabras del Maestro y ella se queja porque no la ayuda, se le da una contestación en la que hay un dulce reproche: Marta, Marta, mucho te afanas. María ha elegido la mejor parte. Pasar a la historia sagrada así después de tantos esfuerzos, podemos pensar que no se merecía ese trato, podemos pensar tantas cosas.

Marta daba a entender que su hermana pierde el tiempo en vez de hacer algo útil y que todo el trabajo recae sobre ella, y Cristo le aclara cuál es su orden, que es revolucionario o, por así decirlo, surrealista: lo útil tiene que ir al final de todo, está muy bien pero que se posponga a lo único importante, que es ser para Dios.

Marta, y tras ella todos nosotros encajamos la lección, que es como un tropiezo que rectifica el camino. Haciendo mucho llegamos a olvidar todo lo que que no sea hacer, excusándonos de lo que tiene prioridad absoluta, «porque sólo hay una cosa necesaria», y esto es lo que desde un punto de vista útil parece lo más superfluo.

La afanosa Marta -patrona de amas de casas, cocineras, hosteleros, etc.- nos resulta tan humana, tan llena de simpatía, que la imaginación ·popular no se ha conformado con el Evangelio, situando a las dos hermanas en Provenza, donde santa Marta doma una terrible tarasca que asolaba el país. Así perdura su solicitud, siriviendo incesante, sacrificadamente, para que todo esté en orden, el hogar, nuestras vidas y el alma.

30 - Abdón y Senén († c. 250)
Poco sabemos de ellos, salvo lo que la antigua piedad romana nos ha transmitido: que eran persas, o por lo menos orientales -en su tumba de la Via del Porto se les representó con gorro frigio-, que fueron llevados a la capital del Imperio como cautivos, y que allí, pertinaces en su fe, se les echó a las fieras, que no se atrevieron a tocarles, y tuvieron que ser degollados.

Según unos, príncipes o sátrapas, grandes señores, según otra hipótesis, modestísimos obreros portuarios, lo cual explicaría que se les enterrase junto a los almacenes del embarcadero, no hay acuerdo entre los hagiógrafos, pero seguro que a Dios le daba exactamente igual. En cualquier caso, tuvieron mucha veneración en la antigüedad, y sus reliquias se conservan hoy en San Marcos, dentro del Palazzo Venezia de Roma.
Al evocar sus borrosas siluetas, sus nombres exóticos, nos llama la atención el hecho de la lejanía de su origen; Palestina estaba lejos, pero Persia mucho más aún, ¿cómo se hicieron cristianos? ¿Descendían tal vez de algún converso de los que san Simón y san Judas hicieron antes de morir en tan remoto país?

Abdón y Senén llegan a Roma para el propio sacrificio aportando sangre persa, Los traen cautivos, recorriendo enormes distancias, sólo para morir en el capital del mundo; quizás en el Coliseo, o ante la estatua colosal de Nerón que había junto a él, son conjeturas históricas, nada se sabe de cierto, sólo el testimonio de un largo viaje hasta el martirio, Ellos mismos son una resplandeciente conjetura que acaba en la certeza de la muerte por la fe.

31 - Ignacio de Loyola (c. 1491-1556)
Inmenso personaje de la historia humana, uno de los hacedores del mundo moderno, extremoso como un soldado, que es lo que era, viviendo su ideal con un ímpetu irresistible que le valió grandes odios, símbolo de una Iglesia luchadora que no se resigna a la pasividad y que pelea por la gloria de Dios, Un militar siempre de servicio.

Como tal, sacrifica en la batalla todo lo suyo, empezando por el nombre: en Roma Íñigo suena a raro, y creyendo que no tenía derecho a un nombre tan particular, elige otro universal, el de san Ignacio de Antioquía. Es la aplicación onomástica del todo para todos de san Pablo, romanos en Roma, chinos en la China, guaraníes en el Paraguay, despojarse de lo que legítimamente les pertenece -nación, lengua, nombre, identidad- para sus altos fines.

Un buen general pide resultados, y así el genio de Ignacio y el de su Compañía se relaciona siempre con aspectos prácticos: confesonario y dirección espiritual, ejercicios y cultura, escuela y propaganda, predicación e influencia política, un gigantesco reguero de empresas visibles (a veces demasiado) en la tarea de transformar el mundo.

La inquieta omnipresencia jesuita y hasta el arte que patrocinaron parece tener siempre muy en cuenta la eficacia visible, del mismo modo que la vida de Ignacio es un itinerario con famosos jalones biográficos: Loyola, su cuna, Pamplona, donde fue herido y hoy en medio de una calle una placa recuerda el lugar, Montserrat, Manresa, Montmartre en París, por fin Roma…

Pero aunque tan metido en la Historia, rehaciéndola para que se parezca un poco más a Dios, nunca pierde de vista que no es él ni los suyos quienes se salvan, sino el Espíritu, para el que no existen las estadísticas, y está dispuesto a dar todos los imperios del universo por una sola alma, todas las grandezas por lo único grande, que no puede verse ni entra en los cálculos ni en la pompa de los hombres.