24/06/2024

Nicolás Copérnico: la revolución celestial

Fue el cuarto hijo de un comerciante de Silesia, el menor y el más sensible, fruto tardío de la unión de dos linajes burgueses, los Koppernigk y los Wakzenrode. Nació el 19 de febrero de 1473 y el mundo al que vino estaba plagado de abundantes tensiones, ya que habían impuesto su dominio familias de mercaderes alemanes que comerciaban con regiones lejanas; pero el nacionalismo polaco daba ya sus primeros pasos en distintos lugares. Recordemos que su zona de arraigo estaba a lo largo del Vístula, desde su desembocadura en Danzing (Gdansk) hasta Cracovia, en la zona montañosa del interior.

Ante el odio a los alemanes, la familia de los Koppernigk silesios emigró de Cracovia a Thorn (Torum), donde halló a otros paisanos, la familia poderosa y respetada de los Wakzenrode, que procedía de la burguesía de Breslau (Wroclaw) y había extendido su influencia por su nuevo espacio vital: habían comprado propiedades alrededor de Thorn, habían obtenido cargos religiosos de alto rango y dirigían conventos y empresas colonizadoras.

Nicolás no había heredado el carácter vigoroso y sufrido de sus antepasados, pero si era poseedor de una inteligencia aguda e inquisitiva, que junto a las amplias relaciones de parentesco de su madre y una bolsa bien repleta de dinero revelaron su utilidad. Cuando su madre se quejaba de los cuantiosos gastos que ocasionaba la educación de Nicolás en las escuelas superiores, su rico tío de la familia Wakzenrode era el que sufragaba todos estos gastos, y así Nicolás pudo estudiar en diferentes universidades de prestigio, siguiendo la costumbre de la época. En 1941 marchó a Cracovía, donde además de medicina y teología estudió matemáticas y astronomía; en 1496 a Bolonia, donde en aquella época ejercían los más famosos profesores de derecho. Para ello, Nicolás no necesitaba dominar el polaco o el italiano: en las universidades el latín era la lengua usual en la que se leía y discutía, ya fuera en París, Praga o Viena.

Las carreras cultas se desarrollaban dentro del seno de la Iglesia y en este momento justo es cuando Nicolás dispone de la preparación adecuada. La Iglesia garantizaba la tranquilidad creadora, la continuidad del estilo de vida y la posición social de una persona como Copérnico, que, aunque no pertenecía la nobleza, era un gran señor. Su tío Wakzenrode, que entretanto se ha convertido en Obispo de Ermland, proporcionó a su prometedor sobrino una canonjía en Frauenburg (Frombork), una pequeña ciudad costera, pero Nicolás no se decidió. Intuyendo quizás el pobre futuro que podría esperarle en una minúscula ciudad decidió esperar un poco y correr mundo. A partir de ese momento, lo vemos primero en Prusia Oriental disfrutando de unas vacaciones; el año Santo de 1500 lo encontramos en Roma, donde dicta conferencias que suscitan un vivo interés; más tarde ejerce la medicina en Padua, y termina finalmente en Ferrara sus estudios de doctorado en derecho canónico.

Todos estos estudios que estamos apuntando en el bagaje cultural de Nicolás Copérnico se consideraban normales para aquella época. La universidadUniversidadInstitución de enseñanza superior que comprende diversas facultades, y que confiere los grados académicos correspondientes. Según las épocas y países puede comprender colegios, institutos, departamentos, centros de investigación, escuelas profesionales, etc. todavía era lo que su propio nombre indica, un lugar donde se cultivaba todo el saber. La vinculación entre las ciencias era mucho más estrecha que hoy; las ideas teológicas y filosóficas imperantes determinaban asimismo la evolución de otras disciplinas, como, por ejemplo, la medicina y el derecho, que en nuestro días tienen un componente práctico muy importante. Copérnico no era el único buen médico entre los astrónomos —de Nostradamus se dice incluso que halló un remedio contra la peste—, y un diplomático eclesiástico de cierto rango debía contar lógicamente con una formación general muy completa, no exclusivamente profesional y técnica. El hombre que había de revolucionar la astronomía tuvo por ello que administrar durante muchos años los dominios del castillo de Allestein o curar al duque Albrecht en Königsberg; de todas las tareas que se le encomendaron sólo rechazó una: colaborar en la corrección del calendario, concebida por el V Concilio de Letrán en 1516. El motivo es que esta colaboración lo habría delatado, pues no habría podido mantener oculto lo que en su intimidad consideraba una locura: la idea de que la Tierra no era el centro del universo, de que los cuerpos celestes no giraban a su alrededor, como todo el mundo podía ver en los días despejados, sino todo lo contrario, que la Tierra era un planeta más, un elemento no especialmente relevante de un enorme conjunto que se movía alrededor del Sol en una danza solemne y majestuosa.

Algunos pensadores griegos en tiempos antiguos habían expresado conjeturas parecidas como posibilidad intelectual: Aristarco de Samos, por ejemplo, o los pitagórico los tardíos. Sin embargo, Aristóteles y Ptolomeo pusieron en juego toda su autoridad para defender la Tierra como centro del universo, y la Iglesia declaró sus teorías las únicas acertadas.

En aquella época no se podía atacar ni a la Iglesia ni a los grandes pensadores griegos sin exponerse a los más graves reproches o incluso a la persecución. Por eso hay reconocer la sabiduría de Copérnico al no airear las extraordinarias novedades que había descubierto y demostrado, y tener que guardarlas bajo llave en su pequeña habitación de investigador de Frauenburg. Por ello suponemos que la comunicación de algunos de sus descubrimientos a miembros de su entorno no era motivada por la pusilanimidadPusilánimeDel lat. pusillanĭmis. ↔ 1. adj. Dicho de una persona: Falta de ánimo y valor para tomar decisiones o afrontar situaciones comprometidas. U. t. c. s. ↔ 2. adj. Propio o característico de una persona pusilánime. Actitud pusilánime., sino más bien por no llevarse a la tumba su saber, sus descubrimientos. Por esto es sin duda la explicación de un escrito, llamado Commentariolus, que hizo llegar a manos de sus amigos eruditos, un resumen manuscrito de lo que hoy denominamos sistema copernicano. Hasta 1878, es decir, hace tan sólo unos 140 años, no se halló un ejemplar de este imprescindible texto.

En esas páginas trascendentales se basaron los rumores que empezaron a correr por los ambientes eruditos. En 1536 un cardenal solicitó desde Roma una copia; en 1539 Rheticus, el catedrático de matemáticas de Wittenberg, se presentó en casa de Copérnico con el ruego de que lo iniciara en el gran secreto. El tal Rheticus calentó sus manos vacías en el formidable incendio, contribuyendo con un prólogo superfluo y medroso, cuando el gran astrónomo autorizó al fin la impresión, pero eso hoy carece de importancia. La trascendental obra fue impresa en Nuremberg con el tiempo justo para que Nicolás Copérnico recibiera el primer ejemplar en su lecho de muerte. El 24 de mayo de 1543 cerró sus ojos para siempre.

De revolutionibus orbium coelestium libri VI («Seis libros sobre los movimientos de los cuerpos celestes») es el título erudito y, sin embargo, inquietante de esta obra. En su dedicatoria al papa Pablo III, Copérnico afirma que la llevó consigo de un lado a otro durante 36 años antes de decidirse a publicarla. Así pues, la idea genial que revolucionó la concepción del mundo surgió en la mente del joven sabio pocos años después de trasladarse del mundo de las universidades italianas a la tranquila y pequeña ciudad costera. «En el centro del sistema se posa el Sol», escribe Copérnico en el capítulo décimo del Libro Primero.

En verdad, ¿quién podría —en ese templo resplandeciente— situar esa luz en otro lugar mejor que en aquel desde el que puede iluminarlo todo a la vez? Pues no sin razón se le llama el ojo del mundo, o el espíritu, o también su guía.

Kepler, Galileo y Newton mejoraron los cálculos del astrónomo de Frauenburg, llevaron más lejos sus reflexiones y completaron la demostración. No obstante, la idea y el mérito de sacarla a la luz pertenecen por entero a Copérnico. Esa hazaña se mantuvo a salvo durante un corto período de tiempo gracias a que la Iglesia de Ermland conocía la honestidad, seriedad y religiosidad de Copérnico. La dedicatoria al papa protegió asimismo su explosivo contenido, mientras los espíritus útiles de las facultades teológicas estudiaban la obra copernicana, pero en el Concilio de Trento (1545-1563) se alzaron las primeras voces críticas, y cuando Galileo reavivó la polémica sobre el movimiento de la Tierra y el sistema planetario ya nada pudo salvar el magnífico y piadoso empeño de Copérnico.

Su libro sobre las órbitas celestes, como también se conoce, fue incluido en el «Index librorum prohibturum» (lista de los libros prohibidos) y hasta 1757 fue una obra prohibida, que nadie podía leer sin incurrir en pecado. Y durante mucho más tiempo todavía más de uno ha dudado por unos momentos al oír que no era el Sol el que recorría el cielo, sino la Tierra la que daba vueltas alrededor del Sol, pues ahí residía la violenta ruptura de la revolución copernicana: enseñaba a los hombres algo que, aparentemente, contradecía la evidencia, algo que se podía rebatir con la obvia y diaria salida y puesta del sol. De haber aflorado antes a la luz pública, tal vez lo habrían tomado por loco y ni siquiera lo habrían considerado un hereje. De esta forma, su libro sobre los movimientos de los cuerpos celestes fue, en cierto modo, el regalo de despedida de un hombre a sus coetáneos. Copérnico era consciente de que cuando los eruditos enfrentasen a su obra llevaría ya mucho tiempo a salvo de cualquier polémica.

APORTACIONES DE COPÉRNICO A LA CIENCIA
Traducción de textos griegos antiguos
Como comentamos anteriormente, Copérnico estudió griego cuando estuvo en Bolonia en 1492 y tradujo versos griegos de Teofilacto Simocates en prosa latina. Dicha traducción, dedicada a su tío Lucas Watzenrode, fue publicada en Cracovia en 1509 por Johann Haller. Fue el único libro que Copérnico publicó por su propia cuenta.
La alineación del real de nuestro sistema solar
El modelo heliocéntrico del Sistema Solar que propuso nos dio a conocer la manera en la que los planetas orbitan alrededor del Sol y no que el Sol y los planetas orbitan alrededor de la tierra, como se creía. Marte, Júpiter y Saturno son los planetas que tienen la órbita más lejana, y los que se mueven más cerca del Sol son Mercurio, Venus y la Tierra. En los tiempos de Copérnico no existían ni Urano ni Neptuno.
Los movimientos de la Tierra
Gracias a Copérnico aprendimos que la tierra rota de tres formas diferentes: de rotación, es un movimiento que efectúa la Tierra girando sobre el eje terrestre, que corta a la superficie en dos puntos llamados polos; de traslación, es el movimiento por el cual el planeta Tierra gira en una órbita elíptica alrededor del Sol en 365 días y algo menos de 6 horas.
Un adelanto de la existencia de la gravedad
Copérnico afirmó que «todos los cuerpos celestes son centros de atracción de la materia». Según esto, especulaba con que los objetos más pequeños serían atraídos por los más grandes y de ello podemos deducir que el Sol, el objeto más grande de nuestro sistema solar era el centro y el resto de los planetas giran a su alrededor. Esta sería una de las bases sobre las que se cimentara la Ley de Gravitación Universal de Newton.

Como curiosidades podemos destacar que un cráter de la Luna (ubicado en el Mare Insularum) fue bautizado en su honor como Copernicus. Asimismo, otros objetos o proyectos relacionados con el espacio llevan también su nombre. Y en La tabla periódica de los elementos también cuenta con una designación en honor al astrónomo polaco: en febrero de 2010 la Unión Internacional de Química Pura y Aplicada (IUPAC) nombró al elemento 112 de la tabla periódica como copernicio.

CITAS DE COPÉRNICO
  • En primer lugar, debemos saber que el universo es esférico.
  • Como sentado en un trono real, el Sol gobierna la familia de planetas que giran alrededor suyo.
  • Saber que sabemos lo que sabemos y saber que no sabemos lo que no sabemos; ese es el verdadero conocimiento.
  • El Universo ha sido forjado para nosotros por un Creador supremamente bueno y ordenado.
  • El cielo de las estrellas fijas es lo más alto de cuanto es visible.
  • No estoy tan enamorado de mis propias opiniones para ignorar lo que otros puedan pensar de ellas.
  • Es posible que las cosas que estoy diciendo ahora sean oscuras, pero se aclararán en el lugar que les corresponde.
  • El movimiento de la Tierra sola basta para explicar tantas desigualdades aparentes en los cielos.

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