Curiosidades bélicas

Recompensas

Un mensaje del XV Grupo de Ejércitos la Cuartel General Supremo de las Fuerzas Aliadas del 11 de febrero de 1945 aseguraba que los francotiradores alemanes eran recompensados siguiendo una escala ascendente de premios:

─ 10 muertos = 10 cigarros.
─ 20 muertos = 20 días de permiso.
─ 50 muertos = Cruz de Hierro de Primera Clase y un reloj de pulsera, obsequio del jefe de las SS, Heinrich Himmler.

Matar a Hitler

En 1940, un industrial norteamericano llamado Samuel H. Church ofreció un millón de dólares a quien fuera capaz de capturar a Adolf Hitler, en lo que constituyó hasta el momento, la recompensa más alta ofrecida nunca por un criminal.

En este caso no era válido el tópico de «vivo o muerto», puesto que Church solo estaba dispuesto a pagar esa suma a quien lo capturara con vida; su objetivo no era eliminarlo físicamente, sino que el dictador nazi fuera juzgado por un tribunal internacional.

El industrial falleció en 1943, sin ver cumplido su deseo de entregar la recompensa prometida, aunque al menos pudo tener el consuelo de que el dictador alemán apenas le sobrevivió dos años.

Minas explosivas

Durante la guerra en el norte de África, los alemanes solían hacer pasar sus tanques sobre los excrementos de camello porque creían que eso le daba suerte. Conocedores de ese hecho, los británicos confeccionaron minas explosivas camufladas como deposiciones de camello, en la confianza de que los alemanes pasarían sobre ellas, saltando así por los aires.

Cuando los alemanes detectaron esa estratagema, tan solo pasaban por encima de los excrementos cuando se advertía que antes había pasado ya otro tanque. En respuesta ese particular juego, los ingeniosos británicos crearon unas minas camufladas de excrementos de camello con la huella dejada por un tanque.

Unidad 731

Japón dispuso de una unidad destinada a la experimentación con humanos, conocida como la unidad 731. Al frente estaba Shiro Ishii, considerado el Mengele nipón, por el médico alemán Joseph Mengele, que llevó a cabo prácticas similares en el campo de concentración de Auswitch.

Ishii, nacido en 1892, destacó sus estudios de medicina. Como médico militar, inició en 1932 su experimentos sobre guerra biológica. En 1936 impulsó la construcción en la Chinas ocupada de un ambicioso centro secreto de experimentación para el que contaría con grandes medios materiales. En este terrorífico centro se llevaban a cabo todo tipo de atrocidades con prisioneros chinos, como vivisecciones, imputaciones, congelaciones incluso la reimplantación de miembros al revés. También se observó en ellos el efecto a diferentes distancias de las explosiones de granadas o de los lanzallamas. Calcula que unas 10 000 personas, incluyendo mujeres y niños, fueron empleadas como cobayas humanas por Shito Ishii. Durante la guerra se hicieron también pruebas de campo con la población civil china, muriendo miles de personas del cólera, el anthrax o la peste bubónica, propagados por campos y aldeas. Ante la inminente derrota, los japonés demolieron el centro.

Una vez acabada la guerra, y en lo que constituye un episodio vergonzoso para los Aliados, Shiro Ishii tuvo la inmunidad para sus crímenes a cambio de proporcionar los norteamericanos de información que había recopilado de sus experimentos con armas biológicas. Gracias a esa protección, ni siquiera fue juzgado. Quizás para compensar el mal que había causado a la humanidad, Shiro Ishii abrió una clínica la que atendían gratuitamente a sus pacientes se convirtió al cristianismo, falleciendo 1959.

Muerte por sorpresa

El 18 de abril de 1944, tres suboficiales estaban atravesando la pista de la base aérea de la RAF en sus bicicletas, cuando volvían de pasar un rato de esparcimiento en una localidad cercana. En ese momento, un enorme bombardero pesado Short Stirling estar iniciando una maniobra de ley. El piloto del avión no pudo esquivar ciclistas que separa besaban su camino, por lo que los arrolló a los tres, falleciendo en el acto.

Coñac

Si se ve en la necesidad de pasar una o varias noches despierto, le puede ser de utilidad el remedio utilizado por el mariscal soviético Georghi Zhukov para mantenerse en vela. Durante el ataque final del Ejército Rojo contra Berlín, iniciado con una terrorífica salva de artillería el 16 de abril desde las orillas del río Oder, los soviéticos tuvieron que permanecer en todo momento atentos para responder a los desesperados contraataques alemanes.

La feroz resistencia de las tropas germanas, que se habían retirado poco antes del ataque de la artillería para retomar poco después sus posiciones en el frente, frustró la previsión de Zhukov de aplastarlas rápidamente. El prestigioso mariscal lanzaba oleadas de combatientes, una tras otra, contra las líneas alemanas, pero solo se producían escasos avances. Stalin, impacientándose cada vez más por las malas noticias que le iban llegando, no podía creer que su mariscal más competente fuera incapaz de avanzar hacia Berlín, disponiendo de una superioridad tan avasalladora. Las presiones del dictador soviético forzaron a Zhukov y a sus oficiales a dirigir la batalla sin perder de vista ni un solo detalle, si no querían pasar el resto de sus días en Siberia, por lo que se vieron obligados a no pegar ojo durante seis días seguidos.

¿Cómo consiguieron permanecer despiertos? Zhukov, en sus memorias, asegura que lo lograron mediante la ingestión continuada de coñac. Al parecer, la bebida tradicional rusa, el vodka, servía de estimulante durante unas horas, pero después provocaba un efecto somnífero, mientras que el coñac les permitía mantenerse en guardia indefinidamente.

Zanahorias

El extendido mito de que el consumo de zanahoria favorece la vista tiene su origen en la Segunda Guerra Mundial. En diciembre de 1940, los aviadores británicos comenzaron a obtener grandes resultados contra las operaciones nocturnas de los bombarderos alemanes. El espectacular número de derribos fue explicado por la RAF por un consumo masivo de zanahorias.

Según esta versión, que fue ampliamente difundida por la prensa, la vitamina A que contiene esta hortaliza potenciaba la visión de los aviadores, lo que les permitía distinguir a los bombarderos de la Luftwaffe en la oscuridad.

En realidad, esta afirmación no era más que un engaño, destinado a ocultar a los alemanes la auténtica razón de esa mejora de las prestaciones de la RAF en el combate nocturno. Un nuevo equipamiento de interceptación antiaérea había sido desarrollado por los científicos británicos, pero su utilización debía permanecer en secreto para que no fuera contrarrestada por los científicos germanos. Por tanto, se anotó en el haber de esa humilde hortaliza el mérito de los aviones enemigos derribados.