Lo que no aprendemos en el cole

Cejas

Las cejas que parecen poco importantes desde el punto de vista biológico, a través del tiempo han recibido una importancia comunicativa de relevancia. Las cejas sirven para evitar que cuerpos extraños se introduzcan en los ojos, de ahí que el grosor de sus cabellos sean más gruesos que los de la cabeza. La misión es desviar el sudor o el agua que recorre nuestra frente y cara para que entren en el ojo e impedir la visión. En muchas civilizaciones se ha cuestionado su utilidad y, por ejemplo, en la antigua civilización egipcia los dueños de gatos, cuando estos fallecían, se las rasuraban como muestra de luto.

Las cejas son más importantes de lo que parecen para poder cuidar de nuestros ojos.

Pero en la actualidad y con el nacimiento de las ciencias como la psicología, se han vuelto objeto de estudio y se les otorga una importancia que se relaciona directamente con las emociones. Según posicionemos las mismas mientras nos comunicamos verbalmente, ellas en su labor no verbal pueden indicar disgusto, sorpresa, escepticismo, enfado, interés, etc. Si unimos las arrugas de la frente y los movimientos de las cejas nos indicarán muchas pautas en la comunicación no verbal humana. Y por lo visto esta comunicación se ha demostrado universal, sirve para todos los puntos de la tierra donde haya un humano. Los bebés saben leer en la cara de lo que le rodean y ciertas tribus indígenas brasileñas han reconocido todas las señales de los movimientos faciales entre las que se incluyen las cejas.

Váter

vater_antiguoUn váter es un asiento colocado encima de un retrete, un agujero en el suelo en el cual los humanos hacemos nuestras necesidades evacuatorias. Los griegos además crearon el sistema de canalizaciones de dichas necesidades para alejarlas todo lo posible de las ciudades, aproximadamente en el 2.500 a. de C. Pero en la Edad Media hubo una involución y los excrementos se arrojaban por las ventas, al grito de “aguas van”. Se habla de ciudades como París o Londres que eran autenticas pocilgas en las que los olores humanos eran de tal preponderancia que se hacía insoportable, además de ser un problema de importancia para la salud pública, donde bacterias, virus, gérmenes y demás, convivían con las personas directamente. El suelo de estás ciudades estaba compuesto por un limo húmedo que se adhería a los zapatos, el que los poseyera y se distribuía por todos lados. La cosa mejoró cuando se empezaron a verter las aguas fecales a los ríos, pero el agua potable se extraía de los ríos, con lo que el problema contaminante esta resuelto en parte, pero las enfermedades seguían campando a sus anchas.

En 1596, John Harrington, ahijado de la reina Isabel I de Inglaterra, inventó un retrete con depósito de agua corriente incorporado, que soltaba agua al extraerle un tapón. Este señor escribía novelas subidas de tono y para volver a ganarse el favor de su protectora realizó este invento. Pero el muy imbécil escribió un nuevo libro llamado La metamorfosis de Ajax, en el que se mofaba del retrete de la reina, lo que le puso a la reina otra vez en contra. El retrete perdió relevancia y cayó en desuso debido a que nadie se lo tomaba en serio.

Varios siglos después, exactamente tres, un chatarrero inglés llamado Thomas Crapper, inventó un WC (en inglés significa water closet, «armario de agua»), que al evitar la fuga de agua parecía más práctico. Incorporaba un tubo en zig-zag, muy similar a lo que conocemos como sifón, creado en 1870 por Thomas William Twyford, que básicamente evitaba los malos olores. Exceptuando el diseño que ha sufrido cambios, el sistema es el mismo desde entonces.

Papel higiénico

Uno de los inventos más agradables, deseados y efectivos para los culos humanos.

Se sabe que en tiempos de los romanos y los griegos, los más pudientes poseían métodos o mejor dicho materiales agradables, para limpiarse salva sea la parte. Se habla de telas suaves, esponjas naturales mojadas en agua y sal marina, incluso de lana de oveja. El resto de los mortales podían recurrir a paja, hojas, arena, piedras redondeadas y como recurso final, la mano. De ahí que la gente, suponiendo que fueran diestros, se saludaban con la mano izquierda, la que no servía para tal menester.

Joseph C. Gayetty en 1857 presento en sociedad su papel medicado Gayetty bajo el lema publicitario «un artículo completamente puro para su higiene», lo que conocemos como papel higiénico y que en aquel momento era unas simples hojas de papel manila sin blanquear, con marcas de agua del inventor. Pero como todos al principio, no triunfo. Walter Alcock lo intento en 1879 en Inglaterra con su propio producto, con la diferencia de que en vez de hojas individuales, lo colocó en rollos con perforaciones para facilitar su separación. Pero el puritanismo inglés creyó que era un poco obsceno semejante producto en las alacenas de los hogares y de los comercios. Así que el triunfo absoluto lo obtuvo Scott, el del perrito actual; los hermanos Edward y Clarence Scott, se basaron en unas campañas de publicidad agresivas consiguiendo lo que otros intentaron y no pudieron llevar a cabo. Hoy en día siguen siendo los lideres del mercado. Por cierto, para su fabricación se usa madera de pino o abeto.

Lejía
La lejía, uno de las salvaguardas de los humanos de las bacterias y de la suciedad extrema.

La lejía ataca a los compuestos químicos coloreados, a los que diferencia a partir de la posición de los electrones de sus coloreadas moléculas. La luz solar contiene todos los colores y es la presencia de todos ellos lo que nos produce la percepción de la falta absoluta de color, el blanco. Cuando una prenda se mancha lo que hace es absorber las frecuencias correspondientes a dichos colores y refleja el resto. Esa tonalidad que observamos fijada es la que llega a nuestros ojos, lo que nos indica de que color es la mancha. Cuando una sustancia absorbe energía luminosa, en realidad son los electrones presentes en sus moléculas los que realizan tal absorción. Y cuando esto sucede, los electrones se excitan hasta alcanzar un nivel de energía superior en las moléculas. Así, en la ropa o cualquier otra sustancia de color blanco, los electrones de sus moléculas ya se encuentran al máximo nivel energético y por ello no absorben más energía y reflejan todas las frecuencias de de la luz solar. Y en las ropas coloreadas, manchas o cualquier otra sustancia de color, los electrones de sus moléculas tienen una energía particularmente baja y, por tanto, son susceptibles de captar energía y de mostrar el color correspondiente a la frecuencia energética rechazada. Lo que hace la lejía es, literalmente, «tragarse» ─en verdad se denomina oxidar─ esos electrones de baja energía. Lo que se consigue, al fin y al cabo, es reflejar todo el espectro luminoso y que la prenda se muestra blanca a nuestra mirada.