14/04/2024

Textos que te harán pensar

MULTIPLICACIÓN
Cojamos a dos personas y pongámoslas a prueba con un sencillo experimento. A una le pedimos que estime en cinco segundos, sin nada para poder escribir, sin papel, ni calculadora, el producto de

1 x 2 x 3 x 4 x 5 x 6 x 7 x 8

y a la otra , el producto de

8 x 7 x 6 x 5 x 4 x 3 x 2 x 1

Inténtalo antes de seguir, hasta tu mismo, sin nadie más, vas a hacer algo parecido a lo que viene ahora. Con toda probabilidad, la primera dará un valor más bajo que la segunda. La evidencia experimental nos dice que, de media, la respuesta es 512 en el primer caso, mientras que en el segundo es cuatro veces más elevada: nada menos que 2 250 (la respuesta correcta es 40 320).

EL OTRO
Vamos al mercado, y es cierto lo que se dice de los árabes, que son unos comerciantes natos; les gusta regatear los precios.
También a mí me gusta.
Y digo:
—¿Cuánto cuestan estos dos cojines de seda?
—Cien euros.
—Hummm… ¿Y uno?
—Sesenta.
—Hum… entonces me llevo el otro.
ERES LO QUE CREES SER
Una vez alguien encontró un huevo de águila y lo puso en el nido de una clueca. El huevo se abrió simultáneamente con los de la nidada y el aguilucho creció junto con los pollitos. Durante toda su vida, el águila hizo lo que hacían los pollos de corral, pensando que era uno de ellos. Hurgaba en el terreno en busca de gusanos e insectos, cacareaba y cloqueaba, aleteaba levantándose del suelo algunos centímetros. Pasaron los años y el águila se hizo vieja. Un día vio encima de sí, en el cielo despejado de nubes, un espléndido pájaro que planeaba, majestuoso y elegante, en medio de las fuertes corrientes de aire, moviendo apenas sus robustas alas doradas. La vieja águila alzó la mirada llena de estupor. «¿Quién es aquel?», pregunto. «Es el águila, el rey de los pájaros —respondió su vecino—, pertenece al cielo. Nosotros, en cambio, pertenecemos a la tierra, porque somos pollos.» Y así el águila vivió y murió como una gallina, puesto que pensaba que lo era.
(A. de Mello Massagio per un’aquila che si crede un pollo, Milán, Piemme, 2000, págs. 3-4).
VAYA, VAYA
El filósofo griego Aristipo (siglo IV a. de C.) era muy goloso. Platón una vez lo paró y le reprochó:

—¿No te parece —le dijo— que has comprado mucho más pescado del que necesita tu apetito?

—Cierto —admitió Aristipo—, pero he pagado poco por él. ¡Solo dos óbolos!

—¡Oh! —exclamó Platón—, a ese precio lo habría comprado también yo.

—Ves —le hizo notar Aristipo—, si yo soy goloso, entonces tú eres avaro.

ANSIEDAD VS. ESFUERZO
Un grupo de estudiantes, ansiosos por un examen, fue sometido a una difícil prueba dividida en dos partes y presentada como un test de inteligencia general. En el intervalo entre las dos partes del test, se pidió a los estudiantes que cuantificaran tanto la ansiedad suscitada por la prueba como el esfuerzo. Pero antes, a algunos de ellos, a los que llamaremos grupo B, se les sustrajo el potencial recurso de la autolimitación. En efecto, los experimentadores les explicaron que la puntuación final no se vería influida por la ansiedad individual. En consecuencia, la ansiedad no podía ser utilizada como justificación de un escaso resultado.

Una buena jugada. Un estudiante que no usa la ansiedad como justificación debería declarar el mismo nivel de ansiedad en cualquier caso. Si, en cambio, usa la ansiedad para proteger su autoestima, recurrirá a la habitual estrategia de solo a condición de que puede serle útil en ese caso específico. Esto es precisamente lo que ha aflorado en el experimento. Los estudiantes del grupo A, declararon un alto nivel de ansiedad. Los del grupo B, a los que se les había dicho que la puntuación no se vería influida, hicieron una elección muy distinta: no recurrieron a la acostumbrada justificación, pero declararon un menor nivel de esfuerzo. Se necesita mucho más que un grupito de psicólogos para tener en el saco la astucia de un cerebro fatuo.

(C. Fine, Gli inganni della mente, Milán, Mondadori, 2006, págs. 11-12).

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