24/06/2024

Sucesos achacados a la edad

Este año he cumplido 56 años. Desde que cumplí 50 han ido ocurriendo algunos cambios en mi cuerpo y en mi mente que me han mosqueado bastante. Desde tiempos inmemoriales, nos han querido convencer, sobre todo en los libros de historia, que las personas que formamos parte de la humanidad, según esta avanza, aumenta el umbral de vida. Esto parece que es verdad hasta cierto punto. Si por curiosidad miras los libros de historia verás que muchos de los que forman parte de ese libro tienen unas edades bastante avanzadas. No así la mayoría de la gente que le rodeaba de la que no se suele tener noticia por no ser motivo de interés. Lo que al final se traduce en que la mayoría de los que han hecho historia ha muerto mayores porque han tenido una mejor calidad de vida.

Todo esto viene a cuento porque ayer, martes 10 de mayo de 2022, me sucedieron dos cosas, una por la mañana y otro por la tarde, que me dejaron bastante desconcertado. Por la mañana fui de compras a un supermercado que lleva en la primera parte de su nombre la última parte de la palabra que define a una señora en valenciano. Cuando termine de pagar, hablando de forma distendida y agradable con la cajera de turno que me atendió, cogí mis bártulos, compras y bolsas y me marche. Como siempre acudí al parking a recoger mi vehículo: mi bicicleta. Acople mis compras en el interior de la cesta de metal que llevo en el porta bultos trasero y la asegure con una redecilla que llevó para tal efecto. Salí alegre y cantarín a buscar el siguiente comercio en el que adquirir mis provisiones. Cuando llegue a este, amarre mi bici a una señal de esas modernas que son de aluminio y que en lo alto llevan un letrero que informa de algún punto de interés a los conductores. Hay que decir que entre que la gente no lee y que todo el mundo utiliza Google maps cuando está perdido, lo de los letreros tiene poco sentido.

Mi bicicleta Elops 520

Cuando entré en el nuevo comercio me dio por comprobar si llevaba todo. Me imagino que mi cerebro ya me estaba avisando que no, no todo. Comprobé horrorizado que no llevaba mi teléfono móvil. Esto es otra de esas cosas que me da absolutamente igual, no porque pierda algo, sino porque, me tengo que comprar otro y me duele el bolsillo. Desde que existen las copias de seguridad en la nube, el que pierde algo es porque desea perderlo. Y la verdad que hay mogollón de cosas que merecen la pena ser perdidas. Ya sabéis a lo que me refiero.

Total, que le comunicó a la cajera/dueña del comercio que en breves momentos volveré a hacer acto de presencia, ya que voy a toda hostia al anterior comercio donde, seguramente, había dejado abandonado a su suerte mi dispositivo de comunicaciones, anotaciones, fotografías, información, lectura, el tiempo, juegos, visualización de programas, cine, radio, documentos, hojas de cálculo, divertimento, etc.

Volví a desatar mi bici de su «estaca», pensamiento que me vino al visualizar una película del oeste en la que desatan el caballo del madero que está al lado del abrevadero, y pedaleé con toda la potencia que mis piernas pudieron absorber de todos mis sistemas musculares que no me eran útiles en ese momento y llegue rápidamente al parking. Amarre la bicicleta, subí las escaleras y me colé dentro del supermercado donde había estado recientemente. Primero, por si acaso, miré dentro de la fila de carros, si es que alguno de los que estaban allí podía haber sido mi carro, comprobando que en los cuatro o cinco primeros no se hallaba ningún móvil abandonado. Esta opción quedaba descartada ¡horror! Fui a la caja en la que había pagado y, ¡horror!, allí no estaba la cajera a la que había yo abonado mis provisiones. Desde hace unos años he aprendido, la edad a veces te enseña cosas y las mujeres muchas más, que por preguntar no pasa nada. Así que pregunté:

– Hola, ¿qué tal? Por casualidad no habrás encontrado un teléfono móvil abandonado por aquí ¿verdad?

– Eh, no. Pero, pregúntale a mi compañera Amalia –mientras señalaba a la cajera que estaba frente a ella y a mis espaldas– que parece que algo he oído.

Benditos rumores.

Salgo corriendo, tampoco mucho, la caja estaba cerca y, nervioso, como adolescente en su primera cita, esperé a que la cajera terminase de cobrar a un señor para abordarla y decirle:

– Me ha dicho tu compañera que te pregunte ¿no sabrás algo de un móvil perdido, verdad?

Ella, muy amablemente, me muestra una amplia sonrisa, se da lentamente la vuelta, se agacha un poco y se vuelve hacia mí, girando muy despacio como en las películas en las que te van a dar un beso, un tiro o algo parecido, comprobando que en su mano me entregaba el deseado dispositivo. Todo esto lo acompaña de la frase: ¡menuda suerte has tenido! Aunque realmente yo creo que todo eso lo fabricó mi cerebro para darle un aire grandioso al momento.

Una vez recuperado el teléfono regrese al segundo comercio a continuar con mis compras y relate a Lidia, que así se llama la dueña/cajera del comercio, como se había desarrollado y finalizado la pérdida-rescate del dispositivo de los cojones las narices.

Si todo hubiera finalizado ahí, me daría por contento. Pero no. Por la tarde volvió a suceder.

Voy a las 16 horasPara los de horario de 24 horas, las 4 PMPost meridiemLoc. lat. → 1. loc. adv. Después del mediodía. U. para indicar que la hora señalada es posterior a las 12:00. , de la tarde para el resto de los mortales, recibo un mensaje que me decía que habían recibido en una tienda de deportes del tamaño de un estadio de fútbol, el Declatón, al menos así lo dice una amiga de mi hija, las sandalias que había adquirido por Internet. «Ya puede usted pasar a recoger su pedido». Pues nada, allá vamos de nuevo.

Bajo de mi casa, vivo en un 5° sin ascensor, tócate los cojones las narices; procedo a quitarle a mi vehículo de transporte cotidiano, una bici, todos los candados y cadenas que le suelo poner. Por cierto, me hacen famoso entre mis allegados y conocidos por el grosor, peso y volumen de las susodichas, y decido marchar al sitio. Pongo todos mis objetos dentro de una bolsa, esa bolsa dentro de la cesta y lo tapó todo con una redecilla para que nada salga despedido involuntariamente. Llegó a la mole de objetos deportivos y recuerdo que debo de comprar una luz delantera, pues me la habían robado. Subo la primera planta, busco y comparo precios, adquiere el producto y salgo por la puerta, olvidándome del motivo primigenio que me había llevado a la megastore poliesportiu. Llegó al lado de la bicicleta, introduzco todo en la bolsa y procedo a quitar el candado. ¡Horror! ¿Dónde están las llaves?

Como todo susto dramático llevado al extremo, mi cerebro empezó a cavilar todo tipo de posibilidades. Meneé la bici por si se habían quedado enganchadas en cualquier parte, la rodeé varias veces para comprobar que no había dejado ninguna zona sin comprobar. Y, aún no sé por qué, se me ocurrió que en el momento en que, en mi casa le quité los candados, se me podían haber caído las llaves. Antes de salir había hablado con mi vecina Pamela así que, sabiendo que posiblemente siguiera allí, le puse un mensaje por WhatsApp pidiéndole que, por favor, mirara si se me habían caído las llaves en el sitio donde suelo dejara amarrada la bicicleta. La chavala, que no tiene culpa, tardó un poco en hacerme caso, que seguramente con los nervios fueron 10 o 15 segundos, pero que a mi me parecieron una eternidad. Así que probé suerte a ver si estaba mi hija en casa. La busqué en la agenda y la llamé y en ese momento me entraba una llamada de Pamela. Cuando te pones nervioso y además tienes un catálogo de pollasLos dedos «longaniza» de Carlos III de InglaterraLos dedos «longaniza» de Carlos III de Inglaterra longanizas por dedos, ocurrió lo que tenía que ocurrir. Colgué a mi hija y colgué a Pamela. El plan estaba saliendo según las estimaciones. Total que volví a llamar a Pamela y no me lo cogía. A todo esto mi hija pasó de mí. El teléfono me comunicó que tenía un WhatsApp. Lo abrí y era Pamela explicándome que no, no estaban las llaves por allí y que había salido incluso a la calle y tampoco las había visto.

Menos mal pensé yo. En un primer momento, pensé en llamar un taxi y salir corriendo comprobar si las llaves estaban allí. Pero no lo hice y cuánto me alegro. Recapacite un momento y volví pensar, eliminando uno de los componentes de la ecuación, la perdida de llaves en la escalera e hice lo que tenía que haber hecho desde el principio que es volver a entrar en la tienda y preguntar. Me acerqué al vigilante de seguridad que me miro con cara de ¿otra vez este por aquí?, le pregunté, y me interrogó: ¿cómo son las llaves? Mi llavero es un nudo marinero que parece una bola. Le dije eso, que llevaba una bola y no me dijo nada. Se fue hacia un cuarto, entró, buscó en los cajones y me las entregó. No le di un beso porque seguramente él me daría un puñetazo. Pero no pude menos que decirle la alegría que me había dado. Me dio tanta alegría que me fui.

El caso es que, cuando estaba cerca de mi casa, a unos cuantos metros, me acordé las sandalias. Hostias, otra vez para el sitio. Sin hacer caso de la hora, me di la vuelta y a tirar millas. Me encuentro al seguridad en la puerta de frente. Le comento: ¿puedo entrar a recoger un pedido que con el rollo de las llaves me ha olvidado que tenía que recoger? El buen hombre pensaría que ya había tenido bastante y me dejó pasar. Hablé con el dependiente de la recogida de pedidos por Internet y fui al servicio a evacuar líquidos no asimilados. Cuando estaba en el trance oí por megafonía un mensaje: «queridos clientes, en breves momentos, tatatlon cerrará sus puertas así que, por favor vayan pasando por caja». Miro el reloj y son las 21:25, casi las nueve y media. Yo en mi tranquilidad pensaba que cerraban a las 22:00. Imagínate que además de darme la vuelta y correr como un gilipollas para la tienda, llego y está cerrada. Eso sí que hubiera sido ya para morirse.

Hoy es 11 de mayo de 2022 y he tenido que ir a devolver las sandalias que me venían grandes. Sin noticias de Gurb.

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