La moralidad en tiempos de Franco. La educación de la juventud: sexos separados y reprimidos

En la dirección de los dos Ministerios culturales (Educación e Información) de los que disfrutó sin competencia hasta 1962, la Iglesia española hizo mucho más que velar por la formación moral y cristiana de la juventud. Aprovechó con avidez su situación de privilegio e impuso sus cuadros (primero de «católicos» y luego de «opusdeistas») y sus orientaciones en el ámbito jurídico, educativo y hasta en el económico, mediante el apoyo de los colegios religiosos y demás centros de la Iglesia.

Con un vivo sentido de cuerpo, proverbial en la clase eclesiástica, se evitaron las infiltraciones de extraños o sospechosos. Así, por ejemplo, Dionisio Ridruejo, durante la guerra falangista, crítico y director de los Servicios de Prensa y Propaganda, ha descrito como aborto en 1938 su proyecto sobre Organizaciones Juveniles del Movimiento a causa de la oposición de la Iglesia.

Se encontró –escribe Ruidejo– que era demasiado joven, demasiado soltero y demasiado aficionado a las mujeres para encargarme del gobierno de la juventud e inspirar confianza a los padres de familia… El orden de la Educación, de interés vital para la Iglesia, se organizaría donde y como era lógico que se organizasen dada la relación de las fuerzas –real y no formal– que iban a disputarse los trofeos de la guerra.

En los textos legales que se elaboraron por estos años (leyes de Enseñanza Primaria, de Bachillerato y de Orientación Universitaria), se reconocía a la Iglesia del derecho de inspección y vigilancia en todos los centros en cuanto tuviera relación con la fe y las costumbres.La Ley de Ordenación de la Universidad Española de 29 de julio de 1943 establecía expresamente que la Universidad debía adaptar sus enseñanzas al dogma y a la moral católicos y a las normas del derecho canónico vigentes.

Tales preceptos quedarían integrados en el artículo del Concordato de 1953 entre España y la Santa Sede, documento trascendental que selló la alianza entre la Iglesia y el nuevo Estado español. He aquí algunos de los artículos más significativos:

Art.26.     En todos los centros docente de cualquier orden y grado, sean estatales o no estatales, la enseñanza se ajustará a los principios del dogma y de la moral de la Iglesia católica.

Art. 27.    El Estado español garantiza la enseñanza de la religión católica como materia ordinaria y obligatoria, en todos los centros docentes, sean estatales o no estatales, de cualquier orden o grado.

En la práctica, la supervisión moral e ideológica de la Iglesia sobre la enseñanza no se limitó a la censura de los textos y de la doctrina pública de los profesores de los profesores, sino que alcanzó a la vida privada y a la conciencia de estos. El control eclesiástico se dirigió también a eliminar maestros «indignos» (no católicos o no practicantes) y, naturalmente, a los alumnos «indeseables» (hijos ilegítimos, de padres separados o simplemente izquierdistas).

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Todavía en 1972, Monseñor Guerra Campos se atrevió a sentenciar desde TVE que «si un maestro tuviere la costumbre (la mala costumbre) de enseñar su física, sus matemáticas, su biología, su geografía, inyectando en el niño, su alumno, una concepción total de la vida que resultase y religioso o atea ese tal no tendría derecho a enseñar». En realidad, ese fue el motivo por el que fueron depurados en los años 40 un elevado porcentaje de maestros y profesores de bachillerato y Universidad.

En cuanto al tema más concreto de la represión sexual, la influencia de la Iglesia sido determinante en tres aspectos básicos: la prohibición de la coeducación, la imposición de un tipo de educación «especial» para las chicas y la proscripción de cualquier forma de educación o información sexual.

La oposición a la educación conjunta de jóvenes de ambos sexos, sistema conocido entre nosotros como coeducación (segregación por sexos en la actualidad), ha sido a lo largo del siglo pasado un imperativo básico de la doctrina católica sobre la enseñanza. El Papa Pío XI condenó expresamente la coeducación en su encíclica Divini illus Magistria causa de la «promiscuidad e igualdad niveladora» que engendraba.

Cuando la legislación de la segunda República introdujo este sistema de enseñanza, la reacción católica fue vehemente. «La coeducación o emparejamiento escolar es un crimen ministerial contra las mujeres decentes», clamó el líder falangista Onésimo Redondo. El padre Laburu, en su conferencia cuaresmales en la catedral madrileña, rechazaba la coeducación con estos argumentos:

¿Va ser ciencia dar la misma dirección intelectual y afectiva a los que no solamente en el sexo, sino en sus notas psicológicas, son marcadamente diferentes? ¡No, señores, no es ciencia! Ni la conocen ni les interesa. Lo que si les interesa en la promiscuidad de los sexos, precisamente en las épocas de la pubertad y de las pasiones más violentas, para atentar contra el pudor y encender las pasiones azuzandolas con las burlas y desprecios irónicos a la religión y a la moral.

En coherencia con tales planteamientos, apenas terminada la guerra, una Orden ministerial de 1 de mayo de 1939, prohibió el «sistema pedagógico de coeducación», por ser «contrario enteramente a los principios religiosos del Glorioso Movimiento Nacional y, por tanto, de imprescindible supresión por anti pedagógico y anti educativo para la que la educación de los niños y las niñas responda a los principios de sana moral y este de acuerdo con todos los postulados de nuestra gloriosa tradición».

En principio, esta prohibición afectaba los centros de enseñanza primaria y secundaria. Se obligaba también al profesorado, en el sentido de que sólo podía dar clases a alumnos de su mismo sexo. Pero pretender introducir esta separación de sexos en pequeñas poblaciones de escuela única y poco numerosa, era una utopía. Por ello, aunque en la ley de Enseñanza Primaria de julio de 1945 rechazó la coeducación, no tuvo más remedio que permitir –a costa de los gloriosos principios del Movimiento– escuelas mixtas en aquellas localidades donde no existiera un contingente de alumnos superior a treinta.

También por razones económicas, andando los años se autorizó la enseñanza mixta asimismo en los centros privados de bachillerato. Tal tolerancia requería el beneplácito licencia de las autoridades eclesiásticas, que resultaba muy difícil conseguir, pues era preceptiva la consulta a Roma. Sólo a partir del concilio Vaticano segundo se agiliza el trámite, quedando tales autorizaciones al buen criterio de los obispos o de la Conferencia Episcopal.

La presión de la opinión pública fue creciendo con el paso del tiempo a sistemas más flexibles. En los debates preparatorios de la Ley General de Educación de 1970 se realizaron serios intento para introducir en el texto legal una recomendación del método de la coeducación. La jerarquía eclesiástica y las instituciones religiosas de enseñanza, cuya preponderancia en la Enseñanza Media era abrumadora, mantuvieron su opinión y abortaron el proyecto. La realidad palpable era que en los centros de bachillerato dirigido por religiosos o religiosas, la convivencia de chicos y chicas hubiera causado en aquellas fechas, y tal vez aún hoy en día, graves crisis de conciencia para el profesorado.

En una entrevista al diario Pueblo, el 2 de mayo de 1969, el presidente de la Federación Española de Religiosos de Enseñanza (FERE) que ponía así el criterio de la Iglesia y de los religiosos españoles sobre la coeducación en el bachillerato:

Los riesgos morales son grandes. La Iglesia no se opone a una convivencia de sexos, sino sustituir fácilmente una ilegítima comunidad por una promiscuidad de carácter tendenciosamente igualatorio. En consecuencia, condena el principio general de la coinstrucción.

Finalmente, se llegó a un compromiso. En el texto de la ley aprobada por las Cortes se eliminó la antigua prohibición de la enseñanza mixta. Pero, por respeto a los colegios de la Iglesia, nada se dijo acerca de la necesidad o conveniencia de la coeducación. Este silencio, sin embargo, dejó abierta la puerta para que la enseñanza mixta entrará poco a poco en los centros oficiales, como ha ocurrido de hecho.

De la lectura de los diversos testimonios transcritos se deduce claramente que los motivos «religiosos» por los que la Iglesia rechaza la coeducación no eran sólo de orden moral, a saber, los peligros de la aproximación de los sexos. Otras razones de índole social incluían también, principalmente la discriminatoria contra la mujer, a la que se reservaba una educación especial, no es aleatoria, es decir, «diferente» a la del varón.

En un sistema educativo que ensalzaba la virilidad como uno de los máximos valores de la nueva sociedad, frente al afeminamiento decadente de la escuela republicana, puede extrañar que se destinaba a la mujer a un papel muy secundario y subordinado, básicamente de ama de casa. El varón se constituía en modelo absoluto del individuo a todos los niveles. La personalidad femenina quedaba así radicalmente desvalorizada.

Con frecuencia se aludía a la necesidad de un tratamiento educativo distinto, adaptado a la naturaleza femenina. Pero el secreto propósito de esta operación no era otro que el de limitar las posibilidades intelectuales de las niñas y mujeres y de orientarlas hacia actividades de inferior rango cultural y social. Y todo ello en virtud de las diferencias «naturales» entre los sexos.

Las conclusiones prácticas a que condujo este planteamiento revelan un «machismo» espeluznante. Un autorizado representante del pensamiento católico de los años de la autarquía, el famoso padre Ayala, expone así la doctrina de la doble educación:

¿Para que servirán a los jóvenes los logaritmos? ¿Los senos y los cosenos? Y como la inmensa mayoría de los jóvenes no han de necesitarlo, que no lo estudien… Una esposa sabia o una madre doctora no son como un padre niñera o un esposo nodriza. ¿Hay carreras que pueden ejercerse sin perjuicio de la misión esencial de la mujer? Sí; la de Farmacia, Medicina de niños, Filosofía y Letras para archivera… Una joven ¿puede ser doctora? Si lo es por necesidad, claro que lo puede ser; sí lo es por ostentar un título, no es recomendable; si se casa, que el marido sea también doctor, para alternar con ella; y si él no lo es, que ella no lo sea.

Aunque pocas veces se dijo con todas las letras, la educación de la mujer era un lujo innecesario. Todo lo más que necesitaba era un barniz de cultura para no desentonar. El doctor Botella Llusía, rector de la Universidad Complutense, lo afirmo con bastante claridad:

En este educación juvenil de la mujer es un error educar a las mujeres igual que a los hombres. La preocupación que deben recibir para la vida el radical y fundamentalmente distinta. Una formación encaminada a no hacer de ella un buen ciudadano, sino una buena esposa y una buena madre de familia o, si se queda soltera un ser útil a sus semejantes.

La aplicación práctica de esta discriminación en las expectativas de educación llevó a la introducción de asignaturas especiales para las chicas. Tales enseñanzas no sólo pretendía la adquisición por las alumnas de ciertas técnicas relacionadas con las labores del hogar, sino inducir en su espíritu un modelo educativo distinto, femenino. La Orden ministerial del 5 de marzo de 1938, matizaba ya este carácter diferencial:

En las escuelas de niñas brillará la feminidad más rotunda, procurando las maestras, con labores y enseñanzas apropiadas al hogar, tal carácter a sus escuelas

No estará de más recordar que esta innovación de las asignaturas especiales se arrastra toda la vida – con algunas modificaciones – en la actual legislación. La escuela española en su conjunto dista mucho de haber superado la confesión antifeminista represora que con tanta fuerza se le inculcó el año de la posguerra.

La consecuencia negativa de este sistema para la promoción cultural de la mujer a la vista están: menor interés de los padres en los estudios de sus hijas, mayores porcentajes de analfabetismo femenino, escaso nivel de participación en la enseñanza media, profesional y superior. Reflejo de esta situación es la frase tan divulgado en los años 50, de que la Universidad es cosa de hombres…

Por fortuna, a partir de 1960 la presencia cada vez más numerosa de la mujer en la Universidad y en los centros de Enseñanza Media ha dado un vuelco a la situación. Pero la generación de la posguerra quedó marcada. El desinterés intelectual y aun cultural de la gran masa de nuestras mujeres adultas ha contribuido de manera decisiva al profundo divorcio habitual, a la falta de comunicación auténticamente humana y a la insatisfacción afectiva y sexual que ha llevado a tantas parejas al borde de la ruptura.

La más grave secuela de la educación diferencial encontramos, sin embargo, en el terreno específicamente sexual. El sexo contrario se representa a los jóvenes en sus respectivos ámbitos educativos, como algo frío, extraño y atemorizados, cuando debería ser algo cálido y cordial. Los mismos educadores han tenido que reconocer tardíamente que este sistema engendró la atmósfera sexual más propicia a los complejos, obsesiones, represiones, rigidez y homosexualidad.

Según el padre Aradillas, «la homosexualidad en España es un resultado directo de la falta de relaciones sexuales normales» y de «la inflexibilidad de la legislación española en cuanto a la coeducación».

La obsesión ante el pecado sexual que caracterizaba a los educadores de la posguerra, principalmente a los religiosos, llevo al establecimiento de una disciplina inhumana. Para evitar la masturbación se prohibía a los chicos meter las manos en los bolsillos, cruzar las piernas, dormir con los brazos dentro del embozo. En los dormitorios de los internados, un vigilante cuidaba de la decorosa postura de los muchachos una vez acostados y no dudaban llamar la atención o despertar a quienes mantuvieron sospechosamente las manos recogidas bajo las sábanas. En un manual educativo de la época leemos:

Ya estés de pie o sentado, coloca tus pies en ángulo parecido a la letra V; cualquier otra postura es incorrecta.

A chicos y chicas por igual se les prohibía mirar a los ojos y, sobre todo, las llamadas «amistades particulares», es decir, cualquier manifestación personal de aspecto, por inocua que fuese. Se les inculcaba un temor morboso a cuanto expresaran ternura y sentimientos. La música romántica de Chopin, Schumann , Liszt y otros era gravemente reformadora de la sensibilidad, según se aseguraba.

Posturas tan tajante no se justificaban con ningún tipo de razonamiento. Se dictaban porque sí, para prevenir supuestos males nunca habían formulados. La misma enunciación del tremendo sexto mandamiento: «no fornicarás», resultaba incomprensible para muchos chicos e incompleta para quienes sabían el significado preciso del verbo «fornicar».

Para evitar ambos incovenientes, en algunos colegios religiosos femeninos, al recitar las alumnas los Mandamientos, después de «quinto, no matarás», proseguían: «el sexto…tralará». De uno de estos centros, en Barcelona (1941-42), se expulso a una niña por escribir en la pizarra la palabra «parto».

Esta exposició no se basa desde luego solo en recuerdos personales. Escritores consagrados como Carlos Barral, Francisco Umbral, Miret Magdalena, Luis Goytisolo y Alfonso C. Comin han incluido en sus memorias o relatos elemnetos autobiográficos que refreendan nuestro análisis de aquellos negros años de nacinalsocialismo:

Misa y comunió diaria ─escribe Alfonso C. Comin─, confesión semanal en la que el pecado y el escrúpulo eran una misma cosa, ejercicios espirituales, cada año, dirección espiritual basada en el infantilismo de la conciencia y en unas relaciones insanas de las que el psicoanálisis podría explicar múltiples aspectos, devoción infantil y bobalicona a la Virgen, cargada de concepciones edípicas, etc. Y sobre todo, gobernando todo, el sexto mandamiento.

Sería irrisorio, por utópico, echar de menos en este ambiente la falta de una sana educación sexual. La mentalidad católica sobre este punto era de absoluto obscurantismo. Solo a partir del Concilio Vaticano II, la Iglesia inicio una modesta «apertura» en este sentido. Pero todavía en 1972, un conocido catedrático de la Universidad (católica – opus) de Navarra, Álvaro d’Ors, pudo asegurar en una conferencia sobre educación sexual, que «el sexo es un secreto; no hay que profanarlo, sacarlo al aire; es una creación de Dios».

A quien argumentaba sobre la necesidad de la educación sexual, se le replicaba que la Madre Naturaleza es sabia y enseña más que los libros. Las personas «normales» –se aseguraba– ese problema no les quita el sueño. Para justificarla el silencio, se recurría a la desprestigiada sabiduría popular, como el conocido proverbio catalán «Es allò bo que se’ls ha d’enseyar, que allò dolent ja ho aprenem» (Lo bueno es lo que hay que enseñarles, que lo malo de lo aprenden ellos). Puestos a conceder, con el tiempo llegó a tolerarse una somera información fisiológica sobre el fenómeno de la generación (¡por supuesto, en el matrimonio!), Que había de darse a niños y niñas por separado.

Pero, ¡ay de quien traspasaba esos límites y proporcionaba los alumnos descripciones o ilustraciones acerca de los órganos sexuales y sus funciones! En seguida lo consideraban una invitación a la fornicación.

Que se lo digan sino a Antonia Sabriá, maestra de EGB en una escuela de la empresa Torres, en Gerona, de la que fue expulsada a principios de 1976, acusada de faltas a la moral y a la religión por dar a sus alumnos clases de educación sexual. El despido fue justificado por la empresa por presunta indisciplina y desobediencia, que había consistido fundamentalmente en impartir una somera enseñanza sobre temas de sexualidad tomando como base de exposición el inocuo libro ¿De dónde venimos?, De Peter Mayle, uno de los best sellers de 1976.

La evidente injusticia del despido le ganó a Antonia Sabriá el decidido apoyo de la prensa y del Colegio Oficial de Doctores y Licenciados en Filosofía y Letras y Ciencias de Gerona. La maestra tomó como abogado defensor al sacerdote Mateu Valls Riera, nada menos que profesor de Teología Moral en el Seminario Conciliar de Gerona y abogado civil. Su reclamación ante la Magistratura de Trabajo cayó en manos de un juez joven, valiente e ilustrado –y por añadidura, casado y con niños pequeños–, don José Horsillo Ruiz Lanzuela, quien no dudó en fallar en favor de la maestra. Por primera vez en España una sentencia de la magistratura reconocía el derecho a impartir enseñanza sexual en la escuela. Este histórico fallo tuvo lugar el 25 de junio de 1976.

El caso de Antonia Sabriá no terminó ahí, por desgracia. Los padres de los alumnos del Centro recurrieron ante el Tribunal Central del Trabajo. La causa se falló principio de 1977. Esta vez, el Tribunal declaró procedente el despido y resuelto el contrato laboral sin derecho a indemnización alguna… Definitivamente, la educación sexual en las escuelas españolas seguía siendo un delito.