La leche materna

La composición de este líquido que producen todas las madres de los mamíferos varía mucho en las proporciones entre hidratos de carbono (principalmente lactosa), proteínas y grasas. El caso es que la variación no depende tanto de la clase de mamífero que sea como del tipo de crianza de los hijos que se practique y del modo de vida. Unas madres amamantan a sus hijos dentro del agua, porque nunca o casi nunca salen de ella, y a veces en mares muy fríos. Otras madres pasan mucho tiempo alejadas de sus crías, que permanecen escondidas, y las amamantan cada muchas horas. Hay madres que transportan siempre a sus crías, por lo que estas pueden mamar cuando lo desean. Por último, algunas crías pertenecen a especies con mucho cerebro y necesitan mucha lactosa para que crezca, porque este órgano consume mucha azúcar, mientras que otras vienen al mundo con gran parte del cerebro completo y necesitan menos lactosa.

Madre dando de amamantar a su cría

Las leonas dejan solos mucho tiempo sus cachorros, de modo que cuando por fin les dan de mamar, necesitan una leche muy calórica, rica en grasas y proteínas, porque están muertos de hambre.

Los cetáceos y focas, y más las especies de mares fríos, tienen que suministrar a sus crías un alimento muy concentrado, porque además de que necesitan muchas calorías, maman debajo del agua y deben ser rápidas haciéndolo. La cantidad de grasa es la más alta de entre los mamíferos y la de lactosa, la más baja.

Los humanos somos primates, y concretamente antropoideos. Para obtener leche, mientras mamamos, sólo tenemos que pedirla, y ese hecho se refleja en la composición de la misma. Tenemos que partir de la base de que estamos hablando de cuando éramos cazadores y recolectores, y no teníamos que ir a trabajar la oficina, al campo o la fábrica. O sea, como si la madre lo tuviera siempre a su lado al hijo lactante, porque lo transporta con ella a todas partes. Debe de hacer muchísimo tiempo que las madres inventaron la forma de colgarse al niño con una piel o unas fibras vegetales trenzadas para tener a las manos libres, y probablemente ya lo hacían especies anteriores a la nuestra, pero no cabe duda de que antes de eso debió ser útil ser bípedo y poder llevarlos en brazos.

Como nuestros hijos tienen mucho cerebro que desarrollar, y durante mucho tiempo, la leche es rica en lactosa, como también sucede entre los grandes simios. Además, estos no viven en ambientes fríos y, por lo tanto, el contenido en grasa es bajo. Nuestros antepasados también son africanos y por eso conservamos la composición de la leche parecida a la de los chimpancés. Cuando nos fuimos a vivir (algunos) fuera de ese cálido continente, nos adaptamos por medio del vestido, no por la fisiología.

Así pues, la composición de la leche humana refleja bien nuestra naturaleza y nuestra historia. Unos mamíferos que no se separan jamás de la madre, que tiene un gran cerebro que desarrollar y que no pasan frío.