La función de la ciencia en la Edad Media

Todavía en el año 1000, Europa era una región predominantemente agrícola y subdesarrollada en comparación con el islam, Bizancio o China. Pero los siglos XI y XII la población se triplicó y se produjo el crecimiento de las ciudades, los mercados y las manufacturas. Si bien la presión demográfica y los rendimientos marginales decrecientes produjeron estancamientos, debido a guerras como de los Cien Años, y sobre todo la peste negra a mediados del siglo XIV, que eliminaron la mitad de la población. Con ello, subieron los salarios en las ciudades y disminuyeron las rentas del campo, con abaratamiento de la tierra y el capital. Se produjo una mejora de la productividad mediante el empleo de la tecnología hidráulica, eólica, mecánica y agrícola, y asimismo impulsó la movilidad de la población empezó a fluir hacia las ciudades. Así, el número de poblaciones de más de 10.000 habitantes creció un 16 % entre los siglos XIV y XV, y eso a pesar de la caída general de la población, que no empezó a recuperarse hasta el XVI. De este modo el peso relativo del campo y la ciudad se inclinó hacia esta última, con la consiguiente decadencia de la nobleza rural y el auge de banqueros y comerciantes burgueses.

Vamos a ver algunos descubrimientos que crean un medio favorable a la concepción utilitaria del saber científico, ya que en ellos la ciencia tuvo una significación muy baja. Por ejemplo, la roturación de terrenos vírgenes de la Europa del Norte llevo a la captación del arado pesado de origen eslavo con ruedas, cuchilla y vertedera, pues en los suelos húmedos y pesados no sirve el arado romano, adaptado a los suelos ligeros y sueltos. El arado romano, que sólo araña superficialmente la tierra, exigiendo dos labores, la segunda de las cuales se hacía en ángulo recto con la primera y producía típicos campos cuadrados. El arado pesado eliminó la necesidad de la segunda labor, dando lugar a campos alargados. Además, el vertido a la derecha en los surcos adecuados para el drenaje. Todo ello exigiría tiros de hasta ocho bueyes, fomentando la explotación comunal, la transformación del vallado y la reorganización de la propiedad de la tierra.

Otra mejora de la agricultura del Norte fue la introducción de la rotación de tres hojas frente a la clásica de dos, en la que una se dejaba en barbecho. Entonces sólo un tercio de la tierra permanecía improductiva, otro tercio se plantaba algún trigo y otros cereales mientras que el tercio restante se plantaba en primavera con alfalfa u otras leguminosas fijadoras de nitrógeno, que se recogen en verano, o que sólo podía practicarse en climas septentrionales con lluvias estivales.

La agricultura se benefició también del uso generalizado del caballo, promocionado en la época carolingia para fines militares. La introducción en el siglo VIII del tipo de origen estepario (probablemente del siglo II a. C.) Permitió la posibilidad de que el jinete estuviese bien sujeto a la montura, formando una unidad con ella. De este modo, con la lanza apoyada en el ristre, el caballero vestido de hierro podía combatir embistiendo con toda la fuerza de la bestia de debajo. El caballo dejó de ser un medio de transporte rápido y de persecución para convertirse en una máquina de guerra que contribuyó a frenar el avance musulmán más allá de los Pirineos. Esta innovación llevó a la confiscación de tierras de la Iglesia y su distribución entre señores feudales a cambio de la cría de caballos y caballeros para cuando se precisa en su servicio. Para adaptar el corcel a fines pacíficos se adoptó la collera rígida (llegada, como no, de China), que permite un aprovechamiento eficiente de las caballerías. El brioso corcel clásico que hace al cuello noble escorzo es en realidad una pobre bestia que se ahoga con un arnés inadecuado. El yugo aplicado al cuello o a la testuz de los bueyes resultaba también inconveniente, pues el caballo empuja mejor con el pecho y los hombros. Gracias al nuevo arnés, los caballos se convirtieron en una fuente de energía más resistente que los bueyes, arando vez y media más que ellos, si bien en el norte se estimaba que un caballo valía por dos bueyes. El problema es que salían más caro, especialmente en el área del Mediterráneo, incapaz de suministrar suficiente pienso, que sin duda fue un acicate para promover la producción cooperativa y mejor organizada del Norte.

Esta verdadera revolución agrícola mejoró la dieta europea al combinar los hidratos de carbono de los cereales con las proteínas vegetales de las leguminosas, y aumentó los excedentes agrícolas en torno a un 50 %. Ya no era preciso mantener al 90 % de la población en tareas agrícolas, lo que incidió en el crecimiento de las ciudades llenas de eclesiásticos, banqueros, comerciantes y artesanos.

También la industria y el comercio se beneficiaron de las mejoras en el transporte terrestre y marítimo. En el primer caso, el collarín se combinó con la herradura evita que el casco se ablande en terrenos húmedos, y con la carreta pesada dotada de balancín y suspensión. En el segundo, se convino el timón de codasteEn náutica, el timón de codaste es una pieza móvil vertical plana colocada en prolongación del codaste que sirve para establecer el rumbo de un buque, formada por un tablón, una pieza de hierro, o algún material polimérico resistente articulado con goznes en el codaste o prolongación de la quilla por la parte de popa. Wikipedia , que mejora la maniobrabilidad, con la vela latina y el aparejo de proa a popa que permite la navegación de bolina ceñida al viento. También se abarató la construcción naval. Antes se construía primero el casco, ajustando bien las planchas para insertar luego las cuadernas, lo que daba mucha resistencia embarcación. Ahora, se empezaba por la quilla y las cuadernas, revistiéndolas luego con el casco, con lo que la construcción era más rápida y barata. De esta manera, se duplicó la flota, a la vez que se disminuye el tiempo requerido por los viajes es en el periodo de inactividad invernal. Para el siglo XVI, un barco podía ya hacer al año dos viajes de ida y vuelta por el Mediterráneo. También aumentó la carga por buque, que se duplicó entre principios del siglo XIV y mediados del XV, momento en que se duplicó de nuevo gracias a la carabela portuguesa, un navío rápido de dos o tres palos, aparejo latino, de hasta 23 m de eslora y una capacidad de entre 50 y 150 toneladas.

En la industria, los avances afectaron a las fuentes de energía y a los mecanismos de transformación del movimiento. Desde el siglo IX, los molinos hidráulicos y eólicos compitieron con la energía animal. Los molinos romanos de aspas horizontales se sustituyeron por ruedas verticales tienes en el siglo siguiente se aplicaron no ya a la molienda, sino también a las madererías, batanes de paños, fraguas y otras industrias consumidoras de energía. Para el siglo XIII alcanzaban ya potencias de 3,5 caballos. Pero, entonces, aparecieron los molinos de viento con el eje de las aspas horizontal, en lugar de vertical como en Oriente Medio, que alcanzaron potencias de 30 caballos. Con el ahorro de mano de obra, aumentó la productividad y aparecieron los primeros conflictos laborales en algunos lugares de Francia.

Estos motores precisaban mecanismos transformadores. Las viejas máquinas simples se combinaron y diversificaron en cigüeñales, bielas y otros sistemas de convertir el movimiento rotatorio en alternativo. Aparecieron así nuevos diseños de telares verticales, herrerías, prensas, taladros, árboles de levas y talleres completos que para final del siglo XV dieron lugar a los ingenios más o menos prácticos, aunque siempre asombrosos, de un Leonardo da Vinci. Poco a poco, los artesanos e ingenieros mecánicos fueron cobrando relevancia social y tímidamente comenzaron a aparecer documentos, proyectos y atribuciones de descubrimientos a personas concretas, frente al anonimato general de los desarrollos técnicos anteriores. Por ejemplo, se conserva el libro de diseños y técnicas de Villard de Honnecourt, un maestro constructor del siglo XIII, y para 1531 ya algún filósofo como Luis Vives exigía que los intelectuales prestasen atención a los conocimientos artesanales y se dejasen de ideas platónicas, ecceidadesEn lenguaje escolástico, lo que hace que un núcleo de individuos este presente en el mundo (A. Cuvillier). y «otras monstruosidades que ni los mismos que las inventaron pueden entender». De este modo, los europeos inventaron la costumbre de inventar y apareció la conciencia de vivir en un mundo en rápida transformación gracias al ingenio humano. Ya en el siglo XII, Bernardo de Chartres reconocía la superioridad de los contemporáneos sobre los venerados antiguos, no porque fuesen más sabios, sino porque «los enanos subidos a hombros de gigantes ven más que los propios gigantes». Y en el siglo XIII, la conciencia de que el progreso tecnológico podía buscarse activamente llevo a Roger Bacon a proyectar sobre un futuro próximo invenciones de ciencia ficción como máquinas voladoras, sumergibles y mecanismos de pilotaje automático.

No es fácil exagerar la importancia ni enumerar la totalidad de los aspectos de la revolución tecnológica de la Baja Edad Media. Pero no sólo fue mecánica. A partir del siglo XI progresaron las técnicas mercantiles con la proliferación de ferias, métodos de contabilidad y otros procedimientos. Los ahorros particulares se canalizaron hacia la inversión con los contratos de encomiendaEl contrato de encomienda es el encargado de regular la relación entre las entidades que van a proporcionar formación a sus empleados y la organización externa encargada de tramitar esa formación Wikipedia de los siglos XI a XVIII, en los que se confiaba capital a un comerciante internacional que simbolizaba una cuarta parte de los beneficios, repartiéndose el resto entre los que habían aportado el capital inicial. Las compañías posteriores eran ya sociedades más estables combinadas con sistemas bancarios de depósito y letras de cambio, lo que aseguraba la aportación de recursos financieros a los productores en el momento y lugar apropiado. De ahí proviene el esplendor de las urbes del norte de Italia relativamente libres de las guerras y la peste. Las ciudades como Milán, Pisa, Florencia o Venecia se beneficiaron además del comercio oriental propiciado por las cruzadas. Por todo ello, no debe extrañar el predominio de nombres italianos en todas las esferas culturales de los siglos XV y XVI, antes de que la ola del desarrollo se desplazase de nuevo al norte de Europa, hacia Holanda e Inglaterra.

Aunque no haya demasiada ciencia en estos desarrollos, si hay un espíritu innovador racional que acabara demandando en el Renacimiento la transformación de la ciencia heredada para responder a las necesidades de la nueva sociedad, con lo que por primera vez en la ciencia dejó de ser un mero ornato cortesano o una actividad liberal de personas ociosas para convertirse en una fuerza productiva imprescindible.