La actitud de los hombres frente a la enfermedad y el nacimiento de la epidemiología

Aunque en las discusiones acerca de los médicos, su cometido y su relación con el paciente siempre se hace hincapié en que su misión primordial no consiste tanto en combatir las enfermedades como en tratar al enfermo, los profanos tienden a considerar las primeras como una situación que varía de un caso a otro y de un enfermo a otro y, por lo tanto, separable del destino de éstos. Ciertamente, el curso de determinadas afecciones varía de un paciente a otro en función de su constitución y circunstancias personales; sin embargo, la existencia de unos síntomas característicos y su aparición simultánea han hecho que éstos se consideren una consecuencia de Io que designamos habitualmente con el nombre de «enfermedad». Incluso desde el punto de vista lingüístico ─la enfermedad «ataca», «aqueja», «ronda» al hombre─ se identifica con un «ser» extraño, igual que en los tiempos en que se consideraba la obra de un espíritu maligno.

Enfermedades que más han matado a lo largo de la historia

¿Qué es la enfermedad?

A menudo esta pregunta suele responderse diciendo que una persona está enferma cuando «le falta algo», en concreto, el bienestar, las fuerzas habituales, la capacidad funcional o la «disposición», o también, cuando no puede trabajar, «se sienten molestias», «el cuerpo no colabora», «los órganos no funcionan». Todas estas situaciones son vivencias subjetivas que impulsan al paciente a consultar al médico. Por su parte, éste debe esforzarse por objetivar tales hallazgos a fin de ofrecer al enfermo una explicación exacta de su dolencia.
Microscopio compuesto fabricado hacia 1751 por Magny. Proviene del laboratorio del duque de Chaulnes y pertenece al Museo de Artes y Oficios, París.
Microscopio compuesto fabricado hacia 1751 por Magny. Proviene del laboratorio del duque de Chaulnes y pertenece al Museo de Artes y Oficios, París.

Paralelamente a las definiciones y conceptos sobre los que los médicos han basado sus conclusiones teóricas tanto en el pasado como en el presente, y en cierto modo influidas por ellos, fueron surgiendo las descripciones de las enfermedades propiamente dichas. Estas descripciones están íntimamente ligadas al desarrollo de la medicina en cuanto ciencia y muchas de ellas han perdurado hasta nuestros días gracias a la sucesiva incorporación de datos o a las innovaciones aportadas. A veces basta con fijarnos en la denominación de una enfermedad determinada para saber a qué época se remonta. En primer lugar se describen las modificaciones 6 externas características, como las que se observan, por ejemplo, en la viruela o el sarampión; a continuación, los síntomas subjetivos más sobresalientes, como el dolor tirante y errático del reumatismo y, por último, los síntomas subjetivos y objetivos que revelan la existencia de una causa comprobable, como en el caso de la cirrosis hepática. Recientemente se ha extendido la tendencia a agrupar la concurrencia de una serie de síntomas determinados mediante el concepto de «síndrome» que, no obstante, se diagnostica y se trata como si fuera una enfermedad, pero sin derivar de él ninguna conexión interior o causal. Algunas enfermedades han desempeñado un papel muy importante en la historia de la humanidad por su aparición masiva en una época o en un lugar determinados, hablándose entonces de epidemias y plagas. Algunas fueron un auténtico azote de la humanidad y provocaron más muertes que todos los enfrentamientos bélicos. No obstante, las epidemias iban ligadas casi siempre a las guerras y épocas de hambre y éste es un hecho histórico incontestable. Ya en tiempos remotos se presumía que en la aparición de una epidemia intervenían también factores externos. Los médicos hipocráticos las achacaban a la contaminación del aire y del suelo, que ellos designaban con el nombre de miasmas. En la Edad Media se responsabilizó a las estrellas de la aparición y difusión de los miasmas. La observación de los afectados, cuyo aislamiento habría evitado el contagio, llevó a los médicos a sospechar la existencia de un factor contagioso. En su obra Tres libros sobre los contagios, las enférmedades contagiosas y su tratamiento, publicada en 1546, el médico italiano Girolamo Fracastoro (1478-1553) expuso su teoría de que los agentes desencadenantes eran una cosa intermedia entre la fuera y la materia, invisibles y capaces de reproducirse. En el siglo XVII, el sacerdote jesuita Athanasius Kircher (1602-1680) detectó con un microscopio de su invención la presencia de corpúsculos móviles en la sangre de un apestado. Aunque probablemente se trataria de glóbulos rojos normales, Kircher fundó en este descubrimiento su teoría de los contagios vivos. Poco después, en 1675, el científico neerlandés Antony van Leeuwenhoek (1632-1723), que fue el primero en utilizar el microscopio para fines científicos, describió y dibujó diversos flagelados y bacterias. El desarrollo ulterior de la teoría de los agentes patógenosLos patógenos son agentes infecciosos que pueden provocar enfermedades a su huésped. Este término se emplea normalmente para describir microorganismos como los virus, bacterias y hongos, entre otros. Estos agentes pueden perturbar la fisiología normal de plantas, animales y humano. vivos dependió tanto del perfeccionamiento del microscopio como de la síntesis de las anilinas con las que pudieron teñirse las bacterias. Con Louis Pasteur (1822-1895), Alois Pollender (1800-1879), quien en 1849 descubrió en la sangre de animales enfermos de carbunco los agentes desencadenantes de dicha enfermedad, y Robert Koch (1843-1910) comenzó la era de la bacteriología propiamente dicha. En el transcurso de pocos decenios se descubrieron los «culpables» de las grandes epidemias, a la vez que se comprendió la razón de ser de ciertas medidas adoptadas tradicionalmente para combatirlas, entre las que destacaba el aislamiento de los afectados. El interés de la epidemiologíaParte de la medicina que estudia el desarrollo epidémico y la incidencia de las enfermedades infecciosas en la población. en sentido clásico no se centra tan sólo en las enfermedades que hoy día calificamos de infecciosas, sino también en la frecuencia, condiciones y circunstancias con que determinadas afecciones aparecen en determinados grupos de población, tanto homogéneos como heterogéneos. Durante algún tiempo, la epidemiología se dejó dominar por los éxitos de la investigación bacteriológica y concentró todos sus esfuerzos en las enfermedades causadas por agentes patógenos. Por fortuna, su número ha descendido notablemente y éste es un dato que debe alegrarnos a todos y en especial a los historiadores de la medicina, por lo que este dato pueda significar para su trabajo. A continuación se han seleccionado algunos ejemplos para demostrar hasta qué punto ciertas epidemias han marcado el destino de los individuos de una colectividad en particular y de la sociedad humana en general. Junto a las epidemias propiamente dichas se han incluido otras enfermedades que por su frecuencia representan un auténtico reto para la humanidad.

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Peste

Ninguna enfermedad ha influido tan directamente en el destino de los hombres ni ha tenido repercusiones tan trascendentes sobre la vida económica y política como la peste; de aquí que a menudo se utilice como sinónimo de epidemia. Bajo el concepto de peste no debe entenderse únicamente la peste bubónica, sino también otros brotes epidémicos que a lo largo de la historia han afectado masivamente a la población.

El escritor griego Tucídides describió una enfermedad que ha pasado a la historia con el nombre de peste de Tilcidides o peste de Atenas. Se inició en esta ciudad en el año 429 a.C., y durante la misma murió un tercio de la población. Al leer los relatos de la época, surgen serias dudas acerca del diagnóstico, y lo mismo sucede con muchas epidemias agrupadas genéricamente con el nombre de peste. Según todos los indicios, la peste de Atenas no fue tal, sino más bien un brote epidémico de tifus exantemático. Anterior a ésta fue la peste de Troya (1180 a.C.), de la que habla La Ilíada.

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LA PESTE NEGRA

Únicamente debe aceptarse la existencia de peste en sentido estricto cuando las descripciones de los síntomas aluden a la aparición de bubonesBUBONUna buba o bubón (del griego βουβών, tumor en la ingle) es la inflamación de un nódulo linfático. Se produce en infecciones como la peste bubónica, la gonorrea, la tuberculosis, el chancro o la sífilis. Su aspecto es similar a una enorme ampolla, y suele aparecer en las axilas, las ingles o el cuello., tal como atestiguan diversos textos de la Antigüedad. En Europa, el primer gran brote se produjo en el siglo VI de nuestra era. Se inició en el año 532, esto es en el quinto año del reinado del emperador Justiniano, por lo que se la conoce también con el nombre de peste de Justiniano, y desde Constantinopla se extendió a todos los países del Mediterráneo, distinguiéndose cuatro períodos de quince años de duración cada uno. El lugar de origen solían ser casi siempre las ciudades portuarias, desde donde se iba extendiendo a otras localidades del interior. Los barcos y los mercaderes la propagaban, a su vez, por otras regiones alejadas del foco original. Constantinopla, la capital del Imperio romano de Oriente, fue una de las ciudades más afectadas: las cifras de muertos pasaron de 500 a más de 10.000 diarios. El temor a la muerte paralizaba a los hombres, y, en consecuencia, se interrumpía toda la actividad económica; nadie cultivaba los campos ni recogía las cosechas. En el año 544, la plaga se extendió desde el sur de Francia hacia el interior; en el 546 llegó hasta las ciudades de Bingen y Maguncia y en el 552 se extendió por Alemania meridional. Ciudades enteras quedaron despobladas, pues sus habitantes huyeron al campo y a otras zonas no contaminadas todavía, adonde en muchos casos llevaron la infección.

mapa de Alemania y de las zonas de Maguncia y Bingen

Esta terrible pandemia duró hasta finales de siglo. En los siglos VII y VIII aparecieron brotes esporádicos en el ámbito mediterráneo y Gran Bretaña y en los siglos siguientes la plaga se reprodujo de manera intermitente. En el año 1038 causó enormes estragos entre las tropas imperiales destacadas en Italia, y cuando Conrado III regresó a Alemania con sus diezmadas huestes, llevó la peste consigo. En esta ocasión, la región más afectada fue Baviera. En 1097 estalló un brote entre los cruzados que se encontraban en Antioquía a consecuencia del cual murieron 100.000 personas, entre ellas 1500 alemanes que sucumbieron al poco tiempo de haber desembarcado en Palestina. Cuando un año después los supervivientes regresaron a Europa, propagaron nuevamente la enfermedad. En el siglo XIV se extendió desde Asia la terrible pandemiaEnfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región. conocida con el significativo nombre de la muerte negra. Después de diezmar la población de las provincias meridionales de Rusia, se fue abriendo camino a través de Crimea y el mar Negro hasta Constantinopla, de donde pasó a Tracia y Macedonia.

Mapa de Tracia, Península de Crimea, Macedonia y Constantinopla
Tracia, Península de Crimea, Macedonia y Constantinopla

Desde Grecia, la peste se propagó a Italia, Egipto y norte de África. El brote que en 1346 estalló en Crimea, dominada entonces por los tártaros, originó nuevas persecuciones de cristianos, pues el pueblo responsabilizó a los mercaderes italianos de su propagación. La población cristiana se refugió en la ciudad portuaria de Feodosia, situada al este de Sebastopol, que fue sitiada por los tártaros durante tres años. La peste estalló inopinadamenteINOPINADOQue sucede sin haber pensado en ello, o sin esperarlo. entre los sitiadores, quienes para deshacerse de los cadáveres, y al mismo tiempo, forzar la claudicaciónCLAUDICARAcabar por ceder a una presión o una tentación. de los cristianos con su hedor, los lanzaban a la ciudad sitiada con sus potentes catapultas. Los habitantes de Feodosia que lograron huir por mar llevaron la plaga al Mediterráneo, en especial, a Génova y Venecia. La peste no respetaba a nadie: pobres y ricos, nobles y clérigos sucumbían igualmente ante su avance. Tan sólo en el año 1348 Venecia perdió a dos tercios de sus habitantes. Su floreciente comercio se paralizó por completo y los supervivientes no tuvieron más remedio que acoger a extranjeros y a los habitantes de las localidades vecinas, quienes a los dos años podían aspirar ya a la ciudadanía, para impulsar de nuevo la economía. Este mismo año, la muerte negra atravesó el paso del Brennero y se extendió por el sur de Alernania, causando estragos como los 1500 muertos de Mühldorf am InnMühldorf am Inn es una ciudad en Baviera, Alemania, y la capital del Distrito de Mühldorf a orillas del río Eno. En 2011 tenía una población de alrededor de 18.235..

También en 1348 murieron en Florencia, donde la peste vino a sumarse a una terrible hambruna, más de cien mil personas en un lapso de pocos meses. En Frankfurt am Main, adonde llegó en 1349, en tan sólo dos meses sucumbieron más de dos mil seres, entre ellos el propio emperador. En 1350, un judío de Lübeck confesó en un interrogatorio haber vertido veneno en numerosos lugares, lo que originó una auténtica persecución contra los judíos en diversas localidades y en especial en Stralsund, Wismar, Visby y Rostock. En esta última llegaron incluso a acusar a un clérigo de haberse dejado sobornar por los judíos para provocar la peste.

Expansión de la peste
Expansión de la peste

Entre 1348 y 1350, la epidemia tuvo en Inglaterra consecuencias igualmente desastrosas para la economía. Grandes extensiones de terreno se agotaron, y entre las victimas se contaron 25.000 monjes y clérigos. También aquí se desató la ira contra los judíos, a quienes se les culpó públicamente de la plaga, pero no se les persiguió. Los brotes se recrudecieron hacia finales del siglo XV, siendo especialmente virulentos en Francia, Alemania e Inglaterra. Durante la peste de 1517, los habitantes de Munich se comportaron como era habitual: ante el temor de resultar contagiados permanecieron en sus casas y dejaron que el comercio se hundiera por completo. Para alegrar a sus conciudadanos y animarles a abandonar su encierro, al parecer, un maestro tonelero tuvo la feliz idea de resucitar un antiguo baile, y esta costumbre se ha mantenido hasta nuestros días. Éste es el origen de la célebre danza de los toneleros que cada siete años se celebra en Munich. En 1527, cuando la peste sembraba el terror en Alemania central, la Universidad de Wittemberg fue trasladada a Jena. Martín Lutero, sin embargo, no sólo no abandonó la ciudad, sino que atendió y acogió en su propia casa a varios apestados, ninguno de los cuales murió.

En 1563, una epidemia asoló nuevamente Europa. En Danzing fallecieron 33.000 personas y en Colonia, 25.000, por citar solamente dos ciudades. En la primera mitad del siglo XVII, la muerte negra se instaló otra vez en Alemania de la mano de la guerra de los Treinta Años, afectando también a otros países de Europa, especialmente a Italia, donde, una vez más, se inculpó a determinados poderes y grupos de personas, lo que originó un grave enfrentamiento político. El brote tuvo una incidencia dramática en la pequeña localidad de Oberammergau. Para protegerse de la peste, los habitantes de este pueblecito crearon puestos de vigilancia en todos los caminos de acceso para no dejar pasar a nadie que procediera de otros lugares. En la madrugada de la fiesta mayor de 1633, un peón que trabajaba en Eschenlohe logró burlar la vigilancia e introducirse en Oberammergau, donde había nacido. Dos días más tarde, este peón, de nombre Schisler Kaspar, sucumbía victima de la peste que había traído consigo. La epidemia se extendió como la pólvora entre los habitantes de la pequeña localidad, quienes, abrumados por la angustia y el miedo a la muerte, prometieron que si salvaban la vida, cada diez años representarían la Pasión y Muerte de Jesucristo. La peste desapareció,y en 1634 se celebró la primera representación, en cumplimiento de la promesa. Los vecinos de Oberammergau han mantenido mantenido viva esta tradición hasta nuestros días. La representación de la Pasión atrae a innumerables visitantes de todo el mundo, lo que, además de contribuir a difundir el nombre de esta localidad bávara, redunda en beneficio de sus habitantes. Así, a lo largo de doscientos cincuenta años se ha mantenido vivo el recuerdo de una época asolada por el terror. En Europa central, las últimas grandes epidemias pestíferas fueron las de los años 1665 y 1670 y afectaron principalmente a Renania y Suiza. Las autoridades municipales implantaron medidas muy severas para impedir la propagación de la enfermedad: el Ejército vigilaba los accesos, se prohibieron las ferias y actos similares. La correspondencia y el envío de mercancías se sometía a un estricto control y las infracciones se castigaban con penas muy duras. Los últimos casos de los que se tiene noticia se produjeron en la década de los años ochenta del siglo XVII en Austria y Moravia, al menos en lo que a Europa central se refiere. En la primera década del siglo XVIII hubo algunos casos aislados restringidos, por lo general, a las ciudades portuarias o a las principales rutas mercantiles.

Hay dos formas clínicas principales de peste: bubónica y neumónica. En ausencia de tratamiento, la peste bubónica tiene una tasa de letalidad entre el 30% y el 60%, y la neumónica resulta invariablemente mortal.

Entre 2010 y 2015 se notificaron 3248 casos en el mundo, 584 de ellos mortales. El último brote importante se produjo en Madagascar en el 2017 que acabó con la vida de 124 personas.

Lepra

La lepra, sin duda es una de las enfermedades más temidas y aún en nuestros días, el término «leproso» es sinónimo de «marginado», de alguien que ha sido expulsado de su entorno habitual. Las colonias de leprosos, variante moderna de las leproserías medievales han subsistido hasta bien entrado este siglo y todavía perduran en muchos de los países donde existen focos. El estudio minucioso de los esqueletos exhumados en excavaciones ha demostrado que la lepra apareció en Europa hacia el año 400 d.J.C.; es decir, su historia se remonta a «tan sólo» 1500 años. Los escritos hipocráticos describen una enfermedad designada como «lepra», que, sin embargo, debía de tratarse de otra afección cutánea. Del mismo modo, la lepra citada en el Antiguo Testamento tampoco debe identificarse con la enfermedad que hoy designamos con tal nombre. Esta confusión terminológica fue propiciada por la Iglesia medieval, que aplicó indiscriminadamente este término a diversas afecciones que se trataban con medidas análogas. Las primeras descripciones de los médicos griegos y egipcios datan del año 250 a.C. y desde entonces, la lepra es un tema constante en la bibliografia médica. Todo parece indicar que la enlérmedad tuvo su origen en África y que los esclavos la llevaron a Egipto, Asia Menor, India, China y Europa. Aunque en la época del Imperio romano era ya una enfermedad muy extendida, las invasiones posteriores y, sobre todo, las Cruzadas contribuyeron enormemente a su propagación. En el siglo XII se extendió incluso hasta Escandinavia.

En 1873, el médico noruego Armauer Hansen (1841-1912) descubrió el agente causal de la lepra, la microbacteriácea Mycrobacterium leprae, constantándose asimismo que las dos manifestaciones de esta temida enfermedad, la lepra tuberosa (lepra lepromatosa) y la lepra nerviosa (lepra nenvosa, lepra mutilans) obedecen a una misma causa. La difusión que la lepra alcanzó en la Europa medieval es tan inexplicable como su retroceso en los siglos XIV y XV. La explicación quizás haya que buscarla en la aparición de otras enfermedades infecciosas que provocaron la muerte de muchos enfermos crónicos de lepra, cuyo organismo estaba especialmente debilitado, con lo que el número de leprosos propiamente dicho descendió notablemente. Desde la Antigüedad se sabe que es una enfermedad contagiosa y que su tiempo de incubación es muy largo o, dicho con otras palabras, que desde la infección propiamente dicha, hasta la aparición de los primeros síntomas, pueden transcurrir muchos años.

Leproso

Las primeras leproserías datan del siglo IV y la iniciativa de semejante medida partió de Bizancio, desde donde se extendió rápidamente por todo el Occidente cristiano. La asistencia de los leprosos se confió a la Iglesia, la cual, además de mantenerlos aislados, atendía sus necesidades materiales y espirituales. Estos lazaretos llevaban a menudo el nombre del patrón de la iglesia de que dependían o se designaban genéricamente con el nombre de «casa de misericordia» u «hospital de incurables». La Iglesia medieval se convirtió así en fiel cumplidora del precepto del Antiguo Testamento que ordenaba separar a los leprosos del resto de sus semejantes. Los enfermos eran apartados de sus familias y equiparados a moribundos, recibiendo, eso sí, todas las bendiciones de la Iglesia. En su novela Am Himmel wie aufErden (En el cielo como en la Tierra), que se desarrolla en la ciudad de Berlín durante el mandato del príncipe elector Joachim I (1484-1535), Werner Bergengruen (1892-1964) describe magistralmente la segregación de los leprosos y la vida en una leprosería. Ciertamente, la actitud hacia estos enfermos ha variado a lo largo de la historia según las épocas y los países.

Por ejemplo, hubo períodos en que se les autorizó a mendigar, pero debían anunciar su presencia con una matraca o una campanilla. Las limosnas y donativos se depositaban en el suelo, para que el leproso las recogiera cuando el donante se hubiera alejado, o bien en una cesta sujeta a una vara, similar al «cepillo» que se hacía circular entre los fieles durante la misa. Allí donde no había ninguna institución religiosa que se ocupara de estos menesteres, la responsabilidad recaía sobre el propio municipio, quien, además, imponía severos castigos a quienes tuvieran contacto con leprosos. Asimismo se conocen algunos casos en que estos desdichados fueron asesinados. Cuando en un matrimonio uno de los cónyuges contraía la enfermedad y, por lo tanto, se decretaba su internamiento en una leprosería, el otro podía acompañarle, aunque estuviera sano. No obstante, esta costumbre, que satisfacía plenamente el precepto de la indisolubilidad del matrimonio cristiano, no era la norma habitual. Otros testimonios aluden a la celebración de matrimonios en las leproserías, lo que contradice la prohibición de mantener relaciones íntimas, que solía imponerse a las parejas recluidas en estos establecimientos. La severidad con que la Iglesia trataba a los leprosos no estaba fundamentada tanto en un temor al contagio como en un carácter punitivo de esta enfermedad, que se interpretaba como un castigo que Dios enviaba a quienes le ofendían gravemente. La abundancia de leproserías en la Edad Media y primeros años de la Edad Moderna no significa que esta enfermedad estuviera muy extendida, pues la mayoría de ellas albergaba a un número reducido de leprosos.

Ciclo de la lepra

No obstante, los estudios realizados en los cementerios de leprosos de Dinamarca y Renania (Aquisgrán) demuestran que por algunas pasaron muchos centenares de enfermos. En la Edad Media se construyeron en Europa más de diez mil leproserías, cifra que no debe sorprendernos demasiado, ya que solamente mediante el aislamiento radical de los afectados, junto con las restantes medidas apuntadas, cabe explicar el rápido retroceso de la enfermedad. Los minuciosos estudios osteoarqueológicos han revelado la existenciad de un síntoma precoz en los huesos de la cara que se conoce con el nombre de síndrome de Moller Christensen, en honor de su descubridor, y que hoy día ha pasado a desempeñar un papel fundamental para el diagnóstico precoz en aquellos países donde la lepra continúa causando estragos.

En Europa central, el número de leprosos descendió de manera tan significativa que en algunos países, entre ellos Francia, las leproserías acabaron convirtiéndose en albergues para mendigos, inválidos y holgazanes, quienes buscaban la protección que la Iglesia brindaba a los leprosos. Para poner fin a semejante situación, las autoridades nombraron diversas comisiones de investigación, a las que pertenecían también médicos, que en muchos casos decretaron el cierre de tales establecimientos.

La lepra no desapareció por completo de Europa, sino que han continuado dándose algunos casos aislados entre la población autóctona hasta bien entra do el siglo XX, especialmente en el área del Báltico y Noruega. En 1856, por ejemplo, en Noruega se detectaron 2858 casos, lo que representaba dos enférmos por cada mil habitantes. La situación era ciertamente preocupante y para combatirla se procedió a aislar a los aféctados; cincuenta años más tarde el número había descendido a 258. En 1956, esto es, un siglo después, en Noruega había tan sólo siete leprosos, de los que en 1983 vivían dos. Es posible que esta cifra haya aumentado algo como consecuencia de la llegada de emigrantes asiáticos, aunque de momento no se dispone de estadísticas concretas. En Alemania subsistió una leprosería hasta finales de la Segunda Guerra Mundial. Había sido construida en 1899 en el extremo nororiental de lo que en otro tiempo fue el Imperio alemán, en las proximidades de la ciudad de Memel, por lo que al finalizar la Primera Guerra Mundial pasó a depender de Lituania, hasta que la región fue nuevamente ocupada en la primavera de 1939. La última leprosería alemana tenía capacidad para 16 pacientes, procedentes en su mayor parte de la región de Memel. Otros habían contraído la enfermedad en el extranjero, principalmente en las zonas donde la lepra era todavía endémica. A principios de este siglo se detectaron nuevos casos en los alrededores de Memel, lo que obligó a ampliar el número de camas del lazareto. La lepra constituía un problema igualmente preocupante en las vecinas provincias bálticas, que después de la Primera Guerra Mundial se convirtieron en países independientes. De los siete pacientes albergados en la leprosería de Memel, seis desaparecieron en la confusión de los últimos meses de la guerra y no ha vuelto a saberse más de ellos. El séptimo recibió asistencia médica en Hamburgo y Bonn y luego fue trasladado a un asilo para leprosos en Francia. En la República Federal de Alemania hay actualmente unos 50 enfermos de lepra, la mayoría de los cuales son emigrantes asiáticos. Junto a ellos hay también algunos alemanes que la han contraído en diversas partes del mundo, a excepción de un caso autóctono, en que el paciente no ha estado nunca en ninguna de las denominadas «zonas de riesgo».

De acuerdo con las últimas estadísticas, hoy día hay unos 15 millones de leprosos en todo el mundo, de los que tan sólo un porcentaje, que, por fortuna, está aumentando de manera notable gracias a los esfuerzos de los gobiernos afectados y de las organizaciones internacionales, reciben la debida asistencia médica. Si la situación continúa mejorando, es posible que en un futuro no demasiado lejano la lepra deje de ser una amenaza. El descubrimiento de las vías de transmisión y el desarrollo de nuevos medicamentos que eliminan el peligro de contagio, hará innecesario el tradicional aislamiento de los afectados. Con estas medidas y las pertinentes reglas higiénicas, no será dificil erradicar esta temida enlérjnedad, tal como ha demostrado recientemente el gobierno de Malta. En 1972 se implantó una terapia sistemática de corta duración y desde entonces los casos de lepra han descendido drásticamente hasta desaparecer por completo. Los enfermos recibían asistencia médica ambulatoria y una vez curados, tan sólo debían sorneterse eventualmente a unos controles rutinarios. Si este tratamiento quimioterapéutico se aplicara en todas las regiones donde la lepra continúa siendo un mal endémico, la humanidad se libraría de semejante azote de una vez para siempre. El futuro dirá si los hombres han sabido hacer uso de las posibilidades a su alcance.

Viruela

La viruela contribuyó al declive del Imperio Azteca. Los conquistadores españoles introdujeron el virus y acabó con más de tres millones de Aztecas. Gravemente debilitados, los Aztecas fueron vencidos fácilmente.

Aunque de la época anterior a 1800 apenas se dispone de estadísticas fiables acerca de las víctimas ocasionadas por las grandes epidemias, ni tampoco es posible clasificar los enfermos en función de los cuadros clínicos más frecuentes en la actualidad, no cabe la duda de que ninguna epidemia ha causado tantos estragos y sembrado tanto terror a su paso como la viruela. El índice de mortalidad de esta terrible plaga también era muy alto, especialmente entre la población infantil. Los primeros datos sobre esta enfermedad se remontan al año 164 de nuestra era y aunque los textos se refieren a ella como «peste antonina», por haberse producido durante el mandato del emperador Marco Aurelio Antonino, debió de tratarse de una epidemia de viruela. Los médicos árabes también la citan con frecuencia, considerándola, sin embargo, una enfermedad del tipo del sarampión, confusión que perduró hasta el siglo XVII, en que el médico inglés Thomas Sydenham (1624-1689) separó claramente ambos cuadros clínicos. Con el descubrimiento de América pudo comprobarse que la viruela no sólo ponía en peligro la salud de los enfermos y sus familiares y, por extensión, la del resto de la población, sino que además ejercía un efecto devastador en el destino político de los pueblos entre los que era desconocida. Los conquistadores españoles llevaron al Nuevo Mundo las enfermedades endémicasLas enfermedades endémicas son aquellas enfermedades infecciosas que afectan de forma permanente, o en determinados períodos a una región. de Europa, entre ellas la viruela, que solamente en México se cobró millones de vidas en un lapso bastante corto. Los nativos atribuyeron la aparente inmunidad de los conquistadores a una acción divinia. La responsabilidad de la desaparición de las culturas centro y sudamericanas en las décadas subsiguientes al descubrimiento debe hacerse recaer tanto en las epidemias importadas por los conquistadores como en la superioridad militar de éstos.

Hoy día la viruela está erradicada. En 1977 los periódicos de todo el mundo reprodujeron la imagen de un cocinero smalí llamado Ali Maow Maalin, que la había contraído el 22 de octubre: a finales del mes de noviembre fue dado de alta por los médicos que le atendieron. Éste es el último caso que se conoce. La noticia de la erradicación de esto enfermedad llenó de esperanza a innumerables personas, al demostrar que la correcta utilización de los conocinúentos cientificos puede hacer mucho en beneficio de la humanidad, liberándola de enfermedades y plagas que, como la viruela, han sido un auténtico azote.

¿Cuantas de esas personas se habrán detenido a reflexionar acerca de los obstáculos que la medicina ha tenido que salvar hasta poder dar una noticio tan espectacular? Probablemente muy pocas.

Una impresión satírica de un monumento propuesto a los recomendadores de inoculación del siglo XVIII.
Una impresión satírica de un monumento propuesto a los recomendadores de inoculación del siglo XVIII

Nadie sabe a ciencia cierta quién fue la primera persona en descubrir que cuando se producía una epidemia de viruela, quienes la habían padecido con anterioridad no volvían a contraerla, y que esta no cursava la misma gravedad en todos los casos ni afectaba a todas las personas. Probablemente, este descubrimiento movió a alguien a extraer el contenido de las vesículas típicas de la viruela y aplicarlo sobre la piel o la mucosa de una persona sana aun a sabiendas del riesgo que ello implicaba. También es posible que la casualidad haya tenido bastante que ver y que fueran los niños quienes primero desarrollaran mecanismos de inmunidad al contagiarse de sus padres. Todas estas observaciones debieron llevar en algún momento la adopción consciente de determinadas medidas profilácticas, entre las que la inoculación demostró ser la más eficaz.

Al parecer esta medida fue practicada por primera vez en Extremo Oriente o Asia central, difundiéndose a través de las rutas comerciales existentes entre China y el Oriente Próximo, desde donde pasó al Mediterráneo oriental. En Europa, los primeros datos fiables datan del siglo XVII, si bien se desconoce desde cuándo se aplicaba esta técnica en Turquía. En Constantinopla vivia un médico griego, de nombre Emanuele Timoni, que hizo una magnífica descripción de la inoculación. En una carta dirigida al doctor John Woodward (1665-1728), Timoni habla de que los pueblos que habitaban en torno al mar Caspio clavaban en la piel de las personas sanas agujas impregnadas con el exudado de los enfermos y de que esta costumbre se practicaba desde hacia mucho tiempo. De acuerdo con la experiencia, las pústulas que se formaban protegían al individuo contra la enfermedad, Woodwatd publicó esta noticia en Londres en 1714.

Ventajas de la vacunación contra la viruela
Ventajas de la vacunación contra la viruela

Las noticias acerca de la inoculación llegaron también a Europa por otro camino. La esposa del enviado británico en Constantinopla, lady Mary Wortley Montague (1690-1702), oyó hablar de la eficacia de semejante medida y en 1718 decidió probarla en su propio hijo. A su regreso Inglaterra, se convirtió en firme defensora del procedimiento. La obra de Timoni no fue conocida en Europa central través de la correspondencia con Woodward, sino por otra vía diferente, dato éste mucho menos conocido. En el séquito del monarca sueco Carlos XII figuraban el cirujano prusiano Melchior Neumann (1670-1724) y el médico sueco Samuel Skragge, que había estudiado en Uppsala y Holanda. Tras lo derrota de Poltava (1709), Carlos XII solicitó la protección del sultán turco, quien le permitió acampar con sus tropas en la orilla izquierda del río Dniéster. Tanto aqui como posteriormente en Adrianópolis, en la actual Edirne, los dos médicos citados oyeron hablar de la inoculación y tras algunas gestiones, en las que intervino también el monarca, lograron hacerse con la versión latina del tratado de Timoni, Historia variolarun quae per insitionem excitantur. Cuando en julio de 1714 Carlos XII hizo su legendario viaje a trasvés de Europa camino de Stralsund, los facultativos que le acompañaban llevaban en su equipaje la obra de Timoni. De este modo, la técnica de la inoculación comenzó a ser conocida también en Alemania y Escandinavia. La historia del siglo XVIII puede resumirse en pocas palabras. Quien no sucumbía la viruela, se volvía inmune frente a la enfermedad, pero su rostro y su cuerpo quedaban marcados para siempre con antiestéticas cicatrices, y si las pústulas les hablan afectado también a los ojos, era fácil que quedaran ciegos, siendo ésta una de las secuelas más temidas. Los rostros con señales de viruela eran algo habitual en el siglo XVIII, y ante el temor de que sus hijos pudieran quedar desfigurados para siempre, muchos padres decidieron inocularlos. Hoy en día es difícil imaginarse el triste destino que, por lo general, aguardaba a quien lograba sobrevivir. Ni siquiera en Oriente es frecuente ahora encontrar a alguien con huellas de esta enfermedad. Sin embargo, hace tan sólo unas décadas, el panorama era mucho más sombrío.

En el siglo XVIII, en Alemania morían todos los años entre 20.000 y 30.000 personas victimas de la viruela, lo que, a su vez, tenía graves repercusiones para la economía nacional y la vida política. Una epidemia de viruela podía acabar en pocas semanas con todo un ejército y en más de una ocasión la victoria o la derrota dependieron de un factor tan ajeno a la guerra propiamente dicha como éste, aunque en honor a la verdad hay que reconocer que, más tarde o más temprano, ambos bandos solían verse afectados por igual. Todavía en el siglo pasado algunos regimientos rusos sólo admitían a soldados que ya hubieran pasado la viruela. Estas unidades eran especialmente temidas y no sólo por el aspecto de los combatientes, sino sobre todo por su inmunidad frente a la temida enfermedad, que era, sin duda, el peor enemigo de todos.

En 1967, entre 10 y 15 millones de personas contrajeron la viruela, y la Organización Mundial de la Salud (OMS) lanzó una campaña mundial de erradicación basada en la vacunación. Gradualmente la enfermedad se fue concentrando en el Cuerno de África.

El último caso diagnosticado de la enfermedad de origen natural ocurrió en Somalia en 1977. Declarándose erradicada en 1979. La viruela es famosa por ser la única enfermedad que se ha erradicado con éxito, gracias en gran parte a las campañas de vacunación a nivel mundial. Pero con las migraciones incontroladas, esto ha dejado de ser así.

El último contagiado por laviruela de forma natural

El descubrimiento de la vacuna antivariólica por el médico británico Edward Jenner (1749-1823) marcó un hito en la lucha contra esta plaga. Jenner, que había sido inoculado de niño, ejerció como médico rural en su localidad natal de Berkeley, en el condado de Gloucestershire, donde oyó contar a los campesinos que quienes contraían la vacuna, que es una enfermedad que afecta a las vacas, no padecían la viruela, cuyos estragos eran sobradamente conocidos. Jenner realizó diversas observaciones, que le confirmaron plenamente la exactitud de la teoría, pero aún le quedaba por hacer la comprobación definitiva. El 4 de mayo de 1796 inoculó al niño de ocho años James Phipps el exudado de la pústula de vacuna obtenido de la mano de Sarah Nelmes, una campesina que se había contagiado del ganado. Seis semanas más tarde, cuando las pústulas de la vacuna habían desaparecido del brazo del pequeño James, Jenner le inoculó «el contenido recién extraído de una pústula de viruela humana». El niño no se contagió, lo que demostró que la vacuna lo había inmunizado. A pesar de ello, algunos médicos acogieron la noticia con manifiesto escepticismo. A partir de 1798 Jenner completó sus experiencias y observaciones iniciales con nuevos datos, mereciendo entonces el reconocimiento de todos sus colegas. La vacuna antivariólica fue recibida con los brazos abiertos tanto en Gran Bretaña como en otros muchos países, entre los cuales España no anduvo a la zaga. Sin embargo, ante la duda de que la inmunidad no fuera permanente, los científicos recomendaron repetir la vacunación cada cierto tiempo, procedimiento que fue imponiéndose paulatinamente en el siglo XIX. Para estimular a la población a vacunarse, las autoridades recurrieron tanto a la vía coercitiva como a campañas con primas y premios de diversa índole. Alemania se incorporó rápidamente a la nueva tendencia. El 26 de mayo de 1807, Baviera estableció la vacunación obligatoria mediante un decreto real, convirtiéndose así en el primer estado alemán que adoptó semejante medida. En 1829, Wurttemberg promulgó una ley ordenando la revacunación; en 1834 se procedió a vacunar a los soldados prusianos y, por fin, el 8 de abril de 1874 se promulgó la Ley Imperial de Vacunación, que afectaba también a la población civil. Cuando se publicaron las estadísticas de la guerra franco-alemana de 1870-1871, nadie osó poner en duda la importancia de la vacunación y revacunación: en la epidemia que se desató durante esta campaña sólo murieron 261 soldados alemanes frente a 23.400 franceses.

El origen de la vacuna
El origen de la vacuna

Entre los informes y testimonios de la época acerca de los beneficios de la inoculación de la viruela, apenas hay alguno que se detenga a reflexionar sobre cómo se obtiene esa «inmunidad». La mayoría hablan de «inmunidad natural», entendiéndose por ello la resistencia congénita frente a una determinada enfermedad infecciosa. En el caso de la viruela, la inmunidad natural se estimaba en un 5 %, Io que significaba que el 95 % de la población contraía la enfermedad. La tasa de mortalidad entre la población no vacunada ascendía al 40 %. Estas cifras hay que considerarlas con cierta precaución, ya que unas epidemias eran mucho más leves que otras. No obstante, a finales de la década de los años ochenta del siglo pasado pudo comprobarse que allí donde la vacunación y revacunación se había llevado a cabo de manera regular, la mortalidad por viruela había retrocedido en un 10 %. De este modo pudo demostrarse estadísticamente que la derogación de la Ley de Vacunación provocaría 20.000 muertes anuales en todo el territorio del Imperio alemán. Este argumento sirvió para acallar las voces de los detractores de la vacuna, que también los hubo, incluso entre la clase médica, aunque por fortuna su número descendió rápidamente. La investigación bacteriológica, muy activa en esta época, llegó a la conclusión de que la viruela era una enfermedad causada por un agente desconocido. En 1906, Enrique Paschen (1896-1936) descubrió el virus de la viruela en el estrongiloplasma de la vacuna antivariólica.

Aunque la Organización Mundial de la Salud haya declarado erradicada esta enfermedad, liberando asi a la humanidad de uno de sus enemigos más temidos, el peligro continúa latente. A medida que la vacuna antivariólica caiga en desuso y, en consecuencia, los seres humanos pierdan inmunidad frente a la enfermedad, es posible que surjan nuevos brotes, del mismo modo que en los laboratorios donde se manejan los cultivos tampoco está descartada una posible infección, a pesar de las severas medidas de control. Otro riesgo nada desdeñable es la utilización de material infeccioso, por ejemplo, para fines criminales o la guerra bacteriológica. Las consecuencias de semejante acto serian imprevisibles, y aunque cueste creerlo, una enfermedad actualmente erradicada podría sembrar de nuevo el horror y la desgracia entre la humanidad.

Malaria

La malaria, o paludismo, está considerada actualmente como una enfermedad tropical. Aunque en verdad es la dolencia más frecuente e importante en los países tropicales, no es exclusiva de ellos. En las vastas regiones pantanosas del norte de Europa, en los antiguos estados bálticos, en el sur de Suecia, Holanda, sur de Rusia, países balcánicos y en otras muchas regiones del sur de Europa ha habido focos de malaria hasta bien entrado el siglo XX. También en Alemania esta enfermedad ha sido endémica en algunas regiones (Emsland, alrededores de Berlín, cuenca del Vístula y Silesia). Durante las dos guerras mundiales y en los años inmediatos a las mismas se produjeron nuevos brotes, favorecidos por el regreso de soldados y prisioneros de guerra que la habían contraído. El responsable de la transmisión del paludismo es el mosquito Anopheles, que vive prácticamente en todos los sitios. La utilización de insecticidas para combatirlo y, con ello, erradicar la enfermedad, tiene hoy día casi la misma importancia que en el pasado tuvo la desecación de los pantanos y su transformación en tierra de labor. Para la transmisión del paludismo se precisa, además de los mosquitos, la presencia de un agente portador, en este caso el hombre, en cuya sangre se desarrollan los plasmodios, causantes de la enfermedad, que son organismos unicelulares (protozoos). Los cuatro géneros de plasmodios que se conocen, algunos de los cuales viven fundamental o exclusivamente en los países tropicales, provocan distintos tipos de fiebres.
Focos de malaria en Alemania entrado ya el siglo XX
Focos de malaria en Alemania entrado ya el siglo XX

La malaria es una enfermedad conocida desde la Antigüedad. Los textos hipocráticos, entre otros, hablan ya de unas fiebres intermitentes y junto a la descripción de los síntomas característicos, como los accesos de fiebre, el aumento del tamaño del bazo y la anemia, incluyen algunas especulaciones acerca de las causas de la enfermedad. Por ejemplo, recomiendan construir las ciudades en lo alto de las montañas o en las laderas mejor que en los valles y, en cualquier caso, siempre en un nivel superior al de los pantanos y zonas húmedas. Los emplazamientos recomendados se caracterizan por su «aire puro» y porque hasta ellos no llegan las fiebres. En los valles y zonas pantanosas, el «aire impuro» provocaba enfermedades de todo tipo. Conociendo estos datos se comprende mejor el significado del término malaria, que procede del italiano malaria, esto es, «mal aire».

El papel que la malaria ha desempeñado en la historia de la humanidad en general y en la de los individuos en particular es mucho mayor de lo que habitualmente se supone. Desde que se tienen testimonios escritos se sabe que las «fiebres» despoblaron ciudades, pueblos y comarcas enteras. A quien hoy en día visite las ruinas de Éfeso, la cuna del culto a Artemisa, la ciudad que San Pablo visitó en repetidas ocasiones y donde en los años 431 y 449 se celebraron los primeros Concilios de la Iglesia cristiana, la patria del filósofo Heráclito (ca. 500 a.J.C.), y de los médicos Rufus y Sorano, coetáneos de Galeno (siglo ll d.J.C.), le costará trabajo aceptar que la malaria fue la causante de su ocaso. Los aluviones y el progresivo enarenamiento del río Caístro originaron zonas pantanosas y convirtieron el antiguo puerto en una ciudad interior. Los terremotos, las guerras y el empantanamiento del paisaje contribuyeron al hundimiento de Éfeso, precipitado por las epidemias de malaria, que sellaron para siempre el destino de sus habitantes.

Hasta el siglo XX, hacer la guerra en terrenos palúdicosDe los terrenos pantanosos o relacionado con ellos. era una empresa sumamente arriesgada, tal como demuestra con abundantes ejemplos la historia de la península italiana. Ya durante la época de las invasiones, la malaria causó estragos entre los godos. El caudillo visigodo Alarico I murió en el año 410 víctima de esta enfermedad y, según la leyenda, fue enterrado en el río Busento, o, al menos, esto es lo que dice una célebre balada de August, conde von Platen (1796-1835). El paludismo diezmó también las tropas de Otón I, cuando en su avance hacia el Norte, después de conquistar Roma (967) tuvieron que atravesar una zona pantanosa. Para evitar que a ellos les ocurriera lo mismo, otros emperadores alemanes cruzaron los Alpes en otoño y se lanzaron a la conquista de Italia en invierno, época en que el peligro de contraer las fiebres era prácticamente inexistente. A pesar de todas las precauciones, el ejército de Federico I Barbarroja se dejó sorprender por una epidemia en 1167, cuando las circuntancias le obligaron a campar con sus tropas en las proximidades de la ciudad de Roma en pleno mes de agosto. Pocos días después, la malaria hizo su aparición, llevándose consigo, entre otros muchos, al canciller y arzobispo de Colonia, Rainald von Dassel. El propio emperador enfermó también, pero logró salvar la vida. Las consecuencias politicas de estas epidemias solían ser muy graves, y en este caso concreto se interpretó como un castigo divino por haber incendiado una iglesia de Roma.

Durante las campañas napoleónicas en el norte de Italia (1796 y 1797) -y en especial durante el asedio de Mantua-, muchas de las bajas fueron causadas por las temidas fiebres. El paludismo era endémico en la zona central del país, lo que precipitó su despoblamiento. Tan sólo su sistemática desecación, como la que Mussolini llevó a cabo en los lagunas Pontinas, la hizo nuevamente habitable.

Por su parte, los conquistadores españoles llevaron la malaria al Nuevo Mundo, de donde precisamente procede el primer remedio eficaz para combatirla: la corteza de quina, que se obtiene de los árboles del género Cinchonao, riundos de América del Sur. En la primera mitad del siglo XVII, los españoles trajeron a Europa esta corteza, cuyas propiedades terapéuticas eran ya conocidasp or los indios del nuevo continente.

La condesa de Chinchón, Doña Francisca Enriquez, esposa del virrey de España en Perú, pudo comprobar personalmente su eficacia cuando contrajo unas fiebres. A su regreso a España, divulgó las propiedades antipiréticasSe denomina antipirético, antitérmico, antifebril y febrífugo a todo fármaco que hace disminuir la fiebre. Suelen ser medicamentos que tratan la fiebre de una forma sintomática, sin actuar sobre su causa. Los ejemplos más comunes son el ácido acetilsalicílico, el ibuprofeno, el paracetamol y el metamizol. de la corteza de quina, cuyo nombre original se remonta a la lengua de los primitivos habitantes del Perú. Basándose en el apellido familiar Chinchón, Carl von Linneo (1707-1778) introdujo el nombre de Cinchona en su clasificación de las plantas.

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Materia Medica de Carl von Linneo”> Portada del libro Materia Medica de Carl von Linneo

En la segunda mitad del siglo XVII se originó una apasionada polémica científica acerca de los efectos beneficiosos y perjudiciales de la corteza de quina, pero al final sus defensores se alzaron con la victoria y el primer remedio antipalúdico realmente eficaz inició su paseo triunfal. La importación de corteza de quina desde América del Sur se convirtió en poco tiempo en un negocio muy lucrativo, en el que participaron también los jesuitas. No obstante, el saqueo indiscriminado a que fueron sometidas las quinas sudamericanas hizo que ya en la primera mitad del siglo XIX comenzara a escasear el producto, lo que, por una parte, provocó una subida generalizada de los precios y, por otra, la aparición de falsificaciones. En 1854, los holandeses comenzaron a cultivar estos árboles en sus colonias de Asia, siendo imitados por los ingleses en 1859, quienes hicieron lo propio en Ceilán y la India. En pocos años, las exportaciones procedentes de estos países lograron cubrir plenamente la demanda. En 1819, Joseph Pelletier (1788-1842) y Bienaimé Caventou (1795-1877), por un lado y Friedrich Ferdinand Runge (1795-1867), por el otro, consiguieron aislar la quinina, esto es la sustancia activa de la corteza de quina. En 1880, Charles Louis Laveran (1845-1922), médico militar francés destacado en el norte de África, descubrió los plasmodioUn plasmodio es una célula multinucleada formada por división celular sin citocinesis, solo cariocinesis, al contrario que el sincitio, que es por fusión de varias células. de la malaria y en 1898, el médico británico Ronald Ross (1857-1932) y los italianos Giovanni Battista Grassi (1854-1925) y Amico Bignami (1862-1929) descubrieron el papel del mosquito Anopheles en cuanto agente transmisor. Todos estos descubrimientos sentaron las bases para una profilaxis eficaz.

A pesar de que el nombre de Robert Koch ha pasado fundamentalmente a la historia como el descubridor del bacilo de la tuberculosis y uno de los fundadores de la bacteriología, su aportación a la investigación y la lucha contra la malaria fue asimismo muy importante y al igual que en otras esferas de su actuación se esforzó por llevar a la práctica los descubrimientos hechos en el laboratorio. Koch descubrió también, con independencia de Grassi, el mecanismo de transmisión y el ciclo reproductor sexual de los plasmodios, que tiene lugar en el intestino del mosquito. Entre 1898 y 1899 se trasladó a Italia con objeto de estudiar la malaria in situ, completando sus investigaciones con otros estudios realizados en Alemania, donde todavía había algunos focos endémicos causantes de no pocos problemas. Utilizando los conocimientos disponibles en aquella época acerca de los mecanismos de transmisión y contagio, entre 1901 y 1902, Koch y sus colaboradores lograron erradicar la malaria de la isla adriática de Brioni, que entonces pertenecía a Austria y que en las décadas pasadas saltó a las páginas de todos los periódicos por ser la residencia de verano de Josip Broz Tito, antiguo presidente de Yugoslavia. En los meses más fríos, durante los que quedaba interrumpido el ciclo reproductor de los agentes y los mosquitos desaparecían casi por completo y, por lo tanto, el peligro de infección era menor, se administró a los enfermos dosis elevadas de quinina. Cuando los mosquitos hicieron nuevamente su aparición en los meses cálidos, no hallaron plasmodios, interrumpiéndose el ciclo infeccioso. Este éxito movió a las autoridades a decretar la profilaxis obligatoria en las colonias alemanas.

A la muerte de Koch, el Parlamento italiano resaltó la labor que el insigne investigador había desarrollado en Italia para combatir la malaria. Este recuerdo adquiere especial relevancia si nos detenemos a considerar la trascendencia y, a menudo, trágicas repercusiones que esta enfermedad había tenido para la historia del país desde la Antigüedad.

A principios del presente siglo, la malaria adquirió un nuevo significado para la medicina. Desde tiempos remotos, a los médicos les preocupaba la influencia que una enfermedad podía tener en otra, pues, de acuerdo con ciertas observaciones, éste caso se daba en la realidad. Antes de la primera guerra mundial, el psiquiatra vienés Julius Wagner von Jauregg ( 1857-1940) observó que el estado psíquico de algunos enfermos mentales mejoraba a raíz de una enfermedad febril. En 1917, Wagner von Jauregg comenzó a tratar a los afectados de parálisis progresiva, que es una consecuencia tardía de la sífilis, provocándoles artificialmente accesos de fiebre mediante la inoculación de agentes palúdicos. Los resultados fueron espectaculares, lo que vino a demostrar que una enfermedad inducida por el médico puede influir positivamente en otra.

A pesar de todos los avances, la malaria no está todavía erradicada. Cerca de mil millones de personas viven en la actualidad en regiones palúdicas, registrándose anualmente cerca de trescientos millones de casos, de los que tres millones tienen un desenlace fatal. El hecho de que la malaria haya dejado de ser una seria amenaza en Europa y otras zonas templadas, no debe hacernos olvidar el dramatismo de tales cifras. A partir de la quinina se han desarrollado otros medicamentos muy eficaces. Por ejemplo, en 1927 comenzó a utilizarse la plasmoquina y en 1932, la atebrina. Estos dos preparados, elaborados en los laboratorios Bayer, marcaron el principio de la obtención de nuevas sustancias sintéticas. La oferta actual incluye preparados capaces de terminar incluso con las cepas más resistentes. La malaria ha pasado así a convertirse en una enfermedad contra la que es posible luchar, mas para erradicarla se necesitan campañas enérgicas a nivel mundial, pues sólo de este modo puede garantizarse el éxito. En este contexto hay que resaltar la creciente importancia de los potentes insecticidas desarrollados en los últimos decenios para destruir a los mosquitos Anophelesy, con ellos, a sus crías.

Ciertamente, aún deberán pasar muchos años antes de que la malaria pase a ser una enfermedad histórica. Sin embargo, no es de esperar que entre sus víctimas figuren nombres de la trascendencia de Alejandro Magno (f. 323 a.J.C.), Dante Alighieri (f. 1321), el héroe nacional alabanés Gjergi Kastriota Skanderbeg (1405-1468), el dictador británico Oliver Cromwell (f. 1658), numerosos papas y ocho emperadores alemanes, sino que continuará cebándose en los más pobres y necesitados.

En la actualidad, casi la mitad de la población mundial corre el riesgo de contraer paludismo.

  • En 2015, se registraron unos 212 millones de casos de infecciones y se calcula que se produjeron 429.000 muertes por esta enfermedad. La región más castigada es el África subsahariana que albergaba el 90% de los casos y el 92% de las muertes.
  • Sin embargo, en 2016 hubo 217 millones de casos de paludismo en 91 países. Un aumento de casi 5 millones respecto a 2015. Y 445.000 muertes.
  • En 2017, se estima que hubo 219 millones de casos de malaria en todo el mundo.

Colera

Los médicos de la Antigüedad dieron el nombre de cólera a una enfermedad diarreica de la que no se sabe a ciencia cierta si era la misma que la que más tarde se llamó cólera asiático. Si se tiene en cuenta, por un lado, el amplio espectro de las enfermedades infecciosas intestinales, entre las que se incluyen el tifus, las fiebres paratíficas y la disentería, y, por otro, la sintomatología inconfundible del cólera no parece probable que en la Antigüedad existieran brotes de cólera en el mundo occidental, ni siquiera en los países mediterráneos. El cólera es una enfermedad endémica de la India, especialmente en el delta del Ganges, y las primeras descripciones características se remontan a más de mil años atrás. Diversos textos del siglo XVIII aluden a la propagación de las epidemias a otras zonas de la India.

Hoy en día se distingue entre el cólera asiático y el cólera nostras, que es una forma benigna y más atenuada del cólera asiático, endémica en Europa, que cursa también con deposiciones líquidas, pero cuyo pronóstico es mucho más favorable.

El cólera auténtico es una enfermedad infecciosa con un elevado índice de mortalidad (entre el 50 y 80 %). Se caracteriza por una intoxicación aguda con debilidad cardíaca, deposiciones frecuentes («heces de granos de arroz»), vómitos, calambres, oliguria y demás síntomas inherentes a una pérdida de líquido, que se manifiestan en el típico «rostro colérico». En los casos agudos, la sintomatología de la intoxicación se instaura antes de las lesiones intestinales características, pudiendo provocar incluso la muerte en el transcurso de pocos días.

Cuidado con el colera

A partir de 1817, el cólera se propagó por todo el mundo. En primer lugar, se extendió a los países vecinos de la India, llegando a otras partes del globo a través de las rutas comerciales y marítimas. En este sentido, los aventureros y viajeros particulares desempeñaron un papel tan importante como los movimientos de tropas y las peregrinaciones. El cólera llegó a Europa en cuatro grandes oleadas. Es muy posible que la sucesión de las epidemias esté relacionada con la intervención de una generación que no había estado en contacto con la enfermedad y, por lo tanto, no había desarrollado mecanismos de defensa. Ésta es la única explicación lógica de los intervalos, que se produjeron también en el país de origen.

Entre 1826 y 1835, una terrible epidemia de cólera asoló todos los países de Europa, desde Rusia a Gran Bretaña y desde el norte de África a Escandinavia. Los emigrantes la llevaron a Norteamérica, donde adquirió especial virulencia. Pocos años más tarde, en 1840, se recrudeció el brote, perdurando hasta los años cincuenta. En Rusia, Alemania, Gran Bretaña y Francia, el número de víctimas alcanzó proporciones alarmantes.

En la década de los años cincuenta del siglo pasado, las teorías de Max von Pettenkofer (1818-1901) acerca del origen y la transmisión del cólera originaron una fuerte polémica. En opinión de Pettenkofer, la enfermedad tenía su origen en el suelo, especialmente allí donde abundaban las sustancias orgánicas, ya que, al descender el nivel del agua subterránea, los agentes patógenos quedaban en libertad. Esta hipótesis desempeñó un papel importante en las discusiones ulteriores sobre la etiología del cólera. Entre 1863 y 1874 un nuevo brote asoló la costa mediterránea de Europa y América del Norte, cobrándose un gran número de víctimas en 1866 y, sobre todo, durante la guerra germano-francesa de 1870-1871. La última oleada importante se extendió desde 1884 hasta bien entrada la década de los años noventa. Poco antes de esta fecha, Robert Koch había descubierto en Egipto y la India el agente productor, y el mundo entero depositó sus esperanzas en el descubrimiento de una vacuna o, al menos, un antídoto eficaz.

«En aquel cálido mes de agosto, en que el cólera se había adueñado de Hamburgo, enviando a la tumba a más “víctimas que los rayos del astro rey…”.» Con estas sobrecogedoras palabras comienza la novela de Rudolf G. Binding, Der Opfergang (El sacrificio), que se desarrolla hacia esta misma época.

El 14 de agosto de 1892 se detectaron en Hamburgo los dos primeros casos de cólera, que fallecieron pocos días después. La epidemia se propagó con gran rapidez; los hospitales se vieron desbordados y hubo que improvisar barracones donde alojar a los enfermos. A fin de no perjudicar la vida comercial de la ciudad, las autoridades ocultaron las proporciones del brote y no solicitaron la colaboración de la población. En la última semana del mes de agosto se produjeron 3.700 nuevos casos, y poco a poco fue extendiéndose el rumor de que Hamburgo estaba siendo afectada por una de las peores epidemias que había padecido el país en el último siglo. Ante la gravedad de la situación se hizo venir a Robert Koch desde Berlín, depositándose en él todas las esperanzas. El número de víctimas llegó a alcanzar las 455 diarias. La actividad de la ciudad estaba al borde del colapso; ante el temor de ser contagiados, muchos habitantes la abandonaron y buscaron refugio en otras localidades, contribuyendo así a extender el cólera por todo el país. Los científicos buscaban afanosamente las causas de la epidemia para combatirla en sus orígenes. Por fin se descubrió que las aguas que abastecían la ciudad estaban contaminadas como consecuencia de un estancamiento favorecido por las mareas. Una vez conocida la causa, se adoptaron las medidas oportunas, exigiéndose su cumplimiento a rajatabla, lo que originó algunas anécdotas curiosas, como el bando publicado en la localidad de Eimsbüttel: «Todo aquel que pueda, debe colocar delante de la puerta de su casa cubos con agua hervida para uso de la colectividad. Según ha manifestado el profesor Koch, éste es el remedio más eficaz para combatir el cólera».

Asimismo, se recetaban remedios milagrosos de todo tipo ─igual que ha sucedido en épocas de epidemia a lo largo de los siglos─, como gotas anticoléricas, fajas electromagnéticas, agua mineral y alcohol en cualquiera de sus múltiples modalidades. Un anuncio de la época resumía así su mensaje: «No hay mejor profiláctico que una copa de aguardiente, coñac o ron». Durante esta epidemia de cólera tan sólo en Hamburgo murieron 8.000 personas en el transcurso de pocas semanas.

Robert Koch, padre de la bacteriología moderna
Robert Koch, padre de la bacteriología moderna

Robert Koch hizo entonces un descubrimiento sorprendente: los agentes patógenos aparecían también entre la población sana. Este hallazgo fue confirmado posteriormente por los estudios de otras enfermedades epidémicas, como el tifus, la disentería, la difteria y la poliomielitis. La epidemia de Hamburgo aportó datos esclarecedores acerca del mecanismo de transmisión de esta enfermedad. Por ejemplo, en la vecina localidad de Altona, que poseía un excelente sistema de abastecimiento de agua potable, apenas se dieron casos de cólera, lo que llevó a sospechar que la causa de la infección estaba en las aguas contaminadas de Hamburgo. Pocos años después de la Primera Guerra Mundial, en 1922, la Unión Soviética padeció otra epidemia de cólera muy grave, pero desde entonces sólo han aparecido brotes esporádicos en ciertas regiones de Asia, donde es endémico, y donde las condiciones de vida no han variado desde hace siglos. La construcción de una red de alcantarillado que garantice la correcta eliminación de las aguas residuales, evitando así la contaminación del agua potable, ha contribuido enormemente a erradicar el cólera de Europa. A pesar de estas y otras medidas sanitarias y de la existencia de una vacuna preventiva, cada cierto tiempo surgen brotes aislados, introducidos casi siempre por personas procedentes de países con focos endémicos. Afortunadamente, hoy en día se dispone de abundantes medios para luchar contra esa enfermedad, por lo que las defunciones constituyen una excepción, lo que, sin embargo, no puede aplicarse a ciertas regiones del globo, donde el cólera sigue cobrándose todavía muchas víctimas.

Las pandemias de cólera se llevan produciendo desde hace unos 200 años, y hasta la fecha siguen afectando a millones de personas.

  • La primera pandemia de cólera ocurrió en la región de Bengala de la India, cerca de Calcuta, entre 1817 y 1824.
  • La segunda pandemia duró de 1826 a 1837 y, debido al comercio mundial y al aumento de la migración humana, afectó a América del Norte y Europa.
  • La tercera se originó en 1846, persistiendo hasta 1860. Se extendió por el norte de África y llegó a América del Sur.
  • La cuarta pandemia duró de 1863 a 1875 y se extendió desde la India hasta España.
  • La quinta pandemia ocurrió entre 1881 y 1896 y comenzó en la India, aunque se propagó por Europa, Asia y Sudamérica.
  • La sexta pandemia tuvo lugar entre 1899 y 1923 y estuvo localizada en la India.
  • La séptima pandemia se originó en 1961 en Indonesia y se caracterizó por la aparición de una nueva cepa, apodada El Tor, que aún persiste en los países en desarrollo.

Se estima que las tres primeras pandemias provocaron la muerte de unos 15 millones de personas. Otros 23 millones más murieron en las tres siguientes. Siendo los países más afectados India, China y Rusia.

En la actualidad, cada año se producen entre 1.3 y 4 millones de casos de cólera, que matan a entre 21 000 y 143 000 personas en todo el mundo.

Tuberculosis

La tuberculosis se conoce también con el nombre «peste blanca» y no sin razón, pues a lo largo de la historia de la humanidad ha demostrado ser más devastadora que cualquier otra enfermedad infecciosa. Afortunadamente, hoy ya no supone un peligro serio, por lo que las connotaciones negativas asociadas a su nombre han pasado a formar parte de la historia.

La tuberculosis es una enfermedad infectocontagiosa causada por la bacteria Mycobacterium tuberculosis. Los científicos han descubierto momias pertenecientes a la predinastía egipcia (3500- 2650 a.c.) con evidencias de haber sido afectadas por esta enfermedad.

Hipócrates (siglo V a.c.), Padre de la Medicina, se refirió a ella como «tisis» que quiere decir «deterioro físico progresivo de una persona o animal, acompañado de una pérdida visible de peso y energía». La definió como la enfermedad «más grave de todas, la de curación más difícil y la más fatal».

La tuberculosis, cuyo agente causal se parece mucho al bacilo de la lepra, tanto por su forma como por su coloreabilidad y resistencia a los ácidos, es una enfermedad muy antigua que afecta a los hombres y a los animales, ya sean domésticos o salvajes, entre los que se incluyen las aves y algunas especies de sangre fría. El estudio de esqueletos prehistóricos europeos y momias egipcias ha revelado la existencia de modificaciones óseas características, especialmente en los cuerpos vertebrales, así como calcificaciones de las partes blandas subsiguientes a la formación de abscesos tuberculosos. Desde el comienzo de los tiempos históricos se dispone asimismo de testimonios escritos que confirman la existencia de esta enfermedad. En la mayoría de los casos se trata de descripciones de la tuberculosis pulmonar, llamada también tisisTuberculosis que afecta a los pulmones. en la literatura clásica. Este término significa consunción, aludiendo así al enflaquecimiento característico de los tuberculosos. Entre otros síntomas externos figuran el enrojecimiento de las mejillas como consecuencia de una ligera fiebre persistente, la tos y la expectoración sanguinolenta. Tanto en la historia de la política como en la del arte y la literatura abundan los ejemplos acerca del efecto devastador de esta enfermedad, que no conocía barreras sociales, llevándose a hombres y mujeres en la plenitud de sus vidas. En el Londres de comienzos del siglo XIX, una de cada tres personas moría de tuberculosis.

Al describir la tuberculosis pulmonar, los escritos hipocráticos destacan su carácter contagioso, hipótesis que la medicina aceptó como válida hasta la Edad Moderna. Los textos antiguos contienen también referencias a otras enfermedades causadas por el bacilo de la tuberculosis que, lógicamente, no se relacionan con esta enfermedad. Entre dichas descripciones figuran, entre otras, la escrofulosis, que es una infección infantil localizada en los ganglios cervicales y linfáticos, así como diversas osteítis y artritis crónicas. El médico neerlandés Franz de le Boe (1614-1672), más conocido en el mundo científico con el nombre de Silvio, describió la formación de nódulos en el tejido pulmonar, que es una de las alteraciones patológicas características de la tuberculosis pulmonar, lo que supuso un nuevo paso hacia adelante en la investigación de esta dolencia. En 1832, Johann Lukas Schónlein (1793-1864) adoptó el nombre de «tuberculosis» basándose en dicho hallazgo anatomopatológico (tuberculum = tubérculo, nódulo).

Otro avance importante para el diagnóstico de las afecciones pulmonares fue el descubrimiento de la percusión, en 1761, por Leopold Auenbrugger (1722-1809). Sin embargo, la divulgación de esta técnica se debe al médico personal de Napoleón, Jean-Nicolas Corvisart (1755-1821), quien en 1808 publicó una traducción francesa, ampliada con un minucioso comentario, de la obra de Auenbrugger. Desde muy antiguo, los médicos palpaban el tórax y el abdomen de los enfermos para conocer, dentro de lo posible, el estado de los órganos internos. La información así obtenida no se relacionaba directamente con los hallazgos patológicos, pues hasta la segunda mitad del siglo XVIII no se empezaron a investigar en profundidad las modificaciones orgánicas que acompañaban a determinadas enfermedades con un desenlace fatal. Como es fácil comprender, las disecciones de cadáveres desempeñaron un papel fundamental en este aspecto. En 1819, el médico francés René Théophile Hyacinthe Laënnec (1781-1826) desarrolló la técnica de la auscultación, que consiste en escuchar los ruidos de la cavidad torácica con ayuda de un instrumento especialmente diseñado para ello, que al principio se construía fundamentalmente de madera. Ambos métodos exploratorios, esto es la auscultación y la percusión, resultaron ser extraordinariamente útiles para detectar las enfermedades pulmonares (el propio Laênnec hizo un estudio detallado de la tuberculosis) y en las décadas siguientes fueron perfeccionándose hasta convertirse en el instrumento fundamental del diagnóstico pulmonar. Por su parte, Ludwig Traube (1818-1876) y Friedrich Wilhelm Felix von Baerensprung (1822-1864) introdujeron la práctica de medir la temperatura corporal del enfermo, lo que contribuyó de manera notoria a una mejor objetivación de los hallazgos. Hasta entonces, la fiebre se había diagnosticado a partir de síntomas externos, tales como sensación de calor, calentamiento palpable de la superficie del cuerpo, sed y aceleración del pulso. De esta época datan también los primeros ensayos para confirmar experimentalmente el carácter contagioso de la tuberculosis pulmonar. En 1843, el médico y escritor Hermann Klencke (1813-1881) llevó a cabo los primeros experimentos de este tipo referidos a la escrofulosis, de la que todavía se desconocía que era causada por el mismo agente que la tuberculosis pulmonar. En su obra Sobre el contagio y la transmisión de la escrofulosis en el hombre como consecuencia de la ingestión de leche de vaca, publicada en 1846, alude a la existencia de una relación que sería plenamente confirmada años después. No menos importantes fueron las investigaciones experimentales del médico militar francés Jean Antoine Villemin (1827-1892), quien en 1862 publicó una obra muy interesante acerca de la tuberculosis y sus causas en la que afirma que esta enfermedad puede ser transmitida experimentalmente, mediante inoculación, de un ser humano a otro.

A mediados del siglo pasado, Hermann Brehmer (1826-1889) inauguró en Górbersdorfel, primer sanatorio antituberculoso, en el que los enfermos recibían un tratamiento adecuado a sus necesidades, lo que supuso un avance importante en el terreno terapéutico. En las décadas siguientes se construyeron numerosos establecimientos de este tipo, con preferencia en regiones montañosas. A los pacientes acomodados se les recomendaba que pasaran los meses más fríos del invierno en la Riviera, Egipto o Madeira para beneficiarse de su clima suave. En 1895 se crearon los primeros sanatorios antituberculosos para las clases menos pudientes. Aunque en principio se afirmaba que únicamente las zonas altas con abundancia de bosques reunían las condiciones necesarias para una terapia climática correcta, poco a poco fueron surgiendo también sanatorios en los alrededores de las grandes ciudades sin que los resultados terapéuticos mostraran diferencias dignas de mención. En 1903, en Leysin, Auguste Rollier (1874-1954) comenzó a aplicar técnicas foto terapéuticas. En 1933 había en Alemania más de 300 sanatorios antituberculosos con una capacidad de 17.000 camas para adultos y 14.000 para niños, cifras que hablan por sí solas de la importancia que tuvieron estos establecimientos.

El temor casi generalizado a contraer la tuberculosis, por un lado, y la impotencia de los médicos para combatirla eficazmente, por el otro, explican que cuando el 24 de marzo de 1882 Robert Koch anunció el descubrimiento del bacilo de la tuberculosis, el mundo entero acogiera la noticia con enorme expectación. Las medidas para combatirla no se hicieron esperar, mientras los científicos estudiaban con renovados bríos las distintas modalidades de esta enfermedad y su relación con la tuberculosis pulmonar. Así se averiguó que tanto los procesos tuberculosos que se localizaban en los huesos, las articulaciones, la piel, los ganglios linfáticos, los ojos, la laringe, las vías urinarias y las meninges (meningitis tuberculosa) como la tuberculosis miliar, de carácter mortal, eran consecuencia de una infección producida por el bacilo de la tuberculosis.

Una vez descubierto el agente causal, las esperanzas se depositaron en la obtención de un medicamento que acabara con él. En el X Congreso Internacional de Medicina, de 1890, celebrado en Berlín, Koch presentó un producto elaborado por él mismo a partir del bacilo de la tuberculosis, que un año más tarde fue «bautizado» con el nombre de tuberculina. Los resultados obtenidos en los ensayos realizados con animales de laboratorio habían sido positivos, lo que llenó de esperanza a muchos enfermos. Sin embargo, al cabo de pocos meses pudo comprobarse que la tuberculina no resultaba todo lo beneficiosa que se había pensado, sino que en muchos casos era incluso perjudicial.

El descubrimiento de los rayos X marcó un nuevo hito en el diagnóstico de la tuberculosis pulmonar. Wilhelm Conrad Róntgen (1845-1925) realizó este sensacional descubrimiento en 1895, y aunque en principio los utilizó únicamente para estudiar las alteraciones del esqueleto, en seguida se dio cuenta de las perspectivas que se abrían para la medicina. Cuando un año más tarde, en 1896, dio a conocer el resultado de sus investigaciones, la noticia se extendió como la pólvora. Pocos meses después, el médico francés Charles-Jacques Bouchard (1837-1915) utilizaba ya los rayos de Róntgen para examinar a sus pacientes tuberculosos. El examen radiológico se convirtió así en el método exploratorio más eficaz de cuantos se habían desarrollado hasta la fecha. En los años sucesivos fueron perfeccionándose los tubos y los generadores, lo que, unido a la utilización de pantallas amplificadoras, permitió reducir considerablemente los tiempos de exposición y obtener radiografías cada vez más nítidas. Durante mucho tiempo, esta técnica se simultaneó con la radioscopia. En la década de los años treinta de nuestro siglo se comprobó que con la ayuda de los rayos X era incluso posible descubrir las formas iniciales de la tuberculosis pulmonar y, en consecuencia, adoptar las medidas terapéuticas oportunas. Como se comprenderá fácilmente, la exploración radiológica pasó a ocupar el papel central en la lucha antituberculosa. En 1891, el médico francés Théodore Tumer (1857-1929) llevó a cabo los primeros ensayos de cirugía pulmonar, y un año más tarde el italiano Carlo Forlanini (1847-1918) introdujo el tratamiento por neumotórax, que consiste en inyectar aire en el espacio entre el pulmón y la caja torácica para provocar el colapso del pulmón e inmovilizar las partes afectadas a fin de favorecer la cicatrización. A menudo, la colapso terapia, nombre que recibe la técnica descrita, propiciaba también la cicatrización de las típicas cavernas tuberculosas originadas por la destrucción del tejido pulmonar. En el transcurso de los decenios siguientes se perfeccionaron las técnicas quirúrgicas y se desarrollaron otras nuevas, como la toracoplastia, asimismo para inmovilizar el pulmón, y la resección de las partes dañadas.

La fototerapia, introducida por el médico danés Nils Ryberg (1860-1904) dio magníficos resultados en el tratamiento de la tuberculosis cutánea.

Hoy en día, el pronóstico de la tuberculosis es mucho más favorable que en épocas pasadas gracias a los procedimientos terapéuticos citados, pero también a otra serie de medidas y circunstancias, como el aislamiento de los enfermos con lesiones abiertas, es decir, de quienes pueden transmitir directamente los bacilos a las personas que están a su alrededor, las desinfecciones regulares, la mejora de la alimentación y las condiciones de las viviendas, los exámenes y controles rutinarios, y las revisiones periódicas de antiguos enfermos y personas con riesgo a cargo de los organismos especializados en la lucha contra la tuberculosis. En Alemanía, el primer centro de este tipo se creó en la localidad de Halle, en 1899. En 1939 había unos tres mil distribuidos por todo el territorio nacional, que colaboraban estrechamente con los servicios de salud pública. La tuberculina adquirió de nuevo gran importancia, no como remedio terapéutico, sino para determinar si un individuo había estado o no en contacto con el bacilo de la tuberculosis, y según el resultado fuera positivo o negativo, obrar en consecuencia. La prueba de la tuberculina fue introducida por el médico francés Albert Calmette (1863-1933). Gracias a todas estas medidas, el índice de mortalidad por tuberculosis descendió notablemente. El ejemplo de Alemania es bien demostrativo: en 1882 fallecieron por esa causa 33 habitantes de cada 10.000: en 1900, 23; en 1910, 16, y en 1939, tan sólo 6.

A pesar de que estas cifras son bien ilustrativas del éxito de la medicina en la lucha contra la tuberculosis, el número de enfermos continuaba siendo elevado y mucho de ellos requerían largos años de tratamiento, lo que les impedía trabajar y llevar una vida normal. En 1920-1921, Albert Calmette y Canulle Guérin (1872-1961), del Instituto Pasteur de París, lanzaron al mercado la vacuna B.C.G., elaborada a partir de bacilos no patógenos, que vino así a sumarse a las restantes medidas terapéuticas. Sin embargo, y a pesar de los innegables progresos, aún quedaba mucho camino por recorrer. El éxito definitivo vino de la mano de las sulfamidas y los antibióticos. En 1934-1935, Gerhard Domagk ( 1895-1964) efectuó diversos experimentos con el prontosilEl Prontosil fue el primer fármaco de síntesis con acción bactericida amplia. Su sinónimo es sulfamidocrisoidina., producto que había elaborado junto con otros colaboradores, en los que comprobó su acción sobre los estreptococos, inaugurando con ello una nueva era en el tratamiento de las enfermedades infecciosas. Algunos años más tarde, en 1940, observó en un ensayo de laboratorio que el sulfatiazol destruía los bacilos de la tuberculosis. En 1944, Selman Waksman (1888-1973) dio a conocer en Estados Unidos sus trabajos acerca de la estreptomicina y su acción sobre los bacilos de la tuberculosis. En los años que siguieron a la terminación de la Segunda Guerra Mundial, la quimioterapia hizo progresos muy importantes, destacando de manera especial el descubrimiento del ácido paraarninosalicílico por Frederik Bernheim (1905-1992) y Jörgen Lechmann (n. en 1898) y de las tiosemicarbazonas y las hidracidas del ácido isonicotínico (INH) por Domagk. Estos nuevos medicamentos, desarrollados con los años de la posguerra, vinieron a paliar la angustiosa situación de los países implicados en la contienda, donde se había dado un aumento espectacular de tos de tuberculosis. Junto con los exámenes radiológicos periódicos, la vacuna B.C.G. y la lucha contra la tuberculosis del ganado vacuno hicieron descender drásticamente el número de enfermos, sobre todo en los países desarrollados. La tuberculosis dejó de ocupar uno de los primeros puestos en las estadísticas de morbilidad, y muchos sanatorios ─algunos recién construidos─ tuvieron que cerrar sus puertas o dedicarse a otros menesteres. El ambiente que Thomas Mann describe de forma tan magistral en su novela La montaña mágica pasó a ser parte de la historia. Allí donde se dispone de los medios de la medicina moderna, la tuberculosis ha dejado de ser ese terrible azote que tantas vidas se ha cobrado a lo largo de la historia de la humanidad, entre ellas las de personajes inolvidables del mundo del arte, la política, las ciencias y demás ramas del saber, como el reformador Calvino, el cardenal Richelieu, los literatos Schiller, Moliére, Edgar Allan Poe y Anton Chejov, los filósofos Spinoza, Descartes y Rousseau, los músicos Chopin y Carl Maria von Weber, el propio Laênnec, que tanto hizo para combatir la enfermedad y, por último, el fundador de la moderna oftalmología, Albrecht von Graefe. Innumerables fueron asimismo las mujeres que, al igual que la protagonista de La dama de las camelias, dejaron este mundo en la plenitud de su vida.

Hoy en día, tan sólo las personas de más edad recuerdan el trágico destino de tantas familias en las que un miembro tras otro era recluido en un sanatorio tuberculoso. Unos regresaban al cabo de algunos meses, otros, jamás; y quien tenía suerte, quedaba marcado para el resto de sus días, que, por lo general, eran más bien breves. ¿Quién se acuerda ya de las escupideras, que en otro tiempo formaban parte integrante del mobiliario de oficinas, cuarteles, restaurantes y salones? El dibujo de Heinrich Zille, y más aún las palabras que la niña dirige a la mujer mientras caminan por la nieve ─«Si quiero, puedo escupir sangre»─, nos recuerdan la amenaza omnipresente que representaba esta terrible enfermedad.

A pesar de su frialdad, las cifras son en este caso especialmente esclarecedoras. En 1982, es decir, tan sólo un siglo después de que Robert Koch descubriera el bacilo de la tuberculosis, en Alemania el índice de mortalidad por esta causa era del 1 % de la tasa de 1882.

Diabetes (Diabetes Mellitus)

Los progresos terapéuticos han reducido considerablemente la amenaza que hasta hace algunas décadas representaban ciertas enfermedades y, si se toman las debidas precauciones, muchas de ellas permiten al entorno llevar una vida prácticamente normal. La diabetes es una de estas dolencias crónicas y, sin duda, una de las frecuentes entre la población, pero si le prestan los debidos cuidados, apenas tiene repercusión en la actividad laboral y social de quienes la padecen. La historia de esta enfermedad, que ya era conocida con el nombre de diabetes en la Antigüedad precristiana, añadiéndosele el calificativo de mellitus (sabor a miel) a finales del siglo XVIII, está plagada de observaciones e hipótesis sorprendentes, pero también de numerosas incógnitas que ni siquiera la moderna investigación ha logrado esclarecer.

El papiro Ebers, que data del año 2000 a.C., cita una enfermedad que se caracterizaba fundamentalmente por una exagerada eliminación de orina. Los médicos hindúes también observaron este síntoma y, al parecer, descubrieron el sabor dulzón de la orina, que atraía a hormigas y moscas. La primera descripción clásica de la sintomatología data de la época helenística y en ella se alude sobre todo a la abundante emisión de orina. Areteo de Capadocia (siglos I/II d.J.C.) introdujo el término diabetes en medicina, aunque al parecer éste fue utilizado por primera vez por el médico de Alejandría Demetrio de Apamaia (siglo I a.J.C.). Su significado exacto es el de «sifón», que describe muy gráficamente el comportamiento del organismo frente al agua ingerida. El hecho de que los escritos hipocráticos no mencionen esta enfermedad hace suponer que no era muy frecuente en la Antigüedad. La teoría de que la causa desencadenante es una disfunción renal, aceptada como válida durante muchos siglos, se remonta a Galeno, quien sí alude a su carácter excepcional. A diferencia de la medicina hindú, los médicos europeos tardaron mucho tiempo en descubrir el sabor dulzón de la orina, provocado por la presencia de azúcar, lo que no deja de ser un tanto sorprendente.

En 1674, el médico británico Thomas Willis (1622-1675), cuyo nombre se asocia principalmente a las exploraciones anatómicas, se dio cuenta de que la orina de los diabéticos sabía dulce, atribuyendo el origen de la enfermedad a una alteración de la composición de la sangre. Exactamente un siglo después, su compatriota Matthias Dobson (1745-1784)a portó la prueba de que ese sabor característico obedecía a la presencia de azúcar en la orina. Cuando se habla de este tema hay que recordar que, en la Edad Media, el método diagnóstico habitual era el examen visual de la orina para detectar posibles anomalías. El médico vertía la orina del paciente en una copa de cristal y la examinaba a contraluz. Este gesto característico se convirtió en el símbolo de la actividad médica en las ilustraciones de la época. Con la llegada de la Edad Moderna, los métodos experimentales adquirieron una importancia cada vez mayor y esto fue, en última instancia, lo que movió a los médicos a probar el sabor de la orina. Es muy posible que el descubrimiento no lo hiciera el facultativo, sino el propio paciente, ya que la costumbre de beber la propia orina ha sido una medida terapéutica muy extendida hasta nuestro siglo, incluso en Europa central.

Johan Peter Frank (1745-1821), renombrado clínico e higienista social, separó definitivamente las dos en fermedades que se caracterizan por una gran emisión de orina en función de la presencia o no de azúcar. Para la primera eligió la designación de diabetes mellitus propuesta por el médico británico William Cullen (1712-1790) y para la segunda, la de diabetes insípida. De este modo, en 1794 quedó definida la diabetes propiamente dicha. Ante su frecuencia y su pronóstico grave e incluso mortal, sobre todo entre las capas más jóvenes de la población, los médicos redoblaron sus esfuerzos para buscar las causas y descubrir una terapia eficaz. Desde tiempo atrás se había observado que los síntomas remitían notablemente con el ayuno, observación que se vio plenamente confirmada al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Ya en el siglo XVII comenzó a recetarse a los diabéticos una dieta rica en proteínas. Todos estos datos permitieron elaborar las reglas dietéticas que todavía hoy siguen aplicándose al tratamiento de la diabetes mellitus unas veces como única terapia y otras como terapia complementaria. Según los últimos conocimientos, la diabetes insípida obedece a un trastorno de la hipófisis que se manifiesta en la formación insuficiente de la hormona reguladora de la emisión de orina.

Íntimamente ligados a las teorías ulteriores sobre la etiologíaParte de la medicina que estudia el origen o las causas de las enfermedades. de la diabetes aparecen los nombres de relevantes investigadores del metabolismo.

En el siglo XIX, la investigación centró su interés en el estudio del páncreas, cuya función venía intrigando a los médicos desde mediados del siglo XVII. Se sabía, por ejemplo, que el páncreas segregaba una sustancia que iba a parar al intestino. En 1682, Johann Conrad Brunner (1653-1727) observó que los perros a los que de forma experimental se les había extirpado el páncreas presentaban síntomas análogos a los de la diabetes. Evidentemente, Brunner no extirpó el páncreas completo, sino tan sólo una parte, y como los animales sanaron al cabo de poco tiempo, concluyó que este órgano no tenía ninguna función vital.

En el siglo pasado y por iniciativa de Rudolf Virchov (1821-1902), Paul Langerhans (1847-1888), emprendió el estudio histológico del páncreas cuando todavía era estudiante. En 1869 recopiló los resultados de sus investigaciones en una tesis doctoral, Langerhans descubrió en el tejido glandular la presencia de unos grupos de células especiales diseminadas a modo de islas, que en 1894 fueron bautizadas por Gustave-Edouard Laguesse (1861-1927) con el nombre de islotes de Langerhans, en honor de su descubridor.

En 1889, Joseph von Mering (1849-1908) y Oskar Minkovski (1858-1931) extirparon en Estrasburgo el páncreas completo a un perro para estudiar la reabsorción de grasa. Entre otras cosas observaron que, tras la intervención, el animal orinaba mucho más y que la orina contenía azúcar, tal como comprobó Minkovski. Para cerciorarse, repitieron el experimento y obtuvieron el mismo resultado. De esta forma se comprobó que el páncreas producía una sustancia inhibidora de la diabetes. El paso siguiente consistió, lógicamente, en obtener extractos del páncreas de animales y probar su acción sobre la enfermedad. Los resultados de los primeros ensayos, que Georg Ludwig Zuelzer (1870-1949) llevó a cabo en Breslau y, posteriormente, en Berlín, no pudieron ser más esperanzadores. El Acomatol, nombre que los laboratorios Schering de Berlín dieron al preparado elaborado por Zuelzer a partir del páncreas de ternera, demostró ser muy eficaz en el coma diabético, que es una trastorno metabólico, de consecuencias casi siempre fatales, que afecta a los diabéticos. Tal como se averiguó más tarde, los efectos secundarios observados en la clínica obedecían a una dosificación incontrolada, ya que aún no se disponía de métodos fiables para comprobar rápidamente los valores de azúcar en sangre. El micrométodo, que es una técnica para analizar en el laboratorio cantidades mínimas de sangre, no se utilizó en la clínica hasta 1919. Cuando en el otoño de 1920 los médicos Frederick Grant Banting (1891-1941) y Charles Herbert Best (1899-1978) iniciaron sus trabajos en Toronto, las condiciones eran bastante más favorables. En aquellos días, Best era todavía un simple estudiante que trabajaba como auxiliar en el Instituto Fisiológico dirigido por John James Richard Macleod (1875-1935). La posibilidad de aislar la supuesta sustancia producida por las células del páncreas fue tomando forma en la mente de Banting al leer ciertos artículos publicados en diversas revistas médicas. Se extirpó el páncreas a varios perros y a continuación se les inyectaron extractos pancreáticos obtenidos de otros perros. Best se encargó de controlar el contenido de azúcar en la sangre, comprobando con satisfacción que de este modo se contrarrestaba el aumento de azúcar en sangre provocado experimentalmente.

Al químico James Bertam Collip (1892-1965) se debe la elaboración de preparados cada vez más puros, así como la primeraera normalización de las dosis eficaces. Poco después, esta sustancia, que recibió el nombre de insulina, se identificó con una hormona. El británico Ernest Henry Starling (1866-1927) introdujo el término hormona en 1906 para designar las sustancias secretadas por diversas glándulas del organismo que, a través de la circulación general, actúan sobre otros órganos y glándulas y cuya existencia se conocía desde principios de siglo.

En 1921 se trató a los primeros diabéticos con el preparado elaborado en Toronto. Las noticias acerca de los éxitos obtenidos llegaron a todos los rincones del globo, y el laboratorio del Instituto se vio desbordado e incapaz de hacer frente a la creciente demanda. Los laboratorios farmacéuticos acometieron entonces la producción de insulina. En 1923, su ejemplo fue seguido por las grandes firmas farmacéuticas europeas (Hoechst, Bayer, Schering, Geigy, Sandoz, Hoffmann-LaRoche).

Tanto estos fabricantes como los laboratorios norteamericanos adoptaron el procedimiento descrito por Banting, Best y Collip y se sometieron al control de un comité insulínico independiente, encargado de verificar la pureza y la eficacia de los preparados. Los éxitos registrados con los nuevos medicamentos borraron toborraron toda laa duda acerca de su indicación, a pesar de que algún tiempo después comenzaron a detectarse algunos casos de intolerancia a la insulina por causas entonces desconocidas. Sin embargo, en la gran mayoría de los pacientes la mejoría era inmediata. La insulina se administraba varias veces al día mediante inyeccíone y esto era lo que más molestaba a los diabéticos hasta que , poco a poco, aprendieron a administrarsela perosonalmente.Por esta razón, los diabéticos recibieron con gran alegría la aparición de la insulina retardada con la que en la mayoría de los casos sólo se necesita una inyección diaria. Además del tratamiento insulínico, los diabéticos deben vigilar también la dieta y abstenerse de tomar ciertos alimentos.

A pesar de los avances farmacológicos, ninguno de los intentos por encontrar una forma de administración más cómoda que las inyecciones dieron los resultados apetecidos.

La introducción de las sulfamidas por Gerhard Domagk como un remedio eficaz para combatir las infecciones bacterianas abrieron un nuevo capítulo en la historia de la farmacología, inaugurando la era de la moderna quimioterapia. E11 1935, los laboratorios Bayer lanzaron al mercado el prontosil, seguido poco después (1941) por diferentes derivados del sulfatiazol. Sin embargo, estas nuevas sulfamidas provocaban ciertos efectos secundarios en el hombre, destacando su acción bipoglucémica. En 1942, el fisiólogo francés Auguste Loubatieres (1912-1977) dio a conocer estas observaciones en Montpellier, pero no se percató de lo que ello suponía.

En 1953, los laboratorios C.H.F. Boehringer, de Mannheim, comercializaron un nuevo preparado sulfamídico para combatir las infecciones bacterianas que fue administrado a los pacientes aquejados de neumonía del sanatorio Auguste-Victoria de Berlín-Schönberg. Joachim Fuchs comprobó tanto en lo enfermos como en su propia persona que el nuevo medicamento tenía un efecto hipoglucémico.

En colaboración con el director de la clinica Hans Franke (1909-1955), que murió antes de la publicación de los resultados, Fuchs trató a 50 diabéticos con este preparado, confirmando su acción antidiabética. Pocos años después, los antidiabéticos orales habían escalado puestos en el tratamiento de esta enfermedad y muchos pacientes pudieron prescindir de las inyecciones diarias de insulina.

Así, en el transcurso de pocos años, la diabetes ha pasado de ser una enfermedad, que August Hirsch (1817-1894) clasificaba todavía en 1883 entre las «anomalias alimentarias crónicas», a una situación cuyo desenlace no tiene por qué ser necesariamente fatal. No obstante, y a pesar de todos los progresos, las causas de la diabetes siguen sin estar claras; sí se sabe, en cambio, que ciertos factores predisponen a ella. En cualquier caso, las complicaciones de la diabetes mellitus son hoy tan preocupantes como en el pasado y lo mismo cabe decir del número de diabéticos que desconocen su situación, pues en muchos casos, sobre todo en su fase inicial, cursa sin molestias o síntomas específicos. A pesar de ser todavía una enfermedad incurable, no debe incluirse entre las mortales precisamente por admitir un tratamiento de excelentes resultados.

Reumatismo

Con el término genérico de reumatismo, o reúma en el lenguaje coloquial, se engloban diversos procesos que afectan preferentemente al aparato locomotor y cuya etiología y curso varían notablemente según los casos. La utilización del término reumatismo no obedece tanto a una sistemática médico-científica como a razones de índole práctica.

Por esta razón no debe sorprendernos que en el epígrafe de «enfermedades reumáticas» se incluyan, además de la fiebre reumática, la poliartritis, las artrosis deformantes y la enfermedad de Bechterew, otras afecciones como la gota y diversos procesos reumatoides, acompañados de dolores articulares y musculares, que se observan en el curso de ciertas enfermedades infecciosas.

El estudio de los esqueletos humanos más antiguos ha revelado la existencia de deformaciones que hoy se atribuirían a una afección reumática. Incluso se ha llegado a hablar de la «gota de las cavernas», provocada por el entorno húmedo y frío en que vivían nuestros antepasados más remotos. Otros hallazgos osteoarqueológicos posteriores han confirmado que estas dolencias eran asimismo muy frecuentes en la Europa medieval y, a menudo, quienes las padecían veían considerablemente disminuida su capacidad funcional.

En las zonas frías y templadas se comprobó en seguida que el calor aliviaba bastante los dolores reumáticos y de ahí que se desarrollara toda una terapéutica basada fundamentalmente en fomentos y baños calientes. Los pueblos primitivos actuales, cuya medicina es un fiel reflejo de las costumbres ancestrales, continúan combatiendo el reumatismo con estos remedios caseros.

Como es lógico, el Corpus Hippocraticum describe el reumatismo desde la perspectiva de la teoría de los humores y por ello habla de «fluxión» (secreción de una mucosa como consecuencia de un proceso inflamatorio) en el sentido de secreción nociva, lo que, por otro lado, lleva a identificar «reúma» con «catarro» y a utilizar ambos términos casi como sinónimos. Tal como se desprende de los textos hipocráticos, tanto la gota como el reumatismo articular eran enfermedades conocidas, aunque todavía no se había conseguido delimitarlas con claridad. Hasta principios del siglo XIX, se atribuyó la causa del reumatismo a estados discrásicos o de desequilibrio humoral, siendo aceptada esta teoría tanto por médicos como por profanos.

No obstante, el concepto de reumatismo fue variando con el transcurso del tiempo. Paracelso, el influyente médico y alquimista suizo, clasificó la gota y las artrosis entre las enfermedades «tártaras», esto es, aquellas dolenciase n que, según su opinión, el organismo segrega determinadas materias que se depositan en diversos lugares, igual que el tártaro se deposita en las paredes de los barriles de vino. En el caso concreto de la gota y las artrosis, esta materia iba a parar a las superficies internas de las articulaciones.

El médico parisiense Guileaume Baillou (1538-1616) fue el primero en identificar el reumatismo articular como una enfermedad general del organismo, consecuencia del desequilibrio humoral. En una obra que fue publicada después de su muerte, concretamente en 1642. se refiere al reumatismo como un proceso doloroso de los músculos y las articulaciones a la vez que describe la fiebre reumática aguda y la poliartritis crónica.

Tal como cabía esperar de su concepción patológicohumoral, como remedios terapéuticos recomienda la sangría y la aplicación de ventosas y sanguijuelas, que tuvieron la misma aceptación que la teoría del desequilibrio humoral como causa de la enfermedad. Thomas Sydenham (1624-1689)a, l que se conoce con el nombre de «Hipócrates británico» y, sin duda, un observador brillante, un erudito agudo y un médico excelente, atribuyó ese desequilibrio a un agente exterior. En la segunda mitad del siglo XVIII aumentó considerablemente el número de autopsias clínicas y entonces se comprobó que el corazón de muchas personas que habían padecido reumatismo articular agudo tenía un tamaño superior al normal, como si este órgano hubiera resultado igualmente afectado por la dolencia reumática.

Hacia finales de 1875 y durante 1876, diversas publicaciones describieron los resultados positivos que Leopold Riess y Franz Stricker, entre otros, habían obtenido con el ácido salicílico en el tratamiento de las enfermedades reumáticas. En 1819, Johann Andreas Buchner (1783-1852) había obtenido la salicina de la corteza del sauce y algunos años después, en 1821, Raffaele Piria (1805-1865) logró aislar el ácido salicílico. En 1859 se obtuvo la síntesis de esta sustancia (H. Kolbe), que se reveló como un antitérmico sumamente eficaz. El IO de octubre de 1897, el químico Félix Hoffmann produjo por medios químicos, en los laboratorios Bayer, ácido acetilsalicílico puro e inalterable. Este trascendental descubrimiento está ligado a un dato singular: el padre de Eloffmann, que era reumático, no toleraba el ácido salicílico, por lo que es lógico suponer que su hijo decidió buscar una sustancia de acción similar, pero que no comportara efectos secundarios indeseados. Una vez concluidas todas las pruebas clínicas, el nuevo preparado fue comercializado en 1899 con el nombre de aspirina, y las noticias acerca de sus propiedades analgésicas y antipiréticas se extendieron como la pólvora.

Por sus especiales características, las enfermedades reumáticas no sólo afectan a quienes las padecen, sino que también repercuten en la economia nacional, tal como confirman las estadísticas de cualquier país. Desde principios de siglo, tanto las compañías de seguros y cajas de pensiones como diversas instituciones y organismos estatales y benéficos vienen prestando una atención prioritaria a este problema. En cualquier caso y al margen de los nuevos conocimientos acerca de los mecanismos de la enfermedad. factores de diversa indole, como la creciente importancia del sistema inmunológico individual, el descubrimiento de las hormonas de la corteza de las glándulas suprarrenales (Hench y Kendell, 1949) y la comercialización de otros medicamentos sintéticos de acción especifica, han hecho que el tratamiento y estudio de las enfermedades reumáticas haya dejado de ser competencia exclusiva de los reumatólogos para exigir la colaboración de ortopedistas y fisicoquímicos. Gracias a los avances de la medicina, la mayoría de las enfermedades infecciosas admiten hoy en día un tratamiento eficaz y, por las mismas razones, las grandes epidemias que en otro tiempo asolaron Europa han perdido su carácter de amenaza para la población. Como consecuencia de esta evolución, las enfermedades reumáticas han ido escalando puestos en el último cuarto del siglo XX, entre otras razones, por su importancia médica y social, situándose, junto a los tumores malignos y las enfermedades cardiovasculares, entre las afecciones sobre las que se centra la atención prioritaria de médicos y responsables de la política sanitaria.

Tifus exantemático, fiebres tifoideas y disentería

Junto a las grandes epidemias citadas, a lo largo de la historia ha habido numerosos brotes de otras enfermedades contagiosas que constituían un verdadero misterio para los médicos y cuyos agentes causales fueron descubriéndose en el transcurso de los dos últimos siglos y, en especial, en la segunda mitad del siglo XIX. Entre estas afecciones figuran el tifus exantemático y demás manifestaciones tifoideas, la disentería, la difteria, las enfermedades venéreas y otras infecciones más ocasionales. Algunas tienen todavía hoy una gran incidencia en muchas partes de nuestro planeta, mientras que en Europa han remitido notablemente desde la mitad del siglo XX.

El tifus exantemático conoció un recrudecimiento espectacular en los años de la Segunda Guerra Mundial, igual que anteriormente había sucedido en épocas de escasez y necesidad. Se trata de una enfermedad transmitida al hombre por el piojo, lo que ha hecho que se la designe también con el nombre de tabardillo, piojo verde, etc. La profilaxis se basa fundamentalmente en una estricta higiene personal que incluye también el despiojamiento de ropas y utensilios de uso cotidiano. Hasta la introducción del DDT (Dicloro-Difenil-Tricloroetano), de intensa acción insecticida, descubierto por el químico Paul Müller (1899-1965), en 1938 en Basilea, el despiojamiento se hacía a base de vapor de agua o aire caliente. El agente causal del tifus exantemático fue descubierto en 1916 en el Instituto de Enfermedades Tropicales y Marítimas de Hamburgo, por el biólogo brasileño Henrique da Rocha-Lima (1879-1956), quien le dio el nombre de Rickettsia prowazeki en recuerdo de Vloward Taylor Ricketts (1871-1910) y Stanislaus von Prowazek (1875-1915), que sucumbieron a él en el transcurso de sus investigaciones.

A lo largo de la historia ha habido numerosas epidemias de tifus a cuál más devastadora. Las descripciones que han llegado hasta nosotros son lo suficientemente claras como para descartar cualquier posible error acerca del diagnóstico. A título de ejemplo, cabe citar la que azotó la región alemana de Alta Silesia en 1847-1848, descrita magistralmente por el entonces joven patólogo Rudolf Virchow, a quien el Ministerio prusiano de Enseñanza y Salud Pública le envió a la zona afectada para que comprobara sobre el terreno las condiciones de vida y buscara la causa de la epidemia. Entre los factores determinantes, Virchow destacó la pobreza, el hambre y las pésimas condiciones de vida y trabajo, haciendo llegar su voz hasta la opinión pública, lo que no gustó demasiado a sus superiores. En opinión del patólogo, el médico no debe limitarse a asistir a los enfermos, sino que su cometido tiene también una marcada función social y en este sentido ha de esforzarse por mejorar las condiciones de vida de la población. De su informe se deduce claramente que, al margen del tifus exantemático, los habitantes de la Alta Silesia, se veían azotados por otras enfermedades infecciosas, como la tifoidea y la disentería.

El tifus exantemático ha sido desde tiempos remotos uno de los azotes más terribles de los ejércitos, propiciado por el empiojamiento masivo como consecuencia de la falta de higiene y las circunstancias propias de la guerra. En la guerra de los Treinta Años, en la campaña napoleónica de Rusia (1812) y en ambas guerras mundiales tuvo consecuencias en verdad catastróficas, determinando en muchos casos la marcha de la guerra al margen de las acciones bélicas propiamente dichas. El cuidado de los infectados representaba un serio peligro tanto para los médicos como para el resto del personal sanitario. En 1917, en el frente rumano enfermaron de tifus 1.362 soldados alemanes; de los médicos que les asistieron, 52 se contagiaron y, de éstos, 22 murieron. En 1920 sucumbieron en Polonia 158 médicos en el corto plazo de tres meses. Estas cifras explican perfectamente que, hasta principios de siglo, los facultativos que lograban sobrevivir a un brote de tifus se sintieran especialmente satisfechos.

El tifus exantemático está todavía hoy muy difundido en amplias regiones de la Tierra, a excepción de las zonas cálidas, donde es tan raro como el piojo de los vestidos. Los insecticidas se han revelado como un excelente método profilático y en caso de contagio se dispone asimismo de medicamentos muy eficaces, fundamentalmente antibióticos de amplio espectro. Sin embargo, la implantación de estas y otras medidas preventivas requiere una sanidad bien organizada y eficiente; por esta razón, el tifus exantemático afecta, hoy igual que ayer, a las capas más pobres de la población.

El tifus abdominal o fiebre tifoidea fue descrita como enfermedad independiente en el siglo XIX. En 1880, Carl Josef Eberth (1835-1926) descubrió el agente causal y, cuatro años más tarde, Georg Gaffky (1850-1912) logró aislarlo en cultivos puros. Hasta este momento, todas las enfermedades que cursaban con fiebre y estupor se designaban genéricamente con el nombre de tifus. La transmisión del tifus abdominal se realiza a través de los excrementos de personas enfermas, tal como sucede en el caso de las fiebres paratíficas, cuyo pronóstico es, sin embargo, mucho más benigno. La creación de centrales para el suministro de agua potable a la población urbana y rural, la correcta eliminación de las aguas residuales, el control del estado de determinados alimentos, en especial, la leche, la fruta y las verduras, así como la detección y el aislamiento de portadores de gérmenes, es decir, de personas que han superado la enfermedad, pero todavía siguen expulsando gérmenes y, por lo tanto, representan un peligro para la colectividad, han contribuido a reducir la frecuencia de este tipo de infecciones intestinales. La vacuna preventiva ha demostrado ser muy eficaz.

Escala de heces de Bristol

La disentería cursa con un pronóstico mucho más leve. También es una enfermedad infecciosa que afecta al intestino grueso y se caracteriza por diarreas sangrantes. El agente causal son bacterias en forma de bastoncillos y, al igual que el tifus abdominal y otras infecciones intestinales, se transmite a través de las heces, actuando las moscas como agente vector. En los trópicos es más frecuente la disentería amebiana, causada por el protozoo denominado Entamoeba histolytica. Provoca ulceraciones en el intestino grueso, hepatitis y abscesos hepáticos, puede convertirse en crónica y no produce inmunidad. A veces cursa sin fiebre y con diarreas y dolores abdominales que se mantienen durante muchos años, pasando inadvertida en la mayoría de los casos. No obstante, estos enfermos representan un peligro permanente para su entorno. La mejora de las condiciones higiénicas generales introducidas en muchos países pobres en las últimas décadas, la recomendación de no consumir alimentos crudos y el suministro de agua potable han contribuido a reducir la propagación de la diarrea amebiana. No obstante, todavía sigue siendo una amenaza en muchas regiones y a pesar de que la medicina actual dispone de medicamentos específicos muy eficaces, si no se diagnostica y se trata a tiempo, las consecuencias pueden ser dramáticas. El diagnóstico es muy dificil, pues a la ausencia de síntomas característicos se suma el hecho de que, en muchos casos, los pacientes se han acostumbrado a ellos y no dan mayor importancia a las molestias ocasionales.

Difteria

Entre las causas de la elevada mortalidad infantil de la segunda mitad del siglo XIX y primeros años de éste, XX, la difteria ocupa un lugar muy destacado. En esta época no era nada raro, por ejemplo, que en una familia de ocho hermanos, cinco sucumbieran a esta terrible enfermedad, que, entre otros síntomas, se caracteriza por la formación de falsas membranas en la garganta, que pueden extenderse también a las vías respiratorias, provocando la muerte por asfixia. Los textos de los antiguos médicos griegos describen ya estos síntomas inequívocos. Los brotes epidémicos persistieron en la Edad Media y comienzos de la Edad Moderna y en el siglo XVIII se recrudecieron en toda Europa. De esta época data el nombre de crup, con que se conoce también la difteria. En 1826, el médico francés Pierre Bretonneau (1771-1862) publicó una descripción clásica dela enfermedad basada en las observaciones que había hecho personalmente durante la gran epidemia que asoló la región de la Turena, célebre por sus hermosos castillos, entre 1818 y 1821. En ella se introduce el término difteria para diferenciar esta enfermedad de otras que comienzan también con una inflamación de amígdalas. Bretonneau fue asimismo el primero en recomendar la traqueotomía en caso de asfixia, medida que todavía se sigue practicando hoy en casos de extrema necesidad y que ha salvado la vida a muchos niños. En la década de los años treinta de este siglo eran muchos los adultos que «lucían» la típica cicatriz debajo del cartílago tiroides como recuerdo de unos momentos de intenso dramatismo para toda la familia. En la mayoría de los casos, la intervención la realizaba el médico de cabecera en el propio domicilio del enfermo, con todo lo que ello suponía. El agente causal de la difteria fue descubierto en 1873 por el bacteriólogo Edwin Klebs (1834-1913), quien algún tiempo después se unió a la tendencia ortodoxa, que excluía cualquier otro factor como causante de las enfermedades infecciosas, y cultivado por Friedrich Lómer (1852-1915), Emile Roux (1853-1933) y Alexandre John Émile Yersin (1863-1943) entre 1887 y 1888. En 1890, Emil von Behring (1854-1917) produjo un suero antitóxico de gran eficacia, tal como pudo comprobarse inmediatamente. En 1894 comenzó a utilizarse para el tratamiento de la difteria y pocos años después se comprobó que el número de defunciones había retrocedido a la cuarta parte, pero no así el de enfermos. En 1913, Behring elaboró una vacuna a base de toxinas y antitoxinas diftéricas que abrió el camino hacia la lucha sistemática contra esta enfermedad.

Difteria

En algunos países se realizaron vacunaciones masivas, obteníendose en todos los casos excelentes resultados. Sin embargo, la difteria continuó cobrándose numerosas victimas entre la población infantil alemana, pues en lugar de retroceder, los casos aumentaban de manera alarmante. En 1932 se diagnosticaron 64.138 casos de difteria, esto es, 9,9 por cada 10.000 habitantes; en 1936, esta cifra era de 149.971 enfermos, o 22,4 por cada 10.000 habitantes. La difteria originó asimismo tensas polémicas por otros motivos, relacionados no tanto con la eficacia de la vacuna, sobre la que no existía unanimidad, como con las variaciones detectadas en el curso de la enfermedad. En las décadas de los años treinta y cuarenta se observó una mayor incidencia entre los adultos, un aumento de las formas fulminantes y malignas y un cambio en la frecuencia, gravedad y localización de los fenómenos secundarios. En estos casos se dice que la enfermedad cambia de carácter y la difteria es buena prueba de ello. En cualquier caso es imposible asegurar que la vacuna antidiftérica haya sido la causante del drástico retroceso de esta enfermedad en los países desarrollados, sobre todo a partir de los años cincuenta, o si en ello han intervenido otros factores, como la mejora general de las condiciones de vida o la mejor disposición inmunológica de los niños como consecuencia de una alimentación más equilibrada. La historia de las grandes epidemias está plagada de incógnitas y episodios de retroceso y recrudecimiento debidos a la intervención de factores de la índole más variada. Por ejemplo, la difteria ha respetado países enteros y se ha cebado en otros. Parq describir la situación epidemiológica actual, no hay mejor ayuda que las estadísticas: mientras que hace tan sólo medio siglo únicamente un porcentaje muy pequeño de niños en edad escolar no había padecido la difteria, hace ya varios años que no se ha detectado un sólo caso entre una muestra de varios centenares de estudiantes.

Gripe

La gripe o influenza es una de las enfermedades más temidas en todas las partes del mundo. Probablemente, en la Edad Media tuvo ya carácter epidémico y es muy posible que el denominado «sudor inglés» observado en diversas epidemias que azotaron la Inglaterra del siglo XVI, guardara igualmente relación con estados gripales. La costumbre de vincular ciertas epidemias al lugar donde aparecieron por vez primera ha pervivido hasta nuestros días. Así, la terrible pandemia que se extendió por todo el mundo desde 1918 a 1920, cruzando incluso los frentes de la Primera Guerra Mundial, seconoce genéricamente con el nombre de gripe española. No menos famosa es la gripe asiática, que tanta inquietud siembra entre la población actual. Como ejemplo del elevado indice de mortalidad de algunas de estas epidemias diremos que la gripe española se cobró más de veinte millones de víctimas, es decir, más que los caídos en ambos bandos durante la primera conflagración mundial, y que llegó acompañada de complicaciones como neumonías y colapso del sistema nervioso central. En los últimos años ha habido algunos brotes gripales epidémicos que, por fortuna, han cursado con un pronóstico mucho más benigno. El agente causal de la gripe es un virus, del que se conocen tres variedades (A, B y C), a las que se atribuyen los diferentes cuadros clínicos, sin olvidar otras infecciones bacterianas adicionales.

Gripe vs resfriado

Hoy en día existe una tendencia muy acusada a designar con el nombre de «gripe» cualquier afección que cursa con fiebre, dolores musculares e inflamación de las mucosas de las vías respiratorias, lo que con frecuencia induce a equívocos. Como hay muchos virus capaces de provocar «fenómenos catarrales» y tan sólo es posible desarrollar inmunidad contra uno de ellos, estas «gripes» pueden afectar repetidamente a una misma persona. Aunque hasta ahora no se dispone de ningún medicamento específico contra la gripe, la aparición de los antibióticos ha permitido paliar bastante las complicaciones y reducir así la tasa de mortalidad, que hasta hace poco era relativamente alta entre los pacientes de más edad. Tanto las infecciones triviales de las vías respiratorias como las gripes «auténticas» repercuten en la economía nacional y no sólo por el absentismo laboral que provocan, sino también por el coste de los tratamientos. Quienes vivieron la horrible pandemia de 1918 no olvidarán fácilmente el peligro que acecha detrás de esta enfermedad.

El virus de la gripe tiene 4 variantes: los tipos A, B, C y D.

  •  Gripe tipo A: actualmente la gripe tipo A que afecta a los humanos son los subtipos A(H1N1) y A(H3N2) que se diferencian por las proteínas que hay en la superficie del virus.
  •  Gripe tipo B: no se dividen en subtipos sino en ramas, los virus actuales pertenecen a la rama B/Yamagata o a la B/Victoria.
  •  Gripe tipo C: se detecta con menos frecuencia y suele causar infecciones leves, por lo que no tiene importancia para la salud pública.
  •  Gripe tipo D: los virus de la gripe tipo D afectan principalmente al ganado y no se conocen casos en los que se hayan visto afectadas personas.

Tanto los virus del tipo A como del tipo B son estacionales, siendo el tipo A el responsable de la mayoría de las muertes.

La pandemia más famosa fue la gripe de 1918, también conocida como la gripe española. La OMS estima que el número total de víctimas mortales de la pandemia de la gripe española asciende a unos 50 millones de personas, aunque otros expertos creen que el impacto mundial podría alcanzar los 100 millones de personas.

Aunque se conoce como gripe española, parece ser que los primeros casos sucedieron en la base militar de Fort Riley (EE.UU.).

España, al ser un país neutral en la I Guerra Mundial, no censuró la publicación de los informes sobre la enfermedad a diferencia de otros países involucrados en el conflicto bélico. El ser el único país que se hizo eco del problema provocó que la epidemia se conociese como la gripe española.

En la actualidad se estima que las epidemias anuales provocan entre 3 y 5 millones de casos graves; y entre 290 000 y 650 000 de muertes.

En los países industrializados, la mayoría de las muertes asociadas con la gripe ocurren entre personas de 65 años o más. Mientras que el 99% de las muertes de niños menores de 5 años relacionadas con la gripe se dan en países en desarrollo.

Sífilis

La sífilis, sin duda, es la más peligrosa de las enfermedades que se transmiten por contagio sexual, pues, entre otras razones, la madre que la padece puede transmitirla al feto. En la Historia de la Medicina se conoce con diversos nombres, morbo gálico, enfermedad de los franceses o mal napolitano y a partir de finales del siglo XVI, con el de lúe (venérea). El término sífilis fue introducido por el italiano Girolamo Frascatoro, sin que hasta la fecha se sepa con certeza si ya existía en Europa antes de 1492. No obstante, testimonios anteriores al descubrimiento de América describen enfermedades que se contagiaban por vía sexual y cuya sintomatología permite identificarlas con la gonorrea y las otras dos enfermedades venéreas «clásicas», el chancro blando (ulcus molle) y el linfogranuloma inguinal (Iymphopathia venerea). ¿Cómo es posible que síntomas tardíos tan llamativos como la tabes dorsalis (ataxia locomotriz) o la parálisis progresiva pasaran inadvertidos para los médicos de la antigüedad o de la Edad Media, caracterizados en ambos casos por sus increíbles dotes de observación? Estos y otros datos han dado pie a la teoría de que fueron los marineros que acompañaron a Cristóbal Colón quienes a su vuelta de América introdujeron la sífilis en el viejo continente. Hasta 1838 no se logró diferenciar claramente las cuatro enfermedades venéreas fundamentales, por lo que todas las teorías acerca del origen de la sífilis se pierden en el terreno de las especulaciones. En dicho año, el médico francés Phillipe Ricord (1800-1889) logró distinguir las manifestaciones clínicas de la sífilis y la gonorrea, es decir, de las dos enfermedades venéreas más frecuentes. En 1879, Albert Neisser (1855-1916) descubrió el agente causal (gonococcus) de la gonorrea y algunos años más tarde, en 1905, Fritz Schaudinn (1871-1906)y Erich Hoffmann (1868-1959) la islaron la espiroqueta (Spirochaeta pallida) causante de la sífilis, acabando así con las posibles confusiones.

sobre la sífilis

La importancia de la sífilis para la humanidad, para las relaciones entre el hombre y la mujer, para la vida social y, también, para el destino de muchos individuos, ha sido enorme. Por ejemplo, el recrudecimiento de la enfermedad puso fin al floreciente negocio de las casas de baños, ya que estos establecimientos, donde, además de practicarse sangrías y aplicarse sanguijuelas, eran frecuentes las relaciones íntimas, se convirtieron en lugares de propagación de la enfermedad, y las autoridades decretaron su cierre. El miedo a las consecuencias de una infección sifilítica ha frenado en muchos casos las relaciones entre hombres y mujeres, del mismo modo que, en nuestros días, el temor a un embarazo indeseado ha marcado el destino de numerosas parejas hasta la aparición de anticonceptivos realmente eficaces. Por otra parte, ese miedo estaba plenamente justificado, sobre todo desde que se descubrió que la tabes, con sus trastornos locomotrices caracteríslicos, y la parálisis progresiva eran manifestaciones tardías de la sífilis, que podían aparecer muchos años después de contraída la infección.

En el curso de la enfermedad se distinguen generalmente tres períodos. En el primario aparece el chancro propiamente dicho, que es una hinchazón redonda, del tamaño de una moneda intermedia y bien delimitada, que se localiza debajo de la piel o en las mucosas. Durante el período secundario, en el que los síntomas pueden remitir, las espiroquetas se diseminan por todo el organismo, hasta que, por fin, en el período terciario, o sífilis tardía, aparecen las complicaciones citadas. En 1906, August Wassermann (1866-1925) describió una reacción específica que lleva su nombre, basada en la desviación de complemento, para el diagnóstico de sifilíticos en los que la enfermedad parecía haber entrado en una fase de latencia tras superar los dos primeros períodos, sin que ello supusiera curación. Entre las complicaciones del tercer periodo figuran, además de las ya citadas (tabes y parálisis), otras lesiones, por lo general gomosas, que se localizan en diversos órganos y que en ocasiones son visibles (se llama gonia a un nódulo formado por tejido de granulación). Especialmente peligrosas son las que afectan al sistema cardiocirculatorio, pues los procesos que se originan en la aorta pueden inducir la formación de un aneurismaUn aneurisma es un ensanchamiento anormal de las paredes de una arteria., cuyo desenlace suele ser fatal.

Con la aparición de los primeros brotes masivos de esta enfermedad se inició la búsqueda de un remedio eficaz. La madera de guayacán, árbol que crece en América Central, se puso en seguida a la cabeza de las drogas milagrosas, convirtiéndose así en un factor económico de primera magnitud. Las conocidas familias de banqueros y comerciantes alemanes Fugger y Welser tuvieron mucho que ver en la divulgación de las propiedades terapéuticas de la madera de guayacán. Entre los primeros pacientes que probaron sus virtudes figuran el humanista y defensor de una nueva libertad intelectual, Ulrich von Hutten (1488-1523), quien en 1518 se sometió a una cura con dicha sustancia en la ciudad de Augsburgo, publicando posteriormente los resultados. Junto a la madera de guayacán fue abriéndose paso el mercurio, cuyas propiedades terapéuticas fueron descubiertas por los antiguos hindúes y difundidas en Occidente por los árabes (los médicos griegos y romanos no lo emplearon en medicina).

El mercurio ya se había utilizado con éxito en el tratamiento de diversas lesiones cutáneas, por l que se decidió probarlo también en la sífilis. A finales del siglo VI desbancó definitivamente a la madera de guayacán, iendo considerado desde entonces, y hasta mediados el siglo XX, como el único remedio válido a pesar de sus efectos colaterales. Durante algún tiempo se ensalzaron también las virtudes de la raíz de zarzaparrilla,que todavía hoy entra en la composición de diversos medicamentos registrados. Todos estos remedios se simultanearon desde muy pronto con curas sudoríficas.

Síntomas de la sífilis

Los preparados mercuriales no sólo se ingerían, sino que con ellos se elaboraban diversas pomadas de uso tópico. En la década dé los años veinte del siglo XIX comenzaron a inyectarse preparados de bismuto que fueron muy bien acogidos por su eficacia y sus escasos efectos secundarios.

Paul Ehrlich (1854-1915)y su discípulo japonés Sahachiro Hata (1873-1938) descubrieron las propiedades terapéuticas del arsénico y en 1910 lanzaron al mercado un preparado orgánico con el nombre de salvarsán, que marcó un nuevo hito en la lucha contra la sífilis. Aunque no logró satisfacer todas las esperanzas depositadas en él, su eficacia superaba con mucho a la de los restantes remedios conocidos. A la vista de las alarmantes proporciones que iba adquiriendo esta enfermedad, los médicos lo incorporaron inmediatamente a su arsenal terapéutico. La administración se efectuaba por vía intravenosa, lo que obligó a los facultativos a aprender esta técnica. De este modo, la jeringuilla fue desbancando al estetoscopio como símbolo de la profesión médica. La administración de salvarsán en forma de curas sistemáticas, combinada con inyecciones de bismuto y aplicación de pomadas de mercurio, modificó por completo la terapéutica de la enfermedad e hizo concebir nuevas esperanzas tanto a médicos como a pacientes. Al margen de estos procedimientos, las medidas epidemiológicas, como el diagnóstico de personas contagiadas, las revisiones periódicas de prostitutas, las medidas preventivas en cuarteles y dotaciones de barcos, entre las que se incluye una información detallada, han contribuido a una notable disminución de los casos. En 1912, la cifra de pacientes que arrojaron un resultado positivo en la reacción de Wassermann, a la que fueron sometidos en el Hospital Clínico de Munich, fue del 9 en 1932 había descendido al 4,1 %. Igualmente espectacular fue el descenso del índice de mortalidad por tabes y parálisis progresiva. Los éxitos que en 1917 obtuvo el psiquiatra vienés Wagner von Jauregg al inocular el paludismo a paralíticos, abrió una nueva vía de investigación. No obstante, en la década de los años veinte, la mayoría de los internados en muchos establecimientos psiquiátricos continuaban siendo sifilíticos en fase tardía.

Con la aparición de los antibióticos cambió por completo el panorama terapéutico de la sífilis y al cabo de muy poco tiempo, la penicilina se reveló mucho más eficaz que el salvarsán. Como al cabo de pocos días desaparecía el peligro de contagio, en seguida se comprobó un espectacular retroceso de la difusión y frecuencia de la enfermedad. No obstante, tras este esperanzador período de remisión, en las últimas décadas se ha producido un recrudecimiento, consecuencia, quizá, de nuevas infecciones. Frente a este aumento de casos de sífilis inicial, las complicaciones de la fase tardía han desaparecido casi por completo, hasta el punto de ser rarísimos los casos de tabes y parálisis progresiva. Aunque a pesar de los avances terapéuticos no ha sido posible erradicar la sífilis, al menos hoy en día es una enfermedad con excelentes perspectivas de curación. La lista de personajes de la vida política y cultural que han sucumbido a esta terrible enfermedad es interminable. Además de Ulrich von Hutten, a quien ya nos hemos referido, cabría citar a Swedenborg, Rousseau, Hólderlin, E.T.A. Hoffmann, Lenau, Gogol, Robert Schumann, Dostoievsky, Friederich Nietzsche y Guy de Maupassant. En muchos de estos casos, las secuelas de la sífilis repercutieron negativamente en la labor creativa de los afectados. Sin duda alguna, la influencia de la sífilis en el destino de la humanidad ha sido tan devastadora como la de las restantes grandes epidemias.

Poliomielitis (Parálisis infantil)

Dentro del cuadro de las enfermedades infectocontagiosas producidas por virus, la poliomielitis, o parálisis infantil, ha irrumpido en el presente siglo con la fuerza de una enfermedad nueva. Sin embargo, y a pesar de tratarse de una dolencia antigua, tal como se desprende de los testimonios literarios, no fue descrita hasta 1780. En 1840, Jakob von Heine (1800-1879), ortopedista de Cannstadt, le dio el nombre de parálisis infantil, y en 1895 el médico sueco Oskar Medin (1847-1927) describió los diferentes estadios del cuadro clínico. Desde principios del siglo XX, la poliomielitis experimentó un espectacular recrudecimiento tanto en Europa como en Estados Unidos. En 1909, en Alemania se registraron 1.501 casos y en 1937, 2.723, esto es, 3,5 enfermos por cada 100.000 habitantes. En 1952, este porcentaje era de 20, lo que significa que los casos se sextuplicaron. Como consecuencia de las vacunas desarrolladas en Estados Unidos (Jonas E. Salk y Albert Bruce Sabin), en 1962 se detectaron únicamente 0,42 casos por cada 100.000 habitantes. Los resultados profilácticos no pueden ser más espectaculares. En 1981, tan sólo ocho personas contrajeron la poliomielitis en todo el territorio de la República Federal de Alemania.

Poliomielitis

Igual que sucedió en Alemania, también en Estados Unidos y restantes países europeos los índices de afectación alcanzaron sus cotas máximas en la década de los años cincuenta, comprobándose un aumento considerable de los casos de parálisis de los músculos respiratorios, lo que obligaba a ingresar a estos pacientes en secciones especiales dotadas de dispositivos para la respiración artificial. En este contexto hay que resaltar el importantísimo papel desempeñado por el llamado pulmón de acero o artificial. Por su organización, estos departamentos pueden considerarse los precursores de las modernas unidades de cuidados intensivos, donde se practica un control y una terapia intensivos y donde diversos aparatos asumen determinadas funciones vitales del organismo.

Tumores malignos

Mientras que las grandes epidemias y las enfermedades infecciosas han pasado a ocupar los últimos lugares en las estadísticas de mortalidad de los países desarrollados, y en algunos casos ni siquiera figuran ya en ellas, las afecciones cardiovasculares y los tumores malignos figuran en el primer y segundo puestos, respectivamente, seguidas muy de lejos por el grupo siguiente. Hoy por hoy es imposible predecir si el orden se invertirá en el futuro, aunque, de acuerdo con todos los indicios, la probabilidad de que las enfermedades cardiovasculares conserven su puesto durante mucho tiempo es muy alta. No debemos olvidar tampoco que sobre este sistema recae, entre otras funciones, la de alimentar al resto del organismo y que, por Io tanto, su afección repercute sobre los restantes órganos.

Los tumores malignos no son exclusivos del hombre, sino que se dan también entre las plantas y los animales. Las formaciones tumorales son conocidas desde los primeros tiempos de la medicina, especialmente las que se formaban en la superficie del cuerpo o trascendían a ella. Los médicos antiguos se fijaron ante todo en el carácter patógeno de tales hinchazones espontáneas, para las que intentaron hallar una explicación.En los escritos hipocráticos aparece por vez primera el término carcinoma para designar un tumor que los médicos de aquella época atribuían a un desequilibrio de los humores del organismo. Tampoco les era ajeno el cáncer de mama, para el que incluso desarrollarondiversos tratamientos. El escritor romano Aulo Cornelio Celso (alrededor 25 a. C.-50 d. C.) fue el primero en describir la superficie tuberosa de los tumores cancerígenos y la participación de los ganglios auxiliares en el carcinoma de mama. Por su parte, Galeno buscó una explicación en el predominio de la atrabilisSustancia del cuerpo humano que, en la medicina antigua, era causante de la melancolía y la hipocondría., sentando con ello las bases de una teoría que se mantuvo vigente hasta el siglo XVIII. A Galeno se remonta también la primera clasificación de los tumores en benignos y malignos, aunque, como es fácil comprender, tan sólo observó los que trascendían a la superficie del organismo. Su terapéutica se basa fundamentalmente en medidas dietéticas y tan sólo en el caso concreto del cáncer de mama recomienda la cirugía.

celulas tumorales

En la medicina árabe, sobre todo en la de los siglos X a XIII, abundan los datos y las teorías acerca del cáncer, procedentes, en unos casos, de la medicina hipocrática y, en otros, de las observaciones y conclusiones de los propios médicos árabes. Por ejemplo, el influyente médico persa Rhazes ( Al- Razi – †923) describió ya el cáncer de útero y Avicena recomendaba administrar arsénico a los enfermos de cáncer. Esta terapéutica ha tenido seguidores hasta bien entrado el siglo XX.

En los testimonios literarios franceses e italianos de los siglos XIII y XIV puede leerse que los cirujanos más prestigiosos practicaban la cauterización (destrucción de un tejido mediante un hierro candente o una sustancia cáustica) como única medida o bien tras la extirpación del tumor. Los médicos comprendieron en seguida la necesidad de efectuar una operación radical, es decir, eliminar todo el tejido canceroso. En la época del Renacimiento, Gabrielle Fallopio (1523-1562), que era profesor de la Universidad de Padua, describió el cáncer como una «hinchazón anormal indolora», distinguiendo entre formas degenerativas y no degenerativas. Sin embargo, no consideró característica la acumulación de vasos sanguíneos que a veces se da en las proximidades de los tumores cancerígenos, mientras que para otros médicos éste era un síntoma típico que comparaban con las patas de los cangrejos, de donde toma el nombre esta enfermedad (en latín, cáncer significa cangrejo). Para el tratamiento local, Fallopio recomendaba la aplicación de una pomada a base de arsénico,que continuó utilizándose durante mucho tiempo. Entre los médicos italianos de los siglos XVI y XVII, la cirugía fue desbancando a los restantes procedimientos terapéuticos. Por vez primera en la historia de la medicina, Marcus Aurelius Severinus (1580-1656) aconsejó extirpar también los ganglios axilares afectados en el cáncer de mama femenino. Con el transcurso de los años fueron incluyéndose entre los tumores otras alteraciones que cursan con inflamación, como forúnculos, ántrax, herpes, flemones y edemas, contribuyendo así a crear una enorme confusión en la mente del profano, que en muchos casos se han mantenido hasta nuestros días.

Fiel a su teoría de la importancia de los procesos químicos que se desarrollan en el organismo, el insigne Paracelso (1493-1541) llegó a la conclusión de que el cáncer era producido por un exceso de sales minerales en la sangre. Al contrario de Io que sucedió con la mayoría de sus hipótesis y afirmaciones, esta teoría no mereció la consideración de la medicina posterior, que siguió aferrada a las doctrinas de Galeno. Hacia el año 1600 surgió la idea de que el cáncer pudiera ser una enfermedad contagiosa.

El prestigioso cirujano Wilhelm Fabry, de Hilden, más conocido como Fabricius Hildanus (1560-1634), reavivó la polémica acerca del tratamiento quirúrgico de los tumores cancerígenos, al que hasta entonces no se le había prestado demasiada importancia en el ámbito lingüístico alemán. El propio Hildanus describió diversas operaciones que habían tenido un resultado satisfactorio, como, por ejemplo, la extirpación de un cáncer de mama, incluidos los ganglios axilares afectados; un carcinoma de lengua y un tumor de gran tamaño localizado en los genitales de un hombre de cuarenta años. Johann Baptist von Helmont (1577-1644) retomó el hilo de las teorías de Paracelso, a quien admiraba profundamente, y atribuyó al cáncer un origen psíquico.

Las primeras imágenes de enfermos de cáncer datan del siglo XVI, el Siglo de Oro de las Bellas Artes. A título de ejemplo cabe citar el retrato de Margarita Luti, más conocida como la «Fornarina», que Rafael pintó en 1518. La retracción de la piel que se aprecia en el pecho izquierdo, y que la dama intenta disimular con la mano y con el velo, revela la existenciad e una alteración cancerígena. En 1586, a su regreso de las Indias Occidentales, donde se había convertido en un empedernido fumador de pipa, el joven científico inglés Thomas Harriot (1560-1621) introdujo el tabaco en Gran Bretaña. En la corte francesa, el hábito de fumar se puso de moda hacia 1560, propiciado por el diplomático Jean Nicot (1530-1600), quien lo había adquirido en Portugal y cuyo apellido sirvió para bautizar la sustancia activa del tabaco (la nicotina). Harriot murió en 1621 víctima de un carcinoma del labio inferior. Con el tabaco llegó a Europa una sustancia cuya acción cancerígena no se descubrió hasta varios siglos después.

Hacia esta misma época comenzó a ponerse en tela de juicio la teoría galénica de los humores como causa desencadenante del cáncer, en parte como consecuencia de las minuciosas observaciones de los médicos y de su actitud crítica. Al operar los tumores, la atrabilis no aparecía por ningún sitio, comprobándose en cambio mayor abundancia de líquido linfático. Basándose en este hallazgo, el filósofo francés René Descartes (1596-1650) elaboró su teoría de la linfa, que durante más de un siglo contó con numerosos seguidores. Según esta teoría, la calidad de la linfa determinaba el grado de malignidad de los tumores.

Resonancia magbética donde se uestra un tumor cerebral

El camino hasta la aceptación generalizada del tratamiento quirúrgico de los tumores malignos tuvo que superar numerosos obstáculos, consecuencia de la lenta evolución de la medicina operativa, que a lo largo de tres siglos conoció largos períodos de estancamiento, propiciados en gran medida por la dicotomia existente entre la medicina y la cirugía. El cambio de actitud estuvo marcado por la publicación de una obra que, definitivamente puso fin a la antigua teoría acerca de la estructura del cuerpo humano y que sin duda es el hito más importante de la medicina renacentista: De corporis huntani fabrica libri septent, impresa en Basilea en 1543 e ilustrada con magníficos grabados en madera. Su autor fue Andrea Vesalio (1514-1564), catedrático de Anatomía de la Universidad de Padua, donde realizó numerosas disecciones.

Sus hallazgos y descripciones, ilustrados con dibujos minuciosos, revolucionaron la medicina de la época y abrieron un nuevo camino de investigación a las generaciones posteriores de anatomistas, quienes siguiendo su ejemplo, fueron completando los conocimientos acerca del cuerpo humano.

Al abrir la vía de acceso hacia el conocimiento de la estructura del esqueleto, la musculatura. los órganos y la distribución de nervios y vasos, Vesalio sentó las bases de la actividad quirúrgica. Sus manuales de anatomía, escritos originariamente en latín y magníficamente ilustrados, se tradujeron a numerosos idiomas, convirtiéndose en un utilísimo instrumento de trabajo incluso para los cirujanos «no titulados».

Pocas décadas después, la cirugía dio un nuevo paso de gigante, favorecida no tanto por los conocimientos anatómicos como por la minuciosa observación y la casualidad. Hasta esta época, las heridas de bala se curaban cauterizándolas con un hierro candente o vertiendo sobre ellas aceite caliente. Por regla general, el lesionado temía más estos procedimientos que a la herida propiamente dicha. En cierta ocasión, el prestigioso cirujano militar francés Ambroise Paré (1510-1590) se vio cercado por el enemigo. Como carecía de instrumental y de aceite vulnerario, se limitó a aplicar a los heridos compresas húmedas y a recomendarles reposo. Ante su sorpresa, Paré comprobó que con estas medidas tan elementales, las heridas sanaban antes que con los drásticos métodos tradicionales, que poco a poco fueron abandonándose. Paré realizó también amputaciones de miembros cuyas lesiones no admitían otro tratamiento. Tampoco en este caso recurrió a la cauterización para detener la hemorragia, sino a la ligadura de los vasos. Desde los albores de la medicina se venía buscando un remedio eficaz para aliviar o incluso suprimir el dolor inherente a cualquier intervención, pero este sueño no se hizo realidad hasta la década de los años cuarenta del siglo pasado. El gas hilarante que se ofrecía en las verbenas de Estados Unidos como diversión popular marcó el camino hacia la anestesia moderna.

En el siglo XVIII se extendió la práctica de extirpar los tumores cancerígenos y en especial los carcinomas de mama, si bien algunos cirujanos solamente decidían intervenirlos si los ganglios axilares no estaban afectados. La intervención era radical y se hacía con gran celeridad.

Como todavía no se había descubierto la anestesia, es comprensible que tanto los médicos como los observadores calificaran estos métodos de «brutales y crueles». Sin embargo, era la única forma de ayudar a muchas mujeres que, de otro modo, hubierán fallecido en medio de una agonía peor que la propia muerte.

En 1810, el médico francés Gaspard-Laurent Bayle (1794-1816) detectó la existencia del cáncer de pulmón, en este caso acompañado de modificaciones tuberculosas, en el transcurso de una disección.

A principios del siglo XIX, los médicos intentaron una clasificación de los tumores basándose en sus características externas. En 1832,El patólogo británico Thomas Hodgkin (1798-1866) describió siete casos en los que el bazo y los ganglios linfáticos presentaban modificaciones morbosasQue es indicio o causa de una enfermedad.. En 1865 se dio a esta enfermedad el nombre de su descubridor, y así es como la conoce la medicina actual.

El célebre anatomista y patólogo alemán Johannes Peter Müller (1801-1858) público en Berlín, en 1838, su no menos célebre Über den feineren Bau und die Formen der krankhaften Geschwülste (Sobre la delicada estructura y las formas de los tumores patológicos). Dos discípulos suyos, Theodor Schwann (1810-1882) y Mathias Schleiden (1804-1881) habían descubierto, con ayuda del microscopio, el importantísimo papel que las células desempeñaban tanto en los organismos vegetales como animales, identificandolas como comunidades celulares. A pesar del avance que representó el microscopio, Müller no llegó a diferenciar los tumores benignos de los malignos, limitándose a considerar cancerosos aquellos cuya estructura tisular presentaba alguna modificación.

De esta época data la teoría que afirmaba que los tumores cancerosos se originaron a partir de una masa amorfa, llamada blastomaTipo de tumor maligno., idéntica a la materia que, según Schleiden y Schwann, daba lugar a las células. Rodolf Virchow dio el paso decisivo en este sentido al descubrir que una célula solo puede proceder de otra célula (omnis cellula e cellula), tal como explica en su Zelularpathologie (Patología celular, 1858), y por consiguiente el origen de las células cancerosas había que buscarlo en las células normales. Virchow recopiló sus hallazgos en su obra inconclusa que títuló Die kenkhaften Geschwülste (Los tumores patologicos, 1863-1867). En su opinión, las modificaciones cancerosas de una célula obedecen a estímulos mecánicos y químicos, pero también a otros procedentes del propio organismo, y todas las células cancerosas tienen su origen en el tejido conjuntivo.

En los años ochenta del siglo XIX, la investigación estudió intensivamente el problema de la división celular. En 1888, Heinrich Wilhelm Gottfried Waldeyer (1836-1936) introdujo el concepto de cromosoma para designar cada uno de los corpúsculos contenidos en el núcleo celular, cuya existencia se conocía ya desde 1873 y a los que enseguida se atribuye un papel fundamental en la transmisión de los caracteres hereditarios.

La introducción del éter y del cloroformo como sustancias anestésicas mediados del siglo XIX abrió nuevas perspectivas a la cirugía del cáncer, En 1867, el cirujano británico Charles Hewitt Moore (1821-1870) describió como operación estándar en el cáncer de matua la amputación del seno junto con el músculo pectoral y el vaciado minucioso de la axila. También la anastomosis, indicada en caso de oclusión intestinal provocada por una afección cancerosa, y la creación de anos artiliciales (onus practer natiltalis) se convirtieron en esa época en intervenciones habituales con resultados muy positivos. En 1828, James Blundell (1790-1877) extirpó a través de la vagina, un útero afectado de cáncer, y en 1848, Virchow describió un síntoma diagnóstico muy importante. Según pudo comprobar, los procesos cancerosos que afectaban la cavidad abdominal iban a menudo acompañados de la hinchazón de un ganglio linfático situado en la parte izquierda del cuello, junto a la inserción inferior del músculo rotador. Desde entonces, el «ganglio de Virchow» ha desempeñado un papel muy importante en el diagnóstico de los tumores.

En 1877, el cirujano Vinzenz Czerny (1842-1916), de Heidelberg, efectuó la primera resección con éxito de la parte superior del esófago en un cáncer de crecimiento anular. En 1897, Carl Schlatter (1864-1934) extirpó el estómago completo a un paciente que padecía un proceso similar, el cual sobrevivió un año a la operación. La muerte de Federico III de Habsburgo, que sucedió a su padre, Guillermo II, cuando ya estaba gravemente enfermo, falleciendo 99 días después de haber accedido al trono como consecuencia de un carcinoma de laringe, despertó un inusitado interés por el cáncer y sus posibles tratamientos.

En 1887, el cirujano británico Victor Horsley (1857-1916) describió diez extirpaciones de tumores cerebrales en las que los resultados habían sido plenamente satisfactorios.

Las teorías acerca del origen del cáncer han proliferado desde mediados del siglo XIX incluso después de que la patología celular mereciera el reconocimiento general. Las estadísticas se convirtieron en un instrumento tan útil como la comparación de anamnesisConjunto de datos que se recogen en la historia clínica de un paciente con un objetivo diagnóstico., por ejemplo, para averiguar la frecuencia de la enfermedad en una misma familia. Tal como cabía esperar, los éxitos expectaculares obtenidos en la investigación bacteriológica impulsó la búsqueda del agente causal, tarea la que durante muchos años se dedicaron prestigiosos investigadores.

Ciertas observaciones se interpretaron como factores desencadenantes o favorecedores de los procesos cancerosos. Por ejemplo, el cáncer de los deshollinadores, que ya era conocido en Gran Bretaña desde mediados del siglo XVIII, pasó a ser considerado enfermedad laboral. En Alemania, los primeros casos de este tipo de cáncer aparecieron aproximadamente un siglo después, que fue cuando se extendió el uso del carbón como combustible para las calefacciones.

familia ante los rayos x

Cuando se divulgaron las propiedades de los rayos X, descubiertos por Róntgen en 1895, muchas personas depositaron sus esperanzas en ellos como método terapéutico.En 1899, Tage Sjórgen (1859-1939)y Thor Stenbeck (1864-1914) describieron en Estocolmo los éxitos obtenidos con estos rayos en el tratamiento de los dermatomas. El descubrimiento del radio por Pierre Curie (1859-1906)y su esposa Marie Curie Sklodowska (1867-1934) en 1898 dio un nuevo impulso a la radioterapia, que a partir de esta fecha se simultaneó con la cirugía. Los primeros ensayos se hicieron con el cáncer de útero, y al comprobar los excelentes resultados obtenidos en seguida comenzaron a tratarse otros procesos cancerosos por este medio. Durante algún tiempo pareció como si la radioterapia fuera a suplantar a los procedimientos quirúrgicos, hasta que poco a poco fueron combinándose ambos métodos.

Cuando Ferdinand Sauerbruch (1875-1951) introdujo en 1908 el procedimiento para impedir el colapso pulmonar cuando se abre la cavidad pleural, la cirugía tuvo acceso a los órganos de la cavidad torácica. En 1933, Evarts Graham (1883-1975) consiguió extirpar por primera vez en la historia de la medicina un pulmón completo afectado de cáncer.

Los médicos reconocieron en seguida la importancia del diagnóstico precoz, pues, tal como comprobaban diariamente, las perspectivas de curación eran mayores cuanto antes se detectaba la enfermedad y se iniciaba el tratamiento. La investigación se concentró así en la búsqueda de reacciones cancerosas específicas y en el desarrollo de nuevas técnicas de diagnóstico.

Paralelamente a la utilización de rayos con fines terapéuticos se observó un alarmante aumento de los tumores malignos entre quienes los manejaban, como técnicos, radiólogos y personal auxiliar. Junto a los tumores localizados en las zonas de la piel expuestas a la radiación, que a veces originaban metástasis en otras partes del cuerpo, se incrementaron los casos de leucemia, cuyo desenlace era entonces irremediablemente fatal. El número de personas que en esta primera época sucumbierona la influencian ociva de la irradiación sobrepasa el millar. Hoy día, este problema ya no existe gracias al desarrollo de técnicas de protección especificas y a la adopción de medidas de seguridad.La dosificación de la irradiación se convirtió en otro problema aparentemente de dificil solución, ya que en ocasiones era imposible evitar que además del tumor se destruyera o se lesionara gravemente el tejido sano que lo circundaba. Entre las soluciones aportadas destaca la irradiación rotatoria presentada por Albert Kóhler (1890-1960), en la que los rayos se concentran sobre el tumor, preservando así el tejido sano.

Los investigadores del cáncer depositaron grandes esperanzas en el cultivo de células cancerosas. Los primeros ensayos de esta índole (1884) se remontan al biólogo alemán Wilhelm Roux (1850-1924y) la técnica fue desarrollada posteriormente en Estados Unidos por Alexis Carrel (1873-1944). En 1952, los investigadores del Johns Hopkins Hospital de Baltimore lograron un cultivo de células neoplásticas de un carcinoma de útero humano, conocido con el nombre de células He La. Este éxito supuso un paso muy importante en la investigación experimental del cáncer.

La búsqueda de un agente causal resultó infructuosa hasta 1910, fecha en que Francis Peyton Rous (1879-1970) descubrió un tipo de sarcoma en las gallinas del que obtuvo un extracto exento de células que al ser inoculado a otros animales, les producía el mismo tipo de tumor, En este caso concreto, el agente patógeno era, evidentemente, un virus. Paralelamente a estas investigaciones se inició la búsqueda de sustancias químicas susceptibles de causar cáncer. Por ejemplo, en 1932 se comprobó que el efecto cancerígeno del alquitrán obedece al benzpireno que contiene. Poco a poco, la lista de sustancias cancerígenas fue ampliándose con nuevos nombres.

Los resultados de la radioterapia dependían de la potencia de los aparatos. A raíz de la Primera Guerra Mundial comenzaron a construirse tubos más potentes con mayor capacidad de penetración que hicieron posible la radioterapia profunda. En 1939 se desarrolló en Estados Unidos el primer betatrón, capaz de producir electrones acelerados y radiaciones muy potentes.

El descubrimiento de elementos radiactivos artificiales (Joliot-Curie, 1933) abrió nuevas posibilidades a la radioterapia. A partir de 1951, la bomba de cobalto, que utiliza las radiaciones emitidas por el cobalto 60, se convirtió en uno de los principales métodos terapéuticos de la lucha contra el cáncer.

Desde los tiempos más remotos, tanto médicos como pacientes sueñan con un medicamento milagroso queponga fin de una vez a este terrible azote de la humanidad. Los avances más significativos en este terreno se han hecho en el siglo XX. En un primer momento se relacionó la formación de determinados tumores malignos con la actividad hormonal. Los primeros ensayos en este terreno se hicieron con el cáncer de mama y el de próstata; en ambos casos se administraron a los pacientes hormonas del sexo contrario o sustancias inhibidoras de la propia actividad hormonal. Los progresos han sido constantes desde finales de la Segunda Guerra Mundial. Ciertamente, la quimioterapia ha recorrido un largo camino desde los primeros ensayos con la iperita (también conocida como «gas de mostaza»), utilizada con fines bélicos en la Primera Guerra Mundial y como tratamiento anticanceroso en la década de los años cuarenta, hasta los fármacos modernos. A lo largo de esta trayectoria ha habido éxitos y fracasos, que, sin embargo, han estimulado a los investigadores a redoblar sus esfuerzos y hoy día son muchas las sustancias que están en vías de experimentación. La quimioterapia se ha apuntado éxitos espectaculares en las leucemias, aunque tampoco deben desdeñarse los conseguidos en otros procesos. La combinación de citostáticos, es decir, sustancias que inhiben el crecimiento y la multiplicación de las células, con la cirugía y la radioterapia han mejorado considerablemente las perspectivas de supervivencia, tal como recogen las estadísticas más recientes.

De acuerdo con los últimos informes procedentes de Estados Unidos, el porcentaje de personas afectadas por tumores malignos que logran superar el índice de supervivencia de cinco años es hoy día superior al 50 mientras que hace tan sólo veinte años, esta cifra era del 38 %. De estos supervivientes, la mayoría tiene muchas posibilidades de vivir otros cinco años más, como mínimo. En el cáncer de mama, que es, sin duda, el que más interés ha despertado en la historia de la medicina, el índice de supervivencia es del 73%. En contraposición con estas estadísticas francamente esperanzadoras, en los últimos años se está comprobando un aumento alarmante de los casos de cáncer de pulmón entre las mujeres, sobre todo en los países industrializados, como consecuencia del mayor consumo de tabaco por la población femenina.

Enfermedades cardiovasculares

Desde los albores de su existencia, el hombre ha atribuido un papel muy especial al corazón, y prueba de ello son las numerosas expresiones coloquiales que giran en torno a este órgano. Por ejemplo, cuando alguien es generoso y compasivo, se dice que tiene el «corazón de oro»; cuando recibimos una mala noticia, se nos «hiela el corazón»; de una persona insensible, se dice que «no tiene corazón»; cuando hablamos con toda franqueza y sinceridad, lo hacemos «con el corazón en la mano»; cuando algo nos aflige, «se nos clava en el corazón»; quien se compadece de todo «es blando de corazón»… la lista podría alargarse hasta el infinito.

Estas y otras locuciones reflejan claramente la antigua idea de que el corazón era la sede del alma, los sentimientos y el pensamiento y, por lo tanto, cuanto acontecía a un individuo dependía, en última instancia, del estado de su corazón. No obstante, hacia el año 500 a.C., el filósofo y médico Alcmeón de Crotona, quien, además, era discípulo de Pitágoras, desplazó al cerebro la vida espiritual. Algunas décadas más tarde, Empédocles, que murió en el año 435 a.J.C.,s e erigióe n defensor de la antigua concepción. De él proviene también la teoría que afirma que todos los organismos están compuestos por los cuatro elementos fundamentales: fuego, agua, aire y tierra.

Todos nosotrosc onocemos por propia experiencia que cuando sentimos miedo o algo nos excita, el pulso se nos acelera y el corazón palpita con más fuerza, lo que justifica plenamente la vinculación del corazón con la vida anímica.

Diferencias en el infarto en hombres y mujeres

Desde muy pronto se reconoció también la importancia de este órgano para la vida, pues, entre otrascosas, estaba estrechamente relacionado con el transporte de la sangre, el humor más importante del organismo. Es lógico pensar que nuestros antepasados sacaron sus primeras conclusiones acerca de la función del corazón al observar los animales sacrificados. Galeno elaboró una teoría sobre la circulación de la sangre que tuvo validez hasta el siglo XVII, en la que se atribuía al corazón el papel de una «cuba mezcladora»; en una zona se depuraba la sangre y, en la otra, se mezclaba con el neuma procedente del aire que se respira.

Los autores antiguos apenas mencionan las enfermedades cardíacas propiamente dichas. Por ejemplo, los textos hipocrático se limitan a decir que las lesiones del corazón son siempre mortales. Galeno, para quien la fuerza vital residía en el corazón, realizó una descripción minuciosa de la actividad cardíaca, esto es, de las contracciones (sístoles) y los períodos de relajamiento (diástoles) que regulan la propulsión de la sangre, y reconoció la importancia de las aurículas. Basándose en Hipócrates afirmó que el calor corporal tiene su origen en el ventriculo izquierdo y elaboró su teoría acerca del pulso, al que atribuyó una serie de características ─frecuencia, plenitud o repleción, tensión, ondulación y ritmo─ que indican la potencia del corazón.

Durante muchos siglos, los médicos basaron sus conclusiones acerca de la función del corazón y la circulación de la sangre en esta teoría, en la que afloran ideas ya esbozadas por la medicina anterior.

Para comprender el sentido de las recomendaciones terapéuticas de Galeno hay que verlas a la luz de su concepción humoral patológica. Lógicamente, la mayoría gira en torno a la sangre, por ser ésta el humor más importante del organismo. En caso de palpitaciones Galeno recomienda la extracción de sangre, que solía practicarse mediante sangría o aplicando ventosas y sanguijuelas, combinada con una dieta especial. La literatura antigua cita una enfermedad, que unos autores sitúan en el corazón y otros en el estómago, y que en un primer momento se identificó con lo que la medicina moderna llamaría «enfermedad coronaria», «infarto de miocardio», «angina de pecho» o «estenocardia». La descripción que hizo Séneca, filósofo romano del siglo I d.C., de los síntomas observados en su propia persona se ha convertido en clásica. La mayoría de los informes médicos son muy confusos, y, en consecuencia, es imposible establecer un diagnóstico exacto. Probablemente se trata más bien de una recopilación de síntomas.

Síntomas de infarto

Aunque el auténtico estudio de las enfermedades cardíacas comenzó en el siglo XIX, no está de más repasar brevemente la situación de los siglos XVII y XVIII. El descubrimiento del mecanismo de la circulación de la sangre por William Harvey (1578-1657) revolucionó el panorama de la medicina y no sólo por lo que tenía de innovación, sino también por rebatir uno de los puntos fundamentales de la biostática galénica. El siglo XVII, en el que el peso y la medida se convirtieron en instrumentos fundamentales para la investigación de la naturaleza, se caracterizó por su apertura hacia los nuevos descubrimientos, lo que incluía también su examen crítico y su desarrollo ulterior. Harvey consideró imposible que constantemente pudiera formarse y destruirse tal cantidad de sangre como afirmaba Galeno. Si multiplicamos la cantidad de sangre que el corazón expulsa en cada contracción por el número de pulsaciones diarias, obtendremos una cifra entre 7.000 y 8.000 litros de sangre, lo que a todas luces era una exageración. De aquí a pensar que la circulación sanguinea tal vez fuera continua había tan sólo un paso.

Cuando en 1628 Harvey publicó su célebre obra Exercitatio anatomica de motu cordis et sanguinis in animalibus, impresa en Frankfurt am Main en plena guerra de los Treinta Años, la atención de sus contemporáneos se desvió del corazón propiamente dicho cuya función central no había experimentado prácticamente ninguna modificación, al mecanismo de la circulación y sus posibilidades. En esta época existía lteoría de que los medicamentos ejercían su acción específicaa l llegara l intestino. Ahora bien si la teoria de Harvey era cierta, al inyectarlos directamente en el caudal sanguíneo, deberían surtir el mismo efecto.

Christopher Wren (1632-1723), erudito, matemático, astrónomo y arquitecto británico, al que entre otras obras se debe la construcción de la catedral de San Pablo, en Londres, realizó los primeros ensayos sistemáticos de este tipo. En 1656 inyectó a perros vino y cerveza directamente en la sangre, observando acontinuación en los animales los síntomas típicos de la embriaguez. Algún tiempo después, el célebre químico Robert Boyle (1635-1703) participó también en estos experimentos, que en Gran Bretaña se limitaron a los animales, al no encontrarse ningún voluntario dispuesto a someterse a ellos. Johann Sigismund Elsholtz (1623-1688), médico de cámara del elector de Brandeburgo y de su guardia de corps, lo tuvo más fácil. Las inyecciones intravenosas que aplicó a tres granaderos fueron muy bien toleradas por éstos. No obstante, este procedimiento no tuvo gran difusión y a lo largo de los siglos XVIII y XIX tan solo aparecen referencias ocasionales al mismo.

Las transfusiones de sangre, en las que la técnica era básicamente la misma, siguieron una trayectoria similar pesar de las esperanzas depositadas en sus propiedades terapéuticas. De acuerdo con la creencia popular, la sangre era fuente de vida, salud, fortaleza y juventud, lo que movió a los médicos y científicosa intentar transfundirlaComunicar algo entre diversas personas sucesivamente. de unas personas a otras, pues de este modo transmitirían también sus virtudes curativas. En 1666, el anatomista británico Robert Lower(1631-1691) transfundió sangre de un animal a otro por vez primera en la Historia de la Medicina. Un año más tarde, en París, Jean-Baptiste Denis (1640-1704) efectuó la primera transfusión de sangre de una oveja a un ser humano. Otros experimentos de este tipo y de un ser humano a otro provocaron graves complicaciones e incluso algunas muertes. En Francia, las autoridades prohibieron las transfusiones de sangre y, en consecuencia, el método cayó en desuso, quedando relegado al olvido no sólo aquí, sino también en otros países europeos. En la segunda mitad del siglo XIX, el cirujano Albert Sigmund Landerer (1854-1904). de Leipzig, introdujo la infusión de agua salada para compensar la pérdida de líquido en las hemorragias graves. El descubrimiento de los grupos sanguíneos por Karl Landsteiner (1868-1943) en 1901 aclaró muchos de los problemas relacionados con las transfusiones. Del mismo modo, el progresivo conocimiento de los elementos y las sustancias que componen la sangre dio un nuevo impulso a la terapéutica hemática.

En contra de lo esperado, el descubrimiento de Harvey no propició el estudio de las enférmedades cardíacas. A finales del siglo XVII y durante el XVIII se hicieron algunos hallazgos importantes, relacionados sobre todo con la anatomía del corazón, que sirvieron de base para investigaciones ulteriores. En este contexto hay que mencionar los trabajos de Richard Lowers en Londres y de Niels Stensen (1638-1686), en Copenhague, sobre la función muscular de este órgano. En 1761, Giovanni Battista Morgagni ( 1682-1771) publicó su obra De sedibus et causis morbonon en la que describe las alteraciones anatómicas halladas en algunos cadáveres, sentando con ello las bases de la moderna investigación de las enfermedades en general y de la anatomía patológica cardíaca en particular. En esta época comenzó a extenderse la práctica de las disecciones clínicas con objeto de averiguar las causas que habían provocado la muerte del paciente, y los médicos pudieron así enriquecer sus conocimientos acerca de las enfermedades de todo tipo y, entre ellas, las cardiovasculares.

Aunque Harvey observó que la actividad cardíaca podia palparse y oírse en el tórax, sus palabras apenas tuvieron repercusión. Tendrían que transcurrir todavía más de cien años antes de que el médico francés Jean-Baptiste Sénac (1693-1770) publicara la primera obra sobre las enfermedades específicas del corazón: Traité de la structure du coeur, de son action et de ses maladies (1749). Con la introducción de la percusión y la auscultación en la primera mitad del siglo XLX mejoró notablemente el diagnóstico de estas afecciones.

Con anterioridad a esta fecha se había descrito ya un cuadro clínico cuya importancia ha ido en aumento hasta nuestros días, la angina pectoris (angina de pecho). El nombre y la descripción se remontan a William Heberden (1710-1801), quien en 1768 la definió como una enfermedad que se caracterizaba por un dolor muy fuerte y una gravedad extrema. Asimismo describe la «sensación de destrucción» que siente el paciente, los factores exteriores desencadenantes de las crisis, la irradiación del dolor desde el centro del tórax hacia el brazo izquierdo y la muerte que en la mayoría de los casos sigue al ataque. Sin embargo, en un informe presentado ante el Real Colegio de Médicos de Londres con el título Some Discount ora Disorder of the Breast, Heberden no atribuyó el intenso dolor a una dolencia cardiaca, ni siquiera después de haber practicado la autopsia del cadáver de un hombre que lo había padecido, ya que, en este caso, el corazón del difunto no mostraba ningún signo especial. A partir de esta fecha proliferaron las observaciones clínicas. Poco después, el célebre anatomista John Hunter (1728-1793), quien a petición de Heberden había hecho la precitada disección padeció una angina de pecho, muriendo en 1793 víctima de un infárto de miocardio, expresado con la terminología actual. Durante la autopsia se descubrió que los vasos coronarios estaban asimismo muy calcificados. Hacia 1800 todos los médicos identificaban con una cardiopatía el característico dolor que desde el pecho irradiaba hacia el brazo izquierdo.

El derrame, o acumulación de líquido en los tejidos, es una enfermedad muy antigua conocida genéricamente con el nombre de hidropesía (edema en la jerga médica). Cuando se localiza en el abdomen se denomina ascitis y si está muy extendida, anasacra, y es, entre otras cosas, un síntoma inequívoco de insuficiencia cardíaca, que se combate fundamentalmente con una droga que la naturaleza ha puesto desde siempre al alcance de los hombres: las hojas de la digital (Digitalis purpurea, Digitalis lanata). El médico británico William Withering (1741-1799) oyó hablar a una herborista de las propiedades terapéuticas de esta planta y a partir de 1775 comenzó a prescribírsela tanto a sus pacientes particulares como a los enfermos del Hospital General de Birmingham. En 1785 dio a conocer sus experiencias en un libro titulado An Account of the Foxglove and Some of Its Medical Uses, donde explica que las propiedades diuréticas de la digital le movieron a probarla también en la hidropesía. Withering describe asimismo el enlentecimiento del pulso y las náuseas que provocaba la ingestión prolongada de infusión de digital, pero jamás sospechó que había descubierto un tónico cardíaco que todavía hoy goza de amplia difusión. A mediados del siglo pasado, los clínicos berlineses Johann Lukas Schónlein y Ludwig Traube, quienes dieron un fuerte impulso a la medicina experimental alemana, investigaron la acción de la digital sobre el corazón mediante observaciones en seres humanos y experimentos con animales. Todavía tuvieron que pasar algunos años hasta que los científicos consiguieron aislar la sustancia activa contenida en las hojas de la digital, esto es, la digitalina. La dosificación planteó al principio algunos problemas, pero desde la década de los años cincuenta de nuestro siglo, en el mercado existen preparados a base de digital sumamente eficaces y fáciles de dosificar.

Dentro de las cardiopatías, las lesiones valvulares congénita y adquirida ocupan un puesto muy destacado. El perfeccionamiento de la técnica de la auscultación hizo posible su diagnóstico, refrendado posteriormente por observaciones y experiencias de diversa índole. Con anterioridad, Raymond Vieussens (1641-1715), catedrático de la Universidad de Montpellier, había descrito una insuficiencia de las válvulas aórticas (1715), y el ya citado Sénac, una estenosis aórtica (1749). También Morgagni se refiere a defectos valvulares del corazón. Aunque Matthew Baillie (1761-1823) atribuyó las valvulopatías adquiridas a una endocarditis subsiguiente a un reumatismo articular, la descripción del cuadro clínico (1836-1838) no la efectuó él, sino Jean Baptiste Bouillard (1796-1881).

Los síntomas de una lesión congénita (color azulado del rostro, debilidad cardíaca) son tan patentes, que en modo alguno podían pasar inadvertidas. En las lesiones adquiridas, la situación cambia por completo y en un primer momento los médicos no lograron ponerse de acuerdo acerca del significado y valor enunciativo de los ruidos que escuchaban durante la auscultación.

La introducción de los rayos X a principios de siglo permitió a los facultativos conocer exactamente el tamaño y la forma del corazón y de los grandes vasos. Con el perfeccionamiento de la técnica (tubos más potentes y menor tiempo de irradiación), las radiografías se utilizaron cada vez más como método de diagnóstico. Junto a éste hubo otro descubrimiento cuya trascendencia para el desarrollo de la cardiología es aún mayor. En 1889, el fisiológo británico Augustus Desiré Waller (1856-1922) había comprobado que el músculo cardíaco emite unas corrientes eléctricas muy débiles, pero perfectamente medibles, que se denominaron corrientes de acción. Algunos años más tarde, en 1902, Willem Einthoven (1861-1927) construyó un galvanómetro de cuerda que las registraba con toda claridad. En el transcurso de pocas décadas, este procedimiento se convirtió en el instrumento de trabajo fundamental del diagnóstico cardiológico.

Galvanometro de cuerda
Galvanometro de cuerda

Entre otras ventajas, la electrocardiografia permitía estudiar las irregularidades del pulso, de las que ya hablan los testimonios más antiguos, con la máxima precisión. Karel Frederik Wenckebach (1854-1940) realizó algunos de los estudios más importantes. En seguida se comprobó que el electrocardiograma registraba también las dramáticas consecuencias del estrechamiento de los vasos coronarios provocado por procesos arterioescleróticos, es decir, lo que la medicina actual denomina infarto de miocardio en función de los hallazgos anatomicopatológicos y que antiguamente se llamaba simplemente ataque al corazón.

Los trastornos inherentes a la hipertensión ya se conocían desde épocas anteriores, pero hasta que el italiano Scipione Riva-Rocci (1863-1937) inventó su tonómetro no fue posible medir la presión sanguínea arterial en el mismo lecho del enfermo. Este aparato consta de un manguito inflable cuya presión interior se mide con ayuda de un tubo de cristal graduado similar a un termómetro de mercurio.

Los dos valores medidos corresponden a la presión diastólica (relajamiento), o mínima, y a la presión sistólica (contracción), o máxima.

En los años siguientes la investigación se concentró en el estudio de la hipertensión, comprobándose que en la mayoría de las personas que la padecían no existía una causa que la justificara. En 1911, Erich Frank (1884-1956) acuñó la expresión «hipertonía para definir dicho estado esencial» patológico, para el que la medicina no dispuso de ningún remedio realmente eficaz hasta mediados del presente siglo. Hasta la aparición de los modernos hipotensores, la «tensión alta» como se denomina vulgarmente la hipertensión, combatía con tranquilizantes. En 1931, un grupo de investigadores hindúes que había acometido el estudio de las plantas a las que la tradición popular atribuía determinadas propiedades terapéuticas, consiguió aislar un alcaloide contenido en la rauwolfia -la serpentina-, de gran interés para la medicina por su efecto hipotensor, pero sin ser somnífero. Desde 1952, la terapéutica de la hipertensión ha hecho grandes progresos, sobre todo, al combinar los alcaloides derivados de la rauwolfia con sustancias diuréticas. Con el transcurso de los años se han ido añadiendo otros medicamentos, como los inhibidores de los receptores beta, de acción específica sobre la hipertensión patológica. La hipertensión es hoy día una enfermedad muy frecuente, en especial en los países desarrollados, y si no se trata convenientemente, puede tener consecuencias muy graves y desembocar, por ejemplo, en esclerosis vascular, hemorragia cerebral e infarto, complicaciones todas ellas que requieren tratamientos muy costosos y que en la mayoría de los casos producen incapacidad laboral. La hipertensión no es, por tanto, un problema individual, sino que afecta también a toda la colectividad. Por esta razón, las campañas preventivas e informativas tienen gran importancia, pues cuanto antes se detecte a un hipertenso, antes podrán adoptarse las medidas oportunas encaminadas a prevenir posibles complicaciones. Ahora bien, si el paciente no está dispuesto a colaborar y a seguir las indicaciones del médico, éste poco podrá hacer por ayudarle. La hipertensión no se cura de un día para otro, sino que, por lo general, requiere un tratamiento prolongado y una estrecha vigilancia. Al médico le corresponde informar detalladamente al paciente de todo lo relacionado con su enfermedad, pues igual que sucede en otros muchos aspectos de la vida, la ignorancia es mala consejera. Lógicamente, si una persona sabe lo que le perjudica y por qué, procurará evitarlo. Por otra parte, la medicina actual tiende cada vez más hacia los tratamientos prolongados, que requieren, más que otros, la colaboración del enfermo.

Por razones obvias de peligrosidad, la cirugía tardó mucho tiempo en decidirse a intervenir este órgano, limitándose a curar eventuales heridas. En 1896, el cirujano alemán Ludwig Rehn (1849-1930) suturó por vez primera el corazón de un paciente herido por arma blanca. En 1923, el cirujano norteamericano Elliot Carre Cutler (1888-1947) realizó la primera operación con éxito para corregir una estenosis mitral. En 1926, el cirujano Viktor Schmieden (1874-1945), de Frankfurt, se decidió a intervenir un corazón afectado de una insuficiencia grave como consecuencia de una pericarditis (al inflamarse el pericardio, el corazón no puede moverse libremente ni desempeñar su función). Este cuadro clínico se conoce también con el nombre de «corazón de coraza», que ciertamente es muy descriptivo. En 1938, el cirujano infantil norteamericano Robert Edward Gross (n. en 1905) llevó a cabo con éxito la primera operación para corregir un defecto congénito (conducto de Botal abierto).

En la década de los años cuarenta se desarrollaron nuevas técnicas que dieron otro fuerte impulso a la cirugía del corazón. Entre ellas destacan los métodos de contraste, en los que se introduce una sustancia para visualizar los conductos interiores del corazón, y la medición de la presión en las diferentes zonas. Los primeros ensayos de cateterismo, paso fundamental para tales procedimientos, los realizó en su propia persona el médico alemán Werner Forssmann (1904-1979), quien años más tarde fue galardonado con el premio Nobel, en la pequeña localidad de Eberswalde (Brandeburgo). Forssmann se detuvo en este paso y no supo ver las posibilidades de semejante técnica. En 1937, los médicos cubanos Agustín Castellanos y González y Raúl Pereiras consiguieron visualizar la aorta con ayuda de un medio de contraste.

A partir de entonces, la cirugía del corazón y de los grandes vasos ha seguido una trayectoria ascendente gracias a la introducción de nuevos procedimientos, entre los que destacan la hipotermia y la circulación extracorpórea, en la que un corazón artificial asume las funciones cardiopulmonares mientras el cirujano realiza su trabajo. La primera fue introducida en 1950 por Wilfred Gordon Bigelow (n. en 1913) y la segunda en 1954 por John Heyshan Gibbon (1903-1973), quien, sin embargo, ya las venía practicando a título experimental en Filadelfia desde 1938. Los primeros ensayos quirúrgicos de los grandes vasos que marcaron el comienzo de lo que hoy se denomina técnica de bypass, datan de los años sesenta y desde entonces han ido extendiéndose por todo el mundo.

Los intentos de «resucitar» a los muertos mediante descargas eléctricas se remontan al siglo XVIII (1744). En 1932, el fisiólogo neoyorquino Albert Salisbury Hyman (1893-1972) construyó el primer marcapasos artificial. Hacia esta misma época se empezó a intentar la corrección de la fibrilación ventricular mediante descargas eléctricas de corta duración. Desde entonces, los desfibriladores se han perfeccionado notablemente. En 1959, Rune Elmquist y Ake Senning (n. en 1915) presentaron el primer marcapasos implantable, inaugurando así una nueva era en la terapéutica de los trastornos del ritmo cardíaco, que devolvió la esperanza a numerosos enfermos. Gracias al perfeccionamiento del cateterismo, la implantación de un marcapasos se ha convertido hoy en día en una intervención rutinaria.

El doctor Chistiaan Barnard
El doctor Chistiaan Barnard en varios momentos de su vida profesional

Mención especial merecen los trasplantes por lo que en su momento tuvieron y todavía siguen teniendo, de revulsivo al reavivar la antiquísima polémica acerca de la posición tan especial asignada al corazón. El 3 de diciembre de 1967, el cirujano sudafricano Christiaan Barnard (1922-2001), en el hospital Groote Schuur, de Ciudad del Cabo, trasplantó el corazón de una joven de veinticinco años, llamada Denise Darvall, que había fallecido en un accidente de tráfico, a Louis Washkansky, de cincuenta y tres años, que sobrevivió dieciocho días a la operación. A las pocas horas, la noticia era conocida en todo el mundo. Un mes más tarde, el 2 de enero de 1968,B arnard realizó un segundo trasplante. En esta ocasión, el donante fue un joven de veinticuatro años y el receptor, el odontólogo Philip Blaiberg, que vivió diecinueve meses con el corazón «prestado».

En el transcurso de 1968 se efectuaron cerca de un centenar de trasplantes de corazón en todo el mundo, lo que demuestra el grado de desarrollo alcanzado por la cirugía del corazón y no sólo en el aspecto técnico, sino también en el de la investigación experimental para prevenir y, en su caso, contrarrestar el rechazo del nuevo órgano por parte del organismo receptor. Desde estas primeras tentativas ha aumentado a varios años las perspectivas de supervivencia de los trasplantados. Gracias a las experiencias recopiladas en estos últimos años, hoy en día los médicos disponen de suficiente información acerca de las cardiopatías en que está indicado el trasplante y la edad máxima que debe tener el donante. Aunque desde el punto de vista experimental es posible implantar un corazón artificial, y de hecho se han efectuado ya algunos ensayos en seres humanos, los trasplantes siguen siendo, al menos de momento, el tratamiento más eficaz en determinadas cardiopatías.