Historias que te harán sonreír y ser mejor

Asamblea en la carpintería

Hubo en la carpintería una extraña asamblea; las herramientas se reunieron para arreglar sus diferencias. El martillo fue el primero en ejercer la presidencia, pero la asamblea le notificó que debía renunciar. ¿La causa? Hacía demasiado ruido, y se pasaba el tiempo golpeando.

El martillo reconoció su culpa, pero pidió que fuera expulsado el tornillo: había que darle muchas vueltas para que sirviera de algo.

El tornillo aceptó su retiro, pero a su vez pidió la expulsión de la lija: era muy áspera en su trato y siempre tenía fricciones con los demás.

La lija estuvo de acuerdo, con la condición de que fuera expulsado el metro, pues se la pasaba midiendo a los demás, como si él fuera perfecto.

En eso entró el carpintero, se puso el delantal e inició su trabajo, utilizando alternativamente el martillo, la lija, el metro y el tornillo.

Al final, el trozo de madera se había convertido en un espectacular mueble.

Cuando la carpintería quedó sola otra vez, la asamblea reanudó la deliberación. Dijo el serrucho:

Señores, ha quedado demostrado que tenemos defectos, pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades. Eso es lo que nos hace valiosos. Así que no pensemos ya en nuestras flaquezas, y concentrémonos en nuestras virtudes.

La asamblea encontró entonces que el martillo era fuerte, el tornillo unía y daba solidez, la lija limaba asperezas y el metro era preciso y exacto. Se sintieron como un equipo capaz de producir hermosos muebles, y sus diferencias pasaron a segundo plano.

Convierteme en un…

Mientras oraba antes de acostarse, un niño pidió con devoción:

Señor, esta noche te pido algo especial: conviérteme en un televisor. Quisiera ocupar su lugar. Quisiera vivir lo que vive la tele de mi casa. Es decir, tener un cuarto especial para mí y reunir a todos los miembros de la familia a mi alrededor.

Ser tomado en serio cuando hablo. Convertirme en el centro de atención y ser aquel al que todos quieren escuchar sin interrumpirlo ni cuestionarlo. Quisiera sentir el cuidado especial que recibe la tele cuando algo no funciona.

Y tener la compañía de mi papá cuando llega a casa, aunque esté cansado del trabajo. Y que mi mamá me busque cuando esté sola y aburrida, en lugar de ignorarme. Y que mis hermanos se peleen por estar conmigo.

Y que pueda divertirlos a todos, aunque a veces no les diga nada. Quisiera vivir la sensación de que lo dejen todo por pasar unos momentos a mi lado. Señor, no te pido mucho. Solo vivir lo que vive cualquier televisor.

La rana incansable

Un grupo de ranas viajaba por el bosque, cuando de repente dos de ellas cayeron en un pozo profundo. Las demás se reunieron alrededor del agujero y, cuando vieron lo hondo que era, le dijeron a las caídas que, para efectos prácticos, debían darse por muertas. Sin embargo, ellas seguían tratando de salir del hoyo con todas sus fuerzas. Las otras les decían que esos esfuerzos serían inútiles.

Finalmente, una de las ranas atendió a lo que las demás decían, se dio por vencida y murió. La otra continuó saltando con tanto esfuerzo como le era posible. La multitud le gritaba que era inútil pero la rana seguía saltando, cada vez con más fuerza, hasta que finalmente salió del hoyo. Las otras le preguntaron:

¿No escuchabas lo que te decíamos?

La ranita les explicó que era sorda, y creía que las demás la estaban animando desde el borde a esforzarse más y más para salir del hueco.

el doctorado

Cuando Ana fue a renovar su carné de conducir, le preguntaron cuál era su profesión. Ella dudó un instante, no sabía bien cómo llamarla. El funcionario insistió:

─Lo que le pregunto es si tiene un trabajo.

—¡Claro que tengo un trabajo! —exclamó Ana—. Soy madre.

—Nosotros no consideramos «eso» un trabajo —repuso el empleado sin inmutarse—. Voy a escribir que es «ama de casa».

Elena, una compañera de trabajo, supo de lo ocurrido y se quedó pensando en ese episodio por algún tiempo. Cierta vez ella se encontró en idéntica situación. La persona que la atendió era una funcionaría de carrera, segura y eficiente. El formulario parecía enorme e interminable. Obviamente que la primera pregunta fue: «¿Cuál es su ocupación?».

Elena pensó un momento y respondió velozmente:

—Soy «doctora en desarrollo infantil y en relaciones humanas».

La funcionaría hizo una pausa mientras la miraba con ojos desconfiados.

Entonces Elena debió repetir lentamente lo que había dicho, enfatizando las palabras más significativas. Luego de anotarlo todo, la funcionaría se animó a indagar:

—¿Puedo preguntar qué es lo que hace… exactamente?

Sin dudar, pero con mucha calma, Elena respondió:

—Llevo adelante un programa a largo plazo, dentro y fuera de casa.

Luego, tomando aire, continuó:

—Soy responsable de un gran equipo y tengo en mis manos cuatro proyectos. Mi régimen es de dedicación exclusiva, con un grado de exigencia de catorce horas por día, y a veces hasta de veinticuatro horas.

A medida que iba describiendo sus responsabilidades, notó un creciente tono de respeto en la voz de la funcionaría, que finalizó el formulario sin hacerle más preguntas.

Al regresar a casa, Elena fue recibida por «su equipo»: una niña de trece años, una de siete y otra de tres. Subiendo al piso superior de la casa, pudo oír a su más nuevo proyecto, un bebé de seis meses, ensayando un nuevo tono de voz.

Feliz, Elena tomó el bebé en sus brazos y pensó en los beneficios de la maternidad, en sus muchas responsabilidades y en sus horas interminables de dedicación… Mamá, ¿dónde están mis zapatos?… Mamá, ¿me ayudas con la tarea?… Mamá, el bebé no deja de llorar… Mamá, ¿me buscas después de la escuela?… Mamá, ¿irás a verme bailar?… Mamá, ¿me compras?… Mamá…

Sentada en su cama, Elena llamó a Ana y le dijo:

—Me pasó lo mismo que a ti en la oficina de solicitudes de carné. Yo le dije a la funcionaría que en efecto yo sí era «doctora en desarrollo infantil y relaciones humanas».

—Entonces ¿qué grado le damos a las abuelas y a las tías? —le respondió Ana.

—¿Cómo te parece «doctoras sénior» o «doctoras asistentes»? Y todas las mujeres, madres, esposas, amigas y compañeras, doctoras en el arte de hacer la vida mejor.

Resumiendo, especialistas en el arte de educar.