04/03/2024

Historias que cautivarán tu corazón

Estaba charlando con mi capitán durante el servicio militar. Salieron diversos recuerdos de épocas anteriores. Me contó que hace unos años tuvo que ir al médico porque se encontraba fatal. El doctor le explicó enseguida las causas, que se referían a la vida que llevaba:

—Esto es lo propio del estilo de vida que usted está llevando: el tabaco, el estrés, la responsabilidad…, en fin lo propio de la vida intelectual.

—En fin —concluyó el capitán, al final de su relato—, que tuve que dejarlo.

—¿El qué, el tabaco?— pregunté.

—No, lo intelectual.

En 1931, el novelista inglés Arnold BennetArnold BennettArnold BennettWikipedia, tratando de demostrar a las incultas gentes de París que el agua que bebían no era la causa de la epidemia de tifus que asolaba la ciudad, bebió públicamente un vaso de aquella agua. Murió de tifus a los pocos días.
Un día una niña estaba sentada observando a su mamá lavar los platos en la cocina. De repente notó que su mamá tenía varios cabellos blancos que sobresalían entre su cabellera oscura. Miró a su madre y le preguntó inquisitivamente,

—¿Por qué tienes algunos cabellos blancos, mamá?

Ella le contestó:

—Bueno, cada vez que haces algo malo y me haces llorar o me pones triste, uno de mis cabellos se pone blanco.

La niña se quedó pensativa unos instantes, y luego dijo:

—Mamá, entonces…, ¿por qué todos los cabellos de la abuelita están blancos?

Yo enseñaba en el tercer año de primaria de la escuela Saint Mary’s, en Morris, Minn. Mis 34 estudiantes eran queridos para mí, pero Mark Eklund era uno en un millón. Tenía muy buena presencia, y esa actitud «feliz de estar vivo» que hasta hacía sus ocasionales malos comportamientos deliciosos.

Mark hablaba incesantemente. Yo tenía que recordarle una y otra vez que hablar sin permiso no era aceptable. Sin embargo, lo que me impresionaba era su respuesta sincera cada vez que tenía que corregirlo por no portarse bien. Al principio no sabía como comportarme, pero después de poco tiempo me acostumbré a escucharlo muchas veces al día.

Una mañana en la que Mark hablaba demasiado, empecé a impacientarme y cometí un error de maestra novata. Miré a Mark y le dije:

—Si dices una sola palabra más, te pondré cinta en la boca.

No habrían pasado diez segundos cuando Chuck dijo:

—Mark está hablando de nuevo.

Yo no le había pedido a ningún alumno que me ayudara, pero como había anunciado el castigo frente a toda la clase, tenía que aplicarlo.

Recuerdo la escena como si hubiese ocurrido esta mañana. Caminé hacia mi escritorio y abrí cada uno de los cajones hasta encontrar la cinta adhesiva. Sin decir una palabra, me acerqué al escritorio de Mark, corté dos piezas de cinta e hice una gran X sobre su boca. Después regresé al frente del salón. Apenas miré de reojo a Mark, él me guiñó un ojo. ¡Con eso tuve suficiente…! Comencé a reír. La clase vitoreaba mientras yo caminaba hacia el escritorio de Mark. Le saqué la cinta y me encogí de hombros. Sus primeras palabras fueron:

—¡Gracias por corregirme, hermana!

A fin de año me pidieron que enseñara matemáticas en tercer año de la secundaria. Los años volaron y, antes de que me diera cuenta, Mark estaba en mi clase de nuevo. Estaba más guapo que nunca e igual de educado. Pero debido a que tenía que escuchar atentamente mis instrucciones sobre la “nueva matemática”, no habló tanto en 3° de secundaria como en 3° de primaria.

Un viernes, las cosas simplemente no estaban bien. Habíamos estado trabajando en un nuevo concepto toda la semana, y yo sentía que los estudiantes no lo estaban entendiendo, frustrados consigo mismos y tensos uno con el otro. Tenía que detener eso antes de que se me fuera de las manos, así que le pedí a cada uno que hiciera una lista de los nombres de los otros estudiantes del salón en dos hojas de papel, dejando un espacio en blanco entre cada nombre. Después les dije que pensaran en la cosa más bonita que pudieran decir de cada uno de sus compañeros, y que la escribieran en los espacios correspondientes.

Utilizaron el resto de la clase para cumplir con la consigna. Cuando se estaban yendo, me entregaron los papeles. Charlie sonrió, y Mark dijo:

─Gracias, hermana. Que tenga un buen fin de semana.

Ese sábado escribí el nombre de cada uno de los alumnos en distintas hojas de papel, y listé lo que cada uno había dicho de ese individuo. El lunes le di a cada alumno su lista. Muy pronto todos los alumnos estaban sonriendo.

—¿De verdad?— escuché que susurraban.

—No sabía que eso significaba algo para alguien— decía uno.

—No sabía que le agradaba tanto a los demás— comentaba otra.

Nunca nadie mencionó esos papeles en clase otra vez. Yo nunca supe si los discutieron después de clase o con sus padres, pero no importaba. La actividad había cumplido su propósito. Los estudiantes estaban contentos consigo mismos y con los demás de nuevo. Ese grupo de estudiantes siguió adelante con sus estudios.

Varios años más tarde, después de regresar de mis vacaciones, mis padres me encontraron en el aeropuerto. Mientras íbamos de regreso a casa, mamá me hizo las preguntas usuales acerca de mi viaje: el clima, mi experiencia en general. Hubo una pausa en la conversación. Mamá cruzó una mirada con papá y simplemente dijo:

—¿Papá?— en ese tono díselo ya.

Mi padre se aclaró la garganta, como siempre lo hace antes de decir algo importante.

—Los Eklund llamarón ayer en la noche— empezó.

—¿De veras?— dije. —¡No he sabido nada de ellos en años! Me pregunto como estará Mark.

Papá respondió calladamente,

—Mark murió en Vietnam. El funeral es mañana, y a sus padres les gustaría que fueras.

Hasta este día aún puedo recordar exactamente el letrero I-494, donde papá me dijo lo de Mark. Yo nunca antes había visto a un soldado en un ataúd militar. Mark se veía tan guapo, tan maduro… todo lo que podía pensar en ese momento era:

—Mark… yo daría toda la cinta adhesiva del mundo si tan solo pudieras hablarme.

La iglesia estaba llena, estaban todos los amigos de Mark. La hermana de Chuck cantó el himno de batalla de la República. ¿Por qué tenía que llover el día del funeral? Ya era suficientemente difícil. El pastor dijo las oraciones habituales y sonó música. Uno por uno, los que amaron a Mark se acercaron al ataúd y lo rociaron con agua bendita. Yo fui la última en bendecir el ataúd. Mientras estaba parada ahí, uno de los soldados se me acercó,

—¿Era usted la maestra de matemáticas de Mark?— me preguntó.

Yo asentí, mientras continuaba mirando fijamente el ataúd.

—Mark hablaba mucho de usted— me dijo.

Después del funeral, la mayoría de los antiguos compañeros de clase de Mark fueron a la granja de Chuck, para almorzar. Los padres de Mark estaban ahí, obviamente esperándome.

—Queremos enseñarle algo— dijo su padre, sacando una billetera de su bolsillo.

—Le encontraron esto a Mark cuando murió, pensamos que a lo mejor, lo reconocería.

Abriendo la billetera, sacó cuidadosamente dos piezas de una libreta que obviamente había sido usada y doblada muchas veces. Yo sabía, sin mirar, que los papeles eran aquellos en los que yo había listado todas las cosas buenas que cada uno de los compañeros de Mark había dicho de él.

—Muchas gracias por haber hecho eso— dijo la mamá de Mark.

—Como puede ver, Mark lo valoraba.

Los compañeros de Mark se empezaban a reunir alrededor de nosotros. Charlie sonrió, y dijo:

—Yo todavía tengo mi lista. Está en el cajón de arriba, en el escritorio de mi casa.

La esposa de Chuck dijo:

─Chuck me pidió que pusiera la suya en nuestro álbum de bodas.

—Yo también tengo la mía— dijo Marilyn. —Está en mi diario—.

Entonces Vicki, otra compañera, sacó la billetera de su cartera y mostró su ya vieja lista al grupo.

—Siempre cargo con esto— dijo Vicki. —Creo que todos aún tenemos nuestras listas.

Ahí fue cuando yo finalmente me senté y lloré. Lloré por Mark y por todos sus amigos, que nunca lo verían de nuevo. Algunas veces la cosa más pequeña puede significar mucho para otra persona.

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