04/03/2024

El origen de la guerra

El careto de Marvin HarrisCualquier antropólogo puede nombrar una serie de pueblos «primitivos» que, por lo que se sabe, nunca hicieron la guerra. Mi lista preferida incluye a los habitantes de las Islas Andamán, que viven cerca de la costa de la India, los shoshoni de California y Nevada, los yahgan de Patagonia, los indios mission de California, los semai de Malasia y los recientemente contactados tasaday de Filipinas. La existencia de los grupos mencionados sugiere que el homicidio intergrupal organizado quizá no formó parte de las culturas de nuestros antepasados de la Edad de Piedra. Quizá. Pero la mayoría de las pruebas ya no sustentan esta perspectiva. Es verdad que unos pocos pueblos modernos de nivel de grupo no muestran interés por la guerra e intentan evitarla, pero varias culturas de mi lista se componen de refugiados que han sido arrojados a zonas lejanas por vecinos más combativos. La mayoría de los cazadores-recolectores conocidos por los investigadores modernos lleva a cabo alguna forma de combate intergrupal en el cual los equipos de guerreros intentan, deliberadamente, matarse entre sí. William Divale ha identificado treinta y siete grupos de este tipo.

Los partidarios de la tesis de que la guerra se originó con las comunidades aldeanas y con el crecimiento del estado sostienen que los cazadores-recolectores contemporáneos no son realmente representativos de los pueblos prehistóricos. Algunos expertos sostienen, incluso, que todos los incidentes de la lucha armada entre los cazadores-recolectores reflejan la alteración de las formas «primitivas» como consecuencia del contacto directo o indirecto con las sociedades de nivel estatal. Los arqueólogos todavía no han podido resolver esta controversia. El problema reside en el hecho de que las armas de la guerra prehistórica habrían sido idénticas a las utilizadas para la caza y de que el análisis de esqueletos no permite determinar con facilidad las muertes provocadas por heridas en los órganos vitales. Las pruebas de cráneos mutilados y cortados se remontan a quinientos mil años o más. Los famosos cráneos del hombre de Pekín tenían la base aplastada… probablemente para obtener un acceso a los sesos. Ésta es una práctica común entre los caníbales modernos, la mayoría de los cuales considera los sesos como un manjar exquisito. ¿Pero cómo podemos saber si los individuos a los que pertenecen los cráneos murieron combatiendo? Gran parte del canibalismo actual no se practica con los enemigos sino con los parientes más próximos venerados. En cuanto a las cabezas cortadas, pueblos contemporáneos como los manoses de Nueva Guinea guardan los cráneos de los parientes cercanos y los utilizan en prácticas rituales.

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La primera prueba arqueológica realmente fiable acerca de la existencia de la guerra, es la construcción de aldeas y poblaciones fortificadas. La más antigua es el Jericó prebíblico, donde en el 7500 antes de nuestra era ya se había construido un complejo sistema de murallas, torres y zanjas defensivas o fosos, de modo que no quedan dudas de que ya entonces la guerra era una parte importante de la vida cotidiana.

En mi opinión, la guerra es una práctica muy antigua, aunque sus características difirieron en las épocas sucesivas de la prehistoria y la historia. Durante el período paleolítico superior, la violencia intergrupal debió estar moderada por la ausencia de límites territoriales claramente definidos y por los cambios frecuentes de la pertenencia al grupo a consecuencia del matrimonio entre parientes y de un alto volumen de visitantes. Los estudios etnográficos han demostrado que el núcleo residente de un típico grupo cazador-recolector moderno cambia de estación en estación, e incluso de día en día, a medida que las familias van y vienen entre los campamentos de los parientes del marido y de la esposa. Mientras la gente se identifica con el territorio en el que nace, no tiene que defenderlo a fin de ganarse el sustento. De ahí que la adquisición de territorio adicional como consecuencia de la derrota o la aniquilación de fuerzas enemigas, rara vez constituye un motivo consciente para participar en batallas. Los grupos generalmente inician el combate como consecuencia de una acumulación de agravios personales entre individuos influyentes. Si las personas agraviadas pueden reunir un número suficiente de parientes que simpatizan con su causa o que tiene resentimientos propios contra los miembros del grupo tomado como blanco, es posible organizar una acción bélica.

Un ejemplo de guerra entre grupos cazadores-recolectores tuvo lugar a finales de los años veinte de nuestro siglo entre los grupos tiklauila-rangwila y mandiiumbula de Bathhurst y las Islas Melville, del norte de Australia. Los tiklauila-rangwila fueron los instigadores. Se pintaron de blanco, formaron una agrupación bélica y anunciaron sus intenciones a los mandiiumbula. Se fijó una hora para el encuentro. Cuando los dos grupos se reunieron, ambos bandos «intercambiaron algunos insultos y acordaron encontrarse formalmente en un espacio abierto donde había lugar suficiente». Al caer la noche —para continuar con el relato ofrecido por Arnold Pilling y C. W, Hart—, los individuos de los dos grupos intercambiaron visitas, puesto que las agrupaciones bélicas incluían a parientes de ambos bandos y nadie consideraba a todos los miembros del otro grupo como enemigos. Al amanecer, ambos grupos formaron filas a los dos lados del claro. Las hostilidades comenzaron cuando algunos ancianos se echaron en cara sus agravios, a gritos. Dos o tres individuos se destacaron para recibir una atención especial.
 

Así que cuando comenzaron a arrojarse lanzas, las arrojaron individuos que actuaban movidos por razones basadas en disputas individuales.

Puesto que los ancianos eran quienes más lanzas arrojaban, la puntería solía ser poco certera.
 

Con bastante frecuencia la persona alcanzada era algún no combatiente inocente o una de las ancianas chillonas que pasaban entre los luchadores, profiriendo gritos obscenos y cuyos reflejos para esquivar las lanzas no eran tan rápidos como los de los hombres… En cuanto alguien era herido, incluso una vieja aparentemente ajena a la cuestión, la lucha se detenía de inmediato hasta que ambos bandos podían evaluar las implicaciones de este nuevo incidente.

No intento comparar la guerra de los cazadores-recolectores con una bufonada. W. Lloyd Warner informó de altos índices de bajas en otro grupo de cazadores-recolectores del norte de Australia, los murngin. Según Warner, el 28 por ciento de las muertes de varones murngin adultos eran provocadas por heridas infligidas en el campo de batalla. Es conveniente recordar que cuando un grupo completo sólo cuenta con diez hombres adultos, una muerte por batalla cada diez años es todo lo que se necesita para realizar este tipo de cálculo de mortandad.

Después del desarrollo de la agricultura, es probable que la guerra se tornara más frecuente y letal. Sin duda alguna, la escala bélica aumentó. Las casas permanentes, los alimentos sometidos a un proceso industrial y las cosechas que crecían en los campos agudizaron el sentimiento de identidad territorial. Las aldeas solían seguir siendo enemigas durante generaciones, se atacaban y se saqueaban repetidamente e intentaban expulsar de su territorio a los habitantes de las demás. Entre los dani de West Irian, Nueva Guinea, que habitan en la aldea, el combate posee una etapa reglamentada de «no-batalla», semejante a la de los tiwi, en la cual se producen pocas bajas. Pero los dani también organizan ataques por sorpresa de carácter global, que dan por resultado la destrucción y el abandono de aldeas enteras y la muerte de varios centenares de personas por vez. Karl Heider calcula que el 29 por ciento de los hombres dani muere a consecuencia de las heridas sufridas durante las incursiones y emboscadas. Entre los horticultores de la aldea yanomamo que bordea la frontera brasileño-venezolana, las incursiones y emboscadas originan el 33 por ciento de las muertes de hombres adultos. Puesto que los yanomamo constituyen un importante testimonio, les he consagrado el próximo capítulo.

El motivo por el cual algunos antropólogos niegan la realidad de los altos niveles de combate entre los pueblos grupales y aldeanos consiste en que sus poblaciones son tan reducidas y están tan diseminadas que parece que una o dos matanzas intergrupales son totalmente irracionales y antieconómicas. Los murngin y los yanomamo tienen una densidad de población inferior a una persona por milla cuadrada. Pero hasta los grupos con una densidad tan baja están sometidos a la presión reproductora. Existen pruebas fehacientes que demuestran que el equilibrio entre población y recursos reside, en realidad, en la guerra grupal y aldeana y que el origen de este azote surge de la incapacidad de los pueblos preindustriales para desarrollar un medio menos costoso o más benigno de lograr baja densidad de población y alta tasa de crecimiento.

Antes de discutir esta prueba, reseñaré algunas explicaciones alternativas y diré por qué considero que ninguna es adecuada. Las alternativas principales incluyen la guerra como solidaridad, la guerra como juego, la guerra como naturaleza humana y la guerra como política.

La guerra como solidaridad
Según esta teoría, la guerra es el precio que se paga para crear la unidad grupal. El hecho de tener enemigos externos crea un sentimiento de identidad grupal e intensifica el espíritu de cuerpo. El grupo que lucha junto permanece unido.

He de reconocer que algunos de estos aspectos de esta explicación son compatibles con otro basado en la presión reproductora. Si un grupo está sometido a una tensión provocada por la intensificación, la declinación de la eficacia y el aumento de abortos e infanticidios, sin duda alguna la desviación de la conducta agresiva hacia grupos o aldeas vecinos es preferible a permitir que ésta prospere en el seno de la comunidad. No me caben dudas de que desviar la conducta agresiva hacia los extraños puede actuar como «válvula de seguridad». No obstante, este enfoque no logra explicar por qué la válvula de seguridad tiene que ser tan mortal. ¿Acaso las injurias verbales, el combate simulado o los deportes competitivos no serían modos menos costosos de alcanzar la solidaridad? La afirmación de que la matanza mutua es «funcional» no puede basarse en alguna ventaja vaga o abstracta de la unidad. Debe demostrarse cómo y por qué es necesario un recurso tan letal para evitar una consecuencia aún más mortal; en síntesis, cómo los beneficios de la guerra tienen más peso que sus costos. Nadie ha demostrado ni podrá demostrar que las consecuencias de menos solidaridad serían peores que las muertes en el combate.

La guerra como juego
Algunos antropólogos han tratado de equilibrar los costos y los beneficios materiales de la guerra al representarla como un deporte placentero y competitivo. Si la gente realmente goza al arriesgar su vida durante el combate, la guerra puede ser materialmente antieconómica pero psicológicamente valiosa y el problema se resuelve. Estoy de acuerdo en que las personas, sobre todo los hombres, frecuentemente crecen convencidos de que la guerra es una actividad dinámica o ennoblecedora y de que uno debería disfrutar al acechar y matar a otros seres humanos. Muchos de los indios montados de los Grandes Llanos —los sioux, los crow, los cheyenne— llevaban cuenta de sus actos de valentía durante la guerra. La reputación de un hombre estaba relacionada con la cantidad de golpes dados. Concedían el máximo de puntos no al guerrero con más cadáveres en su haber sino al que corría más riesgos. La mayor hazaña consistía en entrar y salir de un campamento enemigo sin ser detectado. Pero el adoctrinamiento para la valentía militar entre los pueblos grupales y aldeanos no siempre tuvo éxito. Los crow y otros indios de los Grandes Llanos dejaban que sus pacifistas vistieran ropas femeninas y los hacían servir como ayudantes de los guerreros. Hasta el más valiente de los guerreros, como entre los yanomamo, tiene que estar emocionalmente dispuesto para la lucha mediante la ejecución de rituales y la ingestión de drogas. Si es posible enseñar a la gente a que valore la guerra y a que disfrute del acecho y el asesinato de otros seres humanos, debemos reconocer que también se le puede enseñar que odie y tema la guerra y que sienta asco ante el espectáculo de los seres humanos que intentan matarse. En realidad, ambos tipos de enseñanza y aprendizaje tienen lugar simultáneamente. De modo que si los valores bélicos provocan las guerras, el problema crucial consiste en especificar bajo qué condiciones se enseña a la gente a que valore la guerra en lugar de aborrecerla. Pero la teoría de la guerra como juego no puede hacerlo.
La guerra como aspecto de la naturaleza humana
Un modo constantemente preferido por los antropólogos para eludir el problema de especificar bajo qué condiciones la guerra será considerada una actividad valiosa o aborrecible, consiste en dotar a la naturaleza humana de un impulso criminal. La guerra estalla porque los seres humanos, sobre todo los hombres, poseen un «instinto criminal». Matamos porque esta conducta ha tenido éxito desde la perspectiva de la selección natural en la lucha por la existencia. Pero la guerra como naturaleza humana tropieza con dificultades en cuanto uno observa que el asesinato no es universalmente admirado y que la intensidad y la frecuencia de la guerra son muy variables. No logro comprender cómo alguien puede dudar de que estas variaciones están provocadas por diferencias culturales más que genéticas, puesto que bruscos cambios de una conducta sumamente belicosa a una pacífica pueden producirse en una o dos generaciones sin que exista el más mínimo cambio genético. Por ejemplo, los indios pueblo del sudoeste de Estados Unidos son famosos entre los observadores contemporáneos por pacíficos, religiosos, no agresivos y cooperativos. Pero no hace tanto tiempo el gobernador español de Nueva España los consideraba como los indios que intentaron matar a cuantos colonizadores blancos encontraron, y que quemaron todas las iglesias de Nuevo México junto con la mayor cantidad de sacerdotes que pudieron encerrar en su interior y atar a los altares. Baste recordar el sorprendente giro de la actitud japonesa hacia el militarismo después de la segunda guerra mundial o la repentina aparición de los israelíes, supervivientes de la persecución nazi, como dirigentes de una sociedad altamente militarizada para comprender la debilidad fundamental de la teoría de la guerra como naturaleza humana.

Evidentemente, la capacidad de tornarse agresivo y de librar batallas forma parte de la naturaleza humana. Pero cómo y cuándo nos volvemos agresivos es algo que, más que de nuestros genes, depende de nuestras culturas. Para explicar el origen de la guerra uno ha de poder explicar por qué las respuestas agresivas adoptan la forma específica del combate intergrupal organizado. Como Ashley Montagu nos ha hecho ver, ni siquiera en las especies infrahumanas el asesinato es el objetivo de la agresión. En los seres humanos no existen impulsos, instintos ni predisposiciones para matar a otros seres humanos en el campo de batalla, aunque bajo determinadas circunstancias se les puede enseñar fácilmente a que lo hagan.

La guerra como arma política
Otra explicación constante de la guerra sostiene que el conflicto armado es el resultado lógico de un intento por parte de un grupo de proteger o aumentar su bienestar político, social y económico a costa de otro grupo. La guerra se produce porque conduce a la expropiación de territorios y recursos, a la captura de esclavos o botín y a la recaudación de tributos e impuestos: «El botín pertenece al vencedor». Las consecuencias negativas para los vencidos pueden minimizarse, simplemente, como un error: «La fortuna de la guerra».

Esta explicación es totalmente sensata con relación a las guerras de la historia que son, principalmente, conflictos entre estados soberanos. Evidentemente, dichas guerras suponen el intento por parte de un estado de elevar su nivel de vida a costa de otros (aunque tal vez los intereses económicos fundamentales aparezcan encubiertos por razones religiosas y políticas). La forma de organización política que denominamos estado surgió precisamente porque pudo llevar a cabo guerras de conquista territorial y de saqueo económico.

Pero la guerra entre grupos y aldeas carece de esta dimensión. Las sociedades grupales y aldeanas no conquistan territorios ni someten a sus enemigos. Al carecer del aparato burocrático, militar y legal del estado, los grupos o las aldeas victoriosos no pueden cosechar los beneficios en forma de impuestos o tributos anuales. Dada la ausencia de grandes cantidades de alimentos almacenados o de otros objetos de valor, el «botín» de guerra no es muy atractivo. Tomar prisioneros y convertirlos en esclavos no es práctico para una sociedad incapaz de intensificar su sistema de producción sin agotar su base de recursos y que carece de la capacidad organizadora para explotar una fuerza de trabajo hostil y subalimentada. Por estos motivos, los vencedores de las guerras preestatales con frecuencia regresaban portando como trofeos algunos cueros cabelludos o cabezas, o sin otro botín que el derecho de jactarse sobre lo valientes que se mostraban durante el combate. En síntesis, la expansión política no puede explicar la guerra entre las sociedades grupales y aldeanas porque la mayoría de éstas no participan de la expansión política. La necesidad de no expandirse con el fin de conservar la proporción favorable entre población y recursos domina todo su modo de existencia. De aquí que debamos analizar las contribuciones de la guerra a la conservación de las relaciones ecológicas y demográficas favorables con el fin de comprender por qué los pueblos grupales y aldeanos la practican.

La primera de dichas contribuciones es la dispersión de las poblaciones en territorios más extensos. Aunque los grupos y las aldeas no conquistan las tierras de sus contrincantes como hacen los estados, no por ello dejan de destruir colonias ni de expulsar a los demás de partes del hábitat que, de lo contrario, explotarían conjuntamente. Incursiones, expulsiones y la destrucción de las colonias suelen aumentar la distancia media entre éstas y, por ende, reducen la densidad global de población regional.

Uno de los beneficios más importantes de esta dispersión —beneficio compartido por vencedores y vencidos— consiste en la creación de «tierras de nadie» en zonas que normalmente suministran animales de caza, peces, frutos silvestres, leña y otros recursos. Puesto que la amenaza de las emboscadas las torna demasiado peligrosas para esos propósitos, estas «tierras de nadie» juegan un papel fundamental en el ecosistema global como cotos de especies animales y vegetales que, de lo contrario, serían permanentemente agotadas por la actividad humana. Los estudios ecológicos recientes demuestran que con el fin de proteger a las especies en peligro —sobre todo animales grandes que se reproducen lentamente—, se necesitan zonas de refugio muy extensas.

La dispersión de las poblaciones y la creación de «tierras de nadie» ecológicamente vitales son, a pesar de los costos del combate, beneficios muy considerables que surgen de las hostilidades intergrupales entre los pueblos grupales y aldeanos. Con una condición: después de dispersar los campamentos y las colonias enemigos, los vencedores no pueden permitir que la población de sus propios campamentos y colonias aumente hasta el punto que la caza y otros recursos se vean amenazados por su propio crecimiento de población y su esfuerzo de intensificación. Bajo las condiciones preestatales la guerra no puede satisfacer esta condición, al menos no puede hacerlo a través del efecto directo de las muertes por combate. El problema consiste en que los combatientes son casi siempre hombres, lo que significa que la mayoría de las bajas bélicas corresponde a hombres. La guerra sólo causa el tres por ciento de las muertes de mujeres adultas entre los dani y el siete por ciento entre los yanomamo. Además, las sociedades grupales y aldeanas bélicas casi siempre son polígamas, es decir que el varón es el marido de varias mujeres. Por ello no existen posibilidades de que la guerra por si sola puede reducir la rapidez con la cual un grupo o aldea —sobre todo si es vencedor— crece y agota su entorno. La muerte de hombres por combate, al igual que el geronticidio, puede producir a corto plazo un alivio de la presión de la población, pero no puede influir en las tendencias generales mientras unos pocos supervivientes hombres polígamos sigan sirviendo a todas las mujeres no combatientes. La realidad biológica consiste en que la mayoría de los hombres son reproductivamente superfluos. Como ha dicho Joseph Birdsell, la fertilidad de un grupo está determinada por la cantidad de mujeres adultas más que por la de hombres adultos. «Sin duda alguna, un hombre sano podría mantener continuamente embarazadas a diez mujeres». Evidentemente, se trata de una afirmación conservadora, puesto que a diez embarazos por mujer el hombre en cuestión sólo tendría un máximo de cien hijos, en tanto muchos jeques árabes y potentados orientales no parecen tener grandes dificultades para engendrar más de quinientos hijos.

Pero sigamos la lógica de Birdsell, que resulta irrebatible a pesar de que se basa en el ejemplo hipotético de un hombre y sólo diez mujeres:
 

Esto produciría la misma cantidad de nacimientos que habría si el grupo estuviese compuesto por diez hombres y diez mujeres. Pero si podemos imaginar a un grupo local que se compusiera de diez hombres y sólo una mujer, la tasa de nacimientos sería necesariamente el 10 por 100 del ejemplo anterior. La cantidad de mujeres determina la tasa de fertilidad.

Como demostraré, la guerra afecta drásticamente a la cantidad de mujeres y, en consecuencia, ejerce un poderoso efecto en la reproducción humana. Pero esta cuestión hasta ahora no ha sido comprendida.

Antes de exponer el modo como la guerra limita la tasa de crecimiento de las poblaciones, deseo poner de relieve una cuestión. Los efectos demográficos paralelos que la guerra produce entre las sociedades grupales y aldeanas no son característicos de los complejos militares de nivel estatal. Por el momento, sólo haré referencia al origen de la guerra preestatal. En las sociedades de nivel estatal es posible que la guerra disperse a las poblaciones, pero rara vez reduce su tasa de crecimiento. Ninguna de las guerras más importantes de este siglo —la primera y la segunda guerra mundiales, la de Corea y la de Vietnam— alcanzó a reducir la tasa de crecimiento a largo plazo de las poblaciones combatientes. Aunque es verdad que durante la primera guerra mundial el déficit entre la población proyectada y la real de Rusia alcanzó los cinco millones, sólo fueron necesarios diez años para superarlo. Incluso es posible que la población a corto plazo no resulte afectada. Durante la década de la guerra de Vietnam, la población vietnamita creció a la fenomenal rapidez del tres por ciento anual. A partir de la historia europea debería ser obvio que la guerra no reduce automáticamente la tasa de crecimiento de la población. Durante los últimos tres siglos apenas transcurrió una guerra sin un conflicto bélico a gran escala, pero la población europea ascendió de 103 millones en 1650 a 594 millones en 1950. Es más fácil llegar a la conclusión de que las guerras europeas —y las guerras de los estados en general— han formado parte de un sistema para estimular el crecimiento rápido de la población.

Pero lo que nadie parece haber comprendido es que, a diferencia de las sociedades de nivel estatal, los grupos y las aldeas utilizaban excepcionalmente la guerra para alcanzar tasas muy bajas de crecimiento de la población. No lo lograban primordialmente a través de la muerte de los hombres en combate —que, como acabamos de ver, siempre se compensaba fácilmente al recurrir a las excepcionales reservas reproductoras de la hembra humana—, sino por otro medio que estaba íntimamente asociado y dependía de la práctica de la guerra a pesar de que no formaba parte de la lucha real. Me refiero al infanticidio femenino. La guerra en las sociedades grupales y aldeanas dio especificidad sexual a la práctica del infanticidio. Alentaba la crianza de hijos, cuya masculinidad era glorificada durante la preparación para el combate, y la devaluación de hijas, que no luchaban. A su vez, esto condujo a la limitación de las hijas mujeres mediante la negligencia, los malos tratos o el asesinato simple y directo.

Los estudios recientemente realizados por William Divale muestran que entre las sociedades grupales y aldeanas que practicaban la guerra cuando fueron empadronadas por primera vez, la cantidad de varones de catorce o menos años superaba en gran medida la cantidad de mujeres de la misma edad. Divale descubrió que la proporción de chicos y chicas era de 128:100, en tanto la proporción entre hombres y mujeres era de 101:100. Puesto que la proporción mundial esperada por sexo en el nacimiento es de 105 varones por 100 mujeres, la diferencia entre 105 y 128 constituye una medida del grado de trato preferente dado a los niños varones y la caída a 101:100 probablemente sea una medida de la proporción de muertes de hombres adultos por combate. Esta interpretación se vio fortalecida cuando Divale comparó este tipo de proporción entre los grupos que habían practicado la guerra en períodos progresivamente más remotos y aquéllos que la practicaban activamente cuando fueron empadronados.

Para las poblaciones que fueron empadronadas entre cinco y veinticinco años después de que la guerra hubiera sido interrumpida, generalmente por las autoridades coloniales, la proporción media por sexo era de 113 niños y 113 hombres adultos por 100 niñas y 100 mujeres adultas. (El incremento en la tasa por sexo de los adultos de 101:100 en tiempos de guerra a 113:100 cuando ésta había cesado, probablemente sea el resultado de la supervivencia de los hombres que con anterioridad habrían muerto durante el combate). Entre las poblaciones que fueron empadronadas más de veinticinco años después de la guerra, la proporción por sexo de personas de quince y menos años era incluso menor: 106:100, por lo que se aproximaba a la norma mundial de 105:100 al nacer.
Estos cambios resultan aún más dramáticos cuando consideramos la frecuencia registrada de cualquier tipo de infanticidio, masculino o femenino, y la presencia de la guerra. Entre las poblaciones que todavía practicaban la guerra en el momento del empadronamiento y que según los informes de los etnógrafos practicaban regular u ocasionalmente algún tipo de infanticidio, la proporción media por sexo entre los jóvenes era de 133 varones por 100 niñas. Pero entre los adultos se reducía a 96 hombres por 100 mujeres. Para las poblaciones en las que la guerra había cesado veinticinco o más años antes del empadronamiento y en las que se informaba que el infanticidio era poco común o no se practicaba, la proporción entre los jóvenes era de 104 varones por 100 muchachas y de 92 hombres por 100 mujeres.

No he querido decir que la guerra causara el infanticidio femenino ni que su práctica causara la guerra. Mejor dicho, planteo que sin la presión reproductora, ni la guerra ni el infanticidio femenino se habrían extendido, y que la conjunción de ambos representa una solución salvaje pero singularmente eficaz del dilema malthusiano.

La regulación del crecimiento de la población mediante el trato preferente dado a los niños varones constituye un «triunfo» excepcional de la cultura sobre la naturaleza. Se necesitaba una fuerza cultural muy potente para inducir a los padres a que descuidaran o mataran a sus propios hijos y una fuerza peculiarmente poderosa para lograr que mataran o descuidaran más niñas que niños. La guerra ofreció esta fuerza y esta motivación, en tanto hizo depender la supervivencia del grupo de la crianza de varones preparados para las contiendas. Eligieron a los varones para enseñarles a luchar pues el armamento se componía de lanzas, mazas, arcos y flechas y otras piezas manuales. Por ello el éxito militar dependía de la cantidad relativa de combatientes fornidos. Por este motivo los hombres fueron socialmente más valiosos que las mujeres y tanto unos como otras colaboraron en «eliminar» a las hijas con el fin de criar un número máximo de hijos.

Desde luego, a veces la preferencia por el infanticidio femenino tiene lugar en ausencia de la guerra. Muchos grupos esquimales poseen altas tasas de infanticidio femenino a pesar de que realizan relativamente pocos combates armados intergrupales organizados. La explicación reside en el hecho de que en el entorno ártico el poder muscular superior de los hombres desempeña en la producción un papel análogo al que juega en la guerra en otras regiones. Los esquimales necesitan todo gramo extra de músculo para rastrear, atrapar y matar a sus presas animales. A diferencia de lo que les ocurre a los cazadores en las zonas templadas, los esquimales encuentran obstáculos para llegar a un exceso de matanzas. Su problema consiste, simplemente, en conseguir lo suficiente para comer y para evitar que su población caiga por debajo del nivel de la fuerza de reposición. No pueden confiar en la recolección de alimentos vegetales como fuente principal de calorías. En ese contexto, los hijos resultan socialmente más valiosos que las hijas, incluso sin combates frecuentes, y tanto hombres como mujeres colaboran para limitar la cantidad de niñas, del mismo modo que si los varones fueran necesarios para el combate.

En hábitats más favorables, sería difícil mantener altos niveles de infanticidio femenino en ausencia de la guerra. Los pueblos grupales y aldeanos comprenden claramente que la cantidad de bocas a alimentar está determinada por la cantidad de mujeres del grupo. Pero les resulta difícil limitar la cantidad de niñas a favor de los varones porque, en otros aspectos, las mujeres son más valiosas que los hombres. Al fin y al cabo, las mujeres pueden hacer la mayoría de las cosas que los hombres pueden hacer y son las únicas que pueden dar a luz hijos y criarlos. De no ser por su contribución a largo plazo al problema de la población, en realidad las mujeres constituyen un mejor negocio en la perspectiva de la relación entre costos y beneficios. Los antropólogos se han equivocado con respecto al valor trabajo de las mujeres en virtud de que, entre los cazadores-recolectores, nunca se han observado mujeres que cazaran animales de caza mayor. Esto no demuestra que la división del trabajo observada surja naturalmente de la fuerza muscular de los hombres ni de la supuesta necesidad de las mujeres de quedarse cerca de la fogata del campamento para cocinar y atender a los hijos. En termino medio, los hombres quizá sean más fuertes, más resistentes y corredores más veloces que las mujeres, pero en hábitats favorables existen muy pocos procesos de producción en los cuales estas características fisiológicas tornen a los hombres decisivamente más eficaces que las mujeres. En las zonas templadas o tropicales, la media de producción de carne está limitada por la tasa de reproducción de las especies de presa más que por la habilidad de los cazadores. Las cazadoras podrían sustituir fácilmente a los hombres sin reducir la provisión de proteínas de alta calidad. Varios estudios recientes han demostrado que entre los horticultores, las mujeres, a pesar de que no practican la caza mayor, suministran más calorías y proteínas en forma de vegetales alimenticios y pequeños animales. Además, la necesidad de que las mujeres amamanten a los niños no conduce «naturalmente» a su papel como cocineras y «personas domésticas». La caza es una actividad intermitente y nada impide que las mujeres que amamantan dejen a sus hijos al cuidado de otra persona durante pocas horas una o dos veces por semana. Puesto que algunos grupos se componen de parientes íntimamente relacionados, las cazadoras-recolectoras no están tan aisladas como las obreras modernas y no tienen dificultades para conseguir las equivalentes preindustriales de las cuidadoras y las guarderías.

La explicación de la exclusión casi universal de las mujeres de la caza mayor parece residir en la práctica de la guerra, en los papeles sexuales de supremacía masculina que surgen junto con la guerra y en la práctica del infanticidio femenino, todos los cuales derivan primordialmente del intento de resolver el problema de la presión reproductora. Prácticamente todas las sociedades grupales y aldeanas sólo enseñan a los varones a dominar el uso de las armas y con frecuencia se prohíbe a las mujeres que incluso las toquen, del mismo modo que generalmente se las disuade o se les prohíbe que participen en el frente de combate.

La proeza militar masculina está íntimamente asociada con un entrenamiento sexualmente diferenciado para una conducta feroz y agresiva. Las sociedades grupales y aldeanas entrenan a los hombres para el combate a través de la práctica de deportes competitivos como la lucha libre, las carreras y los duelos. Las mujeres rara vez participan en estos deportes y jamás compiten con los hombres. Las sociedades grupales y aldeanas también infunden masculinidad al someter a los muchachos a pruebas extraordinarias que incluyen mutilaciones genitales como la circuncisión, la exposición a los elementos y encuentros alucinatorios provocados por las drogas con monstruos sobrenaturales. Es verdad que algunas sociedades grupales y aldeanas también someten a las muchachas a rituales de la pubertad, pero generalmente se trata de pruebas donde predomina el tedio más que el terror. Las muchachas son confinadas en chozas o habitaciones especiales durante un mes o más, período durante el cual tienen prohibido tocar su cuerpo; si llegan a sentir algún escozor, deben utilizar un instrumento semejante a un rasca-espalda. En ocasiones, se les prohíbe hablar durante el período de reclusión. Asimismo es verdad que algunas culturas mutilan los genitales femeninos al cortar una parte del clítoris, pero se trata de una práctica muy poco común y ocurre con mucha menos frecuencia que la circuncisión.

Persiste la cuestión acerca de por qué todas las mujeres quedan excluidas de ser entrenadas militarmente como pares de los hombres. Hay mujeres con más fuerza muscular y potencia que algunos hombres. La ganadora de la prueba femenina de lanzamiento de jabalina en las Olimpíadas de 1972 fijó un récord de 63,88 metros, que no sólo supera el potencial de lanzamiento de la mayoría de los hombres sino que también mejora la actuación de varios ex campeones olímpicos de lanzamiento de jabalina masculino (aunque utilizaron jabalinas ligeramente más pesadas). Si el factor crucial para la formación de una banda guerrera es la fuerza muscular, ¿por qué no incluir en ella a las mujeres cuya potencia iguala o supera la del varón enemigo medio? Creo que la respuesta reside en que el éxito militar ocasional de hembras bien entrenadas, corpulentas y potentes, contra hombres más pequeños entraría en conflicto con la jerarquía sexual a partir de la cual se predica la preferencia por el infanticidio femenino. Los hombres que son guerreros triunfadores son recompensados con varias esposas y privilegios sexuales que dependen de que las mujeres sean educadas para aceptar la supremacía masculina. Si todo el sistema ha de funcionar uniformemente, no se puede permitir que una mujer tenga la idea de que es tan valiosa y potente como cualquier hombre.

En síntesis: la guerra y el infanticidio femenino forman parte del precio que nuestros antepasados de la Edad de Piedra tuvieron que pagar para regular sus poblaciones con el fin de evitar una disminución de los niveles de vida al mínimo nivel de subsistencia. Creo que la flecha causal apunta desde la presión reproductora a la guerra y al infanticidio femenino más que a la inversa. Sin las presiones reproductoras, carecería de sentido no criar tantas niñas como niños, aunque se considerara más valiosos a los hombres a causa de su superioridad en el combate cuerpo a cuerpo. El modo más rápido de ampliar la fuerza combativa masculina sería considerar a cada niñita como de gran valor y no matar ni descuidar a una sola. Dudo de que algún ser humano no haya comprendido la verdad elemental de que para tener muchos hombres ha de comenzarse con tener muchas mujeres. La imposibilidad de las sociedades grupales y aldeanas de actuar de acuerdo con esta verdad no indica que la guerra fue provocada por el infanticidio, o éste por la guerra, sino que ambos, así como la jerarquía sexual que acompañaba estos azotes, fueron provocados por la necesidad de dispersar a las poblaciones y de disminuir sus tasas de crecimiento.

Harris, Marvin - Caníbales y reyes - Alianza Editorial - 1987 (3ª Edición, 2011)

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