¿Qué ocurrió de verdad en Palomares?

EL ACCIDENTE DE PALOMARES, LA VERDAD

The New York Times logró identificar a 40 personas que ayudaron en la limpieza. 21 tenían cáncer y 9 habían muerto por esa causa. Sin embargo, aquí no termina el problema. El tabloide denuncia que, tratamientos que deberían de ser gratis para los afectados -las víctimas de radiación conocidas deben recibir tratamiento gratuíto-, tienen que pagar más de 2.000 dólares al mes para tratar los distintos cánceres que padecen. La negativa de las Fuerzas Armadas a declarar el desastre de Palomares como altamente radiactivo y dañino impide que los afectados sean catalogados como tal.

El de Palomares fue uno de los accidentes nucleares más importantes de la historia y, según cuenta el New York Times, Estados Unidos quiso limpiarlo “rápido y en silencio”, ofreciendo a los encargados ninguna protección salvo trajes de algodón, máscaras y guantes.

EL ACCIDENTE

Palomares es una pedanía del municipio de Cuevas de Almanzora en la costa de Almería. La mañana del 17 enero 1966 sucedió algo que pudo convertir el término municipal en una catástrofe infernal.

El mayor Emila Chapla pilotaba un avión KC135 ─ denominado Troubadour 14─ de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos que había despegado de la base conjunta de Morón de la Frontera, en Sevilla, con la misión de encontrarse a más de 30.000 pies de altura con un de B-52 Stratofortress ─denominado Tea 12─, al que debía reabastecer de combustible en vuelo. El bombardero venía de hacer un vuelo rutinario estratégico por la frontera de Turquía, cerca de la de la Unión Soviética, algo normal durante la Guerra Fría. En su bodega transportaba cuatro bombas termonucleares tipo B-28 de un megatón y medio de potencia cada una, 75 veces más potentes que las arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki.

El bombardero apareció puntualmente donde debía ser abastecido, Sadle Rock, un promontorio con forma de silla de montar situado en la vertical de la desembocadura del río Almanzora, cerca de Palomares. Cuando los dos aviones estuvieron en condiciones de realizar la operación, el mayor Chapla desplegó la pértiga del morro de su avión mientras observaba como el bombardero ascendía suavemente para encajarla en el embudo que estaba situado justo detrás de la cabina, en la parte superior de la proa del fuselaje. Esta operación, como casi todas a este nivel de especialización, no está exenta de riesgos y exige un grado de concentración y habilidad muy altos por parte de las tripulaciones de ambos aviones. Pero han realizado tantas veces la maniobra que para aliviar la tensión bromean entre ellos. El comandante de bombardero les pide que cuando terminen de abastecerlos, hicieran el favor de limpiarle el parabrisas.

KC-135_Stratotanker_boom_operator

Pero todo empieza a ir de forma extraña. El bombardero se acerca en un ángulo demasiado alto y a una velocidad excesiva. Trata de avisarlo, pero ya es tarde. Impactan el uno con el otro y al saltar las chispas y desprenderse la pértiga chorreando queroseno, se produce una reacción en cadena y provoca la explosión de los 110.000 litros que lleva en su interior el KC-135. Los dos aviones caen en una amalgama de metal y fuego.

De todos los tripulantes de los dos aviones sólo consiguen saltar en paracaídas cuatro. Los otros siete mueren en el accidente. Los restos del avión están esparcidos por mar y tierra. Entre estos restos están las cuatro bombas atómicas que descendieron lentamente gracias a los paracaídas de frenado. Dos de ellas no sufrieron ningún desperfecto, cayendo una en tierra y la otra el mar. Las otras dos han caído en Palomares, explotando solamente la carga convencional que servía de detonante para conseguir la primera reacción nuclear, liberando así cantidades importantes de plutonio 239 altamente radiactivo.

palomares-vanguardia

CÓDIGO BROKEN ARROW

A los 45 minutos del accidente se activa el plan de emergencia de los americanos denominado broken arrow (flecha rota). Comienza así la búsqueda y recuperación de los artefactos por parte de un equipo militar de especialistas que llegó directamente desde Estados Unidos. Mientras en la embajada estadounidense en Madrid se informa a las autoridades españolas de los graves incidentes, se comienza a desplegar un cinturón de seguridad formado por agentes de la Guardia Civil en la zona donde están los restos de los aviones accidentados. Como siempre se trató de esconder la información a los medios de comunicación mencionando simplemente que hubo un accidente aéreo de aviones militares estadounidenses, sin mencionar en ningún momento las armas nucleares. Pero lo que no pudieron esconder es al personal desplegado en la zona de Palomares, con aparatos especiales, extraños y desconocidos, manejados por personal enfundado en trajes de protección anti radiación, maniobra, que por cierto, levantó grandes sospechas. Pero como siempre hay filtraciones, se supo que era un avión tipo B-52 y el material que transportaba. Además, se obligó a los vecinos del pueblo a permanecer en sus viviendas, desconociendo lo que estaba pasando a su alrededor.

Una ciudad portátil apareció, de la noche a la mañana, montada por los americanos, el conocido como campamento Wilson, donde se coordinaron todas las tareas de búsqueda y limpieza que había implicado a más de 600 miembros de las fuerzas armadas estadounidenses y cientos de trabajadores españoles contratados para la descontaminación de la zona expuesta a la radiación.

Dos de los artefactos nucleares que transportaba el B-52 estrellado ayer en España sufrieron la detonación del explosivo convencional [en su mayor parte TNT o trinitrotolueno]

COMIENZA LA BÚSQUEDA

La primera bomba fue descubierta rápidamente gracias al reconocimiento aéreo, estaba entre los campos de cultivo. Al final de la tarde tras el aviso de la guardia civil, a unos 270 metros de la playa. Se podía ver perfectamente debido a que la carga convencional de explosivos que se utiliza para que se produzca la reacción de la bomba atómica había explotado y había originado un gran cráter visible desde el aire. Pero al igual que servía para hacerla visible, esparció su mortal carga a la atmósfera y la tierra circundante. Otra fue encontrada a cinco kilómetros del pueblo, estaba dentro de un cráter de 6 metros de diámetro y 2 de profundidad; el explosivo convencional había sido detonado, liberando parte del plutonio, y los militares hablan de una «presencia significativa de contaminación alfa en la zona». Una tercera apareció en las afueras de Palomares. La tercera se encontró una hora después, cerca de la casa de unos vecinos; el hombre que la encontró dentro del cráter le pareció extraño que desprendía un humo que resultó ser en realidad un polvo altamente radiactivo liberado por la explosión. Este buen señor no se le ocurrió otra cosa que examinar el artefacto lo más cerca posible y para ello se subió sobre la bomba y cuando se bajó de ella, comprobó la dureza de los materiales propinándole una patada. No se imaginaba lo cerca que estaba de la muerte. Como no conseguía resolver el extraño enigma que tenía delante de sus ojos,  se decidió a buscar que quiere pudiera explicarle, que demonios era aquello. Durante ese tiempo los estadounidenses estuvieron buscando la bomba y gracias a este buen vecino la encontraron.

Las bombas termonucleares emiten partículas alfa, beta y gamma de las que las primeras son las menos peligrosas ya que permanecen estáticas ─como una nube de polvo─ y no pueden atravesar la piel. No obstantes, pueden ser inhaladas ─la forma más peligrosa─ o ser ingeridas, al estar presentes en los alimentos, aunque en este caso, si la concentración no es muy alta pueden pasar a través del sistema digestivo sin que se produzcan daños.
Detalles de dos de la bombas recuperadas en Palomares, una de ellas abollada.
Detalles de dos de la bombas recuperadas en Palomares, una de ellas abollada.

Sólo nos falta encontrar la cuarta bomba termonuclear. Se tenía la certeza de que había caído al mar, pero no había nada que indicarán con exactitud el punto en donde se debía empezar la búsqueda. Se inicio así una de las mayores operaciones de rescate desarrolladas por la marina de los Estados Unidos. Se movilizaron 43 barcos con más de 3.000 hombres a bordo, buzos especializados y por supuesto, especialistas civiles. Se desplegó todo lo último tecnología que los americanos poseían. Submarinos nucleares y batiscafos que podían sumergirse a profundidades abisales. Había que descubrirla antes de que se produjese una explosión de dimensiones dantescas. Nadie sabía lo dañado que se encontraba el armazón externo del artefacto, podía haberse producido fugas por pequeñas grietas en la superficie del mismo. El tiempo estaba en contra de los equipos de operaciones.

Tanta actividad atrajo también a una serie de barcos pesqueros con pinta de estar a punto de hundirse debido al desgaste y las capas de óxido que los cubrían. Nada más lejos de la realidad, sólo era el camuflaje de barcos soviéticos que venían a ver estaba cociéndose en la zona. Con sus antenas camufladas dentro de los  mástiles, se dedicaban a otear el horizonte en busca de movimientos extraños y desplegaban sus antenas para oír todo lo que los americanos decían. Simplemente fue un problema añadido al que había que hacer frente.

PACO «EL DE LA BOMBA»

Los equipos de buceo y submarinistas, el batiscafo y los dos mini submarinos no encontraba el rastro de absolutamente nada. Se especulaba con que la bomba podía de quedado oculta bajo el limo del fondo marino, lo que haría seguramente imposible su localización de forma visual. Había pasado ya un mes del accidente y el presidente estadounidense Lindon B. Johnson quería resultados inmediatos. De pronto apareció, por arte de magia, una persona fundamental para el desenlace del misterio.

Francisco Simó Orts, Paco para los vecinos del pueblo, era un pescador del pueblo de Águilas, Murcia. Curiosamente, el día del incidente se encontraba frente a Palomares pescando y comentó que había visto caer algo desde el cielo con una forma extraña, parecida a una bombona de butano, pero que llevaba adheridos paracaídas. Se hundió demasiado deprisa, pero no evitó que el pescador merodeara por la zona intentando descubrir qué era aquello que había visto. Viendo que no encontraba nada, siguió pescando a su aire. Cuando terminó su faena y desembarco en tierra, le comentó lo que le había ocurrido los vecinos y éstos a su vez se lo comunicaron a los americanos. En ese momento, a nadie se lo ocurrido relacionarlo con el incidente las bombas, hasta que unos días más tarde alguien ató cabos.

Lugares donde cayeron las bombas

Cuando los americanos escucharon la historia de Paco, se dieron cuenta de que era verosímil relacionarlo con el accidente. Los dos paracaídas que les comentó el pescador eran sin duda los que se utilizaban en el lanzamiento: el primero para estabilizar para alcanzar el objetivo y el segundo de seguridad. Entonces le pidieron que los llevará hasta el sitio donde él se encontraba en ese momento. Los llevó hasta allí, pero no tenía la certeza del sitio exacto. Sin embargo, esto ayudó mucho a reducir el campo de búsqueda, que aun siendo amplio era mucho menor. El 15 de marzo, dos meses después del accidente, el mini submarino Alvin, descubrió un rastro en el fondo del lecho submarino a 800 metros de profundidad. Estuvieron inspeccionando la zona, pero tuvieron que emerger por la falta de oxígeno. Al día siguiente volvieron a la zona, rastreando nuevamente, y cuando estaban a punto de abandonar, vieron un objeto extraño. Se aproximaron a el y descubrieron que era un paracaídas. Siguieron las cuerdas hasta una roca con una inclinación de más de 70° que desembocaba en el borde de un acantilado submarino de más de 1800 metros de profundidad. En el saliente estaba posada, en equilibrio forzado, la bomba nuclear.

El problema estaba en conseguir rescatar la bomba sin que cayera a las profundidades, lo que quizás convertiría inviable la recuperación y conseguir subirla a la superficie. Para ello se utilizó un robot submarino conocido con las siglas CURV (Cable- controlled Undersea Recovery Vehicle, vehículo controlado por cable de recuperación submarina), que se utilizaba normalmente para rescatar torpedos del fondo marino. Después de tres semanas de trabajo milimétrico, el 7 de abril de 1966 se consiguió subir la bomba a la cubierta del USS Petral, un buque de la Marina de los estados Unidos especializado en el rescate de submarinos. Por suerte la bomba estaba intacta, parecía hasta inofensiva. Una vez desactivada se mostró el artefacto a la prensa internacional posada tranquilamente sobre la cubierta del USS Petral.

La cuarta bomba de Palomares mostrada a los medios en la cubierta del barco.
La cuarta bomba de Palomares mostrada a los medios en la cubierta del barco.

EL BAÑO DE PALOMARES

La España de 1966 vivía del turismo que el gobierno de tecnócratas de la época quería potenciar para poder realizar el despegue económico tan ansiado por Franco. El boom del desarrollismo se llamó. Almería y sus costas estaban dentro de estos planes y a tal efecto se estaba construyendo un Parador Nacional de Turismo en la localidad de Mojácar, que casualmente se encontraba cerca de Palomares. Dio la coincidencia de que la inauguración coincidió con el incidente nuclear. Para contrarrestar los efectos de la radiactividad sobre el turismo, la embajada de Estados Unidos en Madrid y el gobierno español en pleno se dedicaron a buscar la manera de distraer la atención de los medios internacionales. Estaba presente en esta reunión Manuel Fraga Iribarne, ministro de Información y Turismo del franquismo, y el embajador americano en Madrid, Angier Biddle Duke. Y parece que fue el embajador americano el que dio la idea final que consistía en un gesto de propaganda en el cual habría que darse un chapuzón en las aguas almerienses, para demostrar que el Mediterráneo estaba libre de radiación. Se ofrecieron a dar ejemplo el mismísimo embajador americano y Manuel Fraga. La escenificación tuvo lugar el día 7 de marzo y así matar dos pájaros de un tiro, inaugurando el Parador, cuya fecha inaugural un principio estaba pensada para el día 17 de ese mismo mes. Pero nadie se le ocurrió imaginarse que eran dos personas ególatras las que tenían que montar el paripé. Era un choque frontal de trenes llenos de egolatría.

Manuel Fraga y el embajador de EE.UU. en España, Angier Biddle dándose un baño de confianza.
Manuel Fraga y el embajador de EE.UU. en España, Angier Biddle dándose un baño de confianza.

Biddle Duke llegó antes a la playa que estaba situada enfrente del hotel donde se alojaba. Esperó durante unos minutos a que apareciera el representante español. Como no aparecía, decido darse un chapuzón el sólo ante los periodistas. Después, cambiado de ropa, se fue a tomar un refrigerio a la terraza del hotel y en ese momento apareció Fraga dispuesto a darse el baño de multitudes. Blidde Duke se tuvo que volver a cambiar de vestimenta, enfundarse de nuevo el bañador y esta vez sí acompañar a Fraga a la playa de Quitapellejos, situada en Palomares. Allí es donde pudimos ver el gigantesco bañador de Manuel Fraga. El embajador americano tuvo que dejar a un lado su traje hecho medida por una de las mejores sastrerías londinenses y pedirle a un Navy Seal el suyo. Los periodistas se empujaban unos a otros para conseguir la mejor toma y en este de follón Manuel Fraga comentó: “yo me baño en Galicia todos los veranos con aguas mucho más frías y aguantando todo tipo de temperaturas“. La foto de ambos emergiendo del chapuzón, apareció al día siguiente publicada en el New York Times, y por supuesto no podía faltar el noticiario español por excelencia del franquismo, el NO-DO.

NACIÓN

Mientras se recordaba la bomba, la cuarta, se realizaron otras operaciones para limpiar y descontaminar el suelo donde habían caído las otras tres. Participaron más de 1.600 hombres de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos y miles de trabajadores de la zona. Al contrario que los equipos de descontaminación estadounidenses, a los guardias civiles que se encargaban de la seguridad de la zona y al personal civil no se le dio ningún tipo de equipo de protección.

Se retiraron 1500 toneladas de tierra y cultivos, contaminados en un área con una extensión de 25 km², por lo que hubo que trabajar día y noche. Los residuos fueron recogida en barriles que se transportaron a Estados Unidos, al almacén Savannah River, creado especialmente para residuos radiactivos, que estaba situado en Aiken, Carolina del Sur.

Se piensa que unos tres kilos de plutonio quedaron esparcidos por el terreno, lo que los hacía imposible de recuperar y limpiar, además de dispersarse en el aire. El plutonio 239 emite radiación alfa y tiene una vida media de 25.000 años, no es soluble y durante todo este tiempo es capaz de contaminar todo aquello que toca, incluida agua y tierra. Durante ese tiempo el gobierno español siguió al pie juntillas todas las indicaciones de los especialistas americanos sobre el control y medición de la contaminación radiactiva. En 1986 los archivos fueron desclasificados por el partido socialista. Lo que sí sabemos es que jamás se realizó un estudio epidemiológico en referencia a enfermedades asociadas a la exposición a la radiactividad y toxicidad del plutonio, ni sobre el personal especializado que trabajaba, ni sobre la población local.

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Bidones con tierra contaminada que serán trasladados a Estados Unidos.

Los estadounidenses gastaron más de 80 millones de dólares en las operaciones de recuperación y limpieza. En 1989 una comisión del gobierno de Estados Unidos acordó el pago de indemnizaciones para 552 reclamaciones presentadas por los habitantes de palomares por un montante de unos 600.000 $. Se construyó una planta desalinizadora que costó 200.000 $. Y volviendo a recordar a ese personaje fundamental, Paco «el de la bomba»,  nadie supo a cuánto ascendió la cantidad recibida. Éste se hubiera quedado satisfecho sólo con las condecoraciones oportunas, pero un avispado abogado neoyorquino, Herbert Brownell, se enteró de que el coste de la bomba recuperada del fondo marino era de 2.000 millones de dólares.

Según el derecho marítimo, no se tiene claro si es el uno o dos por ciento del valor nominal del objeto recuperado, le pertenece a la persona que indicó donde se encontraba el objeto. Brownell interpuso una demanda ante la Corte Federal del Estado de New York en representación de Francisco Simó, reclamando los derechos de salvamento de la bomba, lo que podía suponer entre 20 y 40 millones de dólares. Nadie sabe cómo supuso en contacto Brownell con Paco para convencerlo de que tenía que denunciar, pero lo que sí tenemos claro es que la demanda próspero. Al final se llegó a un acuerdo extrajudicial por un importe que nadie ha sabido y que no fue Paco el que se llevó gran tajada de los millones recibidos.

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Teniendo en cuenta que habían caído en un espacio de terreno muy pequeño, de momento sólo se tenía que lamentar la muerte de los siete tripulantes de los aviones. Después se supo que hubo más muertos civiles de personas de la comarca de Palomares, pero se consideraron daño colateral mínimo, con la perspectiva de la cantidad de vidas humanas que hubiera causado si solamente una de las bombas hubiera explotado, no queramos imaginar si hubieran explotado las cuatro. Lo que sí tenemos claro es que a Estados Unidos le salió el incidente barato. Solo pago el precio de la descontaminación de los terrenos y las indemnizaciones de los particulares, ninguno de los cuales se atrevió a protestar, por mínimas que estás fueran. La autoridad españoles, ejerciendo de mamporreros ante los amricanos, sin reclamar nada, no fuera que los americanos se molestaran. Lo único que nos quedó como recuerdo interesó e imborrable de aquel incidente fue la foto impagable de Manuel Fraga bañándose en las playas de Almería. Parece que aquí no ha pasado nada, pero los controles rutinarios que se hace a la población desde entonces, demuestran que el nivel de plutonio radiactivo en su organismo, alcanzó la nada desdeñable cifra de un 29 %. El Consejo de Seguridad Nuclear ha prohibido construir viviendas en la zona donde cayeron las bombas. Además, nos queda la duda de si fueron realmente cuatro bombas solamente. Estudios recientes han demostrado que los niveles de radiactividad han aumentado, por lo que se está pensando que una quinta bomba cayó y nunca fue recuperada, ocultándose para siempre al público y a los medios su existencia.

Actualización 03/09/2020

El Tribunal de Apelaciones de EE.UU ha dictaminado que los soldados que enfermaron por limpiar la playa española de Palomares (Almería) tienen derecho a demandar indemnizaciones por discapacidad. Muchos de estos soldados acabaron desarrollando distintos tipos de cáncer y según los magistrados que llevan el caso esto fue consecuencia de su alta exposición a material radiactivo.

Víctor Skaar, un veterano de la Fuerza Aérea que participó en la limpia de la playa almeriense padece ahora de una grave leucemia. Él ha liderado la demanda colectiva que ha dado como resultado el reconocimiento de la contaminación fruto del accidente.

Durante años las demandas realizadas por los afectados fueron desestimadas. Décadas de silencio en las que, tanto Estados Unidos como España, negaron rotundamente que las aguas del Palomares hubiesen quedado manchadas de radiación.

REFERENCIAS

 
  Even Without Detonation, 4 Hydrogen Bombs From ’66 Scar Spanish Village.
  Una veintena de militares de EEUU que limpiaron Palomares tiene cáncer, según investigación del New York Times.
  Wikipedia: incidente de Palomares.
  Biblioteca El Mundo, tomo 26: del chapuzón de Palomares al final de la censura previa.
  Episodios ocultos del franquismo, José Luis Hernández Garvi (EDAF), 2011.
  ‘John Young, muerto de cáncer; Furmanksi, cáncer; Dudley Easton, cáncer…’ Andaluces.es
  Las 32 toneladas de armamento que puede llevar un B-52 Smithsonian Chanel
  “Historia a pie de calle” Alberto de Frutos Smithsonian Chanel