Curiosidades del mundo del arte y de las ciencias

Unamuno

Unamuno 5
Momento en el que Unamuno sale de la Universidad de Salamanca seguido de los fans de Millán Astray para refugiarse en el coche de Carmen Polo.

El 12 de octubre de 1936, siendo don Miguel de Unamuno el rector de la Universidad de Salamanca, se celebraba en esta institución un acto en conmemoración del Descubrimiento de América y de la expansión universal de la cultura hispánica. Mientras intervenía, Millán Astray general de la legión, sus partidarios en la sala coreaban sus frases con el eslogan de la legión: «¡Viva la muerte!». Unamuno no pudo contenerse y, aludiendo burlonamente a dicho lema, se volvió hacía el general, diciéndole que el movimiento militar debía no solo vencer sino también convencer y que no creía que estuvieran capacitados para esta última tarea. Un enfurecido Millán Astray contestó con un «¡Muera la inteligencia!» y, según parece, solo la intervención de la mujer de Franco, que presidía el acto, evito que el general pegara al rector. Pocos días después, Unamuno fue destituido de su cargo de rector, y sus amigos ya no se atrevían a sentarse con él en su café favorito del centro de la ciudad. En la más amarga soledad, murió dos meses después en su casa, víctima de una profunda pesadumbre.

En uno de esos actos, Carmen Polo, señora de Francisco Franco, en la Universidad de Salamanca, tuvo que defender a Unamuno, al que cobijó en su coche oficial, de la bestia que era el antiguo jefe de los legionarios Millán Astray, cuyos guardaespaldas amenazaban con pegar al viejo profesor por un comentario anti belicista. Sin embargo este acto noble con el venerable anciano fue una excepción en su trayectoria. Lo cierto es que, por otra parte, Carmen odiaba al viejo legionario por sus modos rudos y groseros y su actitud mujeriega… todo lo contrario del santo de su marido. Le gustó dejarle con un palmo en las narices y salvar de su rabia a Unamuno.

Bertrand Russell

bertrand-russell
Se cuenta que mientras explicaba en clase que «de una proposición falsa podía extraerse cualquier consecuencia», un alumno le interrumpió diciéndole:
─¿Quiere usted decir que si aceptamos que 2 + 2 = 5, entonces podemos concluir que usted es el papa de Roma?
Russell contestó inmediatamente:
─Mire, si 2 + 2 = 5, reste usted 2 y obtendrá que 2 = 3, o sea que 3 = 2; y si ahora resta usted 1 a ambos miembros, obtendrá que 2 = 1. Puesto que el papa y yo somos dos, y puesto que 2 = 1, estará usted de acuerdo conmigo en que el papa y yo somos uno, luego yo soy, en efecto, el papa de Roma.

Platón vs Diógenes

Tras oír que Platón definía al hombre como «un animal de dos patas sin plumas», el filósofo Diógenes le envío a su academia un gallo desplumado, comentando: «Aquí está el hombre de Platón». Platón tuvo que añadir a su definición: «[…] con uñas anchas y planas».

Francisco Sales

Francisco Sales es un matemático español del siglo XX que un día le dijo a un alumno que había sacado a la pizarra:
─Veamos si tiene usted talento de matemático. Explíquenos paso a paso qué haría usted para freír un huevo, suponiendo que tiene el aceite, el huevo y las cerillas encima del mármol, y la sartén en el armario.
El alumno, extrañado, lo describió más o menos así:
─Agarraría las cerillas, encendería el fuego, sacaría la sartén del armario, echaría aceite en la sartén, pondría la sartén en el fuego, esperaría a que se calentara, luego rompería el huevo, lo echaría en la sartén…
A cada paso, Sales iba diciendo: «Bien, va usted bien. Sigas, siga». Cuando acabó, le dijo al alumno:
─Ahora, explique de nuevo cómo lo haría de nuevo si tuviera la sartén en el mármol ya.
El asombrado alumno, respondió más o menos igual que antes:
─ Agarraría las cerillas, encendería el fuego, echaría aceite en la sartén, pondría la sartén en el fuego…
Acabada la explicación, Sales le dijo:
─No tiene usted talento matemático; un matemático hubiera contestado: «Metería la sartén en el armario y aplicaría el método del caso anterior».

El chofér de Einstein

albert-einstein_1
Einstein que obtuvo su Premio Nobel de Física por sus trabajos sobre el efecto fotoeléctrico, no sobre la teoría de la relatividad, era invitado con asiduidad a dar conferencias en universidades y organismos científicos. Solía viajar con chófer y este en un momento dado le comentó que era tremendamente aburrido repetir siempre lo mismo. Le dijo:
─He oído su conferencia tantas veces que me la sé de memoria; si usted quiere, cualquier día puedo sustituirle y darla yo.
Einstein le tomó la palabra y accedió un día en que suponía poco probable que alguien en la sala de conferencias pudiera reconocerle. Todo iba de maravilla, nadie le había reconocido y el chófer había pronunciado muy bien la conferencia, hasta que alguien le hizo una pregunta de cuya respuesta el pobre chófer no tenía ni idea. Sin embargo, tuvo la ocurrencia de contestar:
─Su pregunta, caballero, es tan sencilla que estoy seguro de que hasta mi chófer podría contestarla, así que dejaré que sea él mismo quien lo haga.