Un par curiosidades de los años 30 en España

La feria del Libro
En 1930 la tasa de analfabetismo en España se acercaba peligrosamente a la mitad de la población, y era especialmente doloroso en el caso de las mujeres. En las 12 universidades españolas había poco más de 33.000 estudiantes matriculados y de este número sólo 1500 eran mujeres.

En 1923, Vicente Clavel Andrés, periodista, escritor y editor valenciano, propuso por primera vez la celebración del Día del Libro. Lo consiguió, pero le costó tres largos y arduos años y así el 7 de octubre de 1926 se celebró.

Primera feria del libro

Clavel expuso su plan en la Cámara del Libro de Barcelona, de la que era vicepresidente, pero parece que no tuvo mucho apoyo aunque la idea gustó por parecer «simpática». Se dedicó a difundir su idea por la capital a ver si por un casual Alfonso XIII le echaba una mano, aunque se declaraba profundamente republicano. Fundador de la editorial Cervantes en 1916.

A propuesta del ministro de Trabajo, el día 6 de febrero de 1926, Alfonso XIII firmó el real decreto del Día del Libro, que además contemplaba el incremento de bibliotecas por toda España, el reparto de libros en los establecimientos de beneficencia y hasta la lectura de «trozos escogidos de nuestra literatura» en los cuarteles y buques de la Armada.

Pero no siempre se conmemoró este día el 23 de abril, de hecho, el real decreto establece una fecha muy distinta, el 7 de octubre, que solemniza el «natalicio del príncipe de las letras españolas, Miguel de Cervantes Saavedra». Hoy sabemos que el autor de don Quijote de la Mancha nació, en realidad, el 29 de septiembre y que el 7 de octubre era un solo un cálculo en función de su partida de bautismo, fechada el 9 del mismo mes. De ahí que las primeras ferias del libro, hasta 1961, sucedieran en plena estación otoñal.

Barcelona no tardó en aventajar a Madrid en esta carrera. En ese mismo 1927, el volumen de ventas desbordó todas las previsiones ─¡150.000 pesetas!, 901.52 €uros─, y hubo un establecimiento que facturó hasta 5000 pesetas, unos 30 €. Ante las dudas que suscitaba entre los cervantista la fecha del 7 de octubre se optó por adelantar la jornada al 23 de abril, en memoria de la muerte de Cervantes, y que coincidía con San Jorge, patrón de Catalunya. Así fue como se consolidó Barcelona como capital del libro. No en vano, su promotor, Vicente, había trasladado tiempo atrás su negocio la Ciudad Condal, donde la competencia en los años 20 era feroz: Sopena, Labor, Instituto Gallach, Salvat Editores, Seix y Barral, Juventud, Espasa-Calpe, Gustavo Gili…

Por eso se dice que Gustavo Gili i Roig, fundador de la Cámara del Libro de Barcelona y miembro de la Lliga Regionalista, fue quien enriqueció la tradición con el popular intercambio de rosas para las mujeres y libros para los hombres, que ha pervivido en Cataluña hasta hoy en día. Con buen ojo, los editores presentaban sus obras más atractivas que ese día y muy pronto los autores asumieron con gusto el ritual de firmar sus libros comprados por sus lectores en las casetas editoriales.

El día de la rosa y el libroi, Sant Jordi

El primer Día del Libro tal y como lo conocemos hoy fue el 23 de abril de 1931, nueve días después de la proclamación de la República, lo que restó trascendencia los actos culturales. A los barceloneses les interesaba más en las declaraciones de Francesc Macià o Lluis Company, los líderes de la victoriosa Esquerra Republicana de Catalunya (ERC). Por eso tenemos claro es uno de los libros más vendidos del día fuera el libro del nuevo ministro de Economía, Lluís Nicolau d’Olwer.

A pesar de todo esto los puestos de la Rambla, la plaza de Cataluña o la ronda de la Universidad estaban a rebosar aprovechando el descuento del 10% que ya existía.

Ley de vagos y maleantes

Los rufianes y los proxenetas, los ebrios y toxicómanos, los mendigos, los vagos habituales y todos aquellos que no pudieran justificar la procedencia de sus dineros; así como los que emborrachaban a menores, los extranjeros que incumplían la orden de expulsión, los que se relacionarán de forma habitual con maleantes e incluso los reincidentes, tuvieron a partir de agosto de 1933 problemas debido a la sanción por parte de las Cortes de la ley de vagos y maleantes, conocida popularmente como la Gandula.

Proponía esta ley el internamiento de todos los reclusos «sociales» en colonias agrícolas, en establecimientos de custodia o casas de templanza, implicando también la vigilancia de las autoridades y la imposición de cuantiosas multas.

El texto de la ley, fue redactado por los juristas Luis Jiménez de Asúa y Mariano Ruiz Funes, y firmado por Niceto Alcalá Zamora y Manuel Azaña, presidentes de la República y el Consejo de Ministros, respectivamente, era tan ambiguo que apuntaba también a quienes frecuentaban lugares de dudoso ambiente; así se suponía que iban a conseguir que la gente se tomará el café en la Ópera de la Rambla de Barcelona o de parecidas características y no desviaran su atención y prioridades hacia el barrio Chino, donde los chulos se pavoneaba con camisetas y los locales disponían de código propio.

Durante los primeros tiempos de la República, la Directora General de prisiones, Victoria Kent, hizo lo que pudo para mejorar las condiciones de vida de los recursos, pero a partir de que ya dejó de estar en 1933, el hacinamiento seguía siendo un problema y la ley de vagos y maleantes lo único que hizo es aumentarlo. Al año de su implantación, se habían dictado tres mil condenas, y las cárceles no podían albergar más presos.

Eran tiempos difíciles: no había pan ni trabajo, las huelgas y manifestaciones eran continuas, y en octubre de 1934, una revolución puso contra las cuerdas al gobierno de derechas. La ley de marras fue, entonces desnaturalizada, sus intenciones coleccionistas se vieron y se convirtió en un instrumento represor, que procedió contra sindicatos y simpatizantes de causas políticas «inoportunas». Así fue como bajo esta ley pudieron encerrar Buenaventura Durruti. El Estado aprovechó esta ley para encarcelar a los mendigos y que éstos no fueran vistos en las puertas de las iglesias pidiendo ante la falta de medios del Estado para socorrerlos.

Portada de la revista Estamapa sobre los centros especiales para vagos y maleantes.

Fue en 1934 cuando aparecieron los primeros centros especiales. Podemos ver en la revista Estampa del 18 de agosto de 1934 la imagen de varios recursos en el «primer campo de concentración de vagos y maleantes», el de Alcalá de Henares, que albergaba a 300 de ellos, más de la mitad condenados a cinco años según información de la propia revista. Gracias a este reportaje sabemos que el juzgado especial de Madrid había hasta la fecha 372 sentencias y que había un número muy parecido de sentencias a la espera.

Mientras el resto de las cárceles españolas los maleantes estaban apretujados, en esta cárcel, a diferencia, tenían un espacio mucho más amplio. El sitio era una antigua cárcel de mujeres de habilitada y rodeada por una enorme extensión de cultivos, y se encontraban bajo la custodia de un centenar de vigilantes. Las ocupaciones principales de los reos eran:

Abrir surcos uniformes en los terrenos de regadío, cimentar las pistas de los paseos, encalar los muros, cortar leña, arreglar norias y todo aquello que los vigilantes ordenaban

No era una vida regalada, en el campo había que trabajar y se sudaba por ello y los inquilinos echaban de menos las antiguas “quincenas”, que el reportaje comparaba con “curas de reposo” de 15 días en la cárcel. Un buen número de presos procedentes de Cataluña, se habían curtido como “quinzenaires”, purgando delitos leves en la Modelo de Barcelona.

Entretanto, la sección de tribunales de los diarios desgranaban la aplicación de la ley, y los políticos valoraban su efectividad. La voluntad le sobraba, despertaban los medios.

Tras la Guerra Civil, el régimen de Franco hizo suya la ley y le añadió sendas enmiendas. Una, en 1948, para perseguir el mercado negro. La otra, a partir de 1954, a los homosexuales, metidos en el mismo saco que los tienes, los proxenetas y los explotadores menores.

Los homosexuales sometidos a esta medida de seguridad deberán ser internados en instituciones especiales y, en todo caso, con absoluta separación de los demás.

Como vemos la dictadura fue una suma de daños irreparables, muchos.