17/06/2024

Santos – Abril

1 - Hugón (1053-1132)
Modelo de obispos, uno de lo más santos que registra la historia, y es posible que nunca haya habido nadie con menos vocación episcopal. Se le puso al frente de la diócesis de Grenoble a los veintisiete años y la rigió durante más de medio siglo, siempre suspirando porque le librasen de aquel honor del que se sentía indigno e incapaz.

«Muy lleno de espinas y malezas halló Hugón el campo de la Iglesia de Grenoble», se nos dice: concubinato de clérigos, simonía, usura, pésima moralidad entre los fieles, deudas y mala administración en el obispado, a todo quiso poner remedio el nuevo obispo, pero dos años después consideró que nada sabía solucionar.

Se retiró entonces a un monasterio, pero el Papa le obligó a volver a su diócesis, aunque, cuando en 1084 ayudó a san Bruno a establecerse con sus monjes en la Gran Cartuja, se renovaron sus ansias de vida contemplativa, y muchas veces se iba a vivir por un tiempo con los cartujos como el más humilde de ellos.

A la larga su labor en Grenoble dio frutos: reformó las costumbres, puso coto a los desmanes de los nobles, construyó un hospital y edificó a todos con una vida tan ejemplar que se le canonizó sólo dos años después de su muerte.

Ya en la vejez, atormentado por una continua tentación que le hacía dudar de la Providencia, y con muy mala salud, rogaba insistentemente a los papas que se sucedían que pusieran en su lugar a otro, pero no quisieron atender sus peticiones y murió siendo obispo de Grenoble. Dicen que en sus últimos tiempos perdió del todo la memoria de las cosas humanas (ni a sus amigos conocía), conservando no obstante un recuerdo clarísimo de las materias espirituales que afectaban al bien de las almas.

2 - María Egipcíaca (siglo V)
O María la egipcia, que, junto con su homónima la Magdalena, ha sido siempre patrona de las pecadoras públicas arrepentidas. Porque en su juventud durante diecisiete años fue ramera en Alejandría, «no por intereses, ni por precio, ni dones que le diesen, sino sólo por su gusto».

Un día quiso ir a Jerusalén con unos peregrinos, no por devoción sino por curiosidad, pagó el pasaje con su cuerpo prostituyéndose con los marineros, y una vez en la Ciudad Santa se dispuso a entrar mezclada con la muchedumbre en la iglesia del Santo Sepulcro, pero una fuerza sobrenatural la rechazó una y otra vez, mientras los demás entraban sin obstáculos en el templo.

Comprendió que era a causa de sus pecados, y arrepentida y deshecha en lágrimas, prometió a una imagen de la Virgen que había en el nártex «dar mano a todas las cosas del siglo y entrar por la senda de salvación más estrecha». Entonces pudo entrar en la iglesia, pero de rodillas.

Más tarde se dirigió al Jordán, y en el lugar donde fue bautizado Cristo desató su cabellera, cuya hermosura tanto seducía a los hombres, y la sumergió en el río como una purificación. Y con sólo tres panes, adquiridos con tres monedas que le dieron como limosna, se adentró en el desierto que hay más allá del Jordán para llevar vida penitente en la soledad.

Mucho tiempo después, quizá cuarenta y tantos años, cuando la encontró allí el abad Zósimo, era, nos dice la Leyenda Dorada, «un bulto errante», con el cuerpo denegrido por el sol y los cabellos blancos como la lana. «María la Egipciaca, pecatriz sin mesura», en palabras de Berceo, murió poco después en aquel yermo, desmedida primero en vicios y luego en mortificaciones.

3 - Ricardo (1197-1253)
Un campesino inglés, Richard Wych, nacido cerca de Worcester e hijo de labriegos, que conoció muy bien la dureza de las tareas del campo; parece que pudo hacer un matrimonio ventajoso, pero prefirió ir a estudiar a Oxford, donde vivió años de intenso trabajo intelectual en la pobreza más absoluta.

Es posible que posteriormente estudiara en París y en Bolonia, el hecho es que volvió a su patria ya doctor y en 1235 fue nombrado canciller de su universidad, para convertirse muy pronto en el colaborador más íntimo del arzobispo de Canterbury, su amigo Edmund Rich, es decir, San Edmundo.

Ambos hicieron frente a las pretensiones del rey Enrique III, que se apoderaba de los beneficios eclesiásticos vacantes, la pugna se enconó, juntos conocieron el destierro en Francia, y allí, tras la muerte de san Edmundo, Ricardo fue ordenado sacerdote.

De nuevo en Inglaterra, se le elige obispo de Chichester pese a la oposición del rey, y es entonces cuando da toda la medida de su personalidad: es el prelado inflexible que combate con mayor energía la simonía y el nepotismo, luchando por limpiar de impurezas y bajos intereses la Iglesia de Inglaterra.

Y entre tantos obispos medievales que son comilones, imperiosos, cortesanos, arrogantes y amigos del lujo, él será la humildad y la austeridad personificadas, dejando el recuerdo de un hombre muy sencillo y bondadoso, hasta en detalles de una delizadeza franciscana (prohibió que mataran pajarillos para su comida, porque no habían hecho ningún daño). Tuvo también un constante amor a los pobres y murió en un asilo de Dover que acababa de fundar.

Ya agonizando hizo repetir a los que le rodeaban: «María, madre de Dios y madre de misericordia».

4 - Benito el Negro (1526-1589)
Siciliano de nacimiento y negro de piel, hijo de unos esclavos africanos -tal vez nubios- que trabajaban en una propiedad cercana a Messina, nació también como ellos en la esclavitud y se sabe que de niño fue pastor.

Su amo le dio la libertad y a los veintitantos años se unió a un grupo de eremitas franciscanos, convirtiéndose a partir de entonces en un fidelísimo seguidor del ejemplo del santo de Asís. Después de que este grupo se dispersara hacia 1564, Benito fue aceptado como hermano lego en un convento de Palermo, y como no sabía leer ni escribir se le confiaron las tareas de la cocina.

Un cocinero singular (como por estas mismas fechas lo era así mismo en otros conventos de la orden el español san Salvador de Harta) por su admirable piedad, por su humildad y por las curaciones milagrosas que prodigaba. A todo esto, ¿qué platos saldrían de sus manos, qué guisos angélicos prepararía ese frailecito de color de carbón?

Su singularidad se puso de manifiesto en 1578 cuando a pesar de ser sólo lego y analfabeto encima, se le eligió superior. Costó mucho convencerle de que aceptara, y luego tal vez más de un fraile se arrepintió de haberle convencido, porque impuso la interpretación más estricta y austera de la regla franciscana.

Más tarde fue maestro de novicios y, al parecer, otra vez cocinero, que era lo que él prefería, un santo literalmente entre pucheros, asediado por multitudes de enfermos que invadían la cocina conventual pidiéndole que les sanara con su infalible oración y su gesto taumatúrgico entre el vaho de las cacerolas.

5 - Vicente Ferrer (c. 1350-1419)
Desde la altura del púlpito un fraile dominico predica a la multitud sujetando con la mano izquierda un rollo de pergamino mientras con la derecha traza en el aire como una bendición que en realidad es un ademán persuasivo que subraya su oratoria. Es fray Vicente, catedrático de teología, pero conocido sobre todo como predicador a quien no se resisten las almas.

Con sus sermones (que podemos leer gracias a la rudimentaria taquigrafía de algunos de sus oyentes), de una formidable viveza expresiva, logró conversiones en masa, atraía al cristianismo a judíos y moros, e impulsaba a que le siguieran muchedumbres a veces de hasta diez mil personas.

Este «apóstol de Europa» que, desde su Valencia natal, de la que es popularísimo patrón, recorrió Francia, Italia, Suiza y Alemania haciéndose entender por gentes que ignoraban por completo la lengua materna del orador, la modalidad valenciana del catalán, suscitó vocaciones semejantes a la suya, como la de san Bernardino de Siena, tuvo una fama casi de mago y su recuerdo va unido a toda una milagrería de incierta comprobación.

Y ésta es sólo una de las vertientes de su actividad, porque está también la de consejero político. Fue uno de los grandes defensores de Benedicto· XIII, el Papa Luna (a quien poco antes de morir retiró su apoyo para poner fin al cisma de Occidente), y en 1412 es uno de los protagonistas del compromiso de Caspe.

Cada vez que un santo se mete en política, obviamente con bonísimas intenciones, deja tras de sí una estela de encrespadas polémicas y de rencor. Tal es el caso de Vicente, a quien se admira sobre todo por el don de la palabra, que él consideraba de Dios y no mérito suyo ( a otro maestro de la oratoria sagrada que tuvo un pensamiento de vanagloria, por la noche le comentó el crucifijo ante el cual se recogía: «¡Qué bien he predicado hoy!»).

6 - Prudencio Galindo († 861)
Español de origen pirenaico, quizá catalán o aragonés, y posiblemente emparentado con los condes de Aragón, hacia el año 827 salió de su patria invadida por los musulcomo otros españoles musulmanes, y como otros españoles ilustres de su tiempo en la corte carolingia.

Si su compatriota Teodulfo fue poeta, él destacó como teólogo e historiador, capellán y consejero de Ludovico Pío y Carlos Calvo, y desde mediados de siglo hasta su muerde la ciudad de Troyes, en la Champaña.

Dejó un Anales reales llamados de Saint-Bertin, resonantes polémicas sobre el problema de la predestinación (según algunos, exageradamente agustinianos, hasta casi rozar tesis de lo que luego será el jansenismoCorriente de espiritualidad cristiana que tuvo su origen en las ideas de Cornelio Jansen (1585-1638) y que se caracterizaba por una exigencia de vida virtuosa y ascética y poner la salvación en la gracia divina; fue declarada herética. y diversas obras de piedad, como el Breviarium psalterii y el Florileicra Scriptura.

Poco más sabemos de él, y en sus obras son escasísimas las referencias personales que permitan hacernos una idea
de cómo era este desterrado voluntario que se enorgullece de su hispánico origen y que vincula su nombre y su vida a otras tierras muy lejanas de Europa.

Prudencio Galindo (quizás adoptó su primer nombre como homenaje al gran poeta de la España cristiana primitiva), tan fogoso en la controversia teológica, fue también según la tradición un admirable pastor de almas, y Troyes le veneró como santo desde muy poco después de su muerte. Le imaginamos en el corazón de estos siglos de hierro como un prelado fuerte y con exigencias sin blandura, reservándose cuando podía largas vigilias estudiosas, y siempre con la caridad, tal vez envuelta de rudeza, guiando su solicitud por la fe y por los cristianos.

7 - Juan Bautista de La Salle (1651-1719)
A los quince años se le dio una pingüe canonjía, principio de una buena carrera eclesiástica a la que estaba destinado este retoño de un magistrado de Reims; así se le resolvían anticipadamente todos los problemas materiales, bastaba con ir subiendo cómodo y seguro los peldaños que le separasen de la cumbre, su instalación al frente de una rica diócesis.

El joven de La Salle se ordenó de sacerdote y empezó a complicarse la vida poniéndose a trabajar en escuelas populares, porque quería enseñar a los pobres de los que nadie se ocupaba; para este menester funda la congregación de Hermanos de la Doctrina Cristiana, y se desata la tormenta, esto ya es demasiado, ha ido peligrosamente lejos.

Defrauda las esperanzas de su familia, que se le opone con violencia, llueven pleitos, calumnias, persecuciones, ataques de los jansenistas, hay que hacer frente a la rivalidad de los que tiene por profesión la enseñanza, las autoridades eclesiásticas le ponen trabas e incluso sufre desaires de su obispo.

Para sacar adelante aquella empresa se necesita mucho dinero, y él lo tiene por herencia; es entonces cuando aplicando muy bien la lógica del absurdo que caracteriza a la santidad, renuncia a la canonjía y a sus bienes personales: que quede claro, o su obra se pone exclusivamente en manos de la Providencia o no es de Dios.

Sobre la base de este despropósito humano, haciéndose tan pobre como sus compañeros, desprendiéndose de los medios que parecían imprescindibles para su fin, deslinda su aportación del misterio de lo que Dios tiene que poner en aquel asunto. ¿En quién hay que confütr, en el dinero o en la voluntad divina? ¿Hay que vivir por sí mismo o por otro?

8 - Dionisio de Corinto (siglo II)
Mucho menos vistoso y popular que su homónimo de París, de este san Dionisio sólo sabemos que fue griego, obispo de Corinto hacia el año 171 y que escribió una serie de cartas pastorales a diversas iglesias, algunos de cuyos fragmentos se conservan gracias a Eusebio.

Nada de fantasía y de leyendas, como en el caso del saint Denis francés, sólo dos realidades escuetas y sustanciosas, su dignidad episcopal y su encendido celo por comunicar la verdad, por escribir y escribir, sabiéndose administrador de unos principios de vida con los que había que encender el mundo.

Escribió a los lacedemonios con el título de La paz y la unidad sobre la doctrina católica, a los atenienses sobre la vida evangélica que deben observar, a la iglesia de Nicomedia contra las herejías de Marción, y también a los cristianos de Candía y del Ponto.

A un obispo le aconseja que no se empeñe en hacer guardar a todos castidad absoluta, y que sea comprensivo con la flaquezas de la carne, haciendo que se casen los que no se atreven a perseverar en la virginidad.

«Sin altanería, blasonad de la verdad; sin dureza, pelead por la verdad», esto, que es de san Agustín, parece muy propio aplicarlo a nuestro Dionisia, que no sólo se ocupa de los fieles de su diócesis, sino que no se juzga entremetido exhortando también a los de regiones muy apartadas, considerándose a sí mismo responsable de ellos.

Apóstol sin fronteras, que viaja sin moverse de Corinto por obra de la pluma y el papel, su voz se oye en todo el Mediterráneo para que sea mar de nuestra fe.

9 - Casilda de Toledo (siglo XI)
Casilda, adaptación castellana del árabe «casida», eso es, cantar o poema, se supone hija del rey moro de Toledo Aldemón o Almamún, a quien se ha dado también otros muchos nombres, y era al parecer una princesa muy compasiva que se apiadaba de la suerte de los cautivos cristianos.

En un bello lienzo de Zurbarán la vemos entre majestuosos ropajes llevando rosas en el halda, ya que según la tradición daba de comer a los presos, y al sorprenderla su padre y preguntarle qué ocultaba en los pliegues de su vestido, ella dijo que rosas, y en flores se convirtieron las viandas, como también se atribuye a santa Isabel.

Era ya cristiana de corazón por el trato con aquellos cautivos, pero ¿cómo iba a bautizarse en Toledo?, y entonces empezó a padecer un flujo de sangre que ningún médico acertó a curar; sólo sanaría, le dijo una voz del cielo, bañándose en el lago de San Vicente que hay en tierras de Briviesca.

Aldemón consintió en aquel viaje a los reinos cristianos, y Casilda, después de sanar de su mal tras bañarse allí, se bautizó e hizo construir una ermita en aquel mismo lugar donde vivió santamente hasta su muerte.

«La virgen mora que vino de Toledo», muy venerada en Burgos, reposa en aquel cerro que domina un valle, en el santuario actual, lugar de peregrinación durante siglos y que no deja de frecuentar la piedad de nuestros contemporáneos.

Se la invoca contra el flujo de sangre, y dicen que basta que una mujer pruebe sus aguas y eche una piedra al lago para tener asegurada la descendencia.

10 - Dimas (siglo I)
Es el nombre que los evangelios apócrifos dan al Buen Ladrón, crucificado a la derecha de Jesús en el Gólgota; antes de morir, y en la agonía Cristo no deja de asediar los corazones hasta el último instante, y convierte a un moribundo de buena voluntad que tiene muy cerca (poco después se convertirá Longinos, el de la lanzada).

Dimas, naturalmente patrón de los ladrones, es el viñador de la hora undécima, y sólo por haberlo pedido tras arrepentirse al reconocer que era justo que se le castigara, obtiene la seguridad de salvarse, se le da cita en el Cielo: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso».

Casi nada sabemos de cierto sobre Dimas, pero seguro que debía ser alguien poco recomendable, quizás un salteador de caminos, un criminal (los apócrifos le suponen parricida), desde luego un individuo al que veríamos con justificada desconfianza y al que nos guardaríamos muchos de invitar a nuestra casa. Y esto es precisamente lo que hace Jesús, invitarle a su casa.

Para ello basta una petición: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Una oración muy sencilla y muy pura, que no pide nada terreno -a diferencia de su compañero, el llamado Gestas, no pide que se le salve de la cruz ni invoca ningún merecimiento personal, como acostumbran a hacer nuestras plegarias.

San Dimas, el bandolero ajusticiado, que inspiraría horror o tal vez compasión a cualquier cristiano honorable, resulta que sabe rezar mejor que nosotros, y Jesús antes de morir le promete lo que no prometió tan explícitamente a nadie más, la gloria eterna. Por saber pedir, cuando todo estaba perdido, con infinita humildad y con esperanza.

11 - Estanislao de Cracovia (1030-1079)
Polonia, la mártir de Europa, tiene en la figura de san Estanislao la mejor imagen del martirio intrépido por la fe; por la fe y la necesaria verdad, sobre todo cuando ésta es difícil, incómoda, peligrosísima, hasta el punto de que un cristiano se juega la vida en su proclamación.

Nuestro santo era un joven estudioso que conoció la efervescencia intelectual de la universidad de París, pero, de regreso a la patria, una revolución interior le hizo desdeñar el saber y sus glorias, y después de vender sus bienes se ordenó de sacerdote. Posteriormente fue canónigo y en 1072 era elegido obispo de Cracovia.

Al poco tiempo iba a tener que enfrentarse con el mayor escándalo del reino, la vida de desórdenes y monstruosos vicios de Boleslao II el Atrevido, guerrero audaz y triunfal en sus campañas, para quien no había depravación ni atropello que no considerase lícito para tan gran monarca como él.

El obispo le amonestó una y otra vez, fue objeto de escarnios y humillaciones, y al no doblegarse provocó la cólera real que hacía temblar a toda Polonia. Cuando Boleslao fue excomulgado, se dio la orden de que mataran al insolente que desafiaba al poder, parece que nadie se atrevió a cumplir los deseos del rey, y por fin él mismo dio muerte al prelado.

Estanislao murió ante el altar celebrando misa en la iglesia de San Miguel de Cracovia, su cadáver, lleno de sangre y despedazado a golpes de espada, se expuso como escarmiento en plena calle, pero el asesino tuvo que partir para el destierro, donde murió, y el mártir, nueve siglos después, permanece en la memoria de los polacos como símbolo de la verdad indomable que no se silencia y que hace libres a los que la proclaman.

12 - Sabas el godo († 372)
Una carta sobre su martirio escrita muy poco después de su muerte fecha con notable exactitud los sucesos, que debieron de tener por escenario las tierras del norte del Danubio, posiblemente Tirgoviste, en la actual Rumania.

Sabas, al parecer lector en la iglesia, no debía de ser considerado como una lumbrera, y es significativo que de él se nos diga que «no era elocuente en las palabras»; cantaba y decía los oficios del culto divino, pero su elocuencia para incitar a todos a vivir bien residía mucho más en el ejemplo que en la voz.

En el curso de una persecución fue prendido y soltado al poco tiempo por juzgársele persona insignificante; no valía la pena ensañarse con un infeliz como él, quizá de cortas luces o de muy escasa instrucción, en cualquier caso un don nadie en la comunidad cristiana de aquella turbulenta Gotlandia.

Prendido por segunda vez, «le llevaron desnudo por lugares ásperos y espinosos, dándole muchos palos y azotes», y al ver que su actitud era de mansedumbre y de alegría, una fe tan elocuente exasperó a sus verdugos, que le torturaron hasta dejarle por muerto. Una piadosa mujer le desató de noche y le llevó a su casa, pero volvió a caer en manos de sus perseguidores.

Entonces se le exigió que comiese manjares sacrificados a los ídolos, dando así un testimonio público de apostasía. Es improbable, comosugiere algún hagiógrafo, que en esta ocasión se le desatara la lengua, no era hombre de grandes discursos. Tal vez sólo dijo no o hizo un gesto negativo con la cabeza, aceptando el martirio. Se le ató a un tronco y murió ahogado en el río Buzau.

13 - Hermenegildo († 585)
Para los colegiales españoles de tiempo atrás, de antes del bachillerato socialista, era una estampa ejemplar y dramática, el príncipe mártir cuya muerte fructificó en seguida en la conversión de los reyes visigodos al catolicismo.

Parece que la historia tiene que matizar la cuestión, y sería imperdonablemente ingenuo descartar móviles personales y políticos en ·este crimen del que sabemos poco, y en el que interviene una familia entera movida por convicciones y pasiones que al cabo de los siglos es tan difícil desentrañar.

Su padre, el rey Leovigildo, ¿era enérgico, cruel, hombre de la razón de Estado? ¿Fue una bruja rencorosamente anticatólica la madrastra Godsvinta? ¿Hay que llamar cainita o político astuto al hermano Recaredo? ¿Y qué decir de la fiel y desventurada lngunda, la esposa?

Hechos: Hermenegildo, gobernador de la Bética en 573 influido por su mujer y por el arzobispo san Leandro, abjura el arrianismo y se hace católico, luego se rebela contra su padre, pide ayuda a los suevos y a los bizantinos, y se titula rey. Los aliados le abandonan, Leovigildo toma Sevilla, el príncipe cae en sus manos y, tras resistirse heroicamente a renunciar a su fe, es asesinado en Tarragona.

En tan remoto laberinto (a cuya confusión contribuyen los cronistas contemporáneos) sólo se advierte una luz clara: alguien muere por la fe de la Iglesia. Así lo proclama mil años después Sixto V al canonizarle, y Góngora apela a toda la fastuosidad de su lenguaje para describir la gloria celestial del mártir: «En tanto que tú alcanzas / ver a Dios, vestir luz, pisar estrellas».

14 - Liduvina (1380-1433)
La más paciente de todo el santoral, con una biografía terrible que espeluzna, y que movió al escritor francés Huysmans a darnos en 1901 uno de sus libros sombríos y refulgentes, con una impresionante mezcla de amor y dolor incomprensibles. Su vida ha de leerse como glosa y complemento de la de Job, que encontraremos en el próximo mayo.

Liduvina (Lidvina, Lydvid o Lidia) era de Schiedam, un lugar holandés cerca de La Haya, sus padres eran pobres y tenía ocho hermanos. Hasta los quince años parece que gozó de una salud normal, luego, a partir de un accidente en el que se rompió una costilla, se acumularon en su pobre cuerpo todas las desgracias imaginables.

Llagas, calenturas, huesos desencajados, fortísimas jaquecas, continuos vómitos de sangre, dolores en el pulmón, en el hígado y en el vientre, imposibilidad de comer ni beber, abscesos que se reventaban, antojos de cosas repugnantes como el agua sucia, un largo martirio sin tregua, inmovilizada en el lecho.

La que había sido una atractiva jovencita no era más que piel y huesos, la cara cenicienta y tumefacta por las lágrimas, en un quejido incesante sin que los médicos acertasen a aliviarla. Un sacerdote le indicó cuál creía que era su misión, sufrir para completar la Pasión de Cristo, y desde entonces sus tormentos se transfiguraron espiritualmente.

El venerable Tomás de Kempis y otros de sus primeros biógrafos describen sus milagros, profecías y visiones, y ella misma decía que se olvidaba de su penoso estado cuando veía el rostro del ángel de su guarda, lo cual la hacía suponer cuál no sería la hermosura del rostro de Dios.

Sus reliquias están en santa Gúdula de Bruselas.

15 - Pedro González Telmo (c. 1190-1246)
Por su nombre y apellidos completos apenas se le reconoce, pero llamándole simplemente san Telmo en seguida se recuerda a un santo de gran devoción entre la gente del mar, que dicen ver su figura en las ráfagas luminosas que aparecen durante las tormentas sobre los mástiles.

Sin embargo, fue hombre de tierra adentro, leonés quizá de Astorga; hizo brillantes estudios en la universidad de Palencia y, bajo la protección de su tío el obispo, se ordenó sacerdote para ser al cabo de poco tiempo canónigo y deán.

Al parecer, un eclesiástico de rumbo, fastuoso y presumido hasta que un día de Navidad, cuando formaba parte de una cabalgata entre la admiración de los palentinos, su caballo resbaló en la nieve, y él, envuelto en sus galanos arreos, acabó en el fango en medio de la rechifla general.

Este episodio de vanidades humilladas, en el que la arrogancia y su lujo tienen una especie de camino de Damasco, le hizo reflexionar, ingresó en un convento de dominicos y, una vez convertido en el más humilde de los frailes, fue por obediencia un gran predicador itinerante de su orden.

Estuvo con las tropas de san Fernando en las campañas del sur, recorrió Castilla, Galicia y Portugal, y al fin se asentó en Tuy, donde murió después de dedicarse al apostolado de los marineros. Su tumba en la catedral de Tuy obró infinitos milagros, y en la memoria popular este gran taumaturgo se permite aún la ostentación eléctrica de los resplandores con los que el santo se hace presente cuando corren peligro los que navegan.

16 - Benito José Labre (1748-1783)
El mendigo del santoral. Otros son doctores, mártires, confesores, papas, fundadores, abades, él sólo eso, mendigo, y así consta. Podríamos añadir: Y vagabundo. Ya que es un hecho comprobado que llevó una vida errante y miserable sencillamente porque no servía para nada más.

Sin salud, sin instrucción, sin capacidad para ser religioso, le rechazan en todas partes, ninguna comunidad le acepta, y entonces se echa a los caminos pordioseando para peregrinar. Largas y penosas visitas andariegas a santuarios remotos de la Virgen ─su cortesía a lo divino─, está incluso en Compostela y Montserrat, llega a Loreto para ver la casa de Nazaret, y por fin ancla en Roma.

Un mendigo más entre la turba innumerable de pobres reales o simulados, píos o granujas que llenan Roma. Pero no, él es el más desamparado y piojoso, persiguiendo de iglesia en iglesia el fulgor de la Eucaristía, rezando sin cesar, releyendo los pocos libros que llevaba en su hatillo: un Evangelio, el Kempis.

Miserable que duerme en las escaleras y portales, que come desperdicios y que sonríe en sus éxtasis a la Gran Presencia que le dora el alma. Así se hizo santo este extrañísimo francés, coetáneo y paisano de Robespierre.

El final del siglo de las luces parece que necesitaba un campeón de la fe que aplastase la hidra de la impiedad. Un Tomás para refutar errores, un Agustín para vencer con su pluma, un Ignacio para fundar una milicia espiritual, o un Francisco, santos que fueran grandes ante el mundo.

Pero como escarnio al sentido común la Providencia elige un desecho social, lo más humilde y sucio de la brillante Roma, para que aprendamos a no creer en lo que ven nuestros ojos.

17 - Bernadeta Soubirous (1844-1879)
El jueves 11 de febrero de 1858 su madre la envía a recoger leña a orillas del Gave acompañada por su hermana menor y la amiga de ambas, Jeanne Abadie; es entonces cuando la niña ─catorce años, débil de complexión y sufriendo la tortura del asma─ ve a una bella Señora en la gruta de Massabielle. La primera de las dieciocho apariciones que se sucederán hasta el 16 de julio. «Soy la Inmaculada Concepción», le dirá la Virgen.

Empieza un calvario de desconfiados interrogatorios, amenazas, coacciones e insultos, Bernadette lo resiste todo con una dignidad y una paciencia que acaban por impresionar a sus jueces; hasta que Lourdes se convierte en un hecho de dimensiones universales y en cierto sentido para ella la situación empeora: es el cerco de las curiosidades indiscretas, los entusiasmos excesivos y las efusiones que hieren su intimidad.

A los veintidós años se retira al convento de hermanas de la Caridad en Nevers convirtiéndose en sor María Bernarda, que sólo aspira a vivir según la regla y a que la olviden, ahora que su misión ha terminado. Continúan importunándola («Vienen a verme como un bicho raro»), pero la hija del humildísimo molinero Soubirous será una monja más, sacristana, enfermera, siempre luchando con el asma («Mi trabajo es estar enferma»), hasta que muere tras una dolorosa enfermedad a los treinta y cinco años.

La privilegiada Bernardette desaparece en seguida en lo oscuro mientras Lourdes pasa a ser el mayor centro de peregrinaciones de los tiempos modernos, dejando toda la luz, la gran estela de milagros, para la Virgen; ella se oculta en la insignificancia y muere besando el crucifijo para vencer su miedo a la muerte: «¡Cuánto se tarda en llegar al Cielo!»

17 - Esteban Harding (c. 1050-1134)
Era inglés, quizá nacido en el condado meridional de Dorset, se formó en la abadía de Sherborne, y muy joven aún pasó al continente y se hizo monje en Molesme, en la Borgoña, donde san Roberto buscaba fórmulas de observancia más estrictas de la regla benedictina.

Insatisfechos con los resultados, Esteban, san Roberto y otros se trasladaron a Citeaux, no lejos de Dijon, para fundar una nueva comunidad, y éste fue el origen del Císter, los monjes de hábito blanco por contraste con el negro del entonces floreciente hasta el anquilosamiento de Cluny.

En 1109 Esteban Harding fue el tercer abad del Císter, y como tal tuvo que hacer frente a una época difícil en la que la orden, casi recién nacida, se vio abocada a su extinción. La llegada de san Bernardo, de quien Esteban fue maestro, dio horizontes más amplios al ideal cisterciense, que se extendió hasta impregnar todo el espíritu de estos siglos.

San Esteban fue abad durante veinticinco años y al parecer redactó la Carta de caridad o nueva regla que lleva su sello personal, una espiritualidad austera y exigente. «Siempre alegre en el Señor», según dice de él su primer biógrafo, es el santo que en toda situación sabe estar en su sitio; buscando mayor rigor y perfección cuando el alma lo pide, gobernando cuando hay que gobernar, eclipsado en cierto modo por el brillo genial de san Bernardo con la humildad del afán de la tarea común sin lucimiento, al servicio de Dios.

18 - Perfecto († 850)
Es el primero de los mártires de la Córdoba de los califas, reinando Abderramán II, y tuvo como biógrafo contemporáneo a san Eulogio, quien le presenta así: «Presbítero de venerable memoria, cordobés, instruido en la escuela en la basílica de San Acisclo, muy versado en las ciencias eclesiásticas, bien impuesto en las letras humanas y bastante docto en la lengua de los árabes».

Iba Perfecto por las calles de la ciudad cuando unos musulmanes le detuvieron para hacerle preguntas acerca de Jesucristo y de Mahoma. Él «expuso elocuentemente el poder divino de Cristo, diciendo que era Dios de todos», pero para no ofender a sus oyentes prefirió callar su opinión sobre el Profeta.

No obstante, debido a su insistencia, por fin les dijo lo que pensaba de Mahoma, según el texto de san Eulogio no precisamente con diplomacia: fementido, embustero, falsario, dado a embaucamientos y a falsos ritos, autor de la impureza y esclavo de los deleites carnales, parece que no quedó nada por decir.

No tardó mucho en ser llevado ante el tribunal del cadí, juez, por lo visto, honrado y virtuoso, pero que por las denuncias tuvo que condenarle a muerte, y un 18 de abril, en la fiesta que seguía al ayuno del Ramadán, se le decapitó al otro lado del Guadalquivir, en el llamado Campo de la Verdad.

Nombre adecuadísimo para este mártir tan sincero como imprudente al que hoy en nuestra listeza llamaríamos tonto. Perfecto, sin duda excesivamente ingenuo y sin doblez ara una situación tan peligrosa, nos interpela con un ejemplo que los listos no solemos seguir: es un hombre que cuando abre los labios sólo sabe decir la verdad.

19 - León IX (1002-1054)
Bruno de Egisheim-Dagsburg, papa alsaciano de noble familia que como sacerdote destacó por sus virtudes hasta el punto de ser conocido como «el buen Bruno», capellán de su primo el emperador Conrado II, más tarde obispo de Thoul y por fin elegido papa a mediados del siglo XI.

Muy activo y enérgico, peregrinó por media Europa para corregir vigorosamente los peores abusos (sobre todo la simoníaAcción o intención de negociar con cosas espirituales, como los sacramentos o los cargos eclesiásticos. y el concubinatoHecho de vivir juntas y tener relaciones sexuales dos personas sin estar casadas entre sí. de los clérigos), defendiendo la supremacía pontificia, impulsando la reforma de Cluny, sentando las bases de lo que será el derecho canónico, oponiéndose a herejías y llamando a su lado como canciller al gran Hildebrando.

Una trayectoria ejemplar de padre que defiende la pureza de la fe y de las costumbres, y la independencia de la Iglesia, interviniendo en la política mundial para poner paz con un talante de bondad evangélica que desarmaba a sus mismos enemigos. Un gran papa, pues, pero…

En este misterioso nudo de lo humano y lo trascendente que es siempre la Iglesia y su cabeza visible parece como si desde nuestra perspectiva los esfuerzos más admirables y los éxitos clamorosos tuviesen que estar siempre empañados por la imprudencia, el fracaso y el error, como si todo gobierno, incluso el de los sucesores de Pedro, llevara un estigma de grave imperfección.

Tan santo pontífice, con grandes dotes para serlo, vio iniciarse la polémica con el patriarca de Constantinopla que conduciría después de su muerte al cisma de Oriente, y su desafortunada guerra defensiva contra los normandos en el sur de Italia concluyó con una derrota y con el cautiverio del propio León.

20 - Inés de Montepulciano (c. 1268-1317)
Agnese Segni forma con Catalina de Siena y Rosa de Lima el gran trío de las santas dominicas. Era toscana de nacimiento, entró en un convento a los nueve años y al diecisiete era ya fundadora y superiora de una nueva comunidad en Proceno, cerca de Orvieto.

Pero el nombre con que se la recuerda se debe a la fundación de Montepulciano, ciudad donde, sobre las ruinas de unas casas de lenocinioAcción de mediar para facilitar una relación amorosa o sexual entre dos personas., en «un lugar de pecadoras», «sin nada, sólo contando con la Providencia», junto con dieciocho doncellas funda un monasterio en el que iba a vivir el resto de sus días.

Después de tener una visión en la que se le aparecieron tres naves con tres santos como capitanes ─Agustín, Francisco y Domingo─ invitándola a embarcar, se puso bajo la tutela de los dominicos, y llevó una mortificada vida que iluminaron éxtasis, visiones y milagros.

Raimundo de Capua nos ha contado el chorro de poéticos prodigios que se vinculan a su paso por la tierra: las flores que nacían donde ella se arrodillaba, el favor que le concedió la Virgen poniendo en sus brazos al Niño Je­sús (antes de devolvérselo a su Madre, arrancó la crucecita que llevaba al cuello y la guardó como el más preciado de los tesoros).

Santa Catalina de Siena, que era muy devota de esta santa, y que hizo una peregrinación a su tumba, en su Diálogo pone en boca de Jesucristo un conmovido elogio de Inés de Montepulciano: «La dulce virgen santa Inés, que des­de la niñez hasta el fin de su vida me sirvió con humildad y firme esperanza sin preocuparse de sí misma». Es difícil resumir en menos palabras el mejor programa de santidad.

21 - Conrado de Parzham ( 1818-1894)
Estamos en la parte oriental de la Baviera fronteriza con Austria, y allí, por tierras que cruza el Danubio, cuando aún duraban los ecos de la gran tormenta napoleónica, una numerosa familia campesina, los Birndorfer, tuvo un hijo más al que pusieron por nombre Johann. Johann natural de Parzham, cerca de la ciudad de Passau.

Fue un niño cándido y angelical, de una inocencia y una piedad que no perdió con el paso de los años. Treinta y uno tenía cuando, al quedar huérfano, se hizo capuchino en Laufen, y poco después, como hermano lego, fue enviado al convento de Attotting, famoso en la región por una imagen de la Virgen que atraía muchos peregrinos.

Johann, ahora fray Conrado de Parzham, era el portero del convento, quizás el trabajo más duro y sacrificado de toda la comunidad, porque se calcula que la campanilla de la puerta de entrada sonaba unas doscientas veces al día, tal solía ser la afluencia de fieles.

Y aquí acaba (o si se prefiere, aquí comienza) su historia, que puede resumirse en una simple frase: fue portero durante cuarenta y un años, y no abandonó sus funciones hasta tres días antes de morir. Nada más y también nada menos, cuarenta y un años de servicio oscuro, paciente, humilde y gozoso.

Dicen que la acogida -a cualquier hora- de aquel fraile de luengas barbas que respiraba paz y presencia de Dios producía en todos un efecto imborrable, como si cada vez abriese la puerta al mismo Cristo, con un amor y una solicitud proporcionales al inmenso honor de recibir a un peregrino como Él, poniendo en su tarea una alegría espiritual que parecía convertir tan monótona ocupación cotidiana en una felicidad sin límites.

Pío XI le canonizó en 1934 por acudir así muchas veces a abrir la puerta de su convento.

21 - Anselmo (c. 1033-1109)
Hombre universal de una Cristiandad y una Europa sin
fronteras, este piamontés nacido en Aosta profesará como monje benedictino en la abadía normanda de Bec, de la que será abad, y a la muerte de su gran amigo y compatriota Lanfranco de Pavía, también procedente de Bec, le sucedió como arzobispo de Canterbury.

Doctor de la Iglesia y uno de los grandes teólogos medievales, el nombre de Anselmo se relaciona con la célebre prueba ontológica de la existencia de Dios, que es un enfoque claro y vertiginoso muy distinto del de las cinco vías de santo Tomás; defendió también la Inmaculada Concepción de la Virgen, por lo cual es con san Bernardo uno de los «capellanes de Nuestra Señora».

Las paradojas de su personalidad son profundas y sugestivas; así, el monje piadosísimo, dulce y humilde, será de hierro en la enconada pugna con los reyes ingleses Guillermo II y Enrique I por la cuestión de las investiduras, fue desterrado en dos ocasiones y, como alguien ha dicho, retrasó en varios siglos la separación de Roma.

Y luego ese teólogo que es todo sensibilidad y calidez afectiva, y que piensa a partir de la fe como quien basa un edificio en cimientos inconmovibles («Quiero comprender algo de la verdad que mi corazón cree y ama, no quiero comprender para creer, sino que creo para poder comprender»), será el primero, abriendo el camino a la escolástica, que requiera el uso sistemático de la razón para completar la fe cristiana.

El místico es más duro que nadie cuando hay que serlo, el santo de las tiernas efusiones cordiales opina que es negligencia desdeñar las luces humanas, a las que así dignifica, y que también son dones de Dios, con el fin de iluminar la fe. Murió en Canterbury sobre un lecho de cenizas.

22 - Sotero († 175)
Uno de esos lejanísimos papas de los primeros tiempos de los que muy poco se sabe y que raramente figuran en las enciclopedias, si acaso como una escueta mención en una lista general desde san Pedro hasta nuestros días. Fue coetáneo de Marco Aurelio, el filosófico perseguidor de los cristianos, y reinó ocho años. Quizá sufrió martirio, pero no hay pruebas históricas.

Para averiguar qué vida se oculta tras noticias tan escuetas sólo tenemos un par de datos, pero quizá basten para justificar la veneración de los fieles porque ahí está todo el compendio de la fe y la caridad. ¿Qué más puede pedirse, qué más necesitamos saber?

Como suele ocurrir, fue un papa mucho menos papista que los fanáticos que siempre surgen aquí y allá, y de él sabemos que se opuso al rigorismo de Montano, quien, secundado por unas insensatas féminas, Maximila y Priscila, propagaba una herejía seudoangélica.

Suponiendo cercano el fin del mundo, había que exigir a todos una sublimidad irreal: renunciar obligadamente al matrimonio, buscar el martirio y cuidar de no caer en pecado grave -homicidio, adulterio o apostasía-, porque según Montano la Iglesia carecía de facultad para perdonarlos.

Sotero, cuyo nombre en griego dice protector y salvador, protegió de ese inhumano disparate con la enseñanza evangélica del perdón inagotable, reafirmando un optimismo cristiano en el que la perfección no excluye la cordura (y respecto a aquellas señoras, recordó las prácticas tradicionales de la Iglesia en cuanto a la participación de mujeres en la liturgia).

San Eusebio de Cesárea nos cuenta también que «como padre que ama tiernamente a los suyos», proporcionó «socorros abundantes a los santos», derrochando caridad con los pobres, que eran sus preferidos.

23 - Jorge (¿siglo III o IV?)
Junto con Santiago apóstol y el arcángel san Miguel es una de las figuras más belicosas del calendario, santo guerrero a quien acompaña el fragor del combate por la buena causa y que parece encarnar la dura frase evangélica de «Yo no he venido a traer la paz, sino la guerra».

Lo que se sabe de él está muy próximo a la nada (hasta el punto de que desde 1970 la Iglesia ha hecho su fiesta optativa, como lavándose las manos de la cuestión), pero su popularidad en todo el mundo cristiano es inconmovible: en Oriente los griegos le llaman «el gran mártir» (aunque nada de cierto sabemos sobre su martirio), su culto se extendió muy pronto por la Europa occidental, las cruzadas contribuyeron en gran manera a difundirlo, y es aún el santo patrón de Inglaterra, Portugal, Cataluña y Génova.

San Jorge es el caballero que mata a un dragón para salvar a una doncella, y así lo ha representado durante siglos la iconografía, sereno y gallardo, con armadura, lanza y espada, aniquilando al monstruo en el que la fe ve el símbolo del Mal, para salvar a la princesa que es la Iglesia de Cristo.

Debajo de la alegoría, ¿existe algo comprobable? Nuestro Jorge pudo ser un soldado nativo de la Capadocia, hoy Turquía, cuya vida heroica inspiró una leyenda que recoge así mismo ecos del mito pagano de Perseo; quizá murió mártir en Nicomedia durante la persecución de Diocleciano, en los primeros años del siglo IV.

En la Leyenda Dorada Jacobo de Vorágine da rienda suelta a la imaginación, los hagiógrafos modernos tuercen el gesto, y entre la poesía fantasiosa y el escepticismo adusto de los sabios, el pueblo fiel celebra jubilosamente la fiesta del caballero capadocio, eternamente juvenil como la primavera, el más bizarro de los santos, que nos trae la guerra por la salvación.

24 - Fidel de Sigmaringa (1578-1622)
Markus Roy (forma germanizada del apellido original español Rey), hijo del burgomaestre de Sigmaringa, era un joven muy inteligente que ya cursando sus estudios de Leyes en Friburgo de Brisgovia llamaba la atención de todos por sus dotes intelectuales.

Un noble le encomendó la tutela de su hijo y unos compañeros en un viaje por Europa, y al terminar la carrera empezó a ejercer como abogado en Alsacia. Parece que tuvo tristes experiencias en esta profesión, ¿era posible dedicarse al Derecho y vivir cristianamente?, se preguntaba, y por fin en 1612 renunció al mundo para hacerse capuchino.

Nuevas dudas, más atormentadoras aún: ser fraile, ¿no equivalía a desperdiciar los «talentos» que le había confiado Dios, y de los que algún día se le pedirían cuentas? Markus, ahora Fidel de Sigmaringa, acabó eligiendo la fidelidad a la llamada superior, en la que no puede haber desperdicio.

Se le encomendaron misiones de predicación en tierras de protestantes ─Suiza, Austria, sur de Alemania─, fue elegido guardián de los conventos de Feldkirch y Friburgo, tuvo rasgos de abnegado heroísmo durante una epidemia de peste, y convirtió a muchos calvinistas con una caridad que desarmaba a sus adversarios.

Las guerras de religión no se hacían precisamente por medios caritativos, y en la campaña del archiduque de Austria, Leopoldo, por el país de los grisones, los misioneros eran blanco de las iras de muchos. Fidel, conocidísimo en la región, poco después de bajar de un púlpito, fue asesinado de un mazazo y una puñalada.

25 - Marcos (siglo I)
Era un judío de Jerusalén, sin duda helenizado (además de su nombre hebreo, Juan, usaba el grecorromano de Marcos), que sin ser uno de los apóstoles pertenecía al círculo de los primeros seguidores de Jesús, lo mismo que su madre, una tal María, y su primo, el chipriota Bernabé.

Quizás hable de sí mismo cuando cuenta en su evangelio el prendimiento de Jesús en Getsemaní y dice que «cierto joven le seguía envuelto en una sábana y trataron de apoderarse de él, más él dejando la sábana, huyó desnudo», rara anécdota que no se molesta en explicar.

Posteriormente, acompañará a Pablo y a Bernabé a Chipre y a Asia Menor, hasta que, por razones oscuras, abandona y vuelve a Jerusalén. Es la segunda vez que le vemos huyendo. ¿Cansancio, cobardía o discrepancia con la actitud de Pablo, quizá por ser más fiel a la tradición mosaica?

San Pablo, resentido, no le admitió en otro de sus viajes, pero, al lado de su primo, Marcos volvió a Chipre, y luego le encontraremos en Roma junto al apóstol de las gentes, quien le llama en sus cartas su «colaborador» y su «consuelo». Aunque Marcos estaba más cerca de Pedro, y de él será intérprete y portavoz en el primero de los evangelios (por eso es patrón de notarios y escribas).

Más tarde fundó la iglesia de Alejandría -los pintores le atribuyen la indumentaria de un obispo oriental- y se supone que murió mártir, pero nada de ello se sabe con certeza. En el siglo IX unos mercaderes llevaron sus reliquias a Venecia, y la república de las aguas le hizo su patrón, le erigió una grandiosa basílica y paseó en triunfo por los mares su emblema del león alado (quizá por alusión a una de las primeras frases de su evangelio), prolongando su inquietud desde las antiguas huidas a los grandes viajes de misión.

26 - Isidoro (c. 560-636)
Dante, el mayor poeta de todos los tiempos, dice en el canto X del Paraíso que ve «llamear el espíritu ardiente de Isidoro», y así, flamígero, hombre de fuego en la palabra y en la acción, ha pasado a la historia como una gran luminaria de piedad y de saber en los siglos oscuros.

Su familia era hispanorromana y de Cartagena, pero él y los suyos, huyendo de los bizantinos, se instalaron en Sevilla, donde su hermano san Leandro iba a ser arzobispo y una de las figuras mayores de esta época crítica en la que la monarquía visigoda renuncia al arrianismo por la fe católica.

Educado a la sombra de Leandro, fue monje y luego abad de un monasterio, llamando la atención por un afán de ciencia ─siempre ávido de lectura, ansioso por acumular libros y escribirlos─ que le caracteriza.

Alrededor del año 600 sucede a su hermano en la sede sevillana y casi eclipsa a tan ilustre antecesor. Preside concilios ─sobre todo el cuarto de Toledo, de enorme importancia─, funda escuelas, erige iglesias, es mentor de reyes, y escribe muchísimo, consciente de que en sus manos puede estar la salvación de una cultura que nunca se disocia de la verdad divina.

En sus Etimologías, vasta enciclopedia del saber antiguo que tanto se manejó en la Edad Media (se conservan más de un millar de códices), los conocimientos se acumulan sin ningún afán de originalidad ni exhibicionismo, como un valioso, difícil y humilde pedestal de sabiduría humana que ha de acercarnos un poco más a las alturas del secreto de Dios.

27 - Zita (c. 1218-1278)
La patrona de las criadas. Los devotos de la sociología dirán que es un patronazgo que felizmente se va extinguiendo porque no es un oficio digno, pero como todo lo sociológico éste es un argumento superficial y falaz. El servicio doméstico es posible que se extinga, el servicio a los demás de cada uno de nosotros, no. O sea que alabada sea santa Zita por su ejemplo.

Hay en su vida, sirviendo a un acaudalado tejedor de Lucca, dos rasgos interesantes, llamativos. Se nos dice que estaba mal vista por sus compañeros por estimar que trabajaba demasiado, y en consecuencia les dejaba en mal lugar a ellos. Y que tuvo problemas con su amo por ser demasiado generosa con los pobres.

Hacer las cosas bien a menudo no despierta simpatías, es paradójico, pero suele ser así. Hoy santa Zita provocaría conflictos sindicales por lo que podríamos llamar falta de espíritu de clase. Y es que servir no es cómodo, servir bien engendra envidias y mal humor, descontento por la calidad del servicio, tal vez excesiva, que nos pone en evidencia. ¿Por qué no se conformaba con salir del paso?

Y servir bien ─no sólo al amo, sino a todos─ también empuja a extralimitarse. Primero se da todo lo que uno tiene y luego, con más o menos discreción, lo que sobra a los demás. Imaginamos a Zita poco respetuosa con el derecho de propiedad, con el propio y con el ajeno. Los santos piensan sobre todo en el deber de propiedad.

Uno puede exigirse a sí mismo la pobreza, ¿pero a los otros? ¿Hay que forzarles a que den los bienes superfluos? Es mucho decir, pero aquí entrevemos la sisa de Dios, no prevista por la ley, pero clara como la luz. La justicia que hacemos siempre se queda corta si no la alarga la misericordia, que puede no ser legal, pero que es parte de las exigencias del amor.

28 - Luis María Grignon ( 1673-1716)
Fue una rareza histórica y se le tachó de exageración, de extravagancia, de rancidez. En la Francia de comienzos del siglo XVIII el jansenismo, la irreligiosidad y el libertinaje son lo moderno, y he ahí que surge un apóstol que parece salido de la Edad Media, como si Dios tuviese un capricho anacrónico y anticuado.

De ortodoxia férrea, devotísimo de la Virgen, hombre de rosario, de predicación efusiva e irresistible, pero, por encima de todo, muy paciente en las adversidades, activo y enamorado de las vías misteriosas de la Providencia: «Bendito sea Dios pase lo que pase, bendito sea Dios si me da o si me niega, bendito sea Dios si me lo quitan todo».

Era bretón, de Montfort, hijo de un abogado, se formó con los jesuitas de Rennes y después de ordenarse de sacerdote en París (1700), quiso ir a evangelizar en tierras de infieles. No tuvo que ir tan lejos y apenas se movió de Francia, convertida en país de misión.

Fue capellán de un hospital de Poitiers del que se le despidió tres veces, vivió como un mendigo en París cuando se le cerraban todas las puertas y en 1706 se consagró a sus misioneros populares por la Vendée, la Bretaña y el Poitou, en medio de la guerra declarada de los jansenistas (entre los que no faltaban obispos) que obstaculizaron por todos los procedimientos su labor.

Es el santo de tribulaciones muy amargas, a menudo pugna con prelados, sacerdotes y autoridades que se decían cristianísimas, en una Francia que entendía las luces como un sucedáneo de Dios. Con su crucifijo y una estatuilla de la Virgen, «Reina de los corazones», acorazado en su paciencia, volvió a encender la fe en miles de almas como una lamparilla que no se apaga en la tormenta.

19 - Catalina de Siena (1347-1380)
En los jardines del Castel Sant’Angelo, junto al río, de pie -así tenía que estar- y de cara al Vaticano, la estatua de Catalina como centinela de la Iglesia visible; no para vigilar a los enemigos exteriores, sino a los de dentro: la infidelidad, el desmayo, la transigencia con el mundo. Para proteger a la Iglesia de sus propios pecados.

Porque esta mujer tuvo la delicada misión de corregir a los papas y al clero en momentos muy difíciles de extravío y renuncia, y al verla aquí en efigie se reconoce la humildad de Roma, que recuerda de este modo un pasado poco ejemplar que puede volver a repetirse y en el que interviene como salvadora una monja dominica.

Hija del tintorero sienés Benincasa, terciaria de la orden de santo Domingo, será una virgen penitente sometida a terribles tentaciones, va a alcanzar la unión mística con el Esposo, que pone en su dedo el anillo de oro de los casados y la hiere con los estigmas de la Pasión. Irresistible con la palabra y con la pluma (siempre dictando porque no sabía escribir), se dedicó a los enfermos y murió a los treinta y tres años después de intervenir decisivamente como consejera de los papas divididos entre Aviñón y Roma.

La Iglesia metida en política hasta las cejas, y ante ella, firme y enérgica sin dejar de ser obediente en un singular equilibrio sobrenatural, esta monja que era una mística. Cualquier otro se hubiese guiado por criterios humanos, es decir, políticos o personales, y hubiese añadido más confusión a la confusión, partidismo al partidismo.

Catalina (doctora de la Iglesia desde 1970, pese a que no sabía escribir) sólo aplicó el remedio del Espíritu. Desde dentro, sin dejar de ser nunca hija sumisa de los papas, inspirándose en Dios y en la oración, cumpliendo inflexiblemente sus deberes. Por eso está allí, en Roma, santa vigía del horizonte divino ante la Sede de Pedro.

30 - Pío V (1504-1572)
Antonio Ghislieri, piamontés de origen muy humilde, ingresó en la orden dominicana, fue inquisidor en la diócesis de Como, y ya en la cincuentena, obispo, cardenal, gran inquisidor; por fin, en 1566, Sumo Pontífice, tras un agitado cónclave en el que patrocinó su elección san Carlos Borromeo, sobrino del difunto Pío IV, quien no había mantenido buenas relaciones con el que fue su sucesor.

Era notorio que el nuevo papa no iba a ser blando y transigente, y así fue. Vivía a lo frailuno, con gran austeridad, celebraba misa todos los días (algo infrecuente en su época), muy caritativo y constante en las lecturas piadosas y el rezo del rosario (sus atributos son un crucifijo y un rosario).

Enérgico y de una independencia férrea, se tomó muy en serio sus deberes, en la ciudad de Roma reprimió implacablemente toda mundanidad, vicio y escándalo, y respecto al conjunto de la Iglesia aplicó las normas de Trento sabiendo que urgían las reformas más profundas. Ya en 1566 publica el famoso Catecismo trentino que lleva su nombre, luego hace reeditar a santo Tomás, refunde el breviario y el misal, combate la simonía y el nepotismo, vigila la elección de obispos.

Duro y no siempre acertado en asuntos de política, se enfrenta a Felipe II, excomulga a Isabel de Inglaterra y forma una liga con España y Venecia que tiene sus frutos en la victoria de Lepanto, tras la cual instituye la fiesta de Nuestra Señora del Rosario. Hombre de acción y de oración, tal vez en ocasiones demasiado fraile, da toda su medida en una dolorosísima muerte («Se le hallaron en la vejiga tres piedras de seis onzas») mientras rezaba: «Tú que aumentas el dolor, aumenta también la paciencia». En su sepulcro de Santa María la Mayor está barbado y sonriente, bendiciendo con un gesto augusto y paternal de serenidad.

30 - José Benito Cottolengo (1786-1842)
Su apellido no parece aludir ya a la persona que lo llevaba y se ha hecho sinónimo de lugar donde se acoge a los que todo el mundo rechaza; y los rechaza por motivos muy justificados, porque son casos imposibles: enfermos incurables, niños idiotas, sordomudos, tullidos, epilépticos, cancerosos, viejos con males sin solución.

Había que ser muy insensato para cargar con todos esos desechos dedicándoles su vida, porque no iba a servir para nada; el sentido práctico más elemental se oponía a esta idea, y si encima era sin dinero, la catástrofe, además de inútil, era segura.

Eso hizo un canónigo de Turín fundando en 1831 en Valdocco, entonces en las afueras de la ciudad, la «Piccola Casa della Divina Providenza», que era efectivamente una casita muy pobre, pero que fue creciendo hasta convertirse en una de las empresas de caridad más importantes de los tiempos modernos.

Atender a los que nadie quería, al margen de la eficacia y del sentido común, sólo porque eran hijos de Dios, y hacerlo sin dinero y sin más garantía que la oración. Porque el banco de la Providencia no quiebra, solía decir el santo, a Dios qué más le da mantener a quinientos que a cinco mil.

Se negaba a ser previsor y a pensar en el mañana, no quería hacer ningún cálculo, sabiendo que Dios lleva mejor que nadie la teneduría de libros; había que vivir rigurosamente al día, aceptando todos los enfermos, sin guardar nada, sin prever nada, ya que no hay manos más seguras que las de Dios ni amor más grande que el suyo. Antes de morir agotado por la entrega de su vida, suspiró: «El borrico no puede dar ni un paso más».