Operación ogro. El magnicidio de Carrero Blanco

Desde el final de la Guerra Civil, la figura y personalidad de Carrero Blanco fue fundamental en la evolución del franquismo. Cuando comenzó la contienda Carrero fue sorprendido en la zona republicana, y su apoyo decidido a la sublevación le obligó a buscar refugio sucesivo en las embajadas de México y Francia, hasta que en junio de 1937 consiguió pasar la zona controlada por el ejército de Franco. Durante la guerra tuvo mando de combate a bordo de un destructor y un submarino, y llegó a ser nombrado jefe de operaciones del Estado Mayor de la Armada franquista. Sus ideales le hicieron escalar puestos dentro del aparato político del nuevo estado. Al estallar la Segunda Guerra Mundial y cuando la situación internacional exigía decantarse por los postulados de la Alemania nazi, Carrero Blanco se atrevió a redactar un informe recomendando la neutralidad de España, alejándose de las opiniones mayoritarias en aquel momento que promovían un acercamiento a las fuerzas del Eje.

En mayo de 1941 fue nombrado subsecretario de la Presidencia, cargo que llevaba implícito ser en la práctica secretario del Gobierno. Su ideario personal, basado en un clericalismo casi fanático y el autoritarismo más reaccionario, coincidían plenamente con los puntos de vista de Franco. Enfrentado a las posiciones germanófilas y beligerantes de Serrano Suñer, el cese fulminante de invierno del dictador abrió el camino para que Carrero Blanco se acabase convirtiéndose en el hombre de confianza de Franco, llegando a ser su más cercano colaborador.

Franco y su hombre de confianza y futuro sucesor, Carrero Blanco
Franco y su hombre de confianza y futuro sucesor, Carrero Blanco

En julio de 1951 fue nombrado ministro de la Presidencia, y en 1967, vicepresidente. Franco había concentrado siempre en sus manos las dos más altas magistraturas del Estado, la jefatura y la presidencia del Gobierno. Pero durante los años finales del régimen, se sentía incapaz de desempeñar los cargos. Debido a la merma de sus facultades físicas el dictador se recluyó en el palacio de El Pardo rodeado de sus familiares y de la camarilla de sus más íntimos colaboradores, entre los cuales se encontraba Carrero Blanco.

Se inició por primera vez durante toda la dictadura el procedimiento institucional que se había previsto en la Ley Orgánica del Estado para la elección de un presidente de Gobierno. El Consejo del reino presentó a Franco una terna de candidatos de entre los cuales debía salir el futuro jefe del gabinete. En esta corta lista figuraban los nombres de Manuel Fraga, Raimundo Fernández-Cuesta y el propio almirante Carrero Blanco. Era simplemente un juego de disimulos. Así, en junio de 1973, Carrero Blanco fue nombrado presidente del Gobierno.

  Marcando el territorio
Rodeado de un eficaz y preparado equipo de tecnócratas del Opus Dei, Carrero se propuso la misión de asentar unas sólidas bases sobre las que construir un «franquismo después de Franco» tratando de garantizar la estabilidad y de coartar cualquier signo de aperturismo político. Por eso desde el principio se mostró inflexible y no permitió ningún tipo de muestra de oposición democrática al régimen.

Pero se tendría que enfrentar a enormes dificultades: la creciente agitación social en las fábricas y en las calles, el enfrentamiento con parte de la cúpula eclesiástica, con la evidente deslegitimización del plan que se había trazado para garantizar la permanencia del franquismo. Y además la prosperidad económica se vea comprometida debido a que se estaba produciendo en la economía mundial la primera crisis del petróleo.

Laureano López Rodó, nombrado al frente de la cartera de asuntos exteriores en el gobierno presidido por Carrero, en unas manifestaciones posteriores a estos tiempos, manifestó que «aquel gobierno se formó con un doble objetivo político, incorporar a personas que fueran inequívocamente monárquicas y leales a don Juan Carlos; en segundo lugar, que fueron gobierno más joven en el que entraran hombres de la generación del príncipe». Así podemos comprobar que las intenciones de Franco y Carrero eran instaurar una monarquía tutelada y heredera de los principios básicos del franquismo.

Así la oposición democrática vio frustradas sus esperanzas de cambio. Por otro lado, el enfrentamiento con amplios sectores sociales ante lo que el presidente mantuvo una postura intransigente, negándose a escuchar y mucho menos a negociar, le hizo ganar nuevos enemigos. Y por si fuera poco, la imagen internacional del régimen se deterioraba por momentos y el exilio a la derecha del nuevo gobierno obviaba el ingreso de España en el club de los países democráticos. Incluso se enfrentó a Estados Unidos. En una nota de su embajada en Madrid, remitida al Departamento de Estado estadounidense y que fue desclasificado en 2008, se recomendaba expresamente que «el mejor resultado que puede surgir […] Sería que carrero desaparezca de escena, con posible sustitución por el general Díaz Alegría».

  Una amenaza real
A finales de 1973, la organización terrorista ETA había dejado de ser el pequeño grupúsculo nacionalista radical de sus orígenes para convertirse en una peligrosa amenaza para la seguridad del régimen. La noticia del nombramiento de Carrero Blanco como presidente del Gobierno fue interpretado como un signo inequívoco de la intención del franquismo de perpetuarse en el tiempo. Pero ETA en vez de abandonar la lucha armada como hicieron otros grupos y organizaciones políticas opositoras, decidió elaborar un plan para acabar con la vida del presidente.

En aquel tiempo los servicios de información del régimen seguían la pista de ciertos rumores, más que noticias fiables, de que se estaba preparando un atentado contra una alta personalidad del Estado. Sin embargo, estas informaciones nunca fueron tenidas muy en cuenta.

La seguridad alrededor de Carrero Blanco era meramente testimonial con respecto al cargo que ocupaba dentro del gobierno. A pesar de los rumores de atentado, el almirante seguía con su agenda habitual y desplazándose en su coche oficial, un Dodge 3700 GT que no estaba blindado, protegido por un solo policía de escolta que acompañó al chofer. No en vano, Carrero siempre había comentado «nuestras vidas están en mano de Dios», lo que nos demuestra que confiaba su seguridad a la Divina Providencia.

  Planes de magnicidio
A principios de diciembre de 1972, ETA envió a Madrid a los terroristas para confirmar la veracidad de la información que pocas semanas antes les había facilitado un miembro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), una escisión del Partido Comunista Marxista-Leninista. Este activista había contado a los etarras José Miguel Beñarán Ordeñana, Argala, y Pedro Ignacio Pérez Beotegui, Wilson, que Carrero Blanco que iba todas las mañanas a misa de nueve en la iglesia de los jesuitas situada en el número 61 de la madrileña calle de Serrano, a bordo de un coche oficial y sin apenas escolta. Los dos etarras enviados a Madrid confirmaron por si mismos la información que les había sido facilitada y descubrieron que el presidente vivía en el número 6 de la calle Hermanos Bécquer, después de consultar su dirección en la guía telefónica en donde sorprendentemente aparecía sus datos y domicilio personales. A partir de ese momento, la banda elaboró un plan para llevar a cabo su secuestro, una acción a la que dieron el nombre de Operación Ogro. Si conseguían llevarlo a cabo con éxito, la organización pretendía canjear a Carrero Blanco por todos los presos etarras condenados o con peticiones de penas superiores a los 10 años de cárcel. Los terroristas darían un plazo de 48 horas para que se cumplieran sus advertencias, y en caso de que estas no fueron aceptadas asesinarían al presidente, ultimátum que seguramente se hubiera cumplido con independencia del resultado de las negociaciones.

Se puso en movimiento el aparato y los comandos de los que disponía ETA. Se calculó que al menos se necesitarían 16 terroristas para perpetrar la acción: ocho que actuarían directamente cometiendo secuestro y reduciendo al escolta del presidente, y otros ocho para cubrir la huida del grupo y escapar llevándose a Carrero Blanco.

Antes del verano de 1973, cuando se ultimaban los detalles de la operación, un hecho imprevisto alteró los planes iniciales de la banda. Unos ladrones habían entrado a robar en el lugar donde se había preparado el zulo, y la dirección de ETA decidió no correr riesgos, lo que les obligó a abandonar toda la infraestructura que ya estaba preparada y a cambiar de estrategia. Además, cuando se estaba preparando un nuevo plan, Carrero Blanco fue nombrado presidente del Gobierno, lo que supone un reforzamiento de las medidas de seguridad con la incorporación de los agentes más a su hasta entonces exigua escolta personal. Todo esto suponía un mayor riesgo que podría hacer fracasar la operación así que la dirección de la banda armada se decanta por planear el asesinato de Carrero al considerarlo más factible y menos peligroso, descartando definitivamente su secuestro.

  Operación Ogro
Cuando se decidió cometer el asesinato, se formó un comando especial con Argala y Wilson al frente del mismo, activistas habituados a moverse por las calles de Madrid ya que llevaban residiendo en pisos francos de la capital desde abril de 1972 realizando seguimientos a futuros objetivos de atentados.

El 11 de noviembre, uno de los etarras integrantes del comando alquiló un semisótano en el número 104 de la calle de Claudio Coello, frente a la fachada posterior de la Casa de los Jesuitas, por delante de la cual pasaba todos los días el coche oficial de Carrero Blanco cuando venía de recogerlo de asistir a misa de nueve en la cercana iglesia de la calle Serrano. La banda había planeado excavar un túnel que partiría del semisótano alquilado y que llegaría hasta el centro de la calle para después rellenarlo con explosivos y hacerlo estallar al paso de la comitiva oficial. Para no despertar sospechas entre los vecinos, el etarra que alquiló el local se hizo pasar por un escultor que necesitaba un estudio de trabajo y de esa forma justificar los fuertes golpes que pudieran oírse.

Itinerario de Carrero Blanco para ir a misa
Itinerario de Carrero Blanco para ir a misa

El 7 de diciembre comenzaron los trabajos de excavación, una semana más tarde, otro miembro del comando viajó hasta Burgos para recoger los 80 kilos de goma-2 que se iban a emplear para rellenar el túnel y que pertenecía a una partida de casi tres toneladas de explosivos que ETA había robado de un polvorín de la localidad de Hernani. El túnel tendría forma de T, con 20 kilos de goma-2 colocados en cada extremo de los dos brazos, y los 40 restantes situados en el centro de la unión. Cada una de las tres cargas estaba conectada mediante un cordón detonante que llegaba hasta ese semisótano. Edición en la tecla en uno solo que saldría disimuladamente por la ventana del local hasta la calle, recorriendo Claudio Coello hasta llegar a la cercana avenida de Diego de León. En este punto, a salvo de la onda expansiva de la bomba, un miembro del comando haría estallar la carga mediante un detonador disimulado en una cartera de mano.

El 15 de diciembre finalizó la excavación del túnel y la dirección de la banda del orden de cometer un atentado el día 20 de ese mismo mes. El miércoles 19, a las seis de la tarde, dos hombres vestidos con monos de electricistas apoyaron una escalera de mano en la fachada del número 104 de la calle Claudio Coello, y sin perder más tiempo comenzaron a tender un cable por la pared dirección a la esquina de Diego de León. Mientras trabajaban bajo la lluvia, algunos de los porteros de los inmuebles próximos se acercaron curiosos hasta ellos para preguntarles qué estaban haciendo. Los dos supuestos operarios eléctricos les contestaron que el cableado que tendían era para suministrar más potencia eléctrica al escultor que trabajaba en el semisótano. Su creíble evasiva sirvió para quitárselos de encima sin levantar sospechas.

Calles por donde tendieron el cable los terroristas y pusieron los explosivos, asi como la Iglesia donde Carrero Blanco acudía a misa y el lugar del atentado
Calles por donde tendieron el cable los terroristas y pusieron los explosivos, asi como la Iglesia donde Carrero Blanco acudía a misa y el lugar del atentado

A las siete de la mañana del jueves 20 de diciembre, los etarras terminaron de taponar la salida del túnel con tierra para evitar que la potencia de la onda expansiva se extendiera por el semisótano, reduciendo los previstos efectos devastadores de la explosión. Una hora más tarde, conectaron el cable tendido al detonador y se aseguraron de su funcionamiento haciendo una prueba que resultó satisfactoria. Sobre las 8:30, otro de los terroristas abarcó un coche en doble fila, justo delante del número 104 de la calle Claudio Coello, con el que pretendía forzar al coche oficial de Carrero Blanco a reducir la velocidad y pasar por el centro de la calzada, justo por encima de donde estaba situada la carga explosiva. Pocos minutos después, el presidente del Gobierno salía de su casa para dirigirse a la cercana Iglesia de los Jesuitas para asistir a la misa de nueve. Era la misma rutina diaria que llevaba repitiendo desde hacía años.

  El atentado
A las nueve de la mañana Carrero Blanco asistió a misa y comulgó religiosamente. Salió del templo a las nueve y veinticinco. Fuera lo esperaba su Dodge negro con su chófer habitual, José Luis Pérez Mogena, y su escolta personal, el inspector de Policía Juan Antonio Bueno Fernández. En el segundo coche iban tres agentes más, Juan Franco, como conductor y los inspectores Miguel Alonso y Rafael Galiana.

Todo funcionó según lo previsto. Los escoltas vieron como el coche de Carrero Blanco disminuía la velocidad y ponía el intermitente indicando que iba rebasar el utilitario que estaba aparcado en doble fila. Eran las nueve y veintiocho de la mañana cuando el terrorista que vigilaba el paso de la comitiva hizo la señal convenida su compañero para que accionase el detonador de la bomba. En ese momento se oyó una tremenda explosión que reventó la calle y provocó una lluvia de cascotes y metralla.

Transcurrieron unos interminables segundos hasta que los conmocionados agentes que viajaban en el coche de escolta pudieron reaccionar y dieron marcha atrás mientras contemplaba horrorizado los destrozos causados por la deflagración. Entre el humo y el polvo se adivinan edificios dañados y coches destrozados, y en el lugar por donde unos instantes antes había pasado el coche de Carrero Blanco se abría un enorme socavón que empezaba a llenarse con el agua de las canalizaciones reventadas. En medio del estupor los policías se dieron cuenta entonces de que el coche del presidente había desaparecido.

Las casi 2 toneladas del Dodge 3700 oficial había volado literalmente por los aires hasta una altura de más de 20 metros. Mientras el coche ascendía, chocó con una cornisa del edificio de los jesuitas que lo hizo girar sobre sí mismo, pasó por encima del tejado y fue a caer en un patio interior, quedando encajado entre el muro y el pretil de una azotea baja. En el interior de la residencia, varios religiosos de la congregación salieron asustados para ver lo que había ocurrido, encontrándose de bruces con el dantesco espectáculo del coche convertido en un amasijo de hierros humeantes y con sus ocupantes todavía dentro. Mientras algunos jesuitas intentaban auxiliarlos, el padre José Luis Gómez Acebo fue a buscar los santos óleos. Carrero Blanco yacía aprisionado dentro de los restos del automóvil oficial, con los ojos cerrados y un hilo de sangre goteando de sus oídos y nariz. En aquel momento, tan sólo los jesuitas de la residencia sabían que aquel coche destrozado había ido a parar allí, ignorando completamente la identidad de sus ocupantes y sin saber qué había pasado realmente.

  Confusión
Tras producirse la explosión, los dos terroristas autores materiales del atentado huyeron corriendo en dirección a la calle Diego de León, donde los esperaba un tercer miembro del comando dentro de un coche con el motor en marcha. En su huida se cruzaron con varios transeúntes que se acercaban a ver lo que había. Para distraer su atención y aumentar la confusión gritaban: «¡Ha sido una explosión de gas!¡Ha sido una explosión de gas!». Cuando se subieron apresuradamente al coche, algunos testigos les oyeron decir: «¡Josu está vengado!», refiriéndose a  Josu Arteche, otro terrorista de una que había muerto recientemente durante un tiroteo con la Policía.

En medio del caos reinante tras la explosión, los tres policías supervivientes de la escolta continuaban preguntándose aturdidos por el paradero del coche del presidente. En un principio supusieron que probablemente no se habría visto afectado por la detonación y que el chofer de Carrero Blanco habría acelerado para ponerlo a salvo y llevarlo hasta su casa. En su ingenuidad, nadie pensó que hubiera sido víctima de un atentado terrorista. Así lo trasmitieron por radio cuando informaron por primera vez a la Dirección General de Seguridad sobre lo sucedido: «Ha habido una explosión, que manden otro coche para escoltar al presidente, el mío está hundido», fueron las palabras nerviosas que pudieron escucharse uno de los inspectores hablando a través de la emisora. Pero pasaron los minutos y nadie sabía nada sobre el posible paradero del coche presidencial y sus ocupantes. Con la llegada de los servicios de emergencia y sus sirenas, la confusión aumentó. Por la radio de los coches patrulla lo único que se escuchaba era que se debía localizar lo más rápidamente posible el paradero de Carrero Blanco. Por una parte estaban los escoltas heridos tratando de localizar el coche y el presidente y, por otra, algunos policías informaban de que Carrero Blanco no le había pasado nada. Ante tanto aluvión de informaciones confusas el mando policial situado al otro lado de la emisora insistió enfadado con premonitoria y trágica ironía: «A ver si pueden enterarse por ahí si el coche del señor Presidente del Gobierno está por ahí volando, puesto que no sabemos nada y pasaba por allí hacía unos momentos». Por lo visto alguien mantuvo cierta serenidad y propuso que alguno de los policías se acercase al cercano domicilio de Carrero Blanco y comprobase personalmente si realmente su coche oficial estaba la puerta.

Un agente corrió entonces hacia la esquina con Diego de León y allí continuó hasta llegar al portal del edificio donde tenía su domicilio el presidente, para confirmar definitivamente de su coche no estaba allí. Se comunicó entonces a los superiores, que empezaron a temerse lo peor. Otros policías se acercaron al enorme socavón abierto por la explosión, que en aquellos momentos dramáticos aún se creía que había sido provocado un escape de gas, para comprobar si los restos del vehículo se encontraban en su interior. Al no encontrarlo, revisaron los restos y reconocible es de otros coches afectados por la onda expansiva para asegurarse de que ninguno de ellos era el que buscaban. Mientras los bomberos, sanitarios y policías auxiliaban a los numerosos heridos, varios jesuitas bajaron corriendo a la calle para informar a los agentes de la existencia de un coche destrozado el interior del patio de su residencia. Acudieron inmediatamente y se tropezaron con el padre Gómez Acebo, que regresaba a su habitación con los santos óleos después de haber administrado extremaunción a las víctimas, cuyo cuerpo se asomaban entre el amasijo de hierros en que había quedado convertido el flamante Dodge presidencial. Uno de los policías que primero llegó al patio era el inspector Alonso, uno de los escoltas de Carrero Blanco. «¡Ese es el coche del presidente!», exclamó al reconocerlo.

Una vez la noticia fue confirmada, se transmitió sin perdida a la Dirección General de Seguridad: «dicen de un coche al que le ha cogido la explosión de lleno y lo ha subido hasta la azotea» , informó por radio uno de los policías para, a continuación precisar: «parece ser que el coche que ha sido mandado al tejado es el del presidente (…). Efectivamente, el coche que ha subido a la azotea es el que llevaba al presidente, que ha resultado muerto».

  Un país conmocionado
Los bomberos consiguieron extraer los cuerpos de los tres ocupantes. El inspector Juan Antonio bueno había fallecido en el acto, pero Carrero Blanco y su chofer, José Luis Pérez Mogena, aún se encontraban con vida. Inmediatamente fueron trasladados a la Residencia Sanitaria Francisco Franco. Según el parte médico oficial, el presidente ingresó cadáver como consecuencia de los múltiples y gravísimas heridas sufridas. El conductor fue el único que llegó con vida al hospital, falleciendo pocas horas después.

Angelines Carrero Pichot, una de las hijas del presidente, fue la primera en llegar a la clínica sobre las 10:30 de la mañana. El doctor Manuel Hidalgo, director del hospital, le dio personalmente la noticia del fallecimiento de su padre. Angelines, mostrando una gran entereza, llamó entonces a su madre, Carmen Pichot, para confirmarle el trágico desenlace. Hace aparición a las 11 de la mañana. Poco después también ha de acto de presencia el arzobispo de Madrid, el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, y minutos antes del mediodía lo hacían los príncipes don Juan Carlos y doña Sofía. Los tres hijos varones del presidente, Luis, Guillermo y José Enrique, prestaban servicio en la armada como oficiales destinados en Cádiz, fueron recogidos por un Mystère de la Fuerza Aérea que fue puesto a su disposición para trasladarlos inmediatamente a Madrid. Antes aterrizaron en Sevilla para recoger a su hermana Carmen, que residía en la capital andaluza.

Mientras tanto, la sede del Ministerio de la Gobernación era un hervidero de noticias y rumores que no aclaraban nada de lo que realmente había sucedido. En aquellos momentos, las autoridades policiales del régimen, con el ministro a Arias Navarro a la cabeza, seguían estando convencido de que la explosión que había acabado con la vida del presidente era debida a un escape de gas, sin que por el momento se les llegase a pasar por la cabeza la posibilidad de un atentado terrorista. Tan sólo el coronel Eduardo Blanco, director General de seguridad, sospechó desde un primer momento en la existencia de una mano asesina. A medida que se iban recabando nuevos datos de la investigación, la hipótesis del atentado fue cobrando fuerza, pero las autoridades querían descartar por completo la posibilidad de un accidente antes de anunciar oficialmente al país el asesinato del presidente del Gobierno. Esta incertidumbre duró varias horas sin que se pudieran evitar ciertas filtraciones. Los rumores llegaron hasta la sede de la Presidencia del Gobierno, en donde en esas horas estaba prevista una reunión preparatoria del Consejo de Ministros que se celebraba todos los viernes. Los miembros del gabinete fueron informados en un principio sobre el supuesto «accidente» que había sufrido Carrero Blanco, señalando que el presidente se encontraba «gravísimo» para a continuación comunicarles su fallecimiento. La noticia causó una profunda impresión en los ministros reunidos, que en ningún momento habían esperado el trágico desenlace. Cuando en el seno del Gobierno se empezó a hablar de la posibilidad de un atentado, no tardaron en escucharse voces airadas que exigían la declaración del estado de excepción y la adopción de medidas represoras que desencadenarse una violenta venganza del Estado contra los presuntos culpables del crimen. Torcuato Fernández-Miranda, vicepresidente del gobierno con Carrero, y por tanto en ese momento Presidente en funciones, hizo entonces un llamamiento a la calma que consiguió imponerse sobre los partidarios del uso inmediato de la violencia represora.

Aquel día Franco se había levantado enfermo de gripe. Cuando la noticia se recibió en el palacio de El Pardo, sus ayudantes no se atrevieron a comunicársela directamente. Para ello, reclamaron la presencia de su médico de cabecera, Vicente Gil, una de las pocas personas que componían el íntimo y reducido grupo de hombres de confianza del que se había rodeado el dictador en su cada vez más impenetrable residencia, y tal vez el único que se atrevía a hablar con él con sinceridad y franqueza. Pero el doctor decidió a su vez que era mejor informarle con cuentagotas. Primero notificó que tuvo un accidente, grave, y después le fue informando del empeoramiento hasta fallecer. Según comentarios del propio médico Franco mantuvo la entereza de ánimo sin que apenas se le notase en su rostro ningún signo de emoción, llegando a comentar: «Éstas cosas ocurren». Supuso un duro golpe para el anciano dictador.

Mientras la calle era un hervidero de rumores. Todos sabían que a esa hora de Carrero Blanco iba a misa y que esto podía haber afectado al mismo. Incluso algunos se atrevieron a firmar que pudiera haber muerto en la explosión y que ésta había sido provocada por una bomba y no por un escape de gas como se había informado desde el principio.

  Alta tensión
Al final la policía había recogido pruebas suficientes para confirmar que la explosión había sido producida por una bomba. Por la perfección de la acción terrorista se pensó que habían intervenido algunas con gran experiencia como el IRA o incluso algún grupo argelino. También se baraja la posibilidad de que lo hubiera cometido un brazo armado del PCE, ya que al estar demonizados eran considerados los únicos capaces de hacer esto. Además, el atentado había coincidido con el inicio del juicio del Proceso 1001 contra varios de los líderes sindicalistas de Comisiones Obreras, circunstancia que avalaba los defensores de la hipótesis de la intervención comunista. Por increíble que parezca a ningún investigador se lo ocurrió pensar en ETA, que parecía estar infravalorada.

Los sectores más reaccionarios del régimen estaban tensos y nerviosos. El teniente general Carlos Iniesta Cano director general de la Guardia Civil, puso en estado de alerta a todo el Instituto Armado por iniciativa propia. Había autorizado de forma expresa el uso de las armas de fuego contra cualquier subversivo. Incluso grupos extremistas del Movimiento se ofrecieron al Gobierno para rebuscar en aquellos lugares donde la policía no podía llegar y extender así la «cacería». Hubo apoyos en el seno del gabinete, pero la firme actitud de Torcuato Fernández-Miranda impuso de nuevo la cordura.

La oposición democrática al conocer la impactante noticia tuvo miedo de la posible reacción del régimen y de sus elementos incontrolados, esperando una violenta represión indiscriminada. Al mismo tiempo, mostraron cierta admiración y hasta agradecimiento a los terroristas que se había atrevido a realizar la acción ya que demostraban la vulnerabilidad del régimen, eliminando el obstáculo insalvable que suponía Carrero Blanco en una futura y deseada transición democrática.

La policía siguió centrándose en los comunistas ya que habían detenido en una redada al líder comunista Simón Sánchez Montero, oculto precisamente en un piso al que correspondió número de teléfono que aparecía escrito en un papel que había sido encontrado en el semisótano. Pero ese piso era utilizado por gran parte de la oposición para realizar reuniones clandestinas y de refugio seguro a los perseguidos por el régimen.

Cuando la noticia llegó al Tribunal de Justicia donde se iba a juzgar a los líderes sindicales procesados afectó tanto al juez Mateu como al principal encausado, Marcelino Camacho. Se pidió entonces un aplazamiento de la vista que fue rechazada por una suspensión temporal hasta la tarde. Cuando los procesados abandonaron la sala, fueron insultados y amenazados gravemente por un grupo de abogados ultraderechistas que los estaban esperando en los pasillos del Juzgado. Fueron momentos de máxima tensión en los que los acusados fueron golpeados mientras eran conducidos esposados e indefensos hacia los calabozos. En declaraciones posteriores de Marcelino Camacho, fue decisiva la actuación del mando de la Policía responsable de su custodia. Este oficial, que al igual que el procesado también era Soriano, se comprometió personalmente a garantizar su seguridad: «No os preocupéis, pasarán por encima de nuestros cadáveres antes. Yo cumplo con mi deber y lo mismo haría si se tratara de otros».

  Reivindicaciones de ETA
La primera nota oficial emitida por la Dirección General de Prensa fue divulgada por radio nacional a la una de la tarde de ese 20 de diciembre. En ella simplemente se informaba de la muerte del presidente del Gobierno, víctima de una explosión, sin entrar en especificar más detalles. Al mismo tiempo, salió a la calle una edición especial del diario Informaciones con el expresivo titular de «CARRERO HA MUERTO», impreso en grandes caracteres.

En ningún momento se hizo referencia la causa de la explosión, ni siquiera las 16:30, cuando Fernando Liñán, ministro de Información, leyó un nuevo comunicado que fue emitido por Radio Televisión Española.

Al confirmarse esa sospecha, Franco continuó insistiendo en que no se debía dar la noticia. Fernández-Miranda lo convenció para que diera un nuevo mensaje oficial en el que reconociese la naturaleza terrorista de la explosión. A las 19:30, Radio Nacional de España difundió una nota del Gobierno en la que se decía textualmente que la muerte del presidente se debía a «un criminal atentado». A las 11 de la noche salta en todos los teletipo la noticia de que ETA ha reivindicado la autoría del magnicidio través de un comunicado emitido por Radio París. Su mensaje coge por sorpresa la autoridad de españoles que reaccionan improvisando una contestación al comunicado.

El comunicado de la banda terrorista responsabilizándose del atentado no consigue acallar las dudas sobre la verdadera autoría del mismo. Incluso Jesús María de Liezaola, político del PNV y lehendakari del Gobierno Vasco en el exilio, manifestó su incredulidad, en unas declaraciones hechas al diario Informaciones el 21 de diciembre de 1973: «No creo que detrás del atentado se encuentre una facción de ETA. Tengo motivos válidos para sostener que se comunicado es falso». Ante las dudas, la dirección de ETA se vio obligada a emitir un segundo comunicado y día más tarde convocó una rueda de prensa en algún lugar indeterminado del sur de Francia para dar sólo detalles sobre la operación y ejecución de la Operación Ogro.

La eficacia de las fuerzas de seguridad y de los servicios de inteligencia habían quedado en entredicho, y con este propósito, la maquinaria policial del Estado se puso en marcha, poniendo a su disposición todos los medios humanos y materiales disponibles, recurriendo si era preciso aquella fuente de información que pudiera facilitar cualquier dato que sirviera para ponerles tras la pista de los autores del atentado, sin importar el origen y la procedencia de las mismas.

  Las lágrimas de Franco
Durante los siguientes días al atentado se celebraron los funerales de Estado y el entierro de Carrero Blanco. Franco no asistió a los actos debido a su delicada salud, agravada con una gripe. Hacía tiempo que Franco había dejado de ser el dictador todopoderoso al que todos tenían, para convertirse en un viejo desvalido lleno de achaques. Aferrándose a esta actitud vital, se había opuesto rotundamente a la suspensión del Consejo de Ministros que debía celebrarse, como era habitual, el viernes 21 de diciembre. Mientras los restos mortales de Carrero Blanco yacían en la capilla ardiente, a las 11 de la mañana Franco acudió puntualmente al salón del palacio de El Pardo donde se iba a celebrar el Consejo dispuesto a presidirlo.

El dictador había autorizado personalmente el acceso de los reporteros gráficos para que dejaran constancia con sus imágenes de la aparente normalidad de la situación. Como hacía siempre, franco se sentó presidiendo la mesa alrededor de la cual se situaban los ministros, dejando libre la butaca correspondiente al presidente asesinado. Antes de empezar el dictador hizo una breve declaración explicando el motivo por el que había permitido la presencia de los reporteros gráficos: «Era necesario que entraran los fotógrafos para que el país no se alarme». Después dedico unas breves palabras de condena del atentado y de confianza en la labor de la justicia. De pronto, su débil voz se quebró y comenzó a llorar. Transcurridos unos minutos, el jefe del Estado recuperó la entereza de ánimo y con voz firme y clara anunció: «Podemos empezar».

  Especulaciones
El trabajo de la Policía y los servicios secretos pronto dio sus frutos e identificaron a los miembros del comando de ETA había cometido el atentado. En ella aparecían Pedro Ignacio Pérez Beotegui, alias Wilson, de 25 años y uno de los planificadores del atentado; Javier María Larreategui Cuadra, Atxulo, de 27 años y el terrorista que se encargó del alquiler del semisótano de la calle Claudio Coello; y José Miguel Beñaran Ordeñana, Argala, de 24 años, uno de los supuestos terroristas que instaló el cable detonante. También figuraban José Antonio Urruticoecochea Benoecochea, Josu Ternera, de 23 años, y Juan Bautista Eizaguirre Santiesteban, Zigor, de 28 años. En un principio, también aparecían en la lista el nombre de José Ignacio Abaibitúa Gómez, Marquin, de 23 años, supuesto constructor de la galería subterránea en donde se colocó la carga explosiva, pero después se comprobó que no tuvo participación directa en el atentado. Sorprende la juventud de los terroristas integrantes del comando y que, con apenas experiencia, fueran capaces de planear una operación tan compleja. Con el paso del tiempo, los etarras implicados fueron detenidos fallecieron, algunos de ellos en circunstancias violentas y poco claras, lo que desató una serie de rumores y especulaciones sobre quien estaba realmente detrás del atentado.

Siguiendo esta línea conspiradora, existen otras incógnitas sobre el magnicidio que nunca han sido aclaradas. Una de ellas es la que se refiere al motivo por el cual no se establecieron controles inmediatos en las carreteras de salida de Madrid, ni en las estaciones de tren ni tampoco en el aeropuerto, hasta transcurridos más de cinco horas desde que se produjo la explosión. La razón que puede explicar esta tardía reacción habría que buscarla en la confusión provocada por la misma explosión, cuya verdadera causa no fue descubierta y confirmada hasta pasadas varias horas, unida a la inexperiencia de las autoridades policiales para enfrentarse atentados de tal magnitud. Sin embargo, resulta más sorprendente la libertad con la que los etarras pudieron moverse por la ciudad sin despertar sospechas, y la facilidad con la que pudieron realizar el atentado, teniendo en cuenta la cercanía del domicilio de Carrero Blanco con la embajada de los Estados Unidos, lo que convertía esas calles en una zona especialmente protegida por una mayor seguridad. Además ETA nunca había actuado fuera de los límites territoriales del País Vasco hasta cometer el magnicidio y nadie hubiera podido imaginar que la banda tuviera la experiencia y capacidad necesaria para planificar una acción de la trascendencia de la Operación Ogro. Si a toda esta circunstancia unimos la falta de medidas de protección alrededor del presidente, manteniendo un horario rutinario y estricto, siempre fiel a un mismo itinerario, y que por razones ignoradas no se tuvieron en cuenta los informes policiales que hablaban de la posible aprobación de un atentado, no es de extrañar que pronto surgieron hipótesis y conjeturas que hablasen de la existencia de una conspiración para acabar con la vida de Carrero Blanco en la que estarían implicados, además de ETA, servicios de inteligencia extranjeros como la CIA, altas personalidades del Estado y figuras relevantes de la oposición democrática.

Algunas voces se han atrevido a insinuar, sin llegar nunca a probar, la relación entre la visita Madrid el entonces Secretario de Estado estadounidense Henry Kissinger, justo un día antes del atentado, directamente con el magnicidio. La desclasificación de algunos documentos del Departamento de Estado ha revelado que Carrero Blanco no despertaba las simpatías de la Administración estadounidense, que veía en él a un «hombre de visión extremadamente conservadora, cree en la superioridad del sistema político español actual y en la necesidad de preservarlo en la edad post-Franco». En otro párrafo de ese memorándum elaborado por la embajada de Madrid, se afirma que «algunos oficiales (de la Embajada) han descrito carrero común reaccionario amargado que se opone tenazmente a cualquier liberalización del régimen». Así que los analistas estadounidenses lo consideraban como un obstáculo para entorpecer los intereses americanos en nuestro país. Los estadounidenses preferían a otro interlocutor, tal vez un tecnócrata o un militar más pragmático, para mantener un diálogo fructífero que condujese a la transición democrática.

Durante su visita a España, Kissinger fue recibido en audiencia por Franco y mantuvo una entrevista con Carrero Blanco. Parece ser que aquel encuentro se desarrolló en un ambiente de cierta tensión, manteniendo unas incómodas distancias que no se correspondían con la cordialidad mutua que se esperaba de las buenas relaciones que hasta entonces había mantenido los dos países. Durante la reunión del Secretario de Estado intentó convencer a Carrero de la necesidad de introducir profundos cambios que permitieran a España tener un sistema político equiparable al del resto de Europa, facilitando la vez el ingreso de nuestro país en la OTAN. Este grave desencuentro, unido al contenido de los documentos desclasificados, ha servido como pruebas para algunos defensores de la teoría de la conspiración, acusando a la CIA de ser uno de los principales instigadores del magnicidio. Otra de las leyendas urbanas alrededor del asesinato de Carrero es la presencia del llamado «hombre de la gabardina blanca», un misterioso personaje que supuestamente habría entregado en el Hotel Mindanao de Madrid un sobre con los horarios y rutas que seguir carrero blanco a Argala, uno de los integrantes del comando terrorista. Esto lo hubiera podido confirmar el etarra si no hubiera sido asesinado por el Batallón Vasco Español, una siniestra organización terrorista financiador de forma oscura y que fue antecesora al GAL. Su muerte sirvió a su vez para alimentar aún más los rumores sobre las dudas de quien estaba realmente detrás del magnicidio.

Algunos de estos rumores y supuestas intrigas llegaron a oídos de ETA, que se apresuró a desmentirlos, asegurando que la Operación Ogro había sido planeada exclusivamente por la dirección de la banda, y ejecutada por un comando de la organización que no había contado con la ayuda de nadie ajeno al entorno etarra. Justo un año después del atentado, apareció un libro titulado Operación Ogro, supuestamente escrito por Genoveva Forest Tarrat, una psiquiatra siempre ligada a círculos independentistas vascos radicales y conocidos entre ellos como la Rubia, por su llamativa y dorada melena. El libro, publicado bajo el seudónimo de Julen Aguirre, relataba la preparación y ejecución del atentado, si bien introducía una serie de datos y hechos falsos con la intención de obstaculizar la investigación policial que se estaba llevando a cabo para detener a los autores. Veinte años después se publicó una revisión más ajustada a la realidad, aclarando aquellos puntos que habían sido deliberadamente tergiversados en la primera edición. Los historiadores que han estudiado el atentado no consideran este libro como una fuente fidedigna.

Como dato curioso, cabe destacar aquí la película que se rodó en 1979 basada en los hechos y también titulada Operación Ogro. Su director fue Gillo Pontecorvo, con música del compositor Ennio Morricone. La cinta fue seleccionada para la clausura del Festival de Venecia y obtuvo el Premio David Di Donantello a la mejor dirección concedida por la Academia de Cine italiana.

  Las consecuencias
El impacto del magnicidio de Carrero Blanco que provocó la sociedad española fue de una extraordinaria magnitud. El país entero pudo ver la vulnerabilidad del régimen. La decrepitud que el anciano dictador mostró durante aquellos días era señal inequívoca de que el franquismo estaba llegando a su fin. Carrero Blanco habría sido el único hombre capaz de mantener la continuidad del régimen. Heredero y defensor a ultranza del ideario franquista más reaccionario, artífice de la opción monárquica encarnado en la figura del príncipe Juan Carlos, sobre la que ejercería su tutela y control, su asesinato trastocó todos los planes que durante largo tiempo se habían preparado para asegurar la continuidad de la dictadura, sin que el decadente régimen tuviera ya tiempo ni la capacidad necesaria para recuperarse de tan duro golpe, y sin una figura de una relevancia política comparable a la del presidente asesinado que pudiera sustituirlo.

La muerte de carrero abrió varias vías. Desde hacía mucho tiempo atrás, se venía hablando de la existencia de varias «familias» políticas dentro del Movimiento. Frente al núcleo duro del régimen, formado por los inmovilistas intransigentes comprometidos con el espíritu del 18 de julio, existían sectores más moderados que consideraban que había llegado el momento de emprender profundas reformas que preparase en el país para el cambio Democrático. Los primeros estaban dispuestos a resistir hasta el final y supone un difícil y peligroso obstáculo que amenazaba con el uso de la violencia para imponer sus opiniones y defender al régimen. Los segundos, llamados también rupturistas, iniciaron una serie de contactos con la oposición que permanecía en la clandestinidad o en el exilio, dispuestos a allanar el camino a la democracia usando la vía del diálogo y la reconciliación.

El asesinato de Carrero Blanco ensanchó aún más las grietas de un edificio que estaba a punto de derrumbarse amenazando con sepultar a todos los que estaban dentro. Los cimientos del viejo franquismo no soportarían mucho tiempo el peso de la historia. Los planes que desarrollaban un nuevo proyecto para nuestro país llevaban tiempo encima de la mesa de una generación de políticos que se encargarían de construido durante los años difíciles de la Transición. El asesinato de carrero blanco marcó el principio del fin y tan sólo había que ser paciente para soportar la espera.