Mesalina, sinónimo de mujer libertina y malvada

Valeria Mesalina se incorporó a la familia imperial siendo casi una niña, por su precoz matrimonio con Claudio y cuando éste era aún el despreciado «patito feo» de la familia imperial. Todavía se están buscando las razones por la que la bellísima y sensual adolescente de 15 años se casó con este cuarentón ignorado y estudioso, tan listo que se hacía pasar por tonto. Tampoco sabemos la razón por la que Claudio aceptó casarse con tal bellezon. La vida amorosa de Claudio no se caracterizaba por haber sido una balsa de aceite. De joven estuvo casado con Urgunalina, de la que se acabó divorciando. Con ella tuvo dos hijos que murieron de pequeños. Desde entonces, silencio y olvido.

Quizás con esta boda trataba de desquitarse de un mundo lóbrego y rodeado de libros, cosa que consiguió, vamos que si lo consiguió. O quizás lo que realmente deseaba era un heredero.

Mesalina nunca pensaba lo que hacía. O quizás si. A lo mejor lo que buscaba era justamente lo que le ofrecía Claudio: un cónyuge distraído y complaciente que le sirviera de muro de contención para ocultar sus desenfrenados excesos. Y así fue, Mesalina al principio era comedida en sus actos y su esposo, maduro y presunto cornudo, engendraría en ella dos hijos: Octavia, que sería la primera mujer de Nerón, y el malogrado Británico.

Escultura de Messalina por Eugène Cyrille Brunet (1884). Museum of Fine Arts of Rennes

La cosa empezó a torcerse a partir del año 41, cuando Claudio fue proclamado emperador de los pretorianos. Mesalina sabiéndose augusta dejo que su desenfreno y lubricas fantasías corrieran libres. Básicamente consistían en acostarse con todo hombre que se acercara. Desde que ostentaba el trono, Claudio mostraba una sorprendente autoridad y un buen sentido de gobierno, pero conservaba su ingenua e inocente buena fe. Amaba a su joven esposa con una fe ciega, y nunca se le ocurrió que lo estaba engañando.

Británico nació en el año 41 y debe su nombre a las conquistas de su padre en la Gran Bretaña. Como agradecimiento por haberle dado un hijo, el emperador le permitía ejercer un abierto poder sobre Roma y los romanos. Y ya sabemos lo que eso significa. Así que como Claudio estaba a lo suyo, Mesalina no veía la posibilidad de que alguien le usurpará su puesto en la cama del emperador, así que decidió dar un paso adelante en sus desvíos sexuales y decidió beneficiarse a desconocidos, cuanto más brutales y zafios fueran esas personas, pues mucho mejor.

Claudio era muy aficionado al vino y a comer de manera impulsiva, lo que le obligaba a retirarse temprano. Mesalina, aquejada de supuestas jaquecas o de un sueño que se apoderaba de su ser, hacia lo mismo. Pero llegaba el momento de la transformación. Se colocaba una peluca rubia y se cubría con una capa para dedicarse a recorrer las más miserables tabernas de los barrios bajos donde se ofrecía a cualquiera bajo el nombre de Licisca.

Como le resultaba incómodo tener que ejercer el acto amatorio por calles y rincones mugrientos, se apañó un cubículo o picadero al que se accedía a través de una cortina más bien asquerosa, donde sólo había por mobiliario una cama de mampostería. Allí se entregaba a todo el que se lo pidiera a la sirvienta que al otro lado de la cortina servía de control de acceso. Los que esperaban al otro lado podían oír claramente los orgásmico gemidos de su emperatriz.

Representación de Mesalina refocilándose con un  gladiador

Es famosa la anécdota de tradición popular en la que se cuenta que Mesalina, en un ataque de furor uterino decidió desafiar a Flora, la prostituta más famosa de Roma, en una competición muy especial. Propuso una prueba de resistencia, en la cual cada una se entregaría a todos los hombres que pudieran beneficiar hasta caer rendida por la fatiga. Se nombraron jueces y observadores, como si se tratara de un juego del circo, y se repartieron fichas numeradas entre la turba de desarrapados ansiosos por participar, como si de una escena bukake moderna se tratara. Comenzado el torneo, las dos participantes no dejaron bajar el listón en ningún momento, hasta que Flora salió agotada y maltrecha de su cama, mientras Mesalina, fresca como una rosa, pedía alegremente que pasara al siguiente. No tenemos cifras de la proeza carnal, pero seguro que Mesalina estaba orgullosísima de sí misma.

Mientras Mesalina se dedicaba a estas lides, los libertos en complicidad con ella, le ocultaban los desvaríos de su joven esposa. Estos antiguos esclavos emancipados por Calígula, eran hombres inteligentes y cultivados, más influyentes ante el emperador que cualquier patricio. Destacaban entre ellos:

  • Narciso, que administraba las relaciones de palacio y la correspondencia imperial;
  • Calisto, que había conseguido hacerse perdonar por su participación en una conjura frustrada contra Calígula;
  • Palas, un fino y astuto consejero político;
  • Polibio, cuyos versos y cánticos de alabanza entretenían y alentaban a su augusto amo.

Cuando la emperatriz se hartó de refocilarse con la más inmunda parte de los humanos de Roma, decidió cambiar de amantes y escenario trasladando su actividad nocturna al Palatino. Lo primero que hizo fue darles un repaso a dos libertos de los anteriormente mencionados por si se le había pasado por la cabeza el traicionarla y delatarla. Luego decidió que debía reprimir las murmuraciones que empezaban a correr sobre ella, comprometiendo a unos cuantos patricios y sus respectivas matronas. Para llegar a ese fin hizo ajardinar unos terrenos próximos a palacio, y erigió en ellos una construcción rodeada de columnas junto a un lago artificial. El edificio se componía de varias habitaciones independientes, cada una de las cuales daba directamente al exterior por una entrada cubierta por un lujoso cortinaje oriental. En su interior no había ventanas, y contra una de las paredes se alzaba una tosca cama de mampostería. Salvo las ricas cortinas, unos cojines de seda y algún otro detalle, aquellos cuartuchos era un remedo del cubículo que usaba en la Suburra para acostarse con los bellacos del populacho.

Estatua de Mesalina

Para la inauguración, una vez estuvo el emperador Claudio fuera de Roma, Mesalina invitó a varios matrimonios patricios a un gran festín para estrenar los magníficos jardines. El vino del banquete debía contener algún fuerte afrodisíaco, porque los invitados fueron presa de una desaforada borrachera erótica, que como era de esperar, acabaron en las dependencias recién creadas. Podían acostarse con quien quisieran menos con su cónyuge. Mesalina conducía la orgía como buena anfitriona, no sin dejar de mostrar una satisfacción incontenible. A la mañana siguiente los esposos participantes, adúlteros por una noche, se mirarían avergonzados, intentarían olvidar el asunto y no volverían a criticar nunca jamás a la emperatriz por una conducta licenciosa que ellos acababan de realizar con creces delante de la puesta en tela de juicio.

Pero los libertos se habían enterado de la orgía/festín y decidieron discutir si había llegado el momento de poner a Claudio al corriente de todo. Pero un nuevo acontecimiento volvió a poner a Mesalina en una posición aventajada. Sus primas Agripina la Menor y Livina, su hermana pequeña, rondaban libremente por el palacio gracias a su linaje y posición social. Aprovechando las ocupaciones oficiales de sus respectivos maridos visitaba a menudo a Claudio, que aceptaba complacientemente la dulzura y el cariño de sus sobrinas. Esto despertó los celos de Mesalina hacia Livina por culpa de su juventud y belleza, aunque fuera Agripina la que disfrutó de mayor intimidad con el emperador. Así que decidió urdir un complot un poco torpe acusando a la jovencita de cometer adulterio con el orador y filósofo de moda, Lucio Anneo Séneca. A pesar de todo lo que haya leído hasta ahora, el adulterio femenino era severamente castigado por la ley romana, y el Senado se tragó las falsas pruebas y testimonios presentado por la omnipotente emperatriz. Tanto Livina como Séneca fueron condenados al destierro, donde a Mesalina, con la distancia suficiente de por medio, le resultó fácil hacer asesinar a la supuesta rival.

Agripina y Claudio

Este crimen le pasó factura a Mesalina. A los libertos no les hizo ninguna gracia, que pasaron de ser cómplices de la emperatriz, a simples resentidos neutrales. Agripina enfureció ante la trampa asesina tendida a su hermana por la emperatriz, e inició entonces una intensa campaña de seducción de Claudio con el fin de que repudiara a Mesalina. Pero no solamente era un deseo de venganza por el asesinato de Livina, también estaba el intento de sentar a su hijo Nerón en el trono del imperio. Su primer paso fue hacerse amante e íntima amiga del liberto Palas, relación que mantendría toda su vida y que tendió un puente entre la aristocracia opuesta a Mesalina y los emancipados del Palatino, leales guardianes del emperador.

Mesalina, sabedora o no de estos tejemanejes, no dejó de hacer y ostentar lo que le venía en gana, siempre en relación con sus lascivos ardores. El actor Meneste fue el único hombre que la rechazó y entonces se encaprichó del apuesto cónsul Cayo Silio, apodado, parece que con razón, «el más bello de los romanos». Silio repudió a su esposa, Julia Silana, para poder recibir en su residencia con todos los honores a la augusta amante, que llegaba con un ostentoso séquito a la vista de todo el mundo. Mesalina acabo instalándose en aquella casa, a la que trasladó con sus muebles y efectos personales, e incluso numerosos objetos de gran valor que pertenecían al palacio imperial. Empezó a comportarse como si Claudio no existiera, y toda Roma sabía que tramaba derrocarlo para poner en el trono a su adorado Silio. Éste además de guapo era un político en ascenso que contaba con seguidores tanto en el Senado como en el ejército. Si a esto además le añadimos una dosis grande de arrogancia y narcisismo, se entiende mejor toda esta trama.

El liberto Polibio, llevado quizá por su sensibilidad lírica, no aguantó más y se fue corriendo a contarle todo a Claudio. Sin embargo lo hizo en forma tan inoportuna y atropellada que el emperador, persistiendo en su ingenuidad, se lo tomó a broma. Pero Mesalina dejo constancia del pequeño problema en su libreta de traiciones y en justo pago denunció al pobre poeta como partícipe en una conspiración tramada, como no una vez más, por el desterrado Séneca. Y también una vez más Claudio se creyó el cuento que le contaba Mesalina. Polibio fue ejecutado y los otros tres libertos pusieron las barbas en remojo ante la certeza de que, más pronto que tarde, correrían la misma suerte.

Después de este éxito, Mesalina y Silio perdieron totalmente la prudencia, la vergüenza y en buena medida la razón. Claudio se encontraba Ostia, así que los amantes decidieron organizar su propia boda. La ceremonia presentaba todo el simbolismo y el aparatoso boato que correspondían a un casamiento imperial, incluyendo los invitados de alcurnia y el pueblo llano en la calle admirando desde la calle el impúdico despliegue de lujo y poderío puntos ocultos en una casa rural de la Vía Apia, los libertos confiaron el mando de la resistencia a Narciso. Éste envió rápidamente un mensaje a Ostia, contando todo el follón que había montado en Roma. El emperador tuvo que aceptar por fin que Mesalina lo había traicionado. Su amigo paso por tres fases: dolor de esposo engañado, bochorno por su ingenuidad y finalmente furia vengativa.

Mientras tanto en Roma la boda de los adúlteros alcanzaba su momento culminante, cuando los centinelas apostados por Silio anunciaron con destemplados gritos que el emperador y su guardia pretoriana se dirigían hacia allí al galope. Se produjo una desbandada tal de todos los asistentes que Claudio sólo atrapó a varios en el recinto del festejo nupcial. Los rodeados rogaban clemencia emperador, cuando reapareció Narciso y señaló uno a uno a los instigadores y cómplices de la extraña pareja. Mientras Silio se refugió en el foro a la espera de un apoyo que nunca llegaría, y Mesalina abandonó Roma por la Vía Apia, confiada en que su poder sobre Claudio le conseguiría el perdón. Pero nunca se resolverá ya que cuando Narciso y sus hombres alcanzaron a Mesalina, le dieron muerte en un descampado. Claudio buscó refugio en los brazos de Agripina intentando encontrar consuelo a tanto desastre.

Valeria Mesalina murió con sólo 23 años, que le bastaron para que su nombre fuera en adelante sinónimo de mujer libertina y malvada. Su poder sobre Claudio instigó los peores aspectos de su reinado, y sin su delirante ambición frustrada quizás Agripina no hubiera podido reemplazarla y el tremendo Nerón no hubiera llegado al trono. Pero eso es otra historia.

Agripina corona a su hijo Nerón
Cronología de la vida de Mesalina
  • 25 d. C. — Nace Mesalina en Roma.
  • 38 d. C. — Se casa con Claudio, quien por entonces tenía aproximadamente 50 años. Así pasa a ser la tercera esposa del tío del emperador Calígula.
  • 40 d. C. — Tiene su primer vástago con Claudio, Claudia Octavia (Octavia Neronis).
  • 41 d. C. — El 12 de febrero da su primer y único hijo varón, Tiberio Claudio César Británico, a Claudio.
  • 41 d. C. — Tras el asesinato de Calígula, Claudio es nombrado Emperador, por tanto su esposa Mesalina obtiene el título de emperatriz.
  • 42 d. C. — Celosa Mesalina, instiga la ejecución de Julia Livia hermana de Calígula y sobrina de Claudio, porque tenía cierta influencia sobre el emperador.
  • 48 d. C. — Narciso, el liberto de Claudio, descubre la conspiración de Mesalina, quien en secreto había cometido bigamia al casarse con el cónsul Cayo Silio, con quien planeaba usurpar el trono de Roma. Para ello pretendían deshacerse de Claudio.
  • 48 d. C. — Mesalina, al igual que su amante, es obligada a suicidarse; pero, al no poder hacerlo, es decapitada.