Mata Hari, una vida de glamour y espionaje

Margaretha Geertruida Zelle nació en 1876 en el pueblo holandés de Leeuwarden. Su padre sombrerero con ínfulas de grandeza empapó a su hija de sus sueños inalcanzables. Todo fue bien mientras el dinero acompañó el delirio, y se truncó cuando llegó la ruina. La figura paterna marcó el carácter de la joven Margaretha Geertruida, mientras que su madre le transmitió la belleza exótica de las mujeres nacidas en la isla de Java. Un bien heredado que iba acompañado por un carácter cautivador.

Mata Hari en una pose sensual sin nada de cintura para abajo

Recibió la llamada del sexo antes y con más intensidad que sus compañeras de colegio. En la Escuela Normal de Lyden, donde estudió, sufrió la persecución del director, un personaje apellidado Haanstra, de quien nadie habría hablado si no fuera por su relación con Margaretha Geertruida. Este hombre se trastornó —seguro que algo ya lo estaba de antes— por una niña de quince años, a la que acosó sexualmente, la sometió a castigos físicos para intentar conseguir sus favores y, en medio de la desesperación, llegó hasta a suplicarle que le hiciera caso. Con la madre fallecida, el padre descolocado por la ruina económica y el colegio convertido en una pesadilla, se fue a vivir un tiempo con su tío. Su objetivo era independizarse. No se le ocurrió otra cosa que buscar pareja en los anuncios de los periódicos. Pero no cualquier pareja. Margaretha Geertruida tenía muy claro que a ella le gustaban un tipo de hombres: los que llevaban uniforme. Ahí residía su fantasía más profunda: no había nada que le gustara más que estar con militares.

Su espíritu rebelde y la búsqueda de esa autonomía le guiaron a responder a una elegante carta de un tal Her Nieuws van der Dag: «Oficial destinado en las Indias Orientales Holandesas desearía encontrar señorita de buen carácter con fines matrimoniales». No solo era militar —su verdadero nombre era Rudolf McLeod—, sino que también estaba destinado en la tierra donde había nacido su madre, de la que había heredado esos rasgos orientales que la hacían tan diferente al resto de las chicas. La cita a ciegas se celebró en marzo de 1985. El oficial estaba cerca de cumplir los cuarenta y Margaretha Geertruida apenas había llegado a los dieciocho años. Un hombre maduro, con una larga experiencia de la vida, y una joven deseosa de comerse el mundo. Ese mismo día la pasión explotó entre los dos.

Mata Hari en pose familiar con su esposo Rudolf McLeod.

Sin duda se enamoró de Rudolf —y de su uniforme— y el militar se vio arrastrado por un torbellino de sentimientos y ardores. Unos meses después de conocerse se casaron con prisas, pues la chica, voluntaria o involuntariamente, se había quedado embarazada. En 1897 viajaron a Java, donde se instalaron en la aldea de Banjoe-Biroe. Tras el embarazo la joven sintió rechazo a pasarse el día cuidando a Norman, su hijo.Esa no era su idea de proyección de futuro por el que había apostado al casarse con Rudolf. Además Indonesia era otro mundo. La vida de un comandante holandés como Rudolf tenía muchos privilegios y más tentaciones.

Margaretha Geertruida volvió, sin embargo, a quedarse embarazada, y dio a luz una niña, Louise, cuyo cuidado dejó en las manos atentas del servicio nativo. Con los niños a cierta distancia, empezó a dedicarse a recuperar su propia e independiente vida.

Parte del impulso lo recibió por la existencia disoluta que su marido llevaba en la isla. Bebía en abundancia y se acostaba con toda la que podía, recurriendo habitualmente a los burdeles que muchos occidentales frecuentaban. La distancia del matrimonio se hizo patente. Margaretha Geertruida hizo una inmersión en las raíces más profundas de la cultura javanesa, sobre todo en las danzas más tradicionales, perfumadas con un toque sensual y atrevido, en las que el movimiento del cuerpo era completamente distinto al de los bailes europeos. Apareció un pensamiento sexual más liberal, en el que ella había militado inconscientemente desde su juventud.

Mata Haroi en sus cosas vendiéndose al mejor postor.

En Java asentó en su cabeza que el amor era algo momentáneo, efímero, vinculado al placer. Si no existe una buena relación carnal, es imposible enamorarse de un hombre. Aunque, por otro lado, es posible acostarse con cualquier hombre sin necesidad de amarle. Este pensamiento determinará su forma de actuar.

Su marido no podía soportar que se dedicara a bailar delante de otros hombres con trajes sensuales y luego accediera a acostarse con alguno de ellos. El comandante Rudolf McLeod perdió la compostura, se lanzó por la pendiente del alcohol, llegando a acusarla de comerciar con su cuerpo y desatender a sus hijos, además del maltrato físico. Margaretha necesitaba dinero para comprarse ropa, caprichos y otras cosas, y empezó a insinuar a los hombres ricos que compartían su cama que pagaran la compañía. Incluso se dice —algo no demostrado— que la pareja tendió trampas a hombres de negocios pudientes: cuando estaban retozando con ella, entraba su marido y les amenazaba con un escándalo si no vaciaban su cartera. Quizás no sucediera, pero muestra con claridad el declinar de la pareja.

En 1902 tuvieron la suerte de poder abandonar la cárcel en que se había convertido Java para el matrimonio. Regresaron a los Países Bajos y allí se separaron. Con un detalle significativo: el padre se quedó con la niña —el hijo había muerto en extrañas circunstancias— con escasa oposición de la madre. Comenzaba una vida en solitario, en la que sin ataduras de ningún tipo se propuso triunfar y ser lo que siempre había soñado: una gran artista que se codeara con la clase alta.

Mata Hari en una pose exótica demostrando sus formas sensuales.

Margaretha Geertruida deseaba sacarle todo el jugo a la vida. Tenía veintiséis años y la certeza de que si llegaba a París conseguiría impresionar a todos y triunfar. Su gran plan consistía en cambiar de identidad. Se llamaría Mata Hari —corto, directo, exótico y fácil de recordar—, descendiente de «una gloriosa bayadera —bailarina— del templo de Kanda Swany» que murió cuando ella tenía catorce años. Fue adoptada por los sacerdotes, quienes le pusieron ese nombre que significaba «Pupila de la Aurora». Nadie nota que Mata-Hari no es nombre indio, sino malayo. Después añadía unas aventuras de raptos y abusos, hasta llegar finalmente a los Países Bajos.

Con esta atrevida historia en la cabeza y escaso dinero en el bolsillo, partió rumbo a París convencida de su éxito. Su optimismo estaba basado en su exagerada belleza y la atracción sin límite que era capaz de despertar entre los hombres. En eso no se engañaba. Quizás no era solo su físico heredado de una javanesa, con todo lo que tenía de racial. Sin duda estaba también su forma de mirar, sus contoneos, sus insinuaciones.

Su llegada a París fue un desastre. Sin dinero, tuvo que alojarse en los barrios pobres, lejos de los hombres ricos por los que suspiraba. Para ganarse la vida piensa en posar para los pintores como modelo desnudo. Finalmente vendió su cuerpo a clientes con escaso poder adquisitivo que difícilmente podrían sacarla de aquel pozo sin fondo. Mata Hari acertó al decidir salir de aquella podredumbre y cambiar de estrategia. Regresó a su país natal, pidió prestado dinero a sus amigos —es fácil imaginar el método— y lo fue guardando hasta conseguir lo suficiente como para regresar a París, pero esta vez comenzando desde arriba, alquilando una habitación en un hotel de cinco estrellas.

Mata Hari mostrando su belleza natural.

Corría el año 1905 cuando accedió a los hombres adecuados para sus planes. Hombres enloquecidos por estar con ella, que apreciaban su belleza y sus artes amatorias. Hombres encantados de salir a cenar o bailar con una mujer tan elegante, distinguida, que producía envidia y admiración. Hombres como el millonario y coleccionista de arte Émile Guimet, que sintieron cómo les azotaba el viento de la fascinación y ponían su dinero y relaciones personales al servicio de la dama que tanto les gustaba.

Así fue como Mata Hari consiguió su primera actuación importante en el Museo de Arte Oriental, una ambientación fabulosa para su mágica danza de los siete velos. Lo que fue un simple striptease cautivador de una mujer despampanante, algunos lo convirtieron en una obra de arte. Un diario francés explicaba:

Mata Hari es Absaras, hermana de las ninfas, de las ondinas, de las walkirias y de las náyades, creadas por Indra para la perdición de los hombres y de los sabios.

En 1906 Montecarlo acoge calurosamente a la danzarina. Actúa en una obra clásica del arte indio: el ballet de El Rey de Lahore. Y en Montecarlo la aguarda el destino. Mata-Hari se enamora de un oficial alemán, el teniente Alfredo Kiepert; un húsar de orgullosa estampa, e inmensamente rico.

Imagen de Mata Hari

Aquel idilio significa el adiós a las danzas sagradas delante de banqueros apopléticos. Mata-Hari, cediendo a su corazón, sigue al bello oficial hasta Berlín, donde aquél está de guarnición. Kiepert no esconde su aventura; su amante lo acompaña a las maniobras del ejército imperial que tienen lugar en Silesia. Así, Mata-Hari traba conocimiento con numerosos miembros del Alto Estado Mayor y hasta mantiene, según se dice, un fugaz idilio con el Kronprinz, hijo de Guillermo II. ¿Acaso por entonces los servicios secretos alemanes pensaron en poner a su servicio a una mujer que había llegado a ser la «coqueluche» de París y de Madrid, que tenía acceso a innumerables alcobas, y por tanto, capaz de descubrir los secretos que las mismas encerraban? Este punto jamás llegará a ser puesto en claro.

A fin de 1906 sobreviene la catástrofe: Mata-Hari sabe que su amante está casado. Ciega de cólera abandona Berlín y se traslada a Viena. En la capital austríaca sus danzas suscitan violentas polémicas: razón de más para que se sucedan los llenos impresionantes en sus recitales.

De Viena a El Cairo, y de allí a Roma. Una ilusión la obsesiona: interpretar el ballet Salomé, de Ricardo Strauss, que se está montando en París. Desconfiado, o informado, Ricardo Strauss ni responde siquiera a las apremiantes cartas de la danzarina. Vejada, vuelve a Berlín, y allí pasa —de pésimo humor— los últimos meses de 1907. Sus relaciones con el apuesto húsar quedan más o menos restablecidas; luego vuelve a París.

Se da cuenta inmediatamente —con no escaso estupor— que su cotización ha bajado. Durante su ausencia, las danzarinas «orientales» han proliferado y los mitos sagrados de la India o de Java comienzan a hastiar a los bohemios y disolutos parisinos. Mata-Hari trata entonces de probar fortuna en el teatro; pero fracasa. Y repentinamente se produce el vacío: Mata-Hari se halla prácticamente fuera de circulación durante los años 1910 y 1911.

Imagen de Mata Hari

Para buscarla habría que haber ido a Esvres, en Indre— et-Loire. Vive en un castillo alquilado para ella por un opulento banquero, Javier Rousseau, al que la danzarina debe agradecer el restablecimiento de sus vacilantes finanzas. Sin empacho alguno, Mata-Hari se hace pasar por la verdadera madame Rousseau y recibe a su «esposo» los fines de semana; el tiempo restante cabalga por el campo cercano. Pero la vida campestre de la retirada bailarina resulta cara: en 1911 Javier Rousseau queda totalmente arruinado; para vivir tiene que hacerse corredor de una marca de champagne.

Aquel inesperado retiro, allá en el fondo de una provincia, ¿era debido a que la Zelle Mata-Hari había concebido una pasión verdadera por el banquero? Desde luego que no, puesto que la holandesa lo abandona cuando aquél no dispuso ya de fondos. ¿Cansancio del mundo y de la vida? Ello no casa con su temperamento. Entonces, ¿qué…? Este episodio de la vida de la «danzarina sagrada» ha quedado en realidad poco esclarecido. ¿Se iniciaba ya en su carrera de espía?

El año de 1912 se anuncia muy mal para Mata-Hari. Se ha instalado en Neuilly, calle Windsor. Para vivir organiza algunas exhibiciones privadas en las que el desnudo tiene mucha más importancia que el arte. El éxito resulta menos que mediano. Luego baila en la Scala de Milán, auténtico templo de la danza. Es acogida más bien fríamente. Aquel semifracaso la pone en un estado de furor paroxístico. Pero no da su brazo a torcer. Importuna a Sergio Diaghilev, cuyos ballets comienzan a ser célebres. No solamente se niega el coreógrafo a incorporarla a su grupo; ni siquiera consiente en recibirla. Y eso que la «diva» se ha trasladado especialmente a Montecarlo para entrevistarse con él.

Imagen de Mata Hari

Como por desafío ante los fracasos que comienzan a proliferar, Mata-Hari ofrece en su propia casa una fabulosa velada. Nunca ha danzado de forma tan atrevida, y nunca se había desnudado hasta tal extremo. Es aplaudida, pero nada más: los contratos no llegan. Al fin tiene que tragarse su dignidad y consentir en actuar a no importa qué precio. Puede vérsela en el «Folies Bergére» como figura de un espectáculo sicalíptico: La revista en camisa. Luego llega, incluso, a presentarse en miserables teatrillos de mala muerte.

Bruscamente, Mata-Hari comienza a detestar aquel París que ya no la reconoce como a una de sus reinas. En febrero de 1914, con palabras de ingratitud hacia Francia, la danzarina vuelve a Berlín. ¿Acaso es éste el momento en que nace la espía?

Palabras poéticas que iniciaron la leyenda en la Belle Époque de una mujer indonesia de una belleza extrema que engatusaba en el escenario desnudándose lentamente, velo a velo, mientras iba mostrando todo su cuerpo. Excepto por unas pequeñas cúpulas de bronce que le cubrían siempre los pechos, nunca los mostró. La mitología ejerció su poder imaginativo haciendo que los hombres creyeran, según unos, porque eran muy feos, según otros, porque se los había destrozado su ex marido en una de sus palizas. Este tipo de espectáculos no eran habituales en la época y la innovación fue otro factor a su favor y si no lo creéis observar con detenimiento las imágenes y pensar en esta señora desprovista de ropa en 1900.

Lo atrevido de las imágenes de Mata Hari para promocionarse no tenía igual en su época.

El éxito la alcanzó rápidamente tras esa primera representación. Actuó en varios locales de París, donde el lleno fue a rebosar, con verdaderas peleas de los hombres por ocupar las primeras filas de los teatros. En una época en la que las noticias se difundían por el boca a boca, nadie quería perderse su actuación. Y luego muchos deseaban conocerla en persona y tener la oportunidad de compartir veladas románticas con ella. Eso sí, todos sabían o intuían que previamente debían llevarle algún presente especialmente exquisito y cuanto más excepcional mejor. Si además querían mantener una cierta relación con ella, el dinero de por medio era imprescindible.

Los teatros de toda Europa vieron rápidamente el negocio que les podía generar la artista javanesa a la que supuestamente criaron unos sacerdotes, así que no tardó mucho en comenzar una gira. Viajaba desde París a Londres, donde pasaba una temporada, para luego regresar a la capital francesa y desplazarse a Roma. Así durante un par de años, en los que su cuenta bancaria recibió cuantiosos ingresos gracias a su trabajo como bailarina. Un trabajo en el que no engañaba a los verdaderos profesionales ni a muchos aficionados que sabían que lo suyo no era la danza, pero que poco importaba: la gente iba a ver su striptease. En Londres, Roma, Madrid, Berlín… se alojaba en los mejores hoteles, donde recibía a lo más granado de cada sociedad, hombres a los que conocía en las fiestas a las que continuamente la invitaban. Puede que muchas mujeres la despreciaran al saber que despertaba el interés de los hombres por el sexo, pero era interesante contar con ella en esas reuniones de la alta sociedad.

Fotografía de Mata Hari coloreada.

Igual que en su primera elección amorosa a los dieciocho años, Mata Hari nunca dejó de sentir debilidad por los militares. Le daba igual su nacionalidad, grado o idioma. Todos le gustaban. En cada país no faltaba la cola de generales, diplomáticos, miembros de la realeza y del gobierno que se acercaban esperando gozar de los favores de tan famosa dama. Ella creía —erróneamente— que mientras mantuviera buenas relaciones con esa gente tan importante nunca le faltarían trabajo, dinero y seguridad. Siempre habría alguien que acudiría en su ayuda. Eran muchos los hombres que la cortejaban y de la mayor parte se separaba sin dramáticas rupturas. Siempre les dejaba la puerta abierta.

Lo que pasó fue lo irremediable. Al cabo de unos años la novedad dejó de serlo y otras chicas más jóvenes y guapas, incluso más promiscuas, la desbancaron. Sus apariciones en el teatro dejaron de interesar. Intentó dar el salto a compañías de prestigio, pero como era de esperar nadie serio la quería entre su personal. Se sintió decepcionada y notó el impacto cuando sus ingresos cayeron. Mata Hari no era una mujer ahorradora. Se gastaba en lujos y tonterías todo lo que ganaba. Cuando no cobraba lo suficiente en los teatros para mantener su tren de vida, respondía demandando más dinero a sus amantes. El mito se apagaba y ella no podía permitirlo. Todo el mundo la reconocía, la admiraba o, al menos, es lo que ella pensaba, pero carecía del dinero imprescindible y tenía que buscarse la vida.

Imagen de Mata Hari coloreada mostrando alguno de sus poderes.

Residía por entonces en Alemania y la I Guerra Mundial estaba cerca de comenzar. A pesar de haber dejado atrás la juventud, seguía fascinando a los hombres poderosos. Sin contar a diversos jóvenes oficiales, estaba liada con un duque y su hermano, con el príncipe heredero, con el jefe de policía de Berlín y con el jefe del espionaje alemán. Se metió en la boca del lobo guiada por una opinión exageradamente positiva de sí misma. Una prostituta de lujo iba a convertirse en espía.

No existe certeza del momento en que fue captada por el servicio secreto alemán. En aquellos primeros años del siglo xx el espionaje en todo el mundo era una cuestión de hombres, sin hueco para las mujeres. El sexo débil, como se le llamaba, debía ocuparse de aparecer bello y elegante, cuidar de la familia y no meterse en cuestiones profesionales que solo competían a los varones.

El inglés Basil Thomson, que en aquellos años era el director de Scotland Yard, fue especialmente claro y despectivo: «Las mujeres no son buenas espías, crean lo que crean los hombres casados». Más taxativo aún fue el especialista francés Henry Maunoury: «Para el espionaje solo deben emplearse hombres. Salvo raras excepciones, las mujeres son espías mediocres e incluso peligrosas». En este contexto tan machista, bastante acorde con la época, se explica que los grandes servicios de espionaje sumaran dos y dos. La conclusión fue clara: Mata Hari era una artista famosa, aunque estuviera en decadencia. Viajaba por toda Europa con cierta libertad y era invitada por las personalidades más importantes e influyentes de cada país. Esas personalidades, por supuesto hombres, siempre buscaban intimar con ese mito viviente que podía ser un poco extravagante, pero que deslumbraba en todas las fiestas a las que asistía. Si en lugar de limitarse a hablar de asuntos frívolos sacaba conversaciones de actualidad sobre diplomacia, guerras y política, sin duda podría almacenar una información de gran valor. Nunca la contratarían como espía profesional —era una mujer—, pero sí para engañar a otros hombres.

Pose de Mata Hari haciendo una contorsión típica de la danza del vientre donde muestra su seductora tripita.

Kraemer, el jefe del espionaje alemán, captó con claridad la operación. Tras convertirla en su amante —lo que no excluía que la chica siguiera acostándose con Grichel, el jefe de policía de Berlín—, le ofreció formar parte de su servicio secreto. Su misión sería sacar información a los militares y jerarcas franceses con los que se acostase a cambio de una suma considerable de dinero. Mata Hari debió de sentirse alagada. Era un trabajo complicado y difícil, para el que sin duda valía. Simplemente debía esforzarse en conseguir secretos de esos que los hombres le contaban antes y después de acostarse con ella. Debería seguir viajando por el mundo, priorizando sus relaciones con militares de los países enemigos de Alemania. No se lo pensó y aceptó. Desde ese momento, se convirtió en la agente H21.

Mata Hari no dispuso de la formación requerida por cualquier agente secreto que va a moverse por territorio hostil. Sin duda le explicaron cómo transmitir la información que conseguía, con quién se debía reunir y cosas así, pero nada de técnicas especiales como las que necesitan conocer los agentes que realizan las misiones más arriesgadas. Posiblemente fue así porque Kraemer consideraba que si Mata Hari seguía actuando como hacía siempre, la información vendría sola. Tenía fe en ella.

Representaciones que hacía en el treta cunado ejercía de vedette.

El estallido de la I Guerra Mundial sorprendió a la bailarina actuando en una sala de Berlín. Todos en la ciudad, especialmente los espías, conocían a los militares que la rodeaban. Tras ese día la información de cotilleos pasó a adquirir valor estratégico. En diversos ministerios de Asuntos Exteriores y servicios secretos europeos se recibieron mensajes que hablaban de que la famosa bailarina era la amante a la vez del jefe de policía de Berlín y del responsable del espionaje. Esa información llegó a la mesa del capitán Ladoux, el jefe del contraespionaje francés, un hombre convencido de que las mujeres podían ser muy buenas agentes siempre que utilizaran sus encantos para conseguir la información —la misma corriente machista—. Conocía, como todos los franceses, la fama de Mata Hari. Es imposible saber a ciencia cierta lo que pasó por la cabeza de Ladoux cuando se enteró de que al inicio de la guerra Mata Hari estaba pasándoselo bomba en Berlín, con sus enemigos. Sin duda la consideró enemiga, un dato a añadir a la investigación pasada que ya había realizado sobre ella. Sabía que era una mentirosa patológica. Todos los detalles de su vida en Java y demás habían resultado inventados. Nada de lo que ella se adjudicaba era cierto. Solo era verdad que ganaba mucho dinero gracias al teatro y sobre todo a los amantes que peleaban por compartir su lecho. No tardó mucho en llegar a la conclusión de que podía haber sido captada por los alemanes.

Convertida en espía, Mata Hari solo tardó unos meses en regresar a París, donde volvió a recuperar a sus amantes y a conseguir otros nuevos, entre los que estaba el capitán ruso Vladimir Maslov, el primer hombre, tras su marido, del que se enamoró perdidamente. Lo integró en su vida sin renunciar al resto de sus relaciones.

Una muestra más de lo exótico que era el mundo de Mata Hari, la espía versátil, pero sin experiencia.

Ladoux tenía agentes vigilándola, pero no obtuvieron ninguna prueba de que trabajara para los alemanes. Un día se encontró con ella en su despacho, recomendada por uno de sus antiguos amantes. Quería un salvoconducto para desplazarse a la localidad de Vittel, donde estaba el hospital en el que cuidaban a su «novio» Vladimir, herido en el frente de batalla. El jefe del contraespionaje aprovechó la oportunidad. La mujer con la que llevaba tanto tiempo obsesionado estaba delante de él, pidiéndole un favor. Se lo haría, pero nada era gratis. Le pidió que trabajara para él, por supuesto por dinero. Y también, por supuesto, aprovechándose de los altos cargos militares y del espionaje alemán con los que mantenía relaciones. Mata Hari aceptó sin dudarlo. Podría ir a pasar una temporada con Vladimir y luego regresaría a su alocada vida normal. Solo que en vez de acumular información sobre los militares franceses, ahora debería hacerlo también sobre los alemanes. No era nada especialmente complicado, solo negocios. Era su forma de mantener el tren de vida por el que tanto había luchado. Cuando arreglaron todos los detalles, Ladoux no se quedó convencido. Había contratado a una holandesa para servir a Francia, pero sospechaba que su doble agente mantendría su lealtad a Alemania, país por el que siempre había sentido una especial atracción. No era una mera intuición. Informes de los colegas de otros servicios europeos le habían alertado de las sospechosas compañías de Mata Hari cuando había estado en Holanda, Alemania y otros países.

Esa alegría que había embargado a la bailarina al ser reclamada por los jefes de la inteligencia militar de los dos bandos para espiar a los distinguidos hombres con los que se encontraba no le duraría mucho. En noviembre de 1916 cogió un barco desde el puerto de Vigo con destino a los Países Bajos, pero fue interceptado por un buque inglés. Mata Hari acabó en Londres, inicialmente confundida con una espía alemana. Al final, con la falta de discreción típica en ella y que los espías que la captaron parecieron no tener en cuenta —¡qué grave error!—, cuando la interrogaron afirmó que era una agente del servicio secreto francés y que si albergaban dudas podían hablar con el capitán Ledoux. Al final se verá la verdadera cara de este hombre

Otra imagen de Mata Hari enseñando carne.

Basil Thomson, jefe de Scotland Yard, no podía creérselo, pero el espía francés se lo confirmó. Estos galos, debió de pensar el inglés, no hacen caso de las advertencias. Hacía meses que le había comentado que Mata Hari no era trigo limpio y en lugar de alejarse de ella la había captado. Consciente de que aquella elegante dama, que con tanta destreza se movía en los ambientes de la alta sociedad europea, desconocía la mínima regla de supervivencia en el mundo del espionaje, la dejó regresar a Vigo, pero antes le regaló una recomendación personal: abandone la tarea en la que está inmersa. No le hizo caso. Creyó que el mundo del espionaje era como una de esas fiestas elegantes a las que era tan asidua.

Regresó a España y se quedó una temporada en Madrid, donde sedujo con sus habilidades naturales a unos cuantos jerarcas y destacados miembros de la alta sociedad. Entre ellos, Enrique Gómez Carrillo, el marido de la vedette Raquel Meller, a quien la leyenda acusa de morirse de celos y echar su granito de arena para que fuera detenida. Verdadero o falso, el hecho es que Mata Hari intentó ganarse el sueldo que le pagaban los dos servicios secretos, por lo que se puso en contacto con el agregado militar alemán, Von Kalle, a quien contaba secretos carentes de interés que escuchaba en las fiestas y a sus compañeros de cama. Además intentó obtener información del alemán y algunas de sus biografías aseguran que lo consiguió. Algo harto difícil, excepto que ella no fuera la única indiscreta y torpe.

Incluso en una pose de estudio normal de la época, destacaba por su estilo. Así era Mata Hari.

Más bien los hechos debieron de ocurrir de otra forma. Los alemanes sospecharon, quizás confirmaron, en Madrid el doble juego de la chica. Alguna información debían de tener sobre lo que pasó en Londres con Scotland Yard, hecho que la quemó para cualquier labor de espionaje. En consecuencia empezaron a intentar deshacerse de ella. Un agente al descubierto, con ese perfil tan frívolo, solo les podía acarrear problemas si la despedían. Había que quitársela de en medio de otro forma, así que le facilitaron informes medio ciertos, medio falsos, y la enviaron de regreso a París para conseguir más información.

Ella, encantada, volvió a la ciudad de sus amores. No supo que antes de su llegada Von Kalle envió un mensaje cifrado a Alemania en el que explicaba que la agente H21 había partido a París y que había que enviarle 5.000 dólares para que los recogiera en un banco, como pago a sus estupendos servicios. Teniendo en cuenta que no hacía falta notificar su partida a Alemania y mucho menos dar el detalle del dinero, que se le podía haber pagado antes del viaje, y que nunca fue la buena agente que aparecía en el mensaje, se confirma la teoría de que los alemanes sabían que tenían una línea de mensajes que eran sistemáticamente interceptados por el espionaje francés. El objetivo, pues, era hacerles creer que Mata Hari les había proporcionado información de alta calidad y que fueran ellos quienes la quitaran de la circulación.

Mata Hari era una mujer espectacular para su tiempo y que se sabía vender de forma excelsa.

El objetivo lo cumplió perfectamente Ladoux, aunque existen serias dudas de que no detectara la trampa de sus enemigos alemanes. Más bien, dado que había quedado en evidencia con los ingleses, este golpe le permitiría apuntarse un tanto y justificar que cuando la había convertido en doble agente le había tendido una trampa para sacar a la luz que trabajaba para los alemanes. Esperaron a que llegara a París, que sacara el dinero del banco y el 13 de febrero de 1917 la detuvieron. Encarcelada en la prisión de Saint-Lazare, negó en todo momento que hubiera espiado para los alemanes y que traicionara a Francia. Los interrogadores notaron que mantenía la calma de quien estaba convencida de que en cualquier momento aparecería alguno de sus muchos influyentes amigos para sacarla de aquel horno.

La guerra iba mal para los franceses, había mucho descontento entre la población y, lo que era peor, entre las fuerzas que combatían en el frente. A alguien se le ocurrió que condenar a un personaje público tan conocido podía servir para calmar la situación y lanzar una advertencia ante tanto descontento.

Más autobombo de Mata Hari

En julio fue juzgada por un tribunal que, como en todos los casos en los que son acusados agentes dobles, pecó de una parcialidad manifiesta. Ladoux no había hecho bien su trabajo y no existían pruebas contundentes contra Mata Hari, entre otras cosas porque no había desarrollado un trabajo activo y real de espía ni para los alemanes ni para los franceses. A fin de cuentas, escuchar cotilleos y contarlos es otra cosa bien distinta. Lo único de lo que el fiscal tenía pruebas era de su vida amorosa:

El 12 de julio habéis almorzado con el subteniente Hallaure. Del 15 al 18 de julio habéis vivido con el comandante belga De Beaufort. El 30 de julio salisteis con el comandante de Montenegro, Yovilchevich. El 3 de agosto con el subteniente Gasfield y el capitán Masslov. El 4 de agosto os citabais con el capitán italiano Mariani. El 16 almorzabais con los oficiales irlandeses Plankette y O’Brien; y el 24, con el general Baumgartem.

Sin duda era una prostituta de lujo —la lista continuaba—, pero no hubo nada que demostrara que era una espía y mucho menos una buena espía. Pero como en estos casos la justicia suele actuar siguiendo las directrices del gobierno, la condenaron, pero no a unos años de cárcel, sino a la pena de muerte.

Momentos antes de ser fusilada, una gran perdida para el espionaje, el de Mata Hari

Pocas horas después, a las 5.30 de la mañana, Margaretha se encuentra sola. Es la hora de morir. Frente al pelotón de fusilamiento, con gran dignidad, se niega a ser atada al poste y rechaza el ofrecimiento de vendar sus ojos. Mira al frente y lanza un beso al sacerdote que la atendió en sus últimas horas y otro a su abogado, uno de sus ex amantes. Amanece cuando los fusiles descargan una ráfaga sobre ella. Una de las balas alcanza su corazón, provocando su muerte instantánea. No obstante, el oficial al cargo se acerca y dispara una bala en su cabeza, el tiro de gracia.

El cuerpo de la que fuere una de las mujeres más sexy y famosa de la época yace sobre el barro. Tras el fusilamiento, se destina a la facultad de medicina. Su cabeza le es amputada y enviada al Museo de Anatomía de París, del que años después será robada, se dice, por un admirador.

Pocas horas después, a las 5.30 de la mañana, Margaretha se encuentra sola. Es la hora de morir. Frente al pelotón de fusilamiento, con gran dignidad, se niega a ser atada al poste y rechaza el ofrecimiento de vendar sus ojos. Mira al frente y lanza un beso al sacerdote que la atendió en sus últimas horas y otro a su abogado, uno de sus ex amantes. Amanece cuando los fusiles descargan una ráfaga sobre ella. Una de las balas alcanza su corazón, provocando su muerte instantánea. No obstante, el oficial al cargo se acerca y dispara una bala en su cabeza, el tiro de gracia.

Portada del periódico donde se da la noticia del fusilamiento de una espía llamada Mata Hari en 1917.

El cuerpo de la que fuere una de las mujeres más sexy y famosa de la época yace sobre el barro. Tras el fusilamiento, se destina a la facultad de medicina. Su cabeza le es amputada y enviada al Museo de Anatomía de París, del que años después será robada, se dice, por un admirador. La realidad aparece en el testimonio de una cruel espía alemana de aquellos años, Fraulein Elsbeth Schragmuller, la famosa «Mademoiselle Doctor» de la Primera Guerra Mundial, que nos ha llegado gracias a sus memorias:

De hecho, H-21 no perjudicó a Francia en absoluto. Fui yo quien la recluté. Ni una sola de las noticias que envió resultaba aprovechable; sus informaciones no tenían para nosotros ningún interés político o militar. Trágico destino el de una mujer que murió por nada.

El general Gempp, antiguo jefe de contra-espionaje en el Ministerio de la Guerra alemán, coincide totalmente con aquella apreciación. «No servía para nada; era simplemente una mujer de cama, una “gozadora”».

Total: que del expediente Mata-Hari, que nunca llegará a cerrarse, se desprende una sola conclusión: Llevada por su continua necesidad de dinero, la ex-bailarina se metió en el mundo del espionaje, sin darse cuenta de que era éste un juego mortal en la Europa en guerra. Manipulada por los alemanes, manipulada por los franceses, moriría, puede decirse, por acuerdo tácito de los dos adversarios, para quienes resultaba molesta una mujer que no sabía dominar ni sus sueños, ni sus impulsos físicos.

Mata Hari muerta después de ser fusilada.

Nacida pobre, Mata-Hari murió pobre, aunque por sus manos hayan pasado fortunas. El 30 de enero de 1918, en París, son vendidos en pública subasta los vestidos y joyas que poseía la victima el día de su detención. La venta producirá exactamente 14.251,65 francos. De esta suma, el gobierno francés retiene 12.500 como «costas procesales».

En octubre de l9l7 Ladoux era detenido. Un auténtico agente de los germanos, el francés Pierre Lenoir, acusó al cazador de espías de ser agente doble. En verdad, Ladoux estaba perfectamente al corriente de las actividades de Lenoir. Este había comprado, con dinero alemán, un diario parisino de la mañana, Le Journal, que emprendió una violenta campaña en favor de una paz de compromiso. Ladoux había tratado de atraer a Lenoir para convertirlo en el clásico agente doble. Lenoir fingió aceptar. Antes de ser fusilado, el traidor contó toda la historia y Ladoux se encontró en prisión cuando menos lo esperaba. Hasta el 2 de enero de 1919 no sería absuelto por un Tribunal militar el implacable perseguidor de Mata-Hari. ¿Era ¡nocente o culpable?

Margaretha Geertruida Zelle, alias Mata Hari, fue una patriota consigo misma y una traidora con todo aquello que la apartaba de sus objetivos. Se creyó que toda la vida era fiesta y acabó en el peor de los destinos, aunque con un sitio en la historia. Un sitio inmerecido. Cada día, chicas jóvenes, más o menos guapas, entran en cualquier servicio secreto del mundo y tienen que demostrar que son tan buenas profesionales como sus compañeros varones. Y no tienen nada que ver con Mata Hari. Mata-Hari fracasó en vida; pero después de su muerte lograría la fama: después de ella, toda espía genial será llamada «una Mata-Hari».

Fuentes

Los viajes de Mata Hari – El Faro de Vigo

Wikipedia: Mata Hari

La Bailarina que espió – Mujeres en la historia

Las sensuales fotografías de Mata Hari – playgroundmag.net

Mata Hari mujer espía – La Vanguardia

El día fatal de Mata Hari: 13 de febrero de 1917 – blogs.diariovasco.com

Fernando Rueda – Espías y traidores: capítulo 25. Mata Hari, el falso mito de una prostituta de lujo.