Mahoma, semblante de una figura histórica

La figura profética de Mahoma nació en torno al año 569 d.C., en la ciudad de la Meca, que era el centro urbano más poblado de la península arábiga. Era un oasis situado a 80 km del mar Rojo, cuya supremacía comercial y su carácter sagrado le habían conferido una firme preeminencia entre todos los árabes.

La leyenda ha dado un halo de misterio a los eventos que sucedieron alrededor del nacimiento del profeta. La madre, sin ir más lejos, habría tenido sueños en el que de su vientre surgían rayos de luz que servirían para iluminar a los pueblos. Durante el parto, sucedieron varias experiencias inexplicables, y de simbología casi divina. Mahona nació circuncidado, los ídolos habrían caído de los altares de La Meca, y los fuegos sagrados, que estaban encendidos desde el principio de los tiempos (unos 1.000 años) se habrían apagado de forma repentina. La realidad es bien distinta, Mahoma era de condición humilde y no sucedió nada prodigioso en su nacimiento. Pertenecía a una familia modesta, aunque su tribu tenía cierta relevancia. Eran los herederos de una tradición muy importante, el cuidado y custodia del templo más importante de la ciudad: el de la Kaaba.

La Kaaba, centro neurálgico de la religión del Islam

A los seis años tuvo que comenzar a sortear la vida solo, sus padres fallecieron. Para poder sobrevivir de afrontar toda su infancia y juventud luchando y esforzándose. Tuvo que trabajar en oficios humildes. Fue pastor de cabras, dependiente de comercio, aguador y recadero. Conoció la pobreza de cerca lo que le sirvió para aumentar su voluntad y agudizar su inteligencia. La suerte parecía que le iba a sonreír a partir del momento en que una mujer de negocios de La Meca, de nombre Jadiya, le propuso trabajar para ella. Jadiya era una noble y atractiva viuda que había estado casada dos veces, aunque sus maridos habían decidido morir pronto en ambos casos. Le habían dejado una fortuna a la que ella supo sacarle rentas. Comerciaba y sus caravanas transportaban productos hasta Siria donde a su vez adquiría productos bizantinos para venderlos a su regreso y así había adquirido prosperidad y reconocimiento.

Cuando Jadiya estuvo buscando un hombre de confianza, le recomendaron a Mahoma; por aquel entonces ya era un joven sereno inteligente, prudente, ponderado y reflexivo, y eso que contaba tan sólo con 24 años. Era eminentemente pragmático y eso se reflejaba en su talento comercial. Y aunque hasta ahora todos los trabajos habían sido de segunda o tercera fila, parecía que estaba dispuesto a asumir mayores responsabilidades. Fue así como Mahoma se convirtió en conductor de caravanas, viajó por toda Arabia, y empezó a ganar dinero, mucho, que nunca hubiera ganado si se hubiera quedado haciendo los trabajos que hacía en su barrio.

Pero hubo algo más. Según la tradición la actitud de Mahoma no dejó indiferente a Jadiya, que se enamoró de él nada más verlo. Por ello y por la observancia de su buen hacer en el trabajo decidió convertirlo en su esposo. La desigualdad entre los contrayentes levantó suspicacias. Sobre todo sufrió críticas muy duras de la viuda por parte de la familia. No era normal que una mujer rica, noble y atractiva se uniera a un hombre sin fortuna, sin raíces y que venía de los barrios bajos de La Meca. Algunos cronistas afirman que Jadiya tuvo que emborrachar a sus padres para que pudiera obtener el consentimiento.

Además por aquella época en la ciudad de La Meca habían decidido reconstruir y ampliar el templo que resguardaba la Kaava, el santuario más importante. En él se guardaba la Piedra Negra, un meteorito en el que los fieles creían ver el último recuerdo del paraíso perdido. Los peregrinos llegados a La Meca la besaban y a cada vuelta alrededor del templo, la rozaban con la mano. Para llevar a cabo la reconstrucción la piedra tenía que ser cambiada de lugar y nadie estaba dispuesto a ceder el sitio para posicionarla temporalmente. Así que se decidió que la elección se hiciera al azar. El árbitro que decidiría dónde iba a situarse la Kaaba temporalmente sería el primer hombre que a la mañana siguiente entrara en el templo por la puerta denominada «de la Vejez».

Y hete aquí que el destino elegió a Mahoma, que mostró firmeza y estar a la altura de las circunstancias. Pidió una manta y colocó en su interior la piedra sagrada, y ordenó a cuatro representantes de las principales tribus de La Meca que cogieran a su vez cada uno por una esquina. La piedra fue llevada al lugar indicado entre todos y cuando llegó el momento de retornarla a su sitio, Mahoma se encargó de ello. Fue el primer indicio de su vocación profética y panarábiga. Fue a partir de este momento en el que la vida apacible y serena junto con la falta de aprietos económicos, lo que hizo crecer en él una vocación mística.

Mahoma conocía la costumbre de los cristianos de aquella época que se retiraban en soledad a orar. Estos se dedicaban a recitar las palabras del Antiguo Testamento o del Evangelio. Conocía también los relatos. Todos hablaban de Dios, Alá, que también se veneraba junto con una multitud de pequeños dioses. El mismo Dios que había creado al hombre y que después de la muerte, sería Él el que juzgaría a todos los mortales, distribuyendo castigos y premios según hubiera sido de ejemplar o no su vida terrenal. Esto hizo que Mahoma tuviera la costumbre de retirarse a meditar a una gruta del monte Hira. Se dedicaba a orar y al ayuno. Pero pasó de ser un hombre sosegado y mesurado a obsesionarse compulsivamente por la oración. Aquí es donde comenzó su futura misión.

Un día, durante el mes sagrado de ramadán, estaba rezando y de repente escucho una voz que le estremeció profundamente. Experimentó ahogo, sofocación y cierto terror. En esta primera vez y en las siguientes. Sintió una presencia extraña que le llenaba y a la vez le tenía preso de toda posible reacción para controlar su propia vida. Cada vez que recibía una lo sacudían escalofríos y sudaba. Pensaba que en cualquier momento le iban a robar el alma. La presencia sobrenatural se hizo cada vez más nítida y precisa, hasta dejarle un claro mensaje:

Oh Mahoma, tú eres el apóstol de Dios, y yo soy Gabriel.

A partir de ese momento creyó que era el sucesor de Abrahám, de Moisés y de Jesús. Había sido llamado para restaurar el monoteísmo en su pueblo, eliminando sin ningún tipo de consideración la dominación de los ídolos.

Tres años después de haber iniciado la carrera mística, Gabriel le ordenó perentoriamente que comenzara su misión:

Oh profeta, da a conocer cuánto ha descendido sobre ti de parte de tu Señor. Si no lo hicieras, habrías incumplido tu mensaje. Precisa el bien y el mal, de acuerdo a lo que se te ha dicho, sin temer a los paganos.

Como era normal, las primeras veces que salió a ofrecerle el nuevo mensaje, todo acabó en burlas y humillaciones. Los mercaderes de ídolos, uno de los negocios más prósperos de La Meca lo consideraron un loco de atar. Aparte de la cuestión económica, el monoteísmo no era una tradición árabe, ya que estaban acostumbrados a adorar a cientos de ídolos y en el momento en el que Mahoma gritó «¡Gloria al Altísimo y anatema a los ídolos», es normal que se burlaran de él. Además algunos fueron más suspicaces e imaginaron que detrás de todo este discurso había ambiciones políticas. Pero Mahoma no se rindió. Retomó fuerzas, reforzó el pequeño grupo de leales que los seguía y se dedicó a intentar atraer la atención de los beduinos de los que la ciudad estaba llena ya que eran tiempos de feria. Pero los habitantes de La Meca se enfadaron un poco más. Comenzaron a considerarlo un loco peligroso, que estaba poseído por algún espíritu diabólico.

Fue entonces, en el año 616 cuando finalmente se inició la persecución. Se prohibió comerciar en La Meca con los seguidores de Mahoma, desposarse con ellos e incluso dirigirles la palabra. Todas estas prohibiciones fueron colgadas en las paredes de la Kaaba. Y esta persecución solamente acabaría en el momento en el que Mahoma se entregara a la justicia y renunciara a su religión. Como podemos observar su vida había dado un vuelco, comenzaba su amarga experiencia.

Ahora sus vecinos arrojaban basura a la puerta de su casa, los niños le arrojaban estiércol de camello y le escupían, los poetas escribían versos de mal gusto dirigidos a su persona. Inclusión una vez alguien le lanzó a la cabeza la placenta de una oveja que acababa de ser sacrificada en la Kaava. Podemos observar que la línea que diferencia a un profeta de un majadero es muy fina.

Los seguidores que sufrieron una suerte muy parecida, cuando no mayor, se exiliaron en busca de refugio. Llegó un momento en que todas las personas que habitaban La Meca eran sus enemigos, o al menos eso era lo que se podía presuponer. Había que buscar nuevos horizontes. Pero justo cuando la persecución era más patente y cruel ocurrió un episodio místico. El arcángel Gabriel llevó a Mahoma al cielo. Según la tradición:

su alma conoció el estado de descubrimiento de los misterios; su corazón conoció el gozo del testigo de Dios. Su espíritu probó la dulzura de la visión y su secreto llegó al estado de unión.

Quizás este relato para sus seguidores fuera un momento inspirador, pero el relato de la ascensión al paraíso no hizo más que reafirmar la idea de los habitantes de La Meca que se trataba de un enfermo mental. Así que la persecución se volvió más cruenta.

Pero no debía estar tan loco. En la ciudad de Medina, situada sobre un rico oasis y provista en abundancia de fuentes y manantiales, que se hallaba esos momentos desconcertada por culpa de la rivalidad entre sus clanes, Mahoma se dedicó a hacer de pacificador con la única premisa de que era odiado por todos los habitantes de La Meca. Como era de esperar la rivalidad comercial entre La Meca y Medina por el dominio comercial había sido siempre motivo de disputa.

Así pues, los habitantes de Medina decidieron someterse al mensaje de Mahoma si este cambiaba de residencia; además renunciarían dentro de límites razonables al politeísmo y observaría algunas de sus reglas morales. Mahoma ante esta oferta decidió que era el momento de emigrar. Fue así como el 16 de julio del año 622 Mahoma puso pie en Medina entre vítores de algunos ciudadanos que se alegraban de su llegada. Esta fecha constituiría para los musulmanes el inicio de su calendario (la hégira); se inauguraba así de esta manera la primera página del Islam.

Así comenzó la nueva vida de Mahoma en Medina, consiguiendo saldar cuentas entre clanes rivales, establece el tratado de paz con los cristianos y judíos que habitaban en las cercanías y aumentó considerablemente el comercio y la riqueza. Así pasó a convertirse en el juez de todas las disputas que dividían a la sociedad medinense. Se convertía así en la autoridad más respetada de Medina. Este cambio de aires tuvo sus frutos que llevó a Mahoma a reinar allí como un verdadero jefe de Estado, lo que hizo de forma cabal. Aparte de dedicarse a sus funciones religiosas, como buen caudillo, dictaba leyes, resolvía conflictos, declaraba guerras y conducía ejércitos. La primera semilla de la Umma, la comunidad islámica políticamente organizada, se había desmoronado.

Decidió rediseñar su estrategia expansiva. Así que debe decidió adaptar su método de predicar el mensaje al temperamento árabe de su auditorio. El primer concepto que cambió fue el significado de Guerra Santa o Yihad. Hasta ese momento Mahoma y sus seguidores habían soportado todas las humillaciones, incluso el estiércol de camello, pero a partir de ahora la voz del profeta resonó en Medina, y decidieron devolver golpe por golpe. Sólo una religión militante podía seducir al carácter belicoso del pueblo árabe. «Los que combaten por el sendero de Dios ofrecen la vida de este mundo por la otra vida. Aquel que lucha por el sendero de Dios, ya sea vencido o triunfe, le otorgaremos un premio muy elevado». El primer objetivo de estas palabras fueron las caravanas comerciales de su antigua ciudad. Según su criterio La Meca tenía que saldar la deuda que tenía con el cielo por no haber escuchado el mensaje que le había sido transmitido.

Hartos de ser avasallados por los habitantes de Medina, los mequenses les transmitieron un ultimátum. En él afirmaban que consideraban el asilo que le habían ofrecido a Mahoma una afrenta para la ciudad, además de una provocación y un insulto. Haciendo gala de la diplomacia que se gastaba en aquella época amenazaron con las siguientes palabras: «si os negáis a entregarlo, mandaremos a nuestro ejército para matar a vuestros guerreros y violar a vuestras mujeres». La negativa rotunda de los habitantes de Medina no se hizo esperar. El profeta ordenó la guerra santa con la bendición divina y las victorias sobre la ciudad de La Meca demostraban que el viraje era posible.

Para adaptar su mensaje a la mente árabe Mahoma decidió usar el nacionalismo, intentando disimular la influencia judeocristiana que al principio de su carrera habían sido tan determinante. Orientó más su mensaje hacia Abraham, alejándose de Jesús y de Moisés. Indicó a sus fieles en el momento de la oración se debía negar hacia La Meca y no hacía Jerusalén. También cambio la festividad semanal al viernes ya que, los cristianos no celebraban el domingo y los hebreos el sábado. Y como remate, sobre todo para el sexo masculino, permitió que todos los hombres tener a tantas mujeres «cuantas dignamente pudieran mantener» dejando de un lado la monogamia judeocristiana y haciéndose cargo de las necesidades de las viudas de guerra. El mismo dio ejemplo de esto: después de haber quedado viudo, se procuró a lo largo del tiempo quince mujeres y dos concubinas.

Tras varias victorias militares sobre las tropas de La Meca y, especialmente, la aniquilación total de sus individuos internos, especialmente judíos, terminaron de convertir a Mahoma en un jefe de Estado completo. Cinco años después de la hégira, en Medina se había convertido en una teocracia, gobernada por Alá, y dirigida por su enviado.

Con intenciones de expansión inició las misiones, fijándose especialmente en los beduinos, nómadas del desierto y que se caracterizan por su valor y su independencia. Además era un hombre de comercio en rivalidad con los de La Meca. Tenían todas las condiciones para ser tocados por Alá. Y para que le entendieran, Mahoma les explicó cómo era el Paraíso: jardines con sombra, arroyos de agua, manantiales cristalinos, leche, vino y miel; criaturas adorables y vírgenes puras, que estaban esperando impacientes a los creyentes que tenían que ir al más allá. Los beduinos consideraron mucho más atrayente la oferta del Paraíso y la belleza femenina que el intercambio comercial Mahoma había adecuado su predicación a las fantasías colectivas, salpicando el Más Allá de placeres inexistentes en el desierto.

Con este discurso Mahoma consiguió convencer algunas tribus. Como todo sigue un camino más o menos recto, de la religión pasó a la alianza política y a partir de este momento recibió un apoyo militar potente. Fue la primera vez que las caravanas comerciales que venía de La Meca no pudieron pasar cerca de Medina. Durante varios años ininterrumpidamente entre ambas ciudades hubo una enemistad declarada. Después de seis años de hégira y de haber destrozado al ejército enemigo, el profeta podía cumplir su mayor deseo: convertir a la ciudad de La Meca y a su santuario en el punto álgido de la naciente religión islámica, con la Kaava como centro neurálgico religioso. En él se reflejaban la historia, la tradición y las raíces del pueblo árabe.

Para que esto fuera así, Mahoma no podía presentarse en La Meca como un conquistador tirano deseando abrazarlo todo. Debía llegar como un simple peregrino, con humildad, de la misma manera que lo habían hecho los miles de peregrinos que habían honrado el santuario anteriormente. Así que eso fue lo que decidió hacer. Aprovechando una tregua santa, más de dos mil seguidores junto con Mahoma pusieron rumbo a la ciudad santa. Una vez aquí, el profeta negoció con los habitantes, con paciencia y moderación, sin dejarse vencer por utilizar la fuerza militar que había conseguido. Después de arduas negociaciones firmó una tregua de 10 años a cambio de que, al año siguiente, se permitiera a sus seguidores llegar en peregrinación a La Meca.

Un año más tarde, La Meca se rindió pacíficamente ante el profeta, que hizo en ella una entrada triunfal. Desde este momento la ciudad pasó a ser el centro de la nueva religión. Bastaron unos pocos años para que la totalidad de la península arábiga se convirtiera al Islam. En el año 632, el décimo de la hégira, 90.000 peregrinos acompañaron al profeta a la ciudad. Ya no había tribus, aldeas y villas ahora había nacido la nación árabe.

Este año murió el profeta ni siquiera las disputas de los sucesores por la herencia política, logró detener en el futuro expansivo de la nueva religión. La doctrina y el culto que había predicado Mahoma se acomodaba sin resquicios a la mentalidad simple del desierto. La predicación islámica era llana y clara: «Alá es el único Dios y Mahoma, su profeta».

El Corán

Sus mandamientos también eran concisos: profesión de fe, oración, ayuno, peregrinación a La Meca, limosnas. Su libro sagrado, El Corán, proponía todo lo que los fieles debían poner como fundamento de su vida religiosa, política y moral. Pronto la fe islámica desbordó los confines de la península. Se extendió por Palestina, Egipto, Mesopotamia, Siria, parte de Persia y algo del actual Irak. La supremacía marítima bizantina del Mediterráneo se había convertido en un recuerdo del pasado.

En el año 661 se trasladó la capital política del imperio desde Medina a Damasco, donde se estableció el califato Omeya. El norte de África, la península Ibérica y la Galia cayeron en manos islámicas. Pudo haber sido el primer capítulo de su propagación por Europa, al menos hasta que los francos de Carlos Martel lograron frenar los en la batalla de Potiers el año 732.

En el siglo VIII se desintegró la unidad política islámica ya que diferentes dinastías se establecieron en diferentes dominios: la abasí en Bagdad (750-1258), la oméyade en Córdoba (756-1031) y más tarde la fatimí un en El Cairo (902-1171). Finalmente, el año 1453, la misma ciudad de Bizancio cayó bajo el yugo del Imperio Turco Otomano, que siglos antes había tomado el relevo al dominio árabe. Cambió su nombre por el de Estambul. La antigua catedral de Santa Sofía, construida por Justiniano, se transformó en mezquita, y el mundo medieval salía para siempre del escenario de la historia.

En el momento actual la tendencia es considerar al Islam como mundo fanático e intolerante. Aunque existen razones para ello, no hay que confundirse más de la cuenta. Durante los siglos de la Edad Media, el Islam formó un espacio económico y cultural que por mucho tiempo superó con creces al retrasado mundo accidental. El mundo que dejó Mahoma tras de sí se caracterizó por una producción pujante, abundantes intercambios comerciales y altas cotas de prosperidad económica.

Lo mismo sucedió con la cultura. Al quedar en contacto con las fuentes griegas, los islámicos heredaron con toda naturalidad un enorme caudal de conocimientos científicos y filosóficos que luego transmitieron a Occidente, como la filosofía de platón y sobre todo, la de Aristóteles, de la cual produjeron importantes comentaristas, como Avicena o Averroes. Algo parecido sucedió con la geometría, la astronomía y la medicina de los textos de Euclides, Ptolomeo e Hipócrates. Adoptaron el sistema decimal indio que significó un avance fundamental en matemáticas. La aportación fundamental a Occidente llegó a través de al-Andalus, donde quedaron influencias musicales, poéticas y artísticas.