Los nazis, el PP y la gente «corriente»

La historia a los humanos nos sirve para repetirla una y otra vez. Por si nos quedamos faltos de malas ideas para joder al prójimo.

Cuando leí hace ya dos eternos años la noticia de que el PP ha creado una ley para proteger a los ciudadanos y, a esa ley, los ciudadanos le han puesto el nombre de “Ley mordaza”, algo no cuadra o simplemente el que ha hecho esa ley miente. Y está claro que en este caso es la segunda opción, lo que ha hecho el PP es mentir a la ciudadanía para poder reprimirla a su gusto.

Pues bien, ahora que está de moda Cataluña, y con eso consiguen desviar la atención sólo a ese foco, aunque no debemos olvidar tiempos recientes en los que el PP llevaba a personas que hacían chistes de mal gusto, ante los tribunales para juzgarlos por no ser de su agrado.

Prisioneros de guerra alemanes viendo una película sobre los campos de concentración
Prisioneros de guerra alemanes viendo una película sobre los campos de concentración

Hace poco ha caído un libro en mis manos que se llama El terror nazi la Gestapo, los judíos y el pueblo alemán. El autor es Eric A. Johnson. En el interior de este espectacular y documentado libro se habla de uno de los mitos y tabúes más famosos que se creo alrededor de los alemanes «corrientes», los ciudadanos de a pie, en el que se cuestiona el conocimiento, o desconocimiento, de lo que los nazis hacían con los judíos, sobre la existencia de campos de concentración, que se construyeron antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial y el exterminio metódico de todo aquel que se oponía al Tercer Reich o simplemente no entraba dentro de sus planes.

Es como lo que pasa actualmente con los corruptos que son llevados ante los tribunales: siempre explican que no sabían nada o no se acuerdan de nada. Está claro que es mentira.

En cuanto a que si los alemanes corrientes tenían noticias de la existencia de los campos de concentración, esta claro que si la tenían ya que durante todo el Tercer Reich, los periódicos alemanes, que estaban sometidos a una fuerte censura, publicaban artículos extensos sobre determinados infractores de las leyes, seleccionados por su máximo valor propagandístico. No era infrecuente que esto articuló tratarse sobre casos de personas que habían sido enviadas a campos de concentración, aunque nunca se mencionaba a los judíos evacuados a los campos de exterminio durante la guerra.

En el capítulo 7, llamado El terror nazi y los alemanes corrientes: 1933-1939, se aborda el conocimiento de estos detalles, mediante la realización de entrevistas a alemanes en la década de 1990, que vivieron la época de guerra, en las que contaban su experiencia con respecto al miedo que les producía la Gestapo. En este capítulo se explica, y he aquí lo que enlaza aquella época con la actual, lo siguiente:

Una de las actividades comunes era escuchar radios extranjeras en las que sí se hablaba de los temas prohibidos. Claro que escuchar emisoras extranjeras era una actividad pasiva tan común que podría considerarse normal si no hubiera sido ilegalizada por el régimen. Los demás tipos de actividad ilegal en los que participaron los encuestados requerían una implicación más activa. Además, eran acciones que se llevaban a cabo en compañía de otras personas y, por tanto, podían ser consideradas más peligrosas por las autoridades. Un primer ejemplo de tales actividades era contar chistes políticos que difamaba al régimen. En los expedientes de la Gestapo y los autos del tribunal especial, encontramos numerosos casos abiertos por este motivo. Muchos chistes eran bastante inofensivos y no perseguían injuriar al régimen. La Gestapo y las autoridades judiciales comprendía que era así, pero, con el tiempo, sobre todo durante los años de la guerra, toleraron los chistes con decreciente ecuanimidad. En los años 30 como una persona que comparecía ante las autoridades por contar un chiste político difamatorio o injurioso podría ser condenado a un periodo de reclusión o superior a unas semanas o meses, pero el propio Hitler exigió durante la guerra que el Tribunal Popular persiguiese tales ofensas con mayor severidad, por el delito de «derrotismo» o por «socavar el esfuerzo militar». Aunque estas medidas no se aplicaron por sistema, fue relativamente frecuente poner de mal humor a un sano bromista.

En un libro de humor negro del Tercer Reich, Ralph Wiener cita el caso de una diseñadora gráfica que había perdido recientemente a su marido en el frente, pero que pese a todo fue condenada a muerte el 26 de junio de 1943, por contar el siguiente chiste a una compañera de trabajo de la planta industrial armamentística donde trabajaba:

«Hitler y Göring estaban de pie, en lo alto de un radio transmisor. Gilbert dice que quiere dar a los berlineses un poco de alegría. Göring le replica a Hitler: “Entonces, ¿por qué nos saltamos desde la torre?”».

La amenaza de un castigo tan draconiano parece que no intimidó a gran parte de la población de Colonia.