Los cuentos más breves del mundo

LA MUDANZA DE LA LECHUZA - Liu Xiang
Un día una lechuza se encontró con la tórtola.
– ¿A dónde vas? –preguntó la tórtola.
– Me estoy mudando al Este –dijo la lechuza.
– ¿Por qué? –inquirió la tórtola.
– A la gente de aquí no le gusta mi graznido – explicó la lechuza –. Por eso quiero irme al Este.
– Si puedes cambiar tu voz, estará muy bien. Pero, si no puedes, aunque te vayas al Este será lo mismo, porque a la gente de allí tampoco le gustara.

OJOS - Marcial
– Quinto está enamorado de Thaida.
– ¿Cuál Thaida?
– Thaida la tuerta.
– A Thaida le falta un ojo, pero a él le faltan ambos.

LA DEMORA DE LOS CASTIGOS - Babrias
Zeus le ordenó a Hermes que escribiera en una tira de papel los pecados y las acciones malvadas de los hombres, y que apilar estas tiras en una caja especial de modo que él, Zeus, pudiera examinarlas concienzudamente y fijar el castigo apropiado para cada caso. Dado que los papeles se apilan sin cesar y pasa un tiempo hasta que Zeus logra examinarlos, algunos de ellos se ven de inmediato y otros, en cambio, sólo al cabo de algún tiempo. No debe sorprendernos, por lo tanto, que cierta persona que cometen crímenes graves reciban su castigo con bastante demora.

EL BURRO - Hierocles o Filagrios
Queriendo enseñarle a su burro a no comer, un hombre no le ofrecia ningún alimento. Cuando el burro murió de hambre, el hombre dijo:
– Qué gran pérdida. Justo cuando había aprendido a no comer, se murió.

LA CAÍDA - Hierocles o Filagrios
Un hombre viajaba sentado en un burro cuando pasó junto a un huerto. Al ver una rama de higuera que pendía repleta de higos maduros hechos mano de ella. Pero el asno prosiguió su camino y el hombre quedó colgado de la rama. Al preguntarle el cuidador del huerto que hacía allí colgado, le dijo: «Me he caído del burro».

DOS SUEÑOS - Liu Jingshu
En el año 326, el primero del periodo Xianhe de la dinastía Jin, un hombre llamado Xu partió a un viaje muy largo, durante el cual soñó que se acostaba con su mujer. Su mujer quedó encinta y, cuando el regreso al cabo de un año, ya había parido. Ella le dijo que había soñado lo mismo que él decía haber soñado.

EL RETRATO DE HIPÓCRATES - Sinesio Escolástico
– ¿De dónde es quien te ha colgado aquí?
– De Bizancio.
– ¿Cómo se llama?
– Eusebio.
– Y tú, ¿quién eres?
– Hipócrates de Cos.
– ¿Y porque te ha colgado él aquí?
– Su ciudad natal le concedió el derecho de colgar una imagen y el escogió la mía.
– ¿Por qué no mando hacer su propio retrato?
– Porque honrándome en su lugar ha recogido una gloria mayor.

EL SANTO Y EL RATÓN - Narayana
En el bosque de Gautama vivía un santo capaz de obrar milagros. Una vez, mientras daba cuenta de su frugal almuerzo, un ratón cayó del pico del cuervo que lo transportaba fue a parar muy cerca de él. El santo lo recogió y le dio de comer unos granos de arroz. Poco después el santo vio que un gato perseguía a su protegido, así que convirtió al ratón en un gato corpulento. El gato pasó a sufrir el asedio de los perros, por lo cual el santo lo transformó en perro. El perro estaba a merced de los tigres, entonces su protector le otorgó la forma de un tigre, aunque sin dejar de verlo y tratarlo en todo momento como un simple ratón. Quienes pasaban por allí solían decir: «¡Eso no es un tigre! Es un ratón que el santo ha transformado». De modo que el ratón, herido en su vanidad, concluyó: «Mientras viva mi amo, vivirá también la vergonzosa historia de mis orígenes». Con esto en mente se disponía matar al santo, cuando éste adivinó sus intenciones y volvió al desagradecido ratón a su forma original.

EL NEGRO Y EL - Sanai
Un negro encontró un espejo abandonado en un camino y, al mirarlo, vio su imagen: nariz toda chata, rostro muy feo, ojos color fuego y mejillas color carbón. Como el espejo no ocultaba sus defectos, lo arrojó al suelo y se dijo: «Quien poseía este objeto tan horrible decidió librarse de él. Si hubiese sido tan hermoso como yo, no lo habría abandonado».

LA LLAVE PERDIDA - Attar
Cierta vez un sufí oyó que un hombre decía:
– He perdido la llave. ¿Alguien la ha visto en algún lado? La puerta de mi casa está cerrada y aquí estoy a la intemperie. ¿Qué haré si la puente permanece cerrada? Se de por siempre miserable.
– ¿Quién dice que será miserable? – preguntó el sufí –. Puesto que sabes donde está la puerta,ve y permanece cerca de ella por más que esté cerrada. Si pasas allí un buen rato, seguramente alguien ha de aparecer y abrírtela. Tu situación no es tan mala como la mía. Para mi dilema no hay solución: no tengo llave mi puerta.

UN ELEFANTE EN LA OSCURIDAD - Rumi
Encerraron en un establo a un elefante procedente de la India. La gente, curiosa por conocer a semejante animal, acudió al establo como no se veía casi nada causa de la falta de luz, la gente optó por tocar al animal.
Uno tanteó la trompa y dijo:
– Este animal se parece a un enorme tubo.
Otro le tocó las orejas:
– Yo diría, más bien, que es como un gran abanico.
Otro, que tocaba las patas, intervino:
– No. Lo que se llama elefante es, en verdad, como una especie de columna.
Y así sucesivamente, cada cual lo describió a su manera. Que pena que no tuviese una vela para ponerse de acuerdo.

EL PECHO - Djami
Un camello y un burro viajaban juntos. Alcanzaron la orilla de un ancho río y el camello se metió primero en el agua. Ya en medio del río, le gritó al burro que no tuviera miedo dado que el agua le llegaba tan sólo hasta el pecho.
El burro respondió:
– Lo que dices es verdad, pero hay una diferencia importante entre la altura de tu pecho y la del mío.

EL ARCO Y LA FLECHA - Leone Battista Alberti
Un emperador depósito en un templo, con los más grandes honores, la flecha que había matado al rey de los enemigos. El arco se lamentó: él era el principal artífice de la hazaña nadie le rendía homenaje.

EL PERRO ENCADENADO - Leone Battista Alberti
Un perro de caza que, atado con una cadena, veía a los otros perros, los inútiles, divertirse y vagar libremente, se dijo: «¿No será preferible, tal vez, ser alguien sin talento?»

GRATITUD - Bartolomeo Scala
Al preguntarle porque conservaba también el juego, la ceniza respondía:
– Para no ser ingrata con quien me hizo nacer.

LA FUNCIÓN REPRODUCTIVA - Leonardo da Vinci
Una hormiga encontró un grano de mijo. La semilla, sintiéndose en peligro, exclamó: «Si tienes la amabilidad de dejar que cumpla mi función reproductiva, te daré cientos como yo». Y así fue.

LOS HERMANOS - Leonardo da Vinci
Un hombre muy pobre fue a ver a un gran señor y le pidió al guardián que anunciara la llegada de un hermano que necesitaba hablarle. El guardián transmitió el mensaje y recibió la orden de hacer entrar al supuesto hermano. Una vez en presencia del señor, el hombre le demostró que, como todo el mundo desciende del lejano abuelo Adán, ellos dos eran hermanos; también le dijo que los bienes estaban mal divididos y que, por lo tanto, su deber como hermano era ayudarlo a salir de la pobreza, ya que él se limitaba sobrevivir pidiendo limosna. El señor respondió que el detenido era totalmente justificado y le pidió su tesorero que le diera una moneda al pobre. El hombre protestó porque esperaba más de un hermano. Entonces el señor dijo que había una multitud de hermanos similares; si le daba demasiado a uno en particular no quedaría mucho para los demás, por lo tanto lo justo era una sola moneda. De esta forma rechazó, con lícita elegancia, las pretensiones del otro.

¿PARA QUE HALAGAR? - Tu Benjun
Un hombre rico y otro pobre mantuvieron la siguiente conversación:
– Si yo te diera el veinte por ciento del oro que poseo, ¿me adularías? – preguntó el primero.
– El reparto sería demasiado desigual para que tú mereciera cumplidos – respondió el otro.
– ¿Y si te diera la mitad de mi fortuna?
– Entonces seríamos iguales. ¿Para qué halagarte?
– ¿Y si te lo diera todo?
– En tal caso, ¡no veo qué necesidad tendría de adularte!

FRENESÍ - William Drummond
Una dama sentía tal frenesí por cierto predicador puritano llamado Mr. Dod, que le pidió a su marido que le permitiera acostarse con él fin de procrear un ángel o un santo; el permiso fue dado, pero el parto fue normal.

LAS CARTAS - William Drummond
Unas cartas que accidentalmente habían caído por la borda de un barco fueron devoradas por un pez que fue pescado en Flushing, y de este modo llegaron a Londres, a las manos de su destinatario.

JUEGO DE NIÑOS - Jean-Pierre Camus
Los niños, como los simios, son diestros imitadores y, por cierto, sus juegos no son sino imitaciones de lo que ven hacer a las personas mayores.
En un pueblo de Alsacia, cuyo nombre ignoro, un campesino que deseaba vender un ternero lo degolló en su casa. Sus hijos, de ocho o nueve años, vieron aquello complacer y atención, y hasta prestaron asistencia. Al día siguiente, mientras jugaban, decidieron imitar a su padre y empezaron a canturrear «degollaremos al ternero». Como sus padres no estaban, fueron en busca de su pequeño hermano, lo sacaron de la cuna y lo degollaron tal como su padre había hecho con el ternero. Tanta sangre los aterrorizó y, al oír que su madre había regresado, se escondieron en el horno. La madre traía madera para encender el horno; y así lo hizo, sin sospechar nada. Los dos niños, muy asustados, no osaron abrir la boca y murieron por el humo y las llamas. Enseguida la madre vio al bebé degollado y se puso a gritar, sembrando el pánico en el vecindario. Mientras buscaban a los niños mayores, un vecino dijo que les había oído cantar «degollaremos el ternero». El marido volvió en medio del tumulto y opinó que la fuga hacia culpables a los niños. Días después, sus cuerpos semicalcinados fueron hallados en el horno. La madre recordó haber encendido el fuego y sintió semejante desconsuelo que, de no habérselo impedido, se habría quitado la vida.

Esto enseña que no hay que hacer nada peligroso delante de los niños, pues ellos son capaces de imitar el mal hasta los actos más banales.

UN PAÍS AL REVÉS - Tallemant des Réaux
Un español oriundo de Murcia, región muy calurosa, vino a Francia en invierno. Cierto día, atravesando una aldea, unos perros se le acercaron entre ladridos. El español quiso coger una piedra y arrojarla, pero no pudo porque estaba adherida al suelo a raíz de la helada.
– ¡Menudo país! – Se dijo –. Sujetan a las piedras y dejan sueltos a los perros.

LOS DOS ZORROS - Fénelon
Dos zorros se introdujeron una noche, por sorpresa, en un gallinero. Estrangularon al gallo, a las gallinas y a los polluelos. Después de esta carnicería, saciaron su hambre. Uno de los zorros, era joven y apasionado, quería devorarlo todo; el otro, viejo y avaro, quería guardar alguna provisión para más tarde. El viejo decía:
– La experiencia, hijo mío, me volvió sabio: he visto muchas cosas en el mundo. No comamos todo esto en un solo día. Tuvimos suerte: encontramos un tesoro y ahora hay que administrarlo.
El joven reponía:
– Yo quiero comerlo todo ahora que estoy aquí y saciarme por ocho días. Ignoro lo que pueda ocurrir. Acaso el mañana no sea tan bueno, y el amo, para vengar la muerte de sus pollos, nos acogote.
Tras esta conversación, cada uno tomó su parte. El joven comió tanto que reventó y apenas pudo llegar a su madriguera para morir. El viejo, que se creía más sabio moderando el apetito y economizando, fue acogotado al día siguiente por el amo.
Es que cada edad tiene sus defectos: los jóvenes son fogosos e insaciables en sus placeres; los viejos son incorregibles en su avaricia.

LAS TARDES - Nicolas de Chamfort
Cierto hombre pasaba, desde hacía treinta años, todas las tardes en casa de la señora X. Un día, la esposa de ese hombre falleció. Todos creyeron que se casaría con la otra y hasta lo alentaron hacerlo.
Él se negó.
– No sabría dónde pasar mis tardes – dijo.

EL BOSTEZO - Nicolas de Chamfort
– ¿Bostezas? – le preguntó una mujer a su marido.
– Querida – respondió él –, el marido y su mujer no hacen más que uno, y yo, cuando estoy solo, me aburro.

EL OBISPO EN PROBLEMAS - Marqués de Sade
Resulta muy curiosa la idea que algunos creyentes tienen acerca de las blasfemias. Creen que ciertas letras del alfabeto, ordenadas de determinada manera, pueden agradar infinitamente al Eterno, o que, dispuestas de otro modo, pueden ultrajarlo terriblemente. Éste es, sin duda, uno de los prejuicios más comunes entre los creyentes.
A la categoría de las personas escrupulosas en lo que respecta a las «b» y a las «f» pertenecía un anciano obispo de Mirepoix que, a comienzos de este siglo, pasaba por ser un santo. Un día en que iba a ver al obispo de Pamiers su carroza se atascó en los espantosos caminos que separaban ambas ciudades; por mucho que intentaban, los caballos ya no podían hacer más.
– Monseñor – exclamó al fin el cochero, a punto de estallar –, mientras permanezca usted aquí mis caballos no darán un solo paso.
– ¿Por qué no? – contestó el obispo.
– Porque es absolutamente necesario que yo suelte un insulto y elegidos Vuestra Ilustrísima se opone a ello. Se hará de noche si usted no me lo permite.
– Bueno, bueno – contestó el obispo, persignándose –, insulte, hijo mío, pero lo menos posible.
El cochero blasfema, los caballos arrancaron, monseñor sube de nuevo… Y llegan a destino sin inconvenientes.

DIÓGENES Y LA MUERTE - Heinrich von Kleist
Un día le preguntaron a Diógenes donde quería que lo enterrasen al morir.
– Quiero que me dejen tirado en el campo – respondió.
– ¡Cómo! – intervino alguien presente –. ¿Quieres que te devoren los pájaros y los animales salvajes?
– Que me dejen con mi bastón, así podré ahuyentarlos.
– ¡Ahuyentarlos! – exclamó otra persona –. Si estás muerto, no sentirás nada.
– Entonces – dijo Diógenes – que importa que los pájaros me devoren.

ADÁN Y EVA - Samuel Butler
Un niño y una niña estaba mirando un cuadro en el que aparecían Adán y Eva.
– ¿Cuál es Adán y cuál es Eva? – preguntó uno de ellos.
– No lo sé – repuso el otro –, pero te lo podría decir si tuvieran la ropa puesta.

MALA SUERTE - Ambrose Bierce
Dos ranas que se hallaban en la barriga en una serpiente analizaban su difícil situación.
– Qué mala suerte – dijo una.
– No saques conclusiones apresuradas – contestó la otra; estamos a resguardo de la lluvia, con comida y alojamiento.
– Con alojamiento, sin duda – dijo la primera rana –; pero no veo la comida.
– Nosotros somos la comida – explicó la otra.

LADRÓN - Ambrose Bierce
Se cuenta de Voltaire que una noche se alojó, con algunos compañeros de viaje, en una posada del camino. Después de la cena, empezarán a contarse historias de ladrones. Cuando le llegó el turno a Voltaire, éste dijo:
– Hubo una vez un Recaudador General de Impuestos – y nada más.
Como todos lo animaban a proseguir, explicó:
– Ese fue el cuento.

FUEGO ABAJO - Thomas B. Reed
Un sujeto fue a comprar ropa en la tienda de un judío. Ya se había probado una camisa y una chaqueta cuando dijo, señalando un punto lejano:
– Aquellos pantalones me quedarían bien.
Mientras el judío trepaba a una escalera en busca de los pantalones, el sujeto se fugó con la camiseta y la chaqueta puestas. El judío, al ver que el hombre escapaba, salto de la escalera y salió a la calle, exclamando:
– ¡Policía! ¡Alto! ¡Al ladrón!
Un policial ordenó al ladrón que se detuviera. El sujeto seguía corriendo. Entonces el policía extrajo un arma, pero cuando se disponía a abrir fuego el judío le dijo:
– Fíjese bien donde dispara. Apúntele a los pantalones, ya que la camisa y la chaqueta son mías.

LUNA DE MIEL - Alphonse Allais
– Dime, querida ¿cuándo advertiste por primera vez que me amabas?
– Cuando noté que me sentía completamente avergonzada cada vez que, en mi presencia, te trataban de idiota – respondió ella muy sonriente.

GASTRITIS CRÓNICA - Apollinaire
Un anciano médico de provincias necesitaba tomarse unas vacaciones. Le confió la clientela a su hijo, recién salido de la universidad, y se fue al mar. Su regreso vio que el muchacho había hecho maravillas y hasta curado la gastritis crónica de una acaudalada anciana.
– Muy bien, hijo mío, estoy orgulloso de ti – dijo el padre –. Pero acaso habría debido antes explicarte que fue la gastritis de la señora X la que había pasado tus estudios

FABULILLA - Franz Kafka
– Ah – dijo ratón –, el mundo es cada día más pequeño. Primero era tan vasto que me daba miedo, entonces seguí corriendo, y era feliz porque al final, en la distancia vi muros a derecha e izquierda; sin embargo, estos largos muros se acercaban tan velozmente unos a otros que enseguida me encuentro en la última sala, y allá en el rincón espera la trampa en la que voy a caer.
– Tienes que cambiar el sentido de tu carrera – dijo el gato, y lo devoró.