La Tierra plana y los Terraplanistas

La idea de que la gente culta creyó durante siglos que la Tierra era plana es algo legendario en los anales de la ciencia. La leyenda sigue viva, si bien ahora de una forma nueva y diferente. Una persona que crea que la Tierra es plana es alguien que sigue encadenado a una teoría que es indiscutiblemente falsa. Si usted navega demasiado lejos por el océano, corre el riesgo de caer al abismo. Nadie cree en eso hoy en día; sin embargo, hay personas a las que se les denomina «los de la Tierra plana o Terraplanistas». Es un término de burla y una acusación ad hóminen (ataque personal directo) que se dirige contra quien no admite dudas sobre una determinada teoría científica –a menudo, una nueva teoría– que puede ser objeto de duda.

Tradicionalmente, el hecho de dudar de las nuevas teorías, en especial de aquellas que se han visto promovidas por razones políticas, ha sido una parte esencial del quehacer científico. Hoy en día, siempre que se aplique el marchamo de «creyente en la Tierra plana», puede estar usted seguro de que se trata de alguna afirmación politizada que se disfraza de verdad científica.

Representación cúbica de la Tierra plana
Representación cúbica de la Tierra plana

De hecho, el epíteto suele aplicarse al creciente número de personas que cuestionan la evolución. Es algo muy apropiado, ya que fue precisamente en ese contexto en el que se generalizó el mito por primera vez. Constituye una especie de primer tiro de advertencia en las guerras evolucionistas.

El mito de la Tierra plana se utiliza frecuentemente para implicar que tal conocimiento, que en la era pre cristiana era toda una seguridad, se pierde en la «Edad de las Tinieblas». Según esa equivocada lectura de la historia, el verdadero saber solamente puede remontarse hasta la «Época de las Luces», cuando la superstición ─palabras que normalmente tratan de hacer equivalente religión─ empezó a declinar. La ciencia, opuesta y doblegada durante siglos por su veterana enemiga, la religión, pudo finalmente liberarse de su yugo. El mito de la tierra plana se ciñe muy bien a un aspecto del tema, de mayor envergadura, que se refiere a la guerra que la religión mantuvo con la ciencia. Y tal cosa es, también, un mito.

Quizás el defensor más eminente de la idea de que el saber científico estuvo eclipsado durante un milenio ha sido Daniel Boorstin. En su best seller The Discoverers (Los descubridores), publicado en 1983, escribía:

Un fenómeno europeo de amnesia académica […] afligió al continente desde el año 300 hasta, como mínimo, el 1300. Durante estos siglos, la religión y el dogma cristiano suprimieron la imagen del mundo que había sido tan trabajosa, penosa y escrupulosamente establecida por los antiguos geógrafos.

Él llama a este período, la «Gran Interrupción».

Sólo hay un problema. Eso es un mito. Pero es algo que todavía se sigue enseñando en los institutos y en las facultades. «¿Cómo podría haberse tramado una historia mejor en beneficio del ejército de la ciencia?», dijo Stephen Jay Gould al explicar la forma en que había sido explotado el mito de la Tierra plana. Supuestamente, nuestros antepasados «vivían en la angustia, constreñidos por la irracionalidad oficial, temeroso de que cualquier desafío pudiera llevarles a la condenación eterna». Pero ese cuento es «totalmente falso», añade Gould, «porque pocos estudiosos medievales dudaron de la esfericidad de la Tierra».

DÍAS DE COLEGIO

La suposición casi universal de que la gente culta del medievo pensara que la Tierra era plana me chocó como algo incomprensible cuando estudiaba en la escuela, pero pensé que los proveedores sabían mucho y eso acabó con todas mis dudas. Cuando mis hijos estuvieron en la escuela primaria aprendieron también el mismo error, y para entonces ya sabía que aquello era falso. La mayoría de los alumnos a los que di clase en la Universidad de California han recibido la misma información falsa vertida en los textos, en los libros ilustrados, en el cine y la televisión. El Error Llano se encuentra firmemente alojado en nuestras mentes.

JEFFREY BURTON RUSSELL, Inventig the Flat Earth; Wesport, CT: Praeger, 1991, XIII.

El hombre que más eficazmente expuso en mito, al que llamó el «Error Llano», fue Jeffrey Burton Russell como un profesor emérito de Historia de la Universidad de California. Su libro, Inventing the Flat Earth, publicado en 1991, contribuyó a corregir la falsedad. Russell presume del siguiente modo las ideas de aquellos tiempos remotos:

Durante los primeros quince siglos de la era cristiana [solamente] cinco autores parecen haber negado la esfericidad de la Tierra, y unos cuantos más se mostraron ambiguos y poco interesados en el tema. Pero casi toda la opinión académica afirmaba la esfericidad de la tierra, y en el siglo XV habían desaparecido todas las dudas al respecto. No existió, por tanto, la llamada «gran interrupción» en esa época.

Anteriormente, C.S. Lewis, especialista en literatura del Renacimiento, además de ser un divulgador de la teología cristiana, escribió que

considerada físicamente la Tierra es un globo; todos los autores de la alta Edad Media estaban de acuerdo en esto… Las implicaciones de una tierra esférica estaban completamente aceptadas.

Durante las edades Antigua y Media del cristianismo, las mentes más preclaras de aquellos tiempos, como San Agustín, Beda el Venerable, Santo Tomás de Aquino, Roger Bacon y Dante Alighieri ratificaron la idea de una Tierra esférica. Y lo mismo pensaron «los más grandes científicos de los últimos tiempos medievales», como lo califica Gould: Jean Buridan (1300-1358) y Nicolás Oresme (1720-1382).

¿Cómo es posible que un error de semejante calibre pudiera surgir y convertirse en gran parte de nuestro bagaje cultural? Cuando Russell empezó a examinar la cuestión se convenció de que encontraría la misma idea si se remontaba a siglos pasados. Pero se quedó sorprendido al hallar que incluso los filósofos del Siglo de las Luces francés, con su pensamiento tan fuertemente anticristiano, apenas habían escrito una palabra sobre la materia. Gould aceptaba que

Ninguno de los grandes pensadores racionalistas y anticlericales –como Condillac, Coondorcet, Diderot, Gibbon, Hume y nuestro propio Benjamín Franklin– acusaron a los escolásticos de creer en una Tierra plana.

El promotor más antiguo del mito parece haber sido Washington Irving, el creador de Rick van Winkle. En 1828, Wayne escribió una obra claramente de ficción: Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón, en la que creaba una confrontación fantasiosa en la Universidad de Salamanca en el año 1491. Colón, según lo describían el libro, aparecía «como un simple marinero dignamente erguido en medio de aquella reunión de profesores, frailes y dignatarios de la Iglesia, que mantenía su teoría (de la Tierra esférica) con una elocuencia natural abogando por la causa del Nuevo Mundo».

Posteriormente, el historiador Samuel Eliot Morison calificó el relato de Irving como «pura fantasía». Se trataba, a su juicio, de «una tontería equivocada y maliciosa».

Colón desempeñó un papel importante en el mito de la Tierra plana. No sólo descubrió América sino que (supuestamente) asombró a sus contemporáneos demostrando que la Tierra era redonda. «Se trata, sin lugar a dudas, de una ilusión reservada exclusivamente a los incultos», escribe Russell.

En el siglo XIX, Cristóbal Colón se había transformado en un racionalista arriesgado que se sobreponía la ignorancia de los eclesiásticos y a la superstición de los marinos. Se trataba de un retrato sin base alguna. Según escribe Russell «era más una combinación de entusiasta religioso y empresario audaz, que un verdadero racionalista».

Se dice que antes de emprender su viaje, Colón tuvo que enfrentarse a clérigos tozudos que le advirtieron de que sus barcos se desempeñarían en los confines de la Tierra. Otras objeciones a su empresa se les presentaron también en Salamanca, pero ninguna tenía que ver con la idea de que la Tierra fuera plana. De hecho, una de las objeciones que se le hicieron fue que quizás había calculado mal la distancia hasta Japón, cosa que se demostró cierta, y por un amplio margen. Ninguna de la fuente histórica de su viaje dice nada sobre discusiones que tuvieran que ver con la redondez de la Tierra.

Los auténticos creyentes de «la Tierra plana»
Los dos promotores más importantes del mito de la Tierra plana fueron dos escritores americanos del siglo XIX. John William Draper, que publicó en 1874 History of the Conflict between Religion and Science, y Andrew Dickson White, cuyo tratado The Warfare of Science fue ampliado dos décadas más tarde, para convertirse en su obra A History of the Warfare of Science with Theology in Christendom.

John William Draper (1811-1882), metodista desengañado, nació en Inglaterra y se trasladó a Estados Unidos cuando contaba veintidós años de edad. Llegó a ser profesor de Química y director de la Facultad de Medicina en la Universidad de Nueva York. Andrew Dickson White (1832-1918), senador, fundó la Universidad Cornell en 1865, con la idea de que fuera la primera universidad privada del país. A los treinta y tres años se convirtió en presidente de este centro académico.

Draper utilizó el mito de la Tierra plana para ilustrar su tesis de que la Iglesia Católica había sido una enemiga del saber.

Los escritos de los astrónomos y filósofos musulmanes habían extendido aquella doctrina (de la esfericidad del globo) por toda la Europa occidental pero, como podría suponerse, fue mal recibida por los teólogos –escribió–. La Tradición y la política prohibieron (el gobierno de los papas) la aceptación de cualquier otra teoría que no fuera la de que la Tierra era plana, tal y como se había rebelado en las Escrituras.

En su History of the Warfare, White escribía:

muchos valientes marinos, que no se amilanaban ante el hecho de combatir a piratas y tempestades, temblaban ante la idea de perecer con sus buques en una de aquellas simas que, según una extendida creencia, se abrían en medio del océano Atlántico, a una distancia desconocida de las costas de Europa. Este terror tan divulgado entre los marinos fue uno de los principales obstáculos para el gran viaje de Colón.

Resulta sorprendente la fuerte implicación americana en este asunto. Quizás sea una consecuencia de la separación entre Iglesia y Estado. Porque al no existir «relaciones» con el Estado, es posible oponerse a la religión sin el temor de padecer represalias estatales; de allí en donde la prensa es libre, como fue (y todavía es) en gran medida más en Estados Unidos que en Europa, se puede expresar libremente un antagonismo más vigoroso.

Existen, sin embargo, considerable diferencia entre los dos autores citados. Concentrándonos casi exclusivamente en el catolicismo romano, Draper no desperdició la oportunidad de atacar a la Iglesia por su supuesta oposición a la ciencia. Se sintió especialmente molesto con la figura de Pío IX, que estableció el Syballus de Errores, e hizo la declaración de la infalibilidad papal en 1870.

Tras lograr el poder político en el siglo IV –escribió Draper– la Iglesia había desplegado «una amarga inmortal animosidad» hacia la ciencia; y su persecución de los científicos había dejado sus manos «empapadas en sangre». Los sabios del islam, por el contrario, habían establecido las bases de distintas ciencias, y los protestantes habían cultivado una «unión cordial» con la ciencia, rota tan sólo por malentendidos ocasionales. Draper concluía:

La religión ha de renunciar a esa imperiosa y dominante posición que ha mantenido durante tanto tiempo contra la ciencia. Tiene que haber una absoluta libertad de pensamiento. Los escolásticos deben saber que han de mantenerse en el terreno que han escogido, y César de tiranizar a los filósofos, que, conscientes de la fuerza y pureza de sus racionamientos, no deben soportar por más tiempo semejante interferencia.

White se mostraba más moderado que Draper, y todavía se volvió más durante los años en que estudió los supuestos conflictos entre ciencia y religión en una conferencia en el Instituto Cooper de Nueva York, en 1869, tocó los temas que habría de desarrollar posteriormente. Siempre que el dogma religioso obstruye la «libertad de la ciencia» –decía White– sufren las consecuencias, tanto la ciencia como la religión; experimentan los «males más deplorables». Por otro lado, «toda investigación científica a la que no se le hayan puesto trabas, por muy peligrosas que puedan parecerle a la religión algunas de sus manifestaciones», obtienen invariablemente «unos resultados óptimos, tanto para la religión como para la ciencia».

Los bio ingenieros de hoy hacen una afirmación similar. White no tenía idea de que la ciencia funcionaba dentro de las constricciones autoimpuestas por una prolongada cultura cristiana, ni de que los beneficiosos efectos de esas constricciones pudieran darse fácilmente por sentados cuando en el siglo XX quedaron eliminados, el entorno libre de cualquier valor puede explotarse a gusto por los epígonos del doctor Joseph Mengele.

White fue estrechando gradualmente el centro de su ataque. Empezó por criticar la religión, después del «eclesiástismo» y, finalmente, a la «teología dogmática». Lo último fue, según pensaba, la verdad «arreglaba». La tendencia al dogmatismo «que se ha podido ver en todas las épocas» es «el enemigo mortal, no sólo de la investigación científica sino del más elevado espíritu religioso».

Aquí, White hace sonar una nota muy moderna. La religión, en sí misma, no era necesariamente el problema ya que podía acomodarse a la ciencia, como lo habían hecho los unitarios y después los anglicanos durante el tiempo en que vivió White (y Darwin). Como mucho, la religión consistía sencillamente en el reconocimiento de «una fuerza en el Universo», y en respetar la Regla de Oro. El verdadero problema era «el dogmatismo», que se mostraba inflexible.

Tanto Draper como White desarrollaron sus ideas sobre la guerra entre la ciencia y la tecnología en el contexto de un debate que surgía sobre la evolución. El origen de las especies de Darwin se había publicado en 1859, y ambos autores pretendían promocionar la causa evolucionista. Ningún tema científico, anterior o posterior a éste, había desafiado tan profundamente las opiniones tradicionales que se referían a la vida.

El mismo Draper había participado en lo que muy bien hubiera podido considerarse las primeras escaramuzas en la guerra entre Darwin y la divinidad. En 1860 tuvo lugar un famoso debate, en el Museo de Zoología de Oxford, entre el obispo Samuel Willberforce y el más agresivo de los discípulos de Darwin: Thomas Henry Huxley. En este debate, posteriormente tan discutido, se dice que Willberforce preguntó a Huxley si se sentía descendiente del mono por parte de su abuela o de su abuelo. Huxley le respondió que prefería descender de un mono que de un obispo. (Como en el debate no estuvo presente ningún taquígrafo y la acústica del recinto no era demasiado buena, nunca se sabrá ciencia cierta lo que allí se dijo).

El documento que dio pie al debate fue entregado a John Draper. El tema era «El desarrollo intelectual de Europa en referencia las opiniones del señor Darwin». En su comunicado, que después dio pie a un libro, argumentaba que la humanidad había realizado un progreso, lento pero firme, hacia un estado más avanzado, bajo la guía de la ciencia. Expresaba la creencia en el proceso, que había empezado a manifestarse supuestamente la década de 1850 y duraría hasta la Primera Guerra Mundial.

En la biografía que Ruth Moore hizo de Darwin en 1957, se puede apreciar las consecuencias del debate de Oxford. Todavía se mantiene hoy como cierto que: «Desde aquella hora, el enfrentamiento sobre este tema tan fundamental en el que el mundo creía estar envuelto, es decir, ciencia contra religión, no iba a disminuir». O como dijo Stephen Jay Gould: «La revolución darwiniana disparó directamente esta importante conceptualización de la historia de occidente como una guerra entre… La ciencia y la religión».

El libro de Draper tuvo 50 ediciones a lo largo de 50 años, y se convirtió, según escribió Gould, en «la obra de mayor éxito del siglo XIX en el campo de las publicaciones de divulgación científica». Jeffrey B. Russell cree que fue el primer libro de una figura destacada que «declaraba explícitamente que la ciencia la religión se encontraban en guerra». En cuanto su influencia «tuvo un éxito como pocos libros han tenido. Creó en las mentes cultas la idea de que la “ciencia” luchaba por la libertad y el progreso, contra la superstición y la represión de la “religión”». Su teoría se convirtió en un «apotegma».