La moralidad en tiempos de Franco: la represión homosexual

Durante los 40 años de franquismo, el homosexual no ha tenido la menor oportunidad de ser considerado ciudadano libre, al que se le respeta su vida privada, ni siquiera como una persona de conducta sexual «enferma» o «anormal». Y por supuesto no podía exigir respeto y reconocimiento a sus peculiaridades afectivas. El homosexual ha sido para el español medio simplemente un degenerado, un delincuente, una alimaña acorralada, un espectáculo odioso y degradante.

En los años negros de la posguerra, no fue preciso dictar ninguna ley contra la práctica de la homosexualidad.

Maricas, vagos y maleantes. El franquismo contra la homosexualidad. Manifestación del año 1977
Maricas, vagos y maleantes. El franquismo contra la homosexualidad Manifestación del año 1977

La misma sociedad española ejercía espontáneamente contra ella la más severa y cruel represión. Una reflexión que se refleja en la serie interminable de apelativos despectivos con los que se denomina vulgarmente al homosexual: marica, invertido, sodomita, mariquita, pato, Blancanieves, acaponado, sarasa, etc. Todavía en 1970, en una encuesta de FOESSA demostró que la gran mayoría de los españoles seguían considerando los homosexuales más como delincuentes que como enfermos, y los responsabilizaba a ellos mismos de sus problemas, no a la sociedad. La homosexualidad se ha reducido, pues, para los españoles a una cuestión de delincuencia y depravación moral.

La configuración jurídica del «delito» de homosexualidad no hizo por consiguiente otra cosa que consagrar esa creencia general. La ley de 14 de julio de 1954 declaró a los homosexuales sujetos a las medidas de seguridad previstas en la ley de Vagos y Maleantes. El llamado «pecado nefando» conservo su adicta clientela a pesar del rechazo social y legal. Hubo de mantenerse, eso sí, en la más absoluta clandestinidad.

Sólo el auge del movimiento gay en Europa y Estados Unidos a finales de los años 60 infundió valor a los homosexuales españoles para arriesgarse a desafiar el «escándalo público». Cuando el problema empezó a debatirse en la prensa, los guardianes de la moralidad pública se sobresaltaron. ¿Cómo era posible que el tema nefando por excelencia se tratara en los medios de comunicación con sospechosa naturalidad, como si tal cosa?

La homosexualidad, antes nefanda, crecida ahora como una planta morbosa – escribió en 1970 el ilustre escritor católico, el padre Félix García –, no se rescata, sino que se hace fuerte y reclama derechos y justicia. De eso se habla con naturalidad, como de algo consabido. Este proceso de degradación del hombre corresponde ese otro fenómeno feo de la masculinización de la mujer.

El movimiento homosexual que reivindica la posibilidad social y legal de vivir con dignidad su identidad sexual, era por esas fechas todavía una minoría insignificante. Los homosexuales españoles pertenecían a la escuela conservadora y tradicional. La feroz represión sufrida los había acostumbrado a la clandestinidad y les había inculcado en su conciencia un invencible sentimiento de culpa y de pecado. Tenían vergüenza de sí mismos y se reconocían degenerados.

Sus «caídas» se explicaban simplemente por la debilidad de la carne y la fuerza de la tentación. Cuando ésta apremia, el homosexual vergonzante suele alquilar los servicios de un «chapero», prostituto masculino cuya tarifa oscila de 500 a 2000 pesetas (3 euros a 12 euros). Si dispone de medios, va incluso al extranjero a desahogarse. Luego, claro está, regresa a España a regenerarse.

En situación similar se encuentran las «lesbianas». Cuando la homosexualidad masculina ha dejado de ser tabú y los gay empiezan a ser asimilados como personajes pintorescos en nuestra sociedad, la homosexualidad femenina ha seguido asumiendo el carácter de grave estigma social cuya simple mención en público y aún en privado se evitaba escrupulosamente. Las razones de este fenómeno se encuentran en la mentalidad «machista» vigente. Los supuestos desvaríos morales de la mujer se han considerado siempre más graves que los del hombre. Por otra parte, admitir el lesbianismo equivale a admitir que las mujeres pueden encontrar satisfacción afectiva y sexual independientemente del varón, lo que suena a herejía…

Se ha escrito que «el lesbianismo ocupó un papel importante en los trastornos sociosexuales del país, precisamente por las condiciones de represión sociosexual en que vive la mujer española». Por de pronto, la lucha por la liberación de las homosexuales ha empezado con notable retraso con respecto a sus homónimos masculinos. Si los homosexuales viven en un gueto (bares, saunas, bailes), las lesbianas viven en las catacumbas y rarísima vez salen a la superficie.

La situación legal de los homosexuales se agravó en 1970 a ser promulgada la ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social. En virtud de la nueva normativa se consideran homosexualidad todos los actos de ayuntamiento carnal perianales activos o pasivos entre personas del mismo sexo y los de onanismo bucal, así como los de masturbación y tocamientos lascivos de cualquier condición. Las medidas de rehabilitación previstas son el internamiento en un centro de reeducación, la prohibición de residir en determinados lugares o territorios, la visita a lugares y establecimientos públicos y la sumisión a la vigilancia de los delegados públicos.

Ficha policial de un homsexual

Había cárceles para los presos homosexuales: los “pasivos” iban a Badajoz y los “activos” a Huelva. La rehabilitación consistía en descargas eléctricas cuando aparecía un hombre o una mujer (en el caso de las lesbianas). También sufrían violaciones de vigilantes y policías en las cárceles. Las penas por delitos relacionados con la homosexualidad oscilaban entre los 3 meses y los 4 años de cárcel. Y cuando salían de la prisión, no podían volver durante un año a su domicilio y su pasado penitenciario hacía que muchas veces no pudieran conseguir trabajo. Esta ley de 1970 no fue derogada… ¡hasta 1995!, con lo que estos expedientes fueron custodiados por la policía durante varios años en la democracia.

La severidad misma de la ley sirvió de revulsivo a los homosexuales españoles para organizarse y defenderse. Buscaron psiquiatras y psicólogos que estuvieron dispuestos a comprenderles y a proclamarlo ante la opinión pública. Se relacionaron con el movimiento gay francés «Arcadie», con cuya ayuda empezó a editarse en París la revista Aghois, en castellano, con un millar de ejemplares de tirada. La revista se difundió sobre todo en Cataluña. Desapareció en 1973, por presiones del Gobierno francés sobre el grupo «Arcadie», a instancias de nuestro ministro de Asuntos Exteriores señor López Rodó en cuyas manos había caído por azar un número de Aghois.

Por estas fechas, sin embargo, el movimiento gay español está organizado y tiene amplias conexiones internacionales. En este sentido se destaca el gai catalán, que tiene en Sitges algo así como la meca veraniega del homosexualismo mundial. Los gai catalanes participaron en el Día del Orgullo Gay, en Nueva York (1973) y en el Congreso de Sheffield (1975). Enviaron cartas a jueces, obispos, ministros y personalidades protestando por la discriminación social y por la represión a que les sometía la ley de Peligrosidad Social.

El movimiento se canaliza en Barcelona, donde al parecer viven más de 100.000 homosexuales y bisexuales, a través de dos grupos, «Dignitat» y FAGC (Front d’Alliberament Gai de Catalunya). El primero nació en 1974, fundado por el sacerdote jesuita Salvador Guasch (recién salido de un internamiento de ocho semanas en el Psiquiátrico de Barcelona por declararse homosexual), y dispone de un centro para acogida y ayuda de marginados. El segundo se creó en noviembre de 1976 con unos propósitos de reivindicación política y social más avanzados.

Existen organizaciones similares, aunque más minoritarias, en Mallorca, Valencia, País Vasco, Sevilla y Madrid. En mayo de 1976 se celebró en Valencia el I Congreso Internacional de la Homosexualidad, con asistencia de 200 congresistas. Al amparo de la tolerancia con que se viene aplicando últimamente la ley de Peligrosidad Social, las Uniones y Asociaciones de Homosexuales están brotando como hongos a lo largo y a lo ancho de nuestra geografía.

Los homosexuales u «homófilos» –como ellos prefieren llevarse– tienden a organizar su convivencia en espacios delimitados de las más importantes ciudades. Se crean así su propio gueto, en el que les resulta más cómodo encontrarse y relacionarse, a través de una extensa red de amistades individuales y de pequeños clanes.

Como lugares para diversión y «ligue», los homosexuales prefieren ciertos clubs, bares y zonas donde saben que gozan de tolerancia. Por lo general, el gay es un hombre solitario, desconfiado y temeroso, poco dado a salir fuera de su ambiente. Contra esa automarginación lucha con fuerza el FAGC barcelonés.

Todo esto son guetos –han declarado–, como lo es el Jazz Colón, donde los gais pueden bailar mientras no lo hagan abrazados, y los guetos son opresivos. El Front lucha contra ellos, porque considera que cualquier lugar tendría que ser libre para establecer relaciones entre homosexuales, como cualquier lugar lo es para los heterosexuales.

Mientras los «homófilos» masculinos inician así su liberación e intentan romper barreras, las mujeres homófilas se mantienen en las sombras de la clandestinidad. A nadie se le oculta el hecho de que el rechazo social es todavía muy fuerte respecto al lesbianismo. Pero con el auge de los movimientos feministas es de esperar que algunos grupos adquieran conciencia no vergonzante de sus peculiaridades afectivas y de su identidad dual y se decidan también ellas a reclamar sus derechos.

Por ahora, la única fuente seria a la que se puede acudir para el conocimiento de la homosexualidad femenina en España lo constituye el extraordinario estudio del doctor Ramón Serrano Vicens (La sexualidad femenina, una investigación estadística y psíquica directa). Durante casi 30 años, el doctor Serrano Vicens, llamado el Kinsey español, por Alfred C. Kinsey, ha analizado las características sexuales de 1417 mujeres españolas, todas ellas de las regiones del nordeste de la península. Terminado su trabajo en 1961, no pudo publicarlo por problemas de censura hasta 1974.

Extractamos a continuación algunos párrafos del capítulo dedicado a la homosexualidad femenina:

Así como en el hombre, con más frecuencia, la homosexualidad va unida a la falta marcada de interés heterosexual, en la mujer esto es más raro, y en el total de mujeres por mi interrogadas no he podido hallar ninguna que con razón suficiente pudiera considerarse como invertida absoluta.

En cambio, el total de mujeres solteras que han tenido alguna vez deseos de realizar con algún amiga o conocida goces lesbianos, asciende a un total de 66,5%, si bien de ellas solamente el 32% llevaron a la práctica este impulso, reprimiendo el resto su deseo, unas veces por consideraciones morales y, las más, temiendo la incomprensión, la seca negativa, o perder la amistad de la deseada, privándose posteriormente con ello de las extraordinarias caricias, amabilidades ya existentes.

Aunque en aquellas mujeres que durante bastante tiempo realizaron prácticas homosexuales, se mantenía ordinariamente la supremacía de la dirección heterosexual, y así vemos que siendo realizado el acto homosexual por un 7,5% de mujeres casadas, el 89,7 manifestaron sentir satisfacción en el coito y sólo el 10,3%, poca o ninguna satisfacción en él; pero debemos tener presente que, en parte, son mujeres que no ocultan su convicción secreta de que tal vez con otro marido o amante lograrían satisfacción completa, pues las prácticas homosexuales acostumbran a la mujer a una delicadeza de caricias, palabras y actitudes que luego pocos varones son capaces de conseguir.

Un gran número de mujeres consideraban más moral la unión entre dos mujeres con mutuo cariño que el coito con prostitutas del hombre, sin amor alguno. Encontraba anómalo que la Ley castigará lo primero y no considerará delito lo segundo.

R. Serrano Vicens
La sexualidad femenina, una investigación estadística y psíquica directa
Madrid, 1976 (4ª. ed.)

Recuperando Memoria T2-4 #RmEduardoRanz

En este programa hablamos con Eduardo Ranz, abogado que lucha por el cumplimiento de la ley de Memoria Histórica, después de su denuncia a decenas de municipios por simbolgía franquista. Trataremos también la actualidad política después de la investidura de Mariano Rajoy.