La moralidad en tiempos de Franco: la doble moralidad

El matrimonio concebido como la unión de un hombre y una mujer hasta el final de sus vidas ha demostrado ser poco eficaz contra la concupiscencia humana, especialmente la del varón en tiempos pretéritos, y también la de la hembra en tiempos modernos, gracias a su independencia económica. Para evitar el peligro de que el nexo conyugal saltará por los aires si se igualaba la presión de obligación, deberes y libertades, sobre todo en el ámbito sexual, entre ambos cónyuges, la moral tradicional cargó todo el peso de las exigencias en la mujer, considerada el eslabón más débil de la pareja, para así poder mantener a toda costa la institución familiar a salvo.

Esta represión selectiva, dirigida de forma indiscriminada contra la mujer, ya que su castidad era mucho más fácil de comprobar, adquirió caracteres de la más vergonzosa y humillante esclavitud. Según la creencia cristiana la mujer fue creada a partir de una costilla de Adán, por ello se la obligó a aceptar en todo el supremo derecho del varón, al que por otra parte la ley trata con mayor benevolencia en caso de infidelidad conyugal.

Guía de la buena esposa

Al esposo se le tolera, por ejemplo, que ponga los cuernos a su mujer cuantas veces le venga en gana, mientras no tenga manceba doméstica o notoria. La mujer casada, en cambio, comete delito de adulterio –punible por la justicia– simplemente por yacer una vez, aunque no sea su marido. La mujer se considera el «sexo débil», por no decir el «sexo imbécil». Para los moralistas, constituye la mismísima «puerta del infierno» (palabras de Tertuliano), un «encantador defecto de la naturaleza» (Milton), en suma, un ser inferior capaz sólo de obedecer, crear problemas y servir de ocasión de pecado al varón. En un texto escolar editado en 1959, se puede leer esta máxima supuestamente ejemplarizante:

Mentir es una cobardía. Por eso las mujeres, seres de débiles, mienten más que los hombres.

Una de las formulaciones más drásticas de la doctrina de la sumisión de la mujer nos la ofrece el célebre padre E. Enciso Viana:

…Ya lo sabes: cuando estés casada, jamás te enfrentarás con él, ni opondrás a su genio tu genio, y a su intransigencia la tuya. Cuando se enfade callarás; cuando grite, bajarás la cabeza sin replicar; cuando exija, cederás, a no ser que tu conciencia cristiana te lo impida. En este caso no cederás, pero tampoco te pondrás directamente: esquivarás el golpe, te harás a un lado y dejarás que pase el tiempo. Soportar, ésa es la fórmula…

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Lo que se pretende con esta actitud machista es apartarla del trabajo fuera de casa y alejarla de los polos de interés masculino. Considerada no apta para la guerra, se la mantiene en estado permanente de infantilización. A la mujer o se la protege o se la viola. Entre casados, cuando se reúnen las parejas, los hombres conversan con los hombres y las mujeres con las mujeres. Si van en coche, los dos hombres van delante que las dos esposas detrás. De esta manera, la diferenciación entre los sexos llega hasta la caricatura.

En cuanto al trabajo fuera del hogar, las disposiciones restrictivas no se hicieron esperar. La ley de «subsidio familiar» del 18 de julio de 1938 reconoce expresamente que tal ayuda tiene por objeto impedir que la madre busque «en la fábrica o en el taller un salario con qué cubrir la insuficiencia del conseguido por el padre». Como precisaba la Orden del 27 de diciembre del mismo año, «la tendencia del Nuevo Estado es que la mujer dedique su atención al hogar y se separe de los puestos de trabajo».

Pero la formulación más rígida de estos principios se encuentra en la ley de ayuda familiar –vulgarmente conocidos como «puntos»– de marzo de 1946, que castigaba el trabajo de la mujer casada con la pérdida del plus familiar. Esta medida resultó tan disuasoria que la industria textil catalana, ante la deserción de las obreras –que componían el 80% de las plantillas–, los patronos les otorgaron voluntariamente el plus familiar que les negaba la ley.

El mismo objetivo perseguía los llamados «préstamos a la nupcialidad». Estos se concedían en los años de la posguerra a las mujeres menores de 25 años y de escasos ingresos que al casarse se comprometieran a renunciar a su ocupación laboral fuera del hogar.

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En el terreno de la intimidad conyugal, la represión se encaminó fomentar la pasividad sexual de la mujer y a convertirla en una perfecta «máquina de parír». Se empieza pidiéndole de soltera que cultive la virginidad –exigencia que no es imaginable para el varón– para que lleguen al mercado matrimonial en condiciones favorables. Como la sexualidad se desarrolla a través de un aprendizaje, al faltar este se forma una mujer poco alertada, carente de toda iniciativa erótica y hasta del más elemental interés por el sexo (o eso creían).

La sensibilidad femenina queda de esta manera soterrada bajo la idea de que el sexo es algo sucio y despreciable. Carece para ellas de la idea de que es un sano placer, fomentador de liberación y creador de comunicación entre sexos. Todo se basa en la fría resignación para complacer al hombre.

De la misma manera que Eva indujo a pecar Adán,

En el 90% de los casos, son ellas (las mujeres) las que desperezan la fiera que duermen la naturaleza del hombre con el ofrecimiento de su cebo apetitoso…

Escribió el capuchino Quintín de Sariegos en un célebre libro.

El padre Venancio Marcos, el apóstol de la radio, dedicó al tema alguna de sus charlas de orientación religiosa. El 7 de octubre de 1951 habló sobre el coqueteo y el descoque de las españolas, que eran unas provocativas y unas frescas, para concluir:

Así, ¡cómo no van a pecar los pobres hombres! La culpa la tienen ellas. ¡Si fuesen un poco más recatadas!

Por eso entendemos que a las mujeres se les negaba todo mérito por mantener unida la familia y además se las culpaba de las posibles faltas del varón, como si el varón fuera un ser desprovisto de toda capacidad para evitar las ardides femeninas para hacerlos caer en el pecado. El hombre era muy superior a la mujer en todo, menos en evitarla en el tema de la incitación sexual. Pues vaya superioridad. Ya lo dice el refrán y con razón: “Tiran más dos tetas, que dos carretas”.

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Así la mujer intentaba, por culpa de la inhibición, mantener su cuerpo oculto a las miradas y deseos de los hombres e incluso de sus propios hermanos e hijos, que también eran hombres.

El disfrute sexual de la mujer se convirtió en un axioma sobre el que se pronunciaron «eminentes científicos hispanos», por ejemplo el doctor Botella Llusía (era tío segundo de Ana Botella, esposa de José María Aznar y alcaldesa de Madrid por el Partido Popular), rector de la Universidad Complutense, se expresa así sobre el tema:

Hay mujeres, madres de hijos numerosos, que confiesa no haber notado más que muy raramente, y algunas no haber llegado a notar nunca, el placer sexual, y esto, sin embargo, no las frustra, porque la mujer, aunque diga lo contrario, lo que busca detrás del hombre es la maternidad… Yo he llegado a pensar alguna vez que la mujer es fisiológicamente frígida, y hasta la exaltación de la libido en la mujer es un carácter masculinoide, y que no son las mujeres femeninas las que tienen por el sexo opuesto una abstracción mayor, sino al contrario.

Y es que efectivamente, incluso en los momentos actuales, el nivel de frigidez femenina es mucho mayor en España que en el resto de los países europeos. Pero no es una frigidez natural, ya que la sexología ha demostrado que la mujer posee mayor capacidad de goce sexual que el varón. Es una frigidez que interesa conservar, que se hereda de madres a hijas y que se induce por vigorosas presiones sociales y educativas, que la incipiente erotización de la sociedad española actual tardará aún muchos años en disolver por completo. La mejor prueba la aportan los maridos que se siente ultrajados se observan que su mujer gozan el acto sexual y pasan a considerarla una «maldita puta».

«En el amor, la mujer es siempre la invitada», afirma el dicho tradicional. Pero incluso invitada, no participa de corazón en el placer, ni en el juego erótico. Por ejemplo podemos leer lo que opina Ortega y Gasset sobre el rechazo erótico de la mujer en el que logra la afirmación de su vida sexual y hasta cierto dominio sobre el varón. Piensa que lo que hará que sea feliz y la lleve a alcanzar su plenitud sexual es la pasividad en las relaciones sexuales.

Que ella no se anticipe jamás –escribe Ortega–, pues una lentitud llena de gracia, estimula los más agudos deseos, y es, en el deseo que se tiene de ellas, donde la mayoría de las mujeres encuentran la de su razón de ser, su revancha y sus deleites de amor propio.

Lo único que consigue este comentario es anular la auténtica personalidad femenina y la convierte en un instrumento de represión sexual del varón. Con ello se la utiliza con descaro a la vez como esclava y como esclavizadora, y en definitiva como la más eficaz servidora del sistema establecido.

Ya lo decía en julio de 1976, el conocido escritor José Luis de Vilallonga, aristócrata español residente en Francia, en unas declaraciones en larevista Interviu:

A las españolas las educan para ser madres o cocineras. Pero nunca para ser mujer. Eso es considerado todavía en España un pecado mortal. Las francesas lo son casi por instinto… Por nada del mundo me casaría con una española.

La sexualidad de la mujer española quedo disociada al no poder ser compatibles el concepto de esposa y mujer voluptuosa. Lo que hizo preguntarse a muchos españoles ¿por qué no buscar un apaño?

La institución de la «querida»

La «querida» ha sido una institución en la vida nacional en la España contemporánea, sobre todo entre las clases acomodadas. Mientras la sociedad española estuvo sometida a la dictadura espiritual de la Iglesia y de la oligarquía teocrática, era obligado aparentar decencia y contentarse con una manceba clandestina. Solo cuando nuestros liberales y progresistas del siglo XIX reivindicaron una sociedad menos intransigente y puritana, la querida empezó alcanzar notoriedad como signo de ostentación, poder y espíritu avanzado.

No es que los conservadores fueran siempre castos. Pero sabían guardar las formas y mantener cierto tono externo de austeridad y estoicismo. Los liberales cargaron así con fama de licencia y de libertinaje. Miguel de Unamuno escribió en 1907 que

Mientras en España no haya un buen número de liberales que se acuesten a las diez, no beban más que agua, no jueguen a juegos de azar y no tengan querida, andaremos mal.

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La situación se mantuvo prácticamente invariable hasta 1936. Contra esta «degradación moral» –entre otras muchas cosas– se alzó el levantamiento del 18 de junio. El resultado de la campaña moralizadora emprendida en la España de Franco fue brillante sólo en los aspectos jurídicos. En realidad, a pesar del austero catolicismo oficial, el tradicional apaño conoció un auge extraordinario en la posguerra, favorecido por la atmósfera general de hipocresía y de corrupción. La doble inmoralidad llegó a ser en el país como una segunda naturaleza. Sólo así se comprende la profusión de queridas, en las clases medias y altas, y la tolerancia social que las rodeaba.

La miseria de los años de la posguerra, de hambre y de racionamiento, puso todas las ventajas de parte de los burgueses señoritos de siempre, de los nuevos ricos surgidos al amparo del estraperlo y la corrupción. La necesidad o la penuria hicieron claudicar a muchas jóvenes ante los ofrecimientos de generosos «protectores». A la querida se le llamaba «entretenida», «manceba» o simplemente «la otra». Lo de «amante» son todavía un poco esnob.

Decía el escritor Edgar Neville que en España tener amante no sólo era considerado inevitable, sino que está bien visto. Lo que ya no se tolera en la segunda amante. Eso es un deshonor, una necedad, que hace que los bancos empiecen retirarle a uno el crédito. Porque la amante, la otra, también tiene sus derechos, como una contra esposa.

Nuestro folklore está preñado de referencias a la figura de la querida. Hay incluso unas célebres coplas dedicadas a la otra:

Yo soy la otra, la otra,
y nada tengo derecho,
porque no llevo un anillo
con una fecha por dentro.
No tengo luz que me ampare
ni puerta donde llamar…

Precisamente en esta inseguridad radica la gloria y la servidumbre de la querida. Como punto de perderlo todo, no se aburguesa ni se vuelven neurasténica. Sabe que el amor es único soberano, y para asegurarse su protección, no se cansa de seguir en la sombra, templando gaitas y contribuyendo al equilibrio de los buenos matrimonios burgueses.

Refiere Francisco Umbral de un escritor madrileño que

iba al teatro con las dos (mujeres) con la legal y con la otra. La otra se sentaba unas filas más atrás, y cuando había un chiste en la función, él lo reía con su esposa, y luego se volvía discretamente la butaca, para reírlo también con la otra.

Gracias a la actual emancipación de la mujer, este tipo de servilismo femenino ha desaparecido y pertenece al imaginario de otros tiempos. Sin embargo en ciertos ambientes burgueses españoles que toleran la institución de la querida, rechazan en cambio con actitud en la conducta de las jóvenes sexualmente liberadas que hacen el amor como y cuando les apetece. El apañó no trascendía. Era casi un matrimonio. Una muchacha emancipada, por el contrario, es incontrolable. Es como si fuera manceba de todos y de ninguno. Una inmoralidad…

Un inciso... Eduardo García Serrano

Para rematar os dejo un vídeo que no viene a cuento, solo que me lo he encontrado y me parece bien que os hagáis una idea de como piensa y el respeto que muestra hacía las demás opiniones un tertuliano-moderador de Intereconomía televisión propiedad de la Iglesia, en concreto Eduardo García Serrano hacia otro tertuliano que, casualmente, piensa distinto de él y del resto de los asistentes.