La leyenda del Santo Grial

La leyenda del Santo Grial se encuentra inserta en el corazón del ciclo artúrico. Como tal, tiene relación con el célebre mago Merlín, la solemne corte de Camelot y los caballeros de la Mesa Redonda.

Según cuenta la leyenda, el gran hechicero Merlín nació de un turbio enlace. Para contrarrestar la misión redentora de Cristo, los demonios entregaron a una joven pura en las manos de un diablo con forma de hombre. Con este engaño pretendieron crear un anticristo, pero algo se les escapó de las manos: la mujer elegida era tan virtuosa que, en vez de un aliado de las fuerzas oscuras, el recién nacido se convirtió en acérrimo enemigo del mal.

Imagen del que se supone el Santo Grial verdadero

Educado por un anciano druida, el joven Merlín fortaleció su cuerpo y desarrolló sus poderes mágicos. Una vez que alcanzó la madurez, su fama se extendió por los entornos; gentes de todo tipo acudían a pedirle los más variado favores: hechizos amatorios, pócimas para la salud, defensas contra el mal de ojo… Nada parecía hallarse más allá de sus posibilidades.

Una vez, Uther, el rey bretón, se le acercó para abrirle su alma y solicitarle su ayuda. El soberano parecía de amores: estaba obsesionado con la mujer de un señor vecino. Al oír la confesión, Merlín guardó misteriosamente silencio: según sus artes adivinatorias, de esta pasión ilícita sería el rey más grande de Inglaterra. Partiendo de este punto y sin dejar entrever los motivos, el mago decidió prestarle ayuda: envuelto en un especial hechizo, Uther tendría, por una noche la apariencia del marido; podría engañar a su amada y gozar de ella. La única condición puesta por el hechicero fue que el niño concebido en esa noche de pecado sería instruido por quien él estimara conveniente. Cumpliendo con su acuerdo, meses después Uther entregó a Merlín el recién nacido que, de acuerdo a sus instrucciones, pasó a educarse bajo la tuición de un noble caballero.

El adúltero soberano murió años después, sin nombrar heredero. Previendo los problemas de la sucesión, poco antes de expirar, dejó incrustada su espada en una roca, legando su reino a quien lograse arrancarla. Muchos lo intentaron. Arrogantes caballeros llegaron desde lejanos puntos del país con la ilusión de ganar la corona; pero, derrotados por la espada, debían volver a sus tierras cabizbajos. Inglaterra se quedaba sin soberano.

Mientras, la vida del joven Arturo transcurría en total anonimato; enfrascado en humildes deberes, el niño apenas sospechaba sus altos destinos hasta que un día el cielo se encargó de abrir los ojos. Durante un torneo, Arturo dejó olvidadas las armas de su amo. Corrió de vuelta al castillo para enmendar su error hasta que, resoplando, se detuvo ante una misteriosa espada clavada en la roca. Presionado por el tiempo, hizo acopio de fuerzas y la arrancó.

La famosa espada incrustada en la roca: Excalibur

Pero su desconcierto fue impresionante cuando se vio rodeado por una muchedumbre que lo aclamaba como soberano. El cielo había hablado: tenía en sus manos la espada que lo convertía en rey de Inglaterra.

El joven Arturo no se dejó intimidar por las tareas de soberano. Administró prudentemente la justicia, terminó con el caos que presidía sus dominios, y se ganó la estima y el cariño de la muchedumbre (durante el siglo XII Enrique II Plantagenet, se forzó intensamente por asociar su reinado a la imagen del mítico soberano).

Años más tarde contrajo matrimonio con la hermosa princesa Ginebra. Recibió de su suegro un regalo muy especial: una gran mesa circular para la sala principal de su población Camelot. A su alrededor, y bajo la inspiración de Merlín, el soberano constituyó la más notable institución legendaria del tiempo: la Orden de los Caballeros de la Mesa Redonda formada por 150 caballeros, iguales en dignidad al soberano, destacado por sus costumbres, su lealtad y sus méritos. La Orden constituía el máximo orgullo de Arturo: en ella se reunía, en nombre de la justicia, lo más granado de la caballería (la institución recordaba a las órdenes de caballería nacidas en el siglo XII, especialmente a la Orden del Templo).

El rey Arturo sentado con los caballeros de la Orden de la Mesa Redonda

En las reuniones podíamos encontrar a personajes como Boor, Yvain, Percibal, Gawain y, sobre todo, Lancelot, el gran caballero que más tarde traicionaría a su soberano y amigo, Arturo, enamorando a la reina Ginebra (sobre estos amores escribió Chrétien de Troyes, combinando la cortesía nacida en Francia con el ciclo de leyenda artúricas. Ambas tradiciones se fundieron en el entorno de la reina Leonor).

El último puesto de la mesa, sin embargo, se encontraba desocupado. La silla vacía testimoniaba la espera de un miembro singular: el caballero más puro que existiera sobre la tierra. Según los vaticinios, cualquier otro que ocupase el lugar sería fulminado por un rayo.

Un buen día un hermoso joven se presentó en la sala real de Camelot. Un prodigio se encargó de sellar su presencia: en el mismo momento en que ingresaba, el respaldo del misterioso asiento vacío se grabó con su nombre, «Galahad». El recién llegado era hijo ilegítimo de Lancelot, a quien una hermosa princesa había logrado hechizar para que, olvidando a Ginebra, la convirtiera en madre del caballero ideal de que hablaban las profecías. Con el tiempo el niño se había convertido en el joven más bello y puro de toda la tierra conocida que, era el nuevo arquetipo en quien terminaría de transfigurarse la caballería terrena (como tal, constituía el doble legendario de la figura histórica de san Bernardo).

Apenas se instaló en Camelot, Galahad anunció su decisión de partir a la más grande aventura de la caballería andante: la búsqueda del Santo Grial, la más preciosas de las reliquias cristianas, el Vaso Sagrado con el que Jesús había celebrado la Última Cena y en el que José de Arimatea había recogido las gotas de sangre emanadas del costado de Cristo muerto. Una ráfaga de entusiasmo sacudió a la Mesa Redonda; había llegado el momento de salir en su búsqueda (la partida recordaba la gran empresa cruzada en pos de Tierra Santa).

Todos los caballeros comenzaron la marcha con la ilusión de que el cielo los hubiese destinado a encontrar el Grial. Separados por las vicisitudes del camino, afrontaron mil aventuras: combates, conjuros, sortilegios, visiones, sueños proféticos y prodigios. Sostuvieron encuentros con sabios mendigos, monjes misteriosos y sugestivas doncellas… Algunos murieron en la empresa y otros decidieron abandonar la búsqueda.

Los caballeros cuando se dedicaban a las Cruzadas

La conquista del Grial imponía severas pruebas. Al salir tras él, los caballeros emprendían una vida de perfeccionamiento espiritual. Su posesión exigía un número ilimitado de sacrificios y penurias, una completa disciplina de cuerpo y alma, y un abandono total de la ambición, del orgullo y de los amores terrenos.

Finalmente sólo Percival, Boor y Galahad presenciaron los misterios del Vaso Sagrado (como tal, símbolo de la visión beatífica de los elegidos). Lo hallaron en un lejano castillo, custodiado en una misteriosa recámara. Nadie supo jamás que vieron u oyeron al encontrarlo, pero desde ese momento aparecieron como transfigurados por la celestial visión. Por designio divino trasladaron el Grial a otras tierras y edificaron un monumento para preservarlo.

El destino de los tres caballeros fue dispar. Percival se refugió en un monasterio, donde pudo vivir en plenitud las enseñanzas de la sagrada reliquia; Boor regresó a Camelot para dar testimonio del hallazgo; Galahad siguió otro camino de iluminación: dedicado a venerar los misterios del Grial, su vida terminó de transfigurarse, hasta que durante un atardecer en que se celebraba el solsticio de verano abandonó esta vida, sumergiéndose para siempre en la divinidad.

El famoso castillo de Camelot

La búsqueda del Santo grial fue la última empresa acometida por los Caballeros de la Mesa Redonda. El anciano rey Arturo, privado de sus más notables guerreros, debió enfrentar la rebelión armada de su hijo ilegítimo, Mordret. La sedición acabó para siempre los tiempos dorados de Camelot.