¿Fue Hitler homosexual?

A raíz de haber leído esta noticia, he recordado que una vez cayó en mis manos un libro que hablaba de la posibilidad de que Hitler y muchos de sus cargos de confianza hubieran sido homosexuales ocultos. Así que si falla el enlace a la noticia, podréis acceder a la captura de pantalla y como colofón el texto del libro que no tiene desperdicio sobre estas posibilidades y que profundizan un poco más que el artículo en ciertos aspectos, resultando chocantes los argumentos de la idiosincrasia nazi.

Titular de la noticia de la web Religión en Libertad Hablando de la homosexualidad y los nazis.
Titular de la noticia de la web Religión en Libertad hablando de la homosexualidad y los nazis.
Adolf Hitler y sus alegres camaradas
Los historiadores del nazismo y los biógrafos de Adolf Hitler han encontrado siempre un escollo en la oscura y difusa vida sexual del siniestro führer del nazismo. Desde quienes optan por pensar que era asexuado y por lo tanto nada hay por descubrir, hasta los que le atribuyen todos los vicios y desviaciones sexuales imaginables. Entre ambos extremos se ha ido elaborando una vertiente de opinión que sostiene que Hitler era probablemente bisexual, aunque no haya practicado en demasía ni una ni otra opción. A partir de diversos documentos y testimonios que se han encontrado a través del tiempo, esta corriente enlaza la sexualidad personal de Hitler con la del entorno que lo rodeaba, imbuido de una ideología existencialista y misoginia. No resulta raro que es el integrismo escolástico admitiera las relaciones entre semidioses arios, reduciendo la cópula heterosexual a su función necesaria de reproducir la raza superior.

De acuerdo con varios estudios recientes, buena parte de la plana mayor del partido nazi estaba formada por homosexuales o bisexuales. Se cita como ejemplo de este aserto a Ernst Röhm, fundador de las temibles S. A. o Sturm Abteilung (Unidades de Asalto); al general Werner von Fritsh, al que Hitler designó comandante en jefe del ejército; Walter Funk, ministro de economía del III Reich; o a Reinhard Heydrich, el tenebroso jefe de la Gestapo y carnicero de Moravia y Bohemia, asesinado en 1942 por la resistencia checoslovaca.

Todos ellos eran más o menos, y hay quienes atribuyen una tendencia similar a importantes figuras del círculo más próximo al führer, como el número dos del partido nazi, Heinrich Himmler; el sombrío ministro de propaganda, Joseph Goebbels; o el líder de la aviación y racista recalcitrante Hermann Goering, condenado a muerte por el tribunal de Nuremberg. Esto no significa que el nazismo haya sido producto de una conjura homosexual, sino tal vez de que las prácticas homosexuales estaban más extendidas en la Alemania de los años 20 de lo que se pensaba y sabía entonces. Y no porque los alemanes fueran especialmente sensibles al asunto ya que según van descubriendo investigadores sin prejuicios, lo mismo ocurría en el resto de Europa y en América. Es también un hecho que Hitler, como otros dictadores, prefería rodearse de colaboradores con alguna debilidad secreta que le permitiera manejarlos a su antojo o defenestrarlos sin consecuencias cuando fuere el caso.

La noche de los cuchillos largos
La más terrible lacra del régimen nazi fue la siniestra, indiscriminada y metódica matanza de millones de judíos europeos, incluyendo ancianos, mujeres y niños. En mucha menor escala, pero en cantidad significativa en cada caso, se eliminó también a opositores, comunistas, gitanos y… homosexuales. El número de estos últimos que fueron ejecutados alcanzan a unas 80.000 personas. Este solo dato parece relevante la teoría que acabamos de exponer: ¿cómo pudo Hitler ser gay, si su odio homofóbico produjo semejante baño de sangre? La pregunta es racional, pero Hitler no lo era. Se trataba de un loco peligroso y ególatra imbuido de un poder omnímodo; un paranoico con manía persecutoria, que reaccionaba en forma desmedida ante cualquier signo de crítica oposición a su persona. Como ocurrió en la célebre matanza conocida como «la noche de los cuchillos largos».

Ernst Röhm con Himmler

El compinche de Adolf Hitler que menos disimulaba su condición de gay era Ernst Röhm, uno de los fundadores del partido, organizador y conductor de las Unidades de Asalto (S.A.). Los pelotones de su cuerpo militarizado mantenían el orden en los actos partidarios, apaleando a cualquier sospechoso que no comulgara con el nazismo. En poco tiempo fueron ampliando su campo de acción, dedicándose a «reventar» mitines opositores, agredir a judíos desprevenidos en plena calle, o apedrear los escaparates de los comercios judíos. Röhm llegó también a utilizar las S. A. para amedrentar o incluso asesinar a sus adversarios personales, ya fuera por razones políticas o pasionales. Su dominio de la violencia extendió su poder, al punto de que las S. A. llegaron a ser autónomas y casi independientes del partido, y su licencioso jefe a representar una amenaza para el incuestionado liderazgo de Hitler. Éste reaccionó utilizando los mismos métodos que su camarada, pero de forma más fulminante.

En una sola noche, la del 30 de junio de 1934, los esbirros del führer pasaron a cuchillo a Ernst Röhm y más de un centenar de sus colaboradores. El encargado de hacer el trabajo sucio fue el jefe de la policía secreta Reinhard Heydrich, que cojeaba del mismo pie que sus víctimas, aunque con más discreción. Aquella primera purga masiva y sangrienta puso en remojo varias barbas dentro del régimen y consolidó definitivamente la autoridad de Hitler sobre el partido y el ejército. A partir de entonces inició una despiadada persecución de los homosexuales por el solo hecho de serlo, escudándose en el ambiguo artículo 175 del código penal alemán, que castigaba la sodomía pero en modo alguno justificaba la ejecución de decenas de miles de personas.

Algunos expertos que estudian las patologías psíquicas de personajes históricos, no ven contradicción entre que Hitler persiguiera tan obsesivamente los homosexuales y que lo fuera al mismo tiempo. Una parte de ellos sostienen que tal condición le producía una culpa insoportable, cuyo castigo transfería a Röhm y todos los que eran como él. Desde otro enfoque, su narcisismo y megalomanía lo habrían llevado a creer que era el único gay honesto y limpio, destinado a redimir la homosexualidad destruyendo a sus pecadores en plan destrucción de Sodoma. Quienes sostienen esta versión señalan que lo mismo debía pensar de su misión: había sido elegido como redentor de una raza aria corrompida y contaminada. Mimaba a los chicos de las juventudes hitlerianas y propiciaba la fecundidad de las familias alemanas, porque sólo las nuevas generaciones podrían ser tan químicamente puras y perfectas como él mismo.

La niña juguetona y la tapadera rubia
Por más que rebuscaron en viejos archivos y documentos, los investigadores sólo han hallado dos nombres de mujer en la vida privada de Adolf Hitler. El primero es el de la hija de su hermanastra, una niña adolescente llamada Geli Raubal (Ángela), que parece haber sido el gran amor de su juventud. El futuro führer mantuvo o fantaseó juegos de manos y genitales con su sobrina, cuando visitaba asiduamente la granja de su familia. Hitler mantuvo con ella una relación difusa y contradictoria, que acabó en un una tragedia convenientemente olvidada cuando llegó al poder. Geli murió muy joven y de forma violenta, según ciertos comentarios en una furiosa discusión con Hitler, que le provocó uno de sus incontrolables ataques de ira.

La sobrina del führer, Ángela, Geli en la intimidad, el primer amor de su  vida

El otro nombre femenino, como es sabido, es el de Eva Braun. Una joven rubia bastante agraciada, fanática activista del nazismo, que en las postrimerías de la guerra actuó como acompañante y «amante oficial» del führer. Es muy probable que esta denominación fuera sólo una tapadera ante la campaña difamatoria del contra espionaje aliado, que insistían la homosexualidad de Hitler para desprestigiarlo ante sus ya decepcionado las tropas. Nunca quedó muy clara la posición de la Braun dentro del entourage de Hitler y es posible que el mismo no supiera qué rango otorgarle, dado que en una larga décadas de dictadura nunca se había presentado en público acompañado de una mujer. La cosa se aclaró cuándo ante él avasallador avance soviético ambos se refugiaron en el famoso bunker subterráneo. Allí contrajeron matrimonio y durante un breve lapso de tiempo Eva pasó a ser frau Hitler, hasta que los dos se quedaron la vida con veneno. Muchos años después algunos testimonios y cartas familiares revelaron que en todo el tiempo de su relación, Hitler no le había tocado a Eva Braun ni un pelo, por así decirlo.

Hitler y su "amante oficial", Eva Braun
El enfermero delator
No obstante, el episodio que más los puede arrojar sobre la homosexualidad del nefasto führer no corresponde a ninguna de estas dos mujeres, sino a su encuentro con chicos de su mismo sexo. En noviembre de 1971 la revista gay alemana Du und ich (Tú y yo), quizá la más prestigiosa en su género, publicó una entrevista con Ernst Waldbauer, un anciano que a sus 74 años decidió revelar que en 1914 había pasado una noche de amor con un forastero llamado Adolf Hitler. El entrevistado, un enfermero jubilado, vivía ahora en Estocolmo con una de sus hijas e insistió en dejar claro que no era gay,y que aquella había sido su única experiencia homosexual.

Ernst Waldbauer, el mante por una noche de Adolf Hitler

Ernst Waldbauer relata en aquel artículo que a los 22 años pasó una temporada en casa de una tía suya que vivía en Tutzing, cerca de Mónaco, su primo, bastante mayor que él, recibieron frecuencia un amigo de la capital llamado Adolf Hitler, con el que pasaba largas horas discutiendo sobre… ¡marxismo! Una noche la tía le dijo a Ernst que el señor Hitler se quedaría dormir, y que debía compartir con él su habitación. El joven estaba ya en la cama, con una vela encendida, cuando se presentó el huésped para acostarse. Al rato comenzó a quejarse del mal olor de sus sábanas y la luz de la vela no le dejaba dormir. Rogó a Ernst que le permitiera casarse a su cama, y en el traslado apagó el candil. Pero en lugar de entregarse al sueño, inició un diálogo en susurros con su anfitrión. Le preguntó si tenía novia, y ante la negativa del otro empezó a relatarle con pelos y señales sus jueguecitos eróticos con Geli.

Waldbauer recuerda que Hitler se excito con su propio relato, lo que le llevó a acompañarlo con demostraciones prácticas: primero le acarició el vientre, luego los muslos y el pubis, hasta cogerle el pene. Murmuró al oído de su alelado acompañante que era extraño que sus miembros no estuviera erecto, mientras comenzaba masturbarlo y hacer lo propio consigo mismo. Según parece la cosa no pasó de ahí, que ya es bastante.

A la mañana siguiente Hitler se levantó antes que su compañero de cama y partió muy temprano de regreso a Mónaco. Waldbauer se casó un tiempo después, tuvo hijos, y trabajó en su profesión de enfermero hasta jubilarse. Sólo una vez volvió a ver a Hitler, en el apogeo del nazismo. Se mezcló con el público que lo aclamaba con el brazo en alto, pero no se atrevió a acercarse. El führer avanzó sonriente su paseo triunfal y al pasar frente a él le dirigió un fugaz guiño cómplice.

¿Debemos creer en este demoledor testimonio sobre la homosexualidad de Adolf Hitler?

En principio una razón para suponer que Waldbauer, un anciano respetable que era padre de familia y abuelo, sin apuros económicos ni una notable aversión al nazismo, se inventará una historia de juventud que no lo dejaba muy bien parado por lo menos ante sí mismo (recordemos que insistió en aclarar que él no era gay). Ésa insistencia refleja un cierto prejuicio como fóbico, quizá de origen religioso, que lo llevó en el último tramo de su vida a expiar que el pecado de juventud. Y debía hacerlo por medio de una confesión pública, harto frecuente en varios cultos protestantes. La revista que la público gozaba de una reconocida seriedad informativa, y en números anteriores había entrevistado sobre el tema homosexual a personalidades destacadas de la política, las iglesias o las artes. En este caso debió incluso primar el impacto de la noticia sobre la línea editorial de Du und Ich, ya que la incorporación de Adolfo Hitler bono beneficiaban absoluta la comunidad gay.

Pero aun suponiendo que el enfermero se hubiera inventado toda esa historia, restan los numerosos indicios de que Hitler y sus alegres camaradas se movían en un ámbito en el que se admiraba la perfección física masculina y se veneraba la imagen de los jóvenes efebos arios. Un ámbito donde las alianzas, las disputas, las complicidades, los odios e incluso los crímenes podían responder al subyacente sentimientos homoeróticos. Apuntemos finalmente la fuerte pulsión tanática presente en las dos relaciones femeninas del führer: Geli fue asesinada por el mismo y Eva Braun fue obligada acompañarlo en un doble suicido. En cualquier caso los entresijos de su vida íntima empalidecen ante el espeluznante exterminio de millones de seres humanos, que lo transforman un monstruo abominable fuera cual fuera su conducta sexual.

Fin del milenio: la estampida del armario
A finales de 1984 el popularísimo actor estadounidense Rock Hudson declaró públicamente que sufría de SIDA (síndrome de inmunodeficiencia adquirida) y que había contraído esa enfermedad en una relación homosexual. Hudson, entonces un admirado prototipo del galán viril y sin tacha, se convirtió en una de las primeras celebridades mundiales en reconocer su condición de gay. Reveló también una gran entereza y una total solidaridad con ese colectivo, luchando activamente por una investigación más seria sobre el SIDA y contra la demonización del mal que el año siguiente acabaría con su vida.

Rock Hudson admirado prototipo del galán viril y sin tacha
Rock Hudson admirado prototipo del galán viril y sin tacha

Antes de esta valerosa actitud del actor otras personalidades de la cultura americana contemporánea, como Truman Capote o Andy Warhol, habían reconocido sin tapujos su homosexualidad; así como, en el campo lésbico, la tenista Martina Navratilova, la actriz Marlene Dietrich o la escritora francesa Marguerite Yourcenar. Pero se trataba de casos aislados, que el público afectaba en tanto tales y no como un fenómeno más general. Pero a partir del ejemplo de Rock Hudson se produjo una verdadera explosión de revelaciones en cadena, en la que figuras reconocidas en todo tipo de actividades comenzaron a declararse públicamente gays. Los americanos etiquetaron este fenómeno como «Outing the Closet», o sea «salir del armario» que los colectivos de adoptaron con el sentido de abandonar libremente un sitio cerrado y oscuro.

¿Qué causas influyeron en esa súbita liberación iniciada en la década de los 80? Hay opiniones académicas de todos los colores, entre las que las más atendibles pueden ser la progresiva y acelerada tolerancia y aceptación hacia las minorías que venían logrando los activistas negros y feministas en los Estados Unidos; y la lucha emprendida unos años antes por la organización de GLBs que se sumaron a una cruzada general reivindicativa, enraizada en los aires tolerantes e igualitarios de los años 60. Hacia el fin de siglo la estampida de la armario ya no formaba una cadena sino un torrente. Instituciones tan machistas y conservadoras, las iglesias y las Fuerzas Armadas tuvieron que contemplar la aceptación de homosexuales en sus filas, mientras muchos miembros que ya estaban dentro se asomaban por la puerta del armario.

Iniciado ya nuevo milenio, el ascendente «orgullo gay» se ganó el reconocimiento de sus derechos ante los tribunales y parlamentos de la mayor parte del mundo occidental, obteniendo la abolición de las leyes represivas y regulaciones de eliminatorias, la aceptación legal de las parejas de hecho y, cada vez más países, del matrimonio civil con la posibilidad de adoptar niños en igualdad con los matrimonios heterosexuales.

Todas estas conquistas no deben llevarnos a engaño respecto a la desaparición de la homofobia milenaria, que sólo se ha hecho más hipócrita. Todavía son una buena mayoría las personas que se sienten atraídas por la noticia de que alguien es gay, y cuanto más famosa y respetada sea su figura, más morboso y prejuicioso será ese interés. Los medios sensacionalistas saben que públicos y ansioso de poder señalar con el dedo a los diferentes, y registran minuciosamente cada caso de outing o revelan «investigaciones» que suponen que tal artista, político o deportista lleva una vida oculta como gay. Un ejemplo o trágico fue el de la velada sospecha que sobrevoló el asesinato en mayo de 2002 del político gay Pim Fortuyn, candidato ultraderechista en la elecciones generales de aquel año en Alemania. La prensa popular desechó los muy probables motivos políticos del crimen, para cebarse en la posibilidad de una venganza pasional.

En el momento de escribir estas líneas esa caza de brujas ha llegado aún más alto, al arrojar sombras de sospecha sobre el Príncipe de Gales o el joven rey de Marruecos, Mohamed VI de Marruecos, que se suman a las insidiosas ironías que caen desde hace años sobre el distraído acetato de Alberto II de Mónaco.

La proximidad en el tiempo nos exige prudencia al considerar estos últimos nombres, y otros que han surgido y surgen cada día en los medios de comunicación. Como los buenos vinos, la historia exige unos años de reposo antes de descorchar conclusiones definitivas, y más aún en los aspectos privados e íntimos de sus personajes. Expresado esta reserva, y dentro de los límites de la divulgación documentada pero sin pretensiones académicas, creemos haber ofrecido un panorama bastante ilustrativo riguroso de la influencia gay en la historia.

Recuerdos del pasado
Otra línea de investigaciones más series y rigurosa se dedicó a averiguar la vida íntima de personalidades históricas recientes, con el propósito de establecer si hubo una homosexualidad clandestina pudo influir en su actuación. Trabajos en cursó ha obtenido ya algunos elementos de prueba sobre el expresidente de Estados Unidos Lindon Johnson o el economista británico John Maynard Keynes, ambos ya fallecidos, al igual que el político norteamericano Edgar Hoover, controvertido jefe del FBI durante casi 50 años, cuyo ciego apoyo a las campañas anticomunistas del senador Joseph McCarthy pudo obedecer a una estrecha relación homoerótica entre ambos. Al otro lado del derribado muro de Berlín, investigadores rusos sugirieron que el accidente de aviación que en 1968 causó la muerte del astronauta Yuri Gagarín se debió a un complot gubernamental. Garín fue en 1961 el primer hombre que se lanzó al espacio a bordo de la nave Vostok I, un héroe emblemático de la Unión Soviética cuya condición de gay irritaba a las jerarquías del régimen.

Los gays en la historia de Paul Tournier