Frankestein de Mary W. Shelley

A diferencia de otros mitos populares modernos, como el del vampiro Drácula o el del Golem, el de Frankenstein no surge de una leyenda anterior a la novela que lo difundió, sino que es, por entero, una invención romántica de su autora Mary W. Shelley. La novela Frankenstein, o el nuevo Prometeo se publicó en 1818, cuando Mary tenía 20 años, con un breve prólogo de su marido, que cuidó de la edición y copio y revisó a fondo el manuscrito. Percy B. Shelley, uno de los más grandes poetas del romanticismo inglés, fogoso ilustrado y de ideas revolucionarias, amigo de lord Byron y autor del gran poema dramático Prometeo liberado (1819), supo advertir el primero la fuerza literaria del estupendo texto. Frankenstein es una narración fantástica y de terror, una ficción escrita cuando el género de la novela gótica ya declinaba. Pero la joven Mary W. Shelley logró en esta su primera novela (que escribió a los 18 años) forjar un relato de una singular e impresionante potencia mítica. Desde su aparición la novela consiguió un gran éxito de público, aunque no el aprecio de la crítica literaria más académica, que encontró el estilo del cuento demasiado extraño, chillón y fantasioso.

Imagen del Frankestein cinematográfico interpretado por Boris Karlov

Frankenstein se convirtió en un mito de difusión popular. Todavía hoy, cuando el cine lo ha divulgado con mucho mayor alcance que la literatura, a costa de adulterar un tanto las líneas y matices del texto original, se nos presenta como un relato de enorme impacto mítico, inolvidable y conmovedor. El gran público conoce el relato por alguna versión fílmica, que unos pocos por la novela original. Cerca de 100 películas se han proyectado sobre el famoso y desdichado monstruo; y todos hemos visto unas cuantas o por lo menos una, aunque haya sido la también mítica, El jovencito Frankestein de Mel Brooks. Esa difusión del argumento nos exime de dar un resumen de la trama. Pero si debemos advertir que la mayoría de versiones fílmicas moralizan demasiado y simplifican un tanto el argumento, haciendo del monstruo creado por Víctor Frankenstein un ser mucho más torpe y maligno que el que se describe en la novela de Mary W. Shelley.

Retrato de Mary W. Shelley

En cuanto al título, recordemos que Frankenstein es el apellido del creador del hombre artificial, el joven científico Victor Frankenstein, mientras que su criatura no tiene nombre alguno, y luego se ha quedado con el de su progenitor. El doctor Frankenstein es «el nuevo Prometeo», según la versión que veía a ese personaje griego como el creador de los hombres. Justamente en esa época romántica y napoleónica el mito de Prometeo había reverdecido con gran ímpetu en toda Europa. El afán prometeico de crear un nuevo ser semejante a los creados por los dioses, se une a un cierto impulso fáustico, pues se trata de producir un ser humano nuevo con los medios del saber científico, y no ya por medio de la magia (como es el caso de la creación del Golem). El doctor Frankenstein quiere crear un nombre mejor, más perfecto, y dar vida a su criatura para admiración de las gentes. Ahí hay un impulso diabólico, y el motivo de la fabricación de un hombre artificial tiene antecedentes míticos. Curiosamente no hay ningún tono religioso ni antirreligioso en la novela de Mary Shelley. El lector reconoce pronto bajo la trama el esquema del creador que será pronto derrotado por sobre de una artificial, que le salen imperfecta y muy peligrosa. El inventor debe luego destruir a su propia criatura, porque amenaza la vida de los suyos y de él mismo.

El monstruo creado por Frankenstein –que luego se quedará con el nombre de su «padre»─ no es en la novela tan torpe ni tan mudo como en el cine. Lo que espanta a su creador que le hace rechazarlo es su extremada fealdad, a pesar de que ha reunido despojos muy hermosos de cadáveres distintos para componer su anatomía. De ahí que lo rechace, pero por una cuestión estética y no moral. El monstruo es exteriormente muy feo, pero se mueve bien, razona bien, es muy sensible, reclama afecto, y luego exige una compañera femenina para colmar su terrible soledad. Frankenstein se niega, teniendo que una mujer artificial pueda resultar aún más peligrosa que él. Y entonces el monstruo mata a la prometida de su creador, en la noche de bodas. El hombre artificial es enormemente patético en su queja, y es su fealdad y el desprecio de su creador lo que le impulsan al crimen. Su creador, después de perder a su amada, angustiado por los remordimientos, se dedica entonces a perseguirlo para acabar con él, y esa persecución constituye la última parte del relato. La búsqueda concluye cerca del Polo Norte, donde el doctor Frankenstein muere extenuado, y después su oponente, el monstruo malvado, llora por él y desaparece entre la fría niebla a fin de suicidarse. En el cine la persecución del monstruo suele ser mucho más tumultuosa y más breve, más melodramática y mucho más espectacular.

Fotograma de la Novia de Frankestein, con Elsa Lancaster y Boris Kaloff

Pero volviendo al texto original, recordemos las quejas del hombre nuevo, feo y sin nombre, en diálogo con su creador. Cuando Víctor Frankenstein intenta matarlo y con furia le llama «aborrecible monstruo», «demonio infame» y «diablo inmundo», él le contesta:

¿Acaso no he sufrido bastante que buscáis aumentar mi miseria? Amo la vida, aunque sólo sea una sucesión de angustia, y la defenderé. Recordad que me habéis hecho más fuerte que vos; mi estatura superior y mis miembros son más vigorosos. Pero no me dejaré arrastrar a la lucha contra vos. Soy vuestra obra, y seré dócil y sumiso para con mi rey y señor, pues lo sois por ley natural. Pero debéis asumir vuestros deberes, lo que me adeudáis. Oh, Frankenstein, no seáis ecuánime con todos los demás y os enseñéis solo conmigo, que soy el que más merece vuestra justicia e incluso vuestra clemencia y afecto. Recordad que soy vuestra criatura. Debía ser vuestro Adán, pero soy más bien el ángel caído a quien negáis toda dicha. Doquiera que mire, veo felicidad de la cual sólo estoy irrevocablemente excluido. Yo era bueno y cariñoso; el sufrimiento me ha envilecido. Concededme la felicidad, y volveré a ser virtuoso.

Boris Karlof interpretando de nuevo a Frankestein en la Novia de Frankestein.

Y el pobre monstruo cuenta sus penalidades y se justifica ante su creador. Su maldad viene de sus sufrimientos; es el cruel entorno quien lo ha convertido en maligno, es el desprecio del creador y su espantosa fealdad lo que le condena. El monstruo de Mary Shelley, a diferencia del gigantón brutal y mudo de las películas, habla y razona muy bien.

Es fácil dar una lectura moralista a la catástrofe del científico Frankenstein. Pagas así su violación de las leyes naturales y sociales que desafió al intentar dar vida, satánica y prometeicamente, a un ser nuevo, al margen de los creados por la Naturaleza y la divinidad. Es un aprendiz de brujo de ideas progresistas que ha transgredido los límites y debe pagar por ello. Es así todo un símbolo de la época. El mito resulta, sin duda, más simple que la trama dialéctica de la novela pero se presta a nuevas lecturas e interpretaciones. Y Frankenstein es un relato inolvidable, intensamente mítico.