El genocidio de Ruanda: hutus contra tutsis

Número de muertos: 937.000
Clasificación: 54
Tipo: limpieza étnica
Grupos enfrentados: hutus contra tutsis
Período: 100 días en 1994
Escenario y principal estado participante: Ruanda
A quién se le suelen atribuir casi todas las culpas: a Bélgica, a Francia y al presidente estadounidense Bill Clinton
Otro aspecto negativo: guerra civil africana
La pregunta sin respuesta que todo el mundo se hace: ¿por qué nadie le puso freno a eso?

Hace muchos siglos, los altos pastores nilóticos procedentes de Sudán emigraron hacia el sur, más o menos al mismo tiempo que los fornidos granjeros bantús procedentes de la región más occidental de África emigraban hacia el este. Se encontraron, se enfrentaron y se mezclaron en la región de los grandes lagos, y después de muchas generaciones de luchas y ajustes la aristocracia nilótica tutsi acabó gobernando sobre el campesinado bantú hutu. Ésta fue la situación que encontraron los primeros exploradores europeos a mediados del siglo XIX. En la carrera colonial por África, la región quedó dividida entre los alemanes y los belgas.

Nada más acabada la primera guerra mundial, los vencedores se repartieron las colonias alemanas de ultramar. Dos secciones del interior del África oriental alemana adyacentes al Congo Belga, un territorio bajo mandato de la Liga de Naciones, fueron entregadas a los belgas, quienes, en virtud de los términos del tratado, debían administrarlo de forma independiente al resto de las colonias belgas. Tanto los belgas como los alemanes antes que ellos dependían de la nobleza tutsi local para ayudarles a gobernar, y a cambio de ello les concedieron privilegios que les eran negados a los hutus, tales como la exención de los sesenta días de trabajo obligatorio que todos los nativos debían al estado. Los siglos de cruces raciales y de coexistencia habían atenuado las diferencias físicas y culturales entre los dos grupos, y por ese motivo los belgas, para que las autoridades pudieran saber quién tenía derecho al trato preferente, introdujeron documentos de identidad que señalaban con claridad a qué etnia pertenecía cada persona. A los mestizos o a los individuos de ascendencia dudosa se les asignó su etnia de manera arbitraria y según el antojo de los funcionarios coloniales. Los hutus y los tutsis se identificaban entre ellos gracias a sutiles diferencias de clase que no eran inmediatamente visibles a los extranjeros. En el momento de la independencia, ambos grupos hablaban el mismo idioma y eran en su mayor parte católicos.

En 1962, el territorio bajo mandato de la Liga de Naciones se independizó en forma de dos estados independientes, Burundi y Ruanda. Por desgracia esta doble división en etnias creó una situación intrínsecamente inestable. Las sospechas crónicas y la mala voluntad entre hutus y tutsis desembocaron en una guerra civil endémica puntuada por sobrecogedoras matanzas ocasionales. La peor de las masacres que se recuerdan tuvo lugar en 1972, cuando el gobierno tutsi de Burundi organizó una carnicería de unos 100.000 a 150.000 hutus que provocó la huida de miles de amargados refugiados que cruzaron la frontera de Ruanda, un país dominado por los hutus.

No existe ningún rasgo racial ni lingüístico específico que diferencia a los hutus (mayoritarios) y los tutsis (minoritarios) ruandeses; ambos son dos estamentos sociales de una misma etnia, la banyaruanda. Sin embargo, esta falsa base sirvió de fundamento al llamado genocidio de Ruanda, un terrible enfrentamiento racial que sacudió Ruanda alrededor de 1994, con graves precedentes y secuelas en años anteriores y posteriores, cuando el gobierno en hegemónico hutu llevó a cabo un sistemático intento de exterminio de la población tutsi.

Antes de la independencia del país, en 1961, sus líderes siempre fueron tutsis. Desde entonces y hasta 1994, el poder fue asumido por los hutus. El último año, las milicias paramilitares hutus, conocidas genéricamente como Interahamwe («los que trabajan juntos»), comenzaron a ser entrenada por el ejército ruandés y hacer conciencia dadas por los medios de comunicación dominantes para la confrontación directa y definitiva con los tutsis (y, de paso, con los hutus moderados). Los mensajes incidían en las diferencias que separaban ambos grupos étnicos y, a medida que avanzaba el conflicto, los llamamientos a la confrontación y a la “caza del tutsi”se hicieron más explícitos especialmente a partir del mes de abril, en el que se hizo circular la historia de que la minoría tutsi planeaba el genocidio de los últimos. Según muchos testimonios, se trató de un genocidio muy bien planeado. Al parecer, el primer ministro de Ruanda, Jean Kanbanda, reveló que el genocidio se discutió abiertamente en reuniones del gabinete ministerial. El gobierno introdujo nuevamente las tarjetas de identidad étnica, usadas por los belgas en los años 30. Esta tarjeta permitieron a los paramilitares elegir fácilmente a sus víctimas tutsis. En seguida, las milicias establecieron controles en las principales carreteras del país, en las que se revisaba a cada persona que pasaba para eliminar a los tutsis. Además, el gobierno confeccionó extensas listas de personas que deberían ser eliminadas, identificando en ellas a los partidarios de la transición política, a los adversarios políticos, a los comprometidos con los diferentes movimientos pro derechos humanos, etcétera. Incluso algunos hutu proclives a la reforma fueron condenados a muerte. Es obvio que en esas listas se incluía la totalidad de la población tutsi.

Superviviente a campo de exterminio hutu, Ruanda, 1994. Fotografía de James Nachtwey
Superviviente a campo de exterminio hutu, Ruanda, 1994. Fotografía de James Nachtwey

En el momento del inicio de la matanza, la malicia ruandesa estaba compuesta por 30.000 hombres (uno por cada 10 familias) organizados por todo el país con representantes en cada vecindario. Algunos milicianos podían adquirir rifles de asalto AK-47, de procedencia soviética, con sólo rellenar un simple formulario. Otras armas, como las granadas, no requerían papeleo alguno y se distribuyeron masivamente. El genocidio fue financiado, en parte al menos, con el dinero expoliado a determinados programas de ayuda internacionales, como los del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Se estima que se gastaron al menos unos 134 millones de dólares en la preparación del genocidio, con unos 4,6 millones de dólares gastados sólo en machetes, azadas, hachas, cuchillos y martillos. Tal gasto permitió que uno de cada tres varones hutus contará con un machete nuevo.

A todo lo largo y ancho del país, los hutus se volvieron contra sus vecinos tutsis, en ataques coordinados y alentados por propagandistas de la radio como Ferdinand Nahimana. Los profesores asesinaron a sus alumnos, y las niñeras hutus a los niños tutsis que tenían a su cuidado. A los hutus reacios los arrinconaban y amenazaban de muerte si no se incorporaban a la matanza; bandas de matones se los llevaban, les entregaban machetes y les ordenaban matar o morir. La culpa de los asesinatos se repartía deliberadamente y se extendía al máximo por todo el grupo, cuyos miembros se turnaban en las tareas de acuchillar y descuartizar.

Pasando a machete a la población tutsi
Pasando a machete a la población tutsi

Los militantes del Interahamwe pusieron un especial ahínco en violar y humillar a las víctimas femeninas antes de descuartizarlas vivas. Algunas mujeres fueron asesinadas inmediatamente después de la violación, otras, antes de ser abandonadas a la muerte, fueron objeto de grotescas mutilaciones, y en ocasiones las enjaulaban para someterlas más tarde a otra ronda de violaciones. En una ocasión clavaron a una mujer en el suelo con una lanza atravesada en el pie mientras sus agresores se iban a hacer un recado rápido antes de regresar a violarla otra vez. Meses más tarde, los testigos podrían ver las pruebas de estas atrocidades

hasta en los esqueletos blanquecinos. Las piernas dobladas y bien abiertas, con una botella rota, una rama de árbol, e incluso a veces un cuchillo entre las piernas… murieron en una posición de vulnerabilidad absoluta, tumbadas sobre la espalda, con las piernas dobladas y las rodillas muy separadas.

Por fin, después de tres meses de matanzas, los rebeldes tutsis, liderados por Paul Kagame, lograron cruzar la línea del frente y correr al rescate de sus hermanos supervivientes. Millones de hutus huyeron a los países vecinos para escapar a la venganza. Más o menos al mismo tiempo, la comunidad mundial se decidió por fin a intervenir en misión humanitaria, una acción que detuvo la matanza pero que también permitió que muchos de los milicianos hutus y miembros de las fuerzas armadas escaparan a la justicia (o a la venganza).

Colas de personas intentando huir de su terrible destino en su país
Colas de personas intentando huir de su terrible destino en su país

Probablemente, nunca se sepa con exactitud cuántos muertos provocó. Se calcula entre 500.000 y 1 millón. Si fueran 800.000, equivaldría al 11% del total de la población y el 80% de los tutsis y que vivían entonces en el país. Además, el genocidio provocó el exilio de 2 millones de ruandeses al entonces Zaire (hoy República Democrática del Congo), 480.000 a Tanzania, 200.000 a Burundi y 10.000 a Uganda, junto a más de 1 millón de desplazados internos. Tampoco se sabe cuántas víctimas provocó la consecuente venganza tutsi. Por si fuera poco, el genocidio ruandés trajo consigo graves consecuencias para la región de los grandes Lagos. Poco tiempo después, la crisis se trasladó a los vecinos países de Zaire, Burundi y Uganda. El más afectado fue Zaire, ella vivió la crisis interna producto de la desestabilización generada por el desastroso gobierno del la implacable dictador Mobutu Sese Seko. La llegada de millones de refugiados se convirtió en el caldo de cultivo que les desataría la Primera y la Segunda Guerras del Congo, que dejaría un trágico saldo de unos 4 millones de muertos.

El 8 de noviembre de 1994, una resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que consideró que el genocidio ruandés era un grave atentado contra la paz y la seguridad internacional, creo un Tribunal Penal Internacional para Ruanda, con objeto de perseguir a los líderes e instigadores del genocidio. Al mismo tiempo, una vez que se la situación estuvo medianamente normalizada, los tribunales ruandeses iniciaron centenares de proceso en contra de inculpados de cometer graves violaciones a los derechos humanos. Hasta hoy, más de 700 personas han sido condenadas por genocidio.

Extensiones llenas de cadáveres fueron la triste prueba de las matanzas de Ruanda
Extensiones llenas de cadáveres fueron la triste prueba de las matanzas de Ruanda

Entre ellos el llamado “Caso Akayesu” constituye un hito mundial al ser considerada la primera condena internacional por genocidio y la primera en reconocer la violencia sexual como acto constitutivo de genocidio. En el caso de Akayesu, el Tribunal Penal Internacional para Ruanda declaró a un acusado culpable de violación por no haberla impedido ni detenido en su calidad de oficial. Jean Paul Akayesu, antiguo alcalde de la ciudad ruandesa de Taba, fue arrestado en Zambia el 10 de octubre de 1995 y transferido a la unidad de detención del tribunal de Arusha el 26 de mayo de 1996. El juicio comenzó en junio de 1997 y el 2 de septiembre de 1998 fue declarado culpable de genocidio, inspiración directa y pública a cometer genocidio y crímenes de lesa humanidad. El 2 de octubre de 1998 fue sentenciado a prisión de por vida, condena que Akayesu cumple actualmente en una prisión de Malí. Asimismo, su compatriota Thoneste Bagosora fue encontrado culpable de comandar las tropas y milicias hutu Interhamwe, responsable de la masacre, y también condenado a cadena perpetua. Además, el tribunal consideró que Bagosora era responsable del asesinato de la primera ministra Aghate Uwilingiyimana y de destacados miembros de la oposición, así como de 10 soldados belgas. Agathe Uwilingiyimana, era una hutu moderada a la que violaron utilizando bayonetas antes de asesinarla. Los soldados belgas de la ONU de su guardia personal, cuyas órdenes eran no provocar a los indígenas defendiéndose de los ataques, se rindieron sin ofrecer resistencia, y fueron castrados, amordazados con sus propios genitales y asesinados de todos modos.

Un gobierno de una estabilidad sorprendente, liderado por Paul Kagame, regresó a Ruanda al cabo de pocos años, pero sólo la enorme magnitud del crimen dificultó la aplicación de la justicia. Cuatro años después del genocidio, 130.000 miembros del Interahamwe seguían encarcelados a la espera de juicio en prisiones sucias y abarrotadas. Al final de aquel año, los tribunales habían juzgado a 330 de ellos.

Al llegar el año 2005, los ruandeses habían descentralizado el proceso y organizado tribunales en los pueblos. En los primeros ocho meses de funcionamiento, estos tribunales juzgaron más de 4.000 casos y condenaron al 89 por 100 de los acusados. Llegados a este punto, no obstante, la mayoría de los prisioneros ya habían pasado años en prisión a la espera de juicio, y cualquier señal de arrepentimiento bastaba para que los jueces dictaminaran que ya habían cumplido su tiempo de cárcel y que podían ser liberados.

Aunque alrededor de 650 prisioneros fueron sentenciados a ser fusilados, Ruanda abolió la pena de muerte antes de que muchas de las ejecuciones se llevaran a cabo, el único medio por el que el gobierno de Ruanda podía echarles la mano encima a los casi 45.000 fugitivos sospechosos que vivían en países que no concedían la extradición a los presos si al regresar a su país se enfrentaban a la pena de muerte.

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