El boom turístico con Franco: cuando el turismo salvo a España

Las cifras del turismo, el llamado boom, desbordó todas las previsiones: en 1960 seis millones, en 1961 diez millones y la cifra siguió subiendo hasta llegar a los dieciséis millones de turistas de 1966. Como hecho insólito en las migraciones estacionales, nuestro país incrementará anualmente su población en un 50% con el aporte de los extranjeros. La llegada masiva hizo que se pasara por alto cualquier escrúpulo moral, volver un poco laxas las buenas costumbres y el recato del que tanto se había hecho eco los poderes fácticos de la España franquista.

Mujer desnuda en las playas naturistas de Ibiza de 1960

Las reglas sobre los atuendo playero y el comportamiento en los lugares destinados a tomar baños de sol fueron barridas por una oleada foránea. En 1952 las conclusiones del Congreso en Defensa de la Familia había recomendado que hubiera segregación sexual, tratando de evitar espectáculos poco recomendados, indicando la conveniencia de que los hombres y las mujeres deberían tomar el sol, a ser posible, separados físicamente.

Las normas para estar en las playas que cada año impartía la Dirección General de Seguridad pasaron a un segundo plano o quedaron sin efecto momentáneamente. La invasión de extranjeras en bikini hizo que las autóctonas desearan con más ahínco el poder utilizar las dos piezas. La Guardia Civil, que se dedicaba a comprobar y preservar el puritanismo evitando los desmanes en la vestimenta, recibió instrucciones precisas de hacer la vista gorda. Sólo en el norte de España, donde el clima es mucho menos propicio que en el Mediterráneo, siguieron mostrándose reacios al bikini y a pasear en traje de baño por las zonas playeras.

Comenzó un nuevo divertimento para los más viejos de las localidades costeras, que no habían visto nada igual en su vida y que ahora se podían dedicar a practicar el voyeurismo contemplando ávidamente ─algunos con ayuda de prismáticos─ y devorando con la vista aquella desnudez femenina, casi integral, expuesta a plena luz del día para su disfrute sin impedimentos.

Pero no todo el mundo sintió agrado por la exhibición de carne gratuita que ofrecían las extranjeras en nuestras playas y costas. La cercanía de aquellas mujeres, casi en cueros, provocó no pocas respuestas airadas de cierto grupo de personas nativas. No era fácil, después de un largo período de represión, que no afectará aquel exhibicionismo repentino y descontrolado. En una playa levantina, unas señoras de luto y con mantilla que salían de misa lanzaron exabruptos insultantes contra una muchacha extranjera que con toda naturalidad se había acercado en bikini a comprar un helado en plena calle. La intervención de un grupo de personas evitó lo que hubiera podido degenerar en un conflicto internacional. En otra playa de nuestro litoral más concurrido, un señor conocido por su militancia en la extrema derecha afea la conducta de una chica alemana que fue sentarse en un café, al borde de la playa, vistiendo un dos piezas un tanto osado. La intervención de unos compatriotas de la joven impidió que la cosa pasase a mayores. El señor fue invitado a marcharse presa de la mayor excitación y profiriendo grandes gritos contra la inmoralidad reinante.

Así fueron los primeros tiempos del apocalíptico desmadre en las costumbres de baño de las nuevas generaciones españolas. Al final hubo que aceptar algo que ya era incontrolable e incontenible ya que las españolas, hartas de verse obligadas a utilizar ropa de baño anticuada y fea, decidieron que podían superar en calidad y cantidad al material foráneo demostrando que tenían las agallas más que suficientes para exhibirse con la misma naturalidad que las de fuera. Y podemos asegurar que hubo muchas sorpresas, como era de suponer.

El crecimiento económico de las zonas costeras españolas, sobre todo las mediterráneas, experimentaron un auge especialmente remarcable. Proliferaron hoteles y se construyeron casas de apartamentos. La juventud europea nos visitaba y un nuevo aire de libertades invadió España. Entonces saltó la alarma. Las cabezas visibles de la Iglesia católica ultra conservadora, con nuestros obispos a la cabeza, invocaron con sus letanías a luchar contra la licencia a la hora de vestir de forma inapropiada de los extranjeros, tanto ellos como ellas, durante los momentos de ocio cuando deambulaban por las ciudades. Pero la cosa podía empeorar. Que recordar que estamos en la década de 1960, el uso de la píldora anticonceptiva por una gran parte de las mujeres, que a partir de este momento comenzaría a normalizarse, representa el tímido inicio de la liberación sexual; el uso de la droga, puesta de moda por los movimientos rebeldes y contrarios a la dictadura, empieza a tener presencia entre la juventud; empiezan las primeras comunas en las que la promiscuidad es absoluta. Ibiza fue, desde el comienzo del chaparrón turístico, lugar escogido por los más avanzados de la progresia juvenil. Se pudieron ver a los primeros fumadores de grifa. A continuación siguieron Cadaqués, Torremolinos, etcétera.

Antonio Cardona Riera, Obispo de Ibiza entre 1950-1960

La modernidad de una juventud que adoraba a The Beatles –a los que el franquismo quiso ningunear tratando de demostrar que no fueron tenidos en cuenta por la juventud española en su gira que pasó por España – que se vestía de forma estrafalaria y se dejaba crecer unas melenas semejantes a las de Jesucristo. El por entonces obispo de Ibiza, fray Antonio, que podía ver los efectos que tenían las ideas y actitudes de los turistas extranjeros sobre nuestra juventud le llevó a decir lo siguiente:

[…] esos indeseables con su indecoroso proceder en las playas, bares y vías públicas y, más aún, con sus hábitos viciosos y escandalosos van creando aquí un ambiente maléfico que nos asfixia y que no puede menos que pervertir y corromper a nuestra inexperta juventud. Nadie se explica porque se autoriza aquí la estancia de féminas extranjeras, corrompidas, corruptoras, que, sin cartilla ni reconocimiento médico, vienen para ser lazo de la perdición física y moral de nuestra inexperta juventud; ni tampoco sabe nadie como puede tolerarse ciertos individuos carentes de medios de vida, de los cuales dice la voz pública que viven exclusivamente del vicio que facilitan y propagan descaradamente.

Y terminaba el buen obispo con este grito:

Y que nadie vea en estas líneas otra cosa más que la voz de alerta, el grito de ¡socorro! del pastor de almas que contempla angustiado e impotente la riza, el destrozo que hace el lobo entre las amadas ovejitas que el Señor le confiara y de las cuales tendrá que rendirle estrecha cuenta un día.

La actriz francesa Pascale Petit luciendo su bikini en las playas de Benidorm en 1965

Nuestra balanza comercial sufre un crecimiento tan importante que arrasaba con todas las prohibiciones mantenidas hasta entonces; la fiesta playera no tenía límites, tenía carta blanca. El fenómeno musical juvenil de los años 60 trajo el auge de las discotecas, donde se bailaba twist y rock and roll hasta altas horas de la madrugada. Entre tanta fiesta se cayó en la cuenta de que había que celebrar certámenes de belleza femenina, asunto condenado tajantemente por la Iglesia. El cardenal Plá y Deniel había dejado dicho:

En los concursos de ganado se atiende sólo al cuerpo de los animales que carecen de alma racional, pero los concursos de hombres o de mujeres, por ser personas humanas, hay que atender algo más que su cuerpo.

En consecuencia, reportamos contrarios a la moral y culpable del pecado de escándalo cualquier certamen en el que se glorifiquen y premien los atributos estrictamente corporales de las personas.

Comisiones de festejos, autoridades locales, propietarios de hoteles y casinos no tardaron en gestionar cerca del ministerio competente la autorización necesaria para poder proclamar a la miss del lugar.Y el deseo fue concedido.Y los certámenes se autorizaron permitiendo que las españolas demostrarán, a la hora de exhibir lo que Dios les había dado, que podían sostener ventajosamente la comparación con las señoritas extranjeras que nos visitaban. Primero se permitieron los define con los llamados trajes regionales, pero el destape fue tan anárquico y de tal calibre que se impuso como mal menor el uso del bañador para circular por la pasarela. Pero en algunas playas de la costa se inventaron en concursos de lo más estrafalario para permitir el exhibicionismo del cuerpo femenino sin tapujos. En uno de estos concursos, denominado de «naufragas», lo que se buscaba era permitir llevar la menor cantidad posible de de ropa y así poder observar la belleza de las señoritas en paños menores.

La venida masiva de extranjeros y turistas quisieron que los terrenos se recalificaran y subieran de precio, que los alquileres se pusieran por las nubes manejados por extraños monopolios venidos de más allá de nuestras fronteras y que desde Londres, Bruselas, Amsterdam o Estocolmo negociarán el alquiler de apartamentos a espaldas de los propios españoles, en una zona que llegó haberse ocupada por el extranjero.

La sangría se puso de moda como medio de llegar lo antes posible a la borrachera; la gamberrada nocturnas eran el pan nuestro de cada día; en un lugar de la costa brava, un muchacho británico, en plena embriaguez, arrió la bandera nacional que, colocado en un mástil, adornaba la entrada de un hotel, y en su lugar izó la braga de una chica con faceta suya. Otro extranjero, de nacionalidad holandesa, se permitió ridiculizar un retrato del Jefe del Estado, nuestro generalísimo, pintándole unos grotescos bigotes.

Veraneo en las playas de Cádiz

Para el pueblo español, la afluencia turística representó la culminación del desnivel entre el centro y la periferia. Muchos lugares manchegos, castellanos y aragoneses perdieron gran parte de su población ante el fenómeno provocado por el turismo. En la costa el jornal podía asegurarse, en la construcción, los servicios, en las oficinas a que daba lugar aquella masiva llegada de gentes de fuera.

Hasta la fiesta nacional de los toros, denostada fuera de nuestras fronteras, gozó de tal renacer que gracias al aporte turístico conoció un nuevo esplendor. Así se podía ver las plazas de nueva construcción como las de Benidorm, San Feliu de Guíxols, Fuengirola, la afluencia masiva de guiris para ver el espectáculo.

El macho ibérico en plena caza y captura de un especimén de turista extranjer para dejar la bander alta

Pero sin duda, en el concierto turístico apareció un nuevo mito que tenía que dar la cara u otras partes de su cuerpo de forma ineludible: el varón (o macho) ibérico. En los pueblos tradicionalmente pesqueros se notó la bajada de trabajadores dispuestos a ocuparse en estas labores ante el grado de ocupación a que los sometían las extranjeras deseosas de emparejarse. El aumento del turismo femenino de forma desbordante fue un reclamo para nuestros hombres, hasta el punto de convertirse en un auténtico fenómeno sociológico. Podemos leer en la revista Cuadernos para el Diálogo, un artículo de Rafael Abella en el que se consideraba el comportamiento del varón hispánico ante la presencia del extranjero. De él son los párrafos que siguen:

El macho celtibérico, a la llamada del estío emigra de las mesetas y demás enclaves áridos y despoblados en busca de esa periferia costera y soleada donde está aguardándole un importante papel en el concierto turístico.[…] El joven celtibérico espera la llegada del verano y con él la invasión de beldades exóticas como oportunidad que se le brinda para estar a la altura de su renombre y demostrar que en la oleada erótica que nos invade ─la intolerancia justificada por nuestra balanza de pagos─ nuestro país ha dejado atrás el subdesarrollo.

El joven varón hispánico, ya sea estudiante, pescador u obrero cualificado, porque en esto no hay distingos de clase ni de categoría profesional, reacciona ante la turbadora presencia de la extranjera con instinto y tino de cazador. Por las mañanas, en la playa, se dedica al ojeo, escrutando en un bosque de esbelteces disponibles. Por la noche, elegida ya la pieza, aparece por las discotecas y demás centros de contoneo organizado, dispuesto a acreditar esas cualidades de hombre fogoso que a los meridionales ha dado justa fama en la estimativa racial.

Bien es verdad que las muchachas que nos visitan, acostumbradas las más de las veces a esa naturalidad negligente con que se consideran en sus países de origen las cosas del sexo, vienen llenas de tiernas esperanzas, como quien arriba a una tierra prometida que, además, nosotros mismos hemos pregonado propagandísticamente como «tierra de hombres».

En esta circunstancia, la relación del varón ibérico y la belleza foránea es directa, sin rodeos ni dialéctica. Las barreras idiomáticas se saltan con el ademán o la onomatopeya. En este estrechamiento de las relaciones internacionales, el patán no desmerece de culto. Si el orgullo hispánico que contempla el fenómeno siente esa íntima satisfacción que produce el saberse miembro de una comunidad en la que la mujer es honesta por tradición, mientras que el hombre, para algo es hombre, está siempre dispuesto al ejercicio libre de sus prerrogativas. Después, los protagonistas de tanta aventura explican y no acaban de germanas, de británicas, de escandinavas, porque toda esta peripecia estival sirve para ser contada a ese centenar de amigos íntimos que están para la ocasión. Si no fuera así, ¿qué valor tendría?

Todo este comercio tiene una importante consecuencia, y es nuestro acercamiento un mercado común de los cuerpos -como decía él escandalizado Maurois– que es dable observar donde otrora reina una pacatería que forzaba a las señoras al uso del bañador completo y a los caballeros al de una prenda estrambótica, hoy en total obsolescencia, que llamaban «pantalón de deporte». Y es que del pudibundo recato hemos pasado al exhibicionismo más pentálfico, como de la poesía que construye a la competente tecnocracia y de la autarquía al imperio de las inversiones (de toda índole) extranjeras.

Yo creo que la exaltada masculinidad del español puede ser un reclamo turístico de primer orden que no usa exponerse con total alacridad como esos carteles al estilo del que afirma, y a mucha honra, nuestra incapacidad y nuestra diferencia con el resto del mundo. Por eso me temo que el impacto de este comprobado reclamo sea insuficiente, falto de la debida promoción y basado exclusivamente la propaganda oral que las jóvenes extranjeras difunden a su retorno de vacaciones por sus centros docentes o por sus lugares de trabajo. Y es una lástima que esta promoción no puede enfocarse con iniciativas tales como la creación de parques nacionales, al modo como se preserva la cabra hispánica, destinados al fomento y conservación de las virtudes hombruna desde Roncesvalles a Despeñaperros. No hay duda que con ello atraeríamos decididamente a nuestra península a lindas hiperbóreas que ahora – tentadas por la volcánica fama de sus hombres – hacen de otros países mediterráneos como Italia, Grecia, o Turquía la meta de sus vacaciones.

No siempre el contacto con la extranjera ocurría a horas locas, para algunos hombres de piel morena a fuerza de trabajar en el andamio, el trato carnal con la extranjera era un choque que hacía perder la cabeza; muchos empleados, camareros sobre todo, se convirtieron en verdaderos profesionales cuyo nombre y hazañas eran conocidos en el extranjero, no faltándole nunca clientela atraída por su renombre de macho en perpetua disponibilidad.

Pero si esto le ocurrió a los hombres, las féminas tampoco se quedaron atrás. El cliché de la sueca y su impacto sobre viejos y jóvenes que lo más fijo en una sociedad con tendencia resaltar los valores masculinos y a cantar sus proezas, pero no fue menor la secuela producida por la presencia de unos muchachos nórdicos o británicos sobre el personal femenino. Muchos tuvieron oportunidad de comprobar a través de apasionados idilios veraniegos que la estampa de la mujer española ardorosa y de rompe y rasga no era tópica. Tras años de puritanismo, se descubrió la hipocresía que encerraban muchas actitudes, y el modelo de paridad, en cuanto al comportamiento de chicos y chicas que ofrecían los extranjeros, abrió los ojos de muchachas tradicionalmente influidas por una moral diferenciada.

Una de las estampas más características de la España de los 60 en su asueto playero. Hoy en día también es posible verlo, aunque un poco más descocados en cuanto a vestimenta.
Una de las estampas más características de la España de los 60 en su asueto playero. Hoy en día también es posible verlo, aunque un poco más descocados en cuanto a vestimenta.

España se impresionó de ideas europeas, de ideas básicamente emancipadoras que afectaron a nuestra juventud. El deseo de vivir la propia vida redujo el control de la patria potestad. Nuestros jóvenes, simulando las ideas europeas, se planteaban vivir por su cuenta apenas cumplieran la mayoría de edad. La virginidad fue dejando de tener un significado peyorativo que marcaba la frontera entre lo decente y lo indecente, produciéndose así una lenta igualdad de los sexos. En una encuesta realizada entre estudiantes barceloneses en el año 1966, un 39% de ellos consideraban un hecho natural que la mujer hubiera tenido relaciones sexuales antes del matrimonio.

La población activa femenina aumentó por el impulso del deseo de vivir con independencia económica. Los matices de la relación hombre mujer aumentaron sus matices. La convivencia prematrimonial o circunstancial hizo acto de aparición. El cambio fue radical. En el breve lapso de 20 años la juventud española cambió totalmente sus conceptos sobre el amor, el matrimonio y la familia, y fueron sus progenitores, formados en ideario ideológico aferrado a unos principios presentados como inalterables, los que tuvieron que aceptar que los cambios se iban a producir de forma ineludible.

Para la España de Franco, la invasión turística, encubierta bajo el señuelo de las divisas, ocultaba una serie de engaños que se iban a convertir en certezas.Se creía que la política de puertas abiertas y el fomento del turismo iba a permitir al extranjero la contemplación de la obra del régimen, mostrando de forma transparente, nuestro orden interno y nuestro desarrollo, y si eso pudo causar algunos efectos, no hay duda de que la inmensa mayoría de los turistas ─y así lo confirman las estadísticas─ escogían España como lugar de vacaciones «por su sol, sus playas, sus paisajes ir por la baratura de los precios». Los efectos propagandísticos buscados para poner en relieve la bondad de nuestro sistema político tenía una evidente contrapartida y era que el modelo europeo que nos mostraba el turismo, modelo en cuanto nivel de vida, libertad de costumbres y grado de convivencia, se enmarcaba políticamente en sistemas democráticos sin excepción. La presencia del turismo traía unos aires de Comunidad Europea, de libertades políticas y de todo tipo que tenían un influjo seguro sobre ciertas capas de nuestra población, preferentemente sobre los universitarios, sumergidos entonces en pleno baño de despolitización.

Playa de Benidorm en 1967
Playa de Benidorm en 1967

Apareció otra consecuencia más del aperturismo turístico: nuestros jóvenes deseaban viajar por Europa, querían conocer de cerca los países de los que tenían referencias a través de las relaciones amistosas o más profundas con sus habitantes. Las estancias juveniles en camping internacionales, los cursos de verano, ir a la cosecha de fresas en las islas británicas y hasta el emplearse de camarero en la cafetería londinense fueron escapatorias buscadas por la juventud española a la que se le despertó una vocación europeísta en oposición a todos los lemas sostenidos en la asignatura de Formación del Espíritu Nacional que se habían pretendido insuflar a nuestros niños y adolescentes. Esto produjo posteriormente una década de conmociones sociales inusitadas: las revueltas juveniles y el movimiento hippie, para culminar en hechos tan significativos como el Mayo francés o la primavera de Praga. Todos los que marchaban de vacaciones por Europa regresaban a España añorando unas fórmulas de convivencia política que, en comparación de las aquí vigentes, nuestro mismo desarrollo iba dejando en evidencia y nuestro progreso social revestía de arcaísmo.

Nuestras jóvenes estaban deseosas de poner en práctica su progresiva emancipación. Una gran cantidad de jóvenes estudiantes probaron la experiencia de marchar a Inglaterra para aprender el inglés trabajando au pair con familia británica y pagándose sus propios estudios. El salto de la chica amorosa, abocada al noviazgo y sumisa ante el varón había dado paso a una muchacha resuelta, independiente, que equiparándose al hombre empezaba vestir pantalones, a salir de noche y hacer uso de la igualdad de oportunidades que la ley le había concedido pero que la educación impuesta no le había facilitado.

Pero hubo, además, otros agentes de cambio, y fueron los emigrados, los trabajadores españoles que venían de vacaciones procedentes de sus lugares de trabajo en Alemania, Suiza, el Benelux, Francia o Gran Bretaña. Portaban ideas que hablaban de altos niveles remunerativos, de sindicatos libres. Eran los propagandistas de una idea de Europa que tentaba a otros a buscar más allá de nuestras fronteras la compensación que en sus países no encontraban.

Las británicas Anne Bolger y Linda Limmer toman el sol en la playa en el moderno resort mediterráneo en 1975

España adoptó la minifalda, cuando unos chicos aprendieron el uso de la guitarra eléctrica y el concepto de lo poco penetra en nosotros, algo más que una moda que nos había invadido. La idea de España como bastión moral de occidente, el concepto de nuestra inmunidad contra las costumbres bárbaras y disolutas, había sido barrido por la fuerza y la convivencia con el turismo foráneo.

Las parejas, que en otro tiempo eran perseguidas en sus públicas manifestaciones de afecto, se besaban ya en la calle sin provocar escándalo alguno. Los atuendos más extravagantes y más sucintos se exhibían para no alarmar más que a los timoratos. La moral tradicional se vio obligada a transigir un nuevo concepto de la libertad personal, y la imposición se dio cuenta de que tenía perdida la partida. Iglesia y Estado, unidos hasta entonces por el mantenimiento de una sociedad de viejo cuño por unos principios públicos, tuvieron que hacer una discreta retirada. La una, impotente ante lo arrollador del cambio social, hubo de ceder en sus intransigentes posiciones sobre el pecado de escándalo y hasta sobre las relaciones sexuales. El Estado, entendiendo que cortar por lo sano era poner en peligro el reclamo de España como atracción de turistas. La fórmula de ceder en lo superficial manteniendo íntegro lo fundamental se conseguiría mediante lo que se llamó la «apertura».

Os dejo unas imágenes de un reportaje que realizó el Daily Mail británico sobre Benidorm en 2015. Por cierto el Club 18-30 es esto.