Definiciones políticas: D

La política destroza aquello que trate de contenerla, incluso a los hombres. Sobre todo a los hombres. Se destroza a si misma. La política es posterior a los hechos que trata de comprender, o que trata de apresar, de capturar. Recordar que la primera edición de este diccionario fue en 1974 y todas las definiciones siguen vigentes, solo que cambian las personas, los hechos y los países. Una verdadera pena.

Representación de la política como debe ser bien entendida

Decreto-Ley

Las leyes emanadas por el Gobierno o por el jefe del Estado (en este caso en los regímenes llamados presidenciales) deben ser presentadas en forma de proyecto a la asamblea, que las discute, enmienda, corrige, aprueba o rechaza. En ciertos casos autorizados por las constituciones, el poder ejecutivo emite decretos leyes que no pasan por la Asamblea. Gobernar por decreto-ley es una intromisión y una huida de los principios de la democracia, aunque pueda estar legalizado, como otros abusos de la democracia. El decreto-ley sólo se puede justificar en casos de urgencia o en los de bloqueo del poder legislativo por alguna razón. En la España anterior a las elecciones democráticas, varias disposiciones fundamentales que se adoptaron por decreto-ley como consecuencia de la costumbre autocrática del gobierno y por la falta de confianza en unas Cortes que no han sido elegidas por el pueblo, y cuantos debates y votos no se toman demasiado en cuenta. El decreto-ley ha sido también utilizado por los gobiernos electos, que no hubieran necesitado de él al tener mayoría absoluta en el Parlamento, pero que prefieren huir de las discusiones o que necesitan producir un determinado efecto en su favor con cierta urgencia.

Defensor del pueblo

Desarrollo democrático reciente. El defensor del pueblo, llamado también Ombudsman por su origen en el socialismo escandinavo, es un cargo público que debe investigar los abusos de la administración frente al ciudadano. El defensor del pueblo goza de total independencia, pero hasta ahora, en la práctica tiene poca capacidad para rectificar los errores administrativos. En España se elige por acuerdo mayoritario entre los miembros del Parlamento: como ese acuerdo o consenso no suele producirse, la plaza puede estar vacante mucho tiempo, ocupada por un alto funcionario. En primer lugar parece que si el gobierno es una emanación del Parlamento y este lo forman los diputados, o delegados, del pueblo, no tendría la democracia por qué crear a alguien que defienda al que es soberano; en segundo lugar, esta forma de elección se hace siempre dentro de la clase política, tratando de buscar personajes aparentemente neutrales, o cuyo pasado se haya olvidado; finalmente, de existir, debería ser un cargo por elección general entre quienes fueran libres candidatos a él.

Demagogia

En un principio, agitación del pueblo, conducción del pueblo. Posteriormente, y en la actualidad, el vocablo toma otro tono y se aplica para indicar la adulación engañosa del pueblo, simulando formar parte de él y sacrificarse en su beneficio, cuando en realidad se pretende otra cosa. Cuando un partido de clase alta se hace llamar «popular» (Partido Popular, en España; no está exento el Partido Socialista Obrero Español, que en sus años de gobierno ha dejado de ser obrerista) está ejerciendo una demagogia. La idea de agitación o de excitación popular sigue estando presentes. La demagogia se ha ido extendiéndose nuestro tiempo, como consecuencia de la importancia creciente en las naciones del pueblo y de la opinión pública ─ bien por su participación en las urnas, bien por las huelgas, las manifestaciones, la simple aglomeración urbana─ y por el exceso de medios de propaganda de las nuevas comunicaciones y, prácticamente, todos los políticos deben contener en su presentación, en su morfología, algunas dosis de demagogia. Se utilizan también como acusación y a veces como calumnia: un político o un periódico o un partido será acusado de demagogia, aunque realmente proceda del pueblo y trabaje en su beneficio, por sus enemigos que van a ganarle popularidad. La demagogia puede tener efectos útiles y valiosos: esta adulación, por lo menos, contiene medidas de represión y puede ir acompañada de leyes o disposiciones favorables. Hay personas que dicen definirse a sí mismas como demagogas, antes de ser acusadas de ello, para explicar que su objetivo político o intelectual es el acuerdo directo con el pueblo.

Democracia

La idea de democracia ha pasado a formar parte de la política abstracta y necesita de otras definiciones que la complementen y la expliquen en cada caso determinado. Hay que entender pronto que es un sistema de gobierno continuamente en elaboración, y que esa elaboración puede ofrecer movimientos pendulares, en el sentido del progreso del poder de los más, pero también en el sentido de regreso. Se suele decir que la democracia o, en su sentido liberal, el gobierno del pueblo para sí mismo, tiene su origen y su representación pura en la Grecia clásica, particularmente en Atenas; sin embargo, podemos ver ya en aquella clase de sociedades la exclusión de amplios sectores de población –los metecos o extranjeros, los esclavos, las mujeres, los menores de edad– hacían de la democracia simplemente una aristocracia más amplia: pero nada más. A lo largo de su historia, la democracia supone una continua lucha por ampliar el número de participantes en el gobierno de todos y por fijar las reglas de participación en el gobierno. Ésa lucha ha sido muy lenta. La conquista del voto de la mujer, que supone una mitad de la población, no se ha hecho hasta tiempos muy recientes, y en algunos países considerados como democráticos hasta después de la Segunda Guerra Mundial; la reducción de la edad de votar del 21 a 18 años, ha comenzado a aparecer en el último cuarto del siglo XIX en Estados Unidos o Inglaterra, y aunque se ha extendido por todo Occidente, dista mucho de ser una adquisición universal y, sobre todo, dista mucho de estar aceptada por todos. A lo largo del tiempo ha ido venciéndose otras limitaciones, como las que exigen acreditarse como contribuyente con una cantidad mínima determinada, o dar pruebas fehacientes de saber leer, escribir y tener alguna instrucción, no pertenecer a alguna raza determinada, tener acreditada la nacionalidad del país en por lo menos en una o dos generaciones; limitaciones que tendían a excluir del ejercicio de la democracia precisamente a las clases más populares, más pobres. Una de las vías más comunes del ejercicio de la democracia es la indirecta, dado que al ampliarse, a veces desmesuradamente, las poblaciones, no podían reunirse todos los ciudadanos en asamblea para dictaminar todos los puntos de Gobierno; por la democracia indirecta se eligen representantes de grupos de población, y estos representantes son los que reúnen en asamblea –Parlamento, Congreso, Cámaras, Cortes–. Las condiciones para optar a la elegibilidad han sido también excluyentes: sexo, edad, generalmente superior a la del límite para votar, determinada renta, antecedentes certificados políticos, pertenencia a un partido y aún ahora, en muchas democracias, el candidato debe hacer tales gastos para dar a conocer –propaganda–, que sólo a los muy ricos o a los apoyados por fuertes grupos políticos les es dado optar. Por esta serie delimitaciones sobre el elector y sobre el elegido se ha llegado a formar una clase política que se alterna en el uso del poder, y que representa también una aristocracia o un elitismo. Las listas únicas elaboradas por los partidos, los sistemas electorales, suelen ser elementos que pueden reducir la ilusión mayoritaria. La glorificación de la democracia partir de la fórmula de Lincoln (gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo) y de la Revolución francesa, y sobre todo desde la Segunda Guerra Mundial, en que se presentó como el bien absoluto frente al mal absoluto que representaba el nazismo, y luego, en Occidente, como muralla anticomunista, ha hecho que todos los sistemas políticos, todos los países, todos los regímenes, la incorporen a su nomenclatura particular. Así aparecieron las democracias populares, en el «campo socialista» o comunista –es redundancia, puesto que demos significa pueblo, de forma que podría decirse que son «gobiernos del pueblo populares»– o democracias orgánicas como sinónimos de regímenes que son en realidad corporativos; en unas y otras la participación popular se encauza por instituciones, estamentos, organizaciones, aunque no dejen de recurrir a otras fórmulas sacralizadas, como las elecciones y ciertas formas parlamentarias, muy limitadas en su poder. Es preciso advertir que también en las democracias llamadas inorgánicas o representativas esta limitación de las asambleas de elegidos suelen existir, por la institución de otras Cámaras –sistema bicameral– cuyos miembros no son elegidos directamente por el pueblo, sino que pueden serlo por derecho propio en nacimiento –como la Cámara de los Lores en Gran Bretaña, formada por la aristocracia hereditaria– o por su notoriedad en otros campos de la vida social. Como término abstracto, la democracia en un determinado lugar y momento sólo puede ser definida por grados, y ayuda a medir la mayor o menor existencia de libertad de prensa, de asociación, de reunión; la mayor o menor separación de poderes –legislativo, ejecutivo y judicial–, la tolerancia o intolerancia sobre las costumbres y la vida social, la mayor o menor acumulación de poderes y la reducción o extensión del grupo que ostenta esos poderes y la tendencia hacia una mayor participación del pueblo en los asuntos de Gobierno. Aunque se tenga la seguridad de que se vive en una democracia porque se define así en la Constitución, hay que pensar siempre que se trata de un ideal difícil de alcanzar, continuamente perfectible.

Demografía

Estudio del movimiento de las poblaciones; se utiliza para indicar el cambio mismo y, puesto que éste es hoy creciente, y hasta de una manera amenazadora en los países de menor desarrollo, se suele utilizar el término demografía, indebidamente, para señalar la progresión. Hasta el siglo XVIII existía la creencia errónea de que la población mundial había sido mucho mayor en la antigüedad y seguía una curva descendente (el padre del conde Saint Simon, socialista utópico, hizo un largo y estudiado libro en el que se demostraba esa idea absolutamente falsa). La idea del crecimiento continuo y de la multiplicación geométrica cambió una serie de idearios políticos, y los temas demográficos se politizaron definitivamente con el primer estudio serio de la evolución de las poblaciones realizado por Malthus en 1798, que provocó las iras de dos sectores opuestos entre sí: la Iglesia –las iglesias– y el capitalismo incipiente de la revolución industrial –aquélla por respeto a la vida humana, aunque en realidad Malthus era un moralista y se enfrentaba con lo que él consideraba el vicio sexual, y proponía para la limitación de nacimientos la abstención sexual y el retraso en el matrimonio; éste, el capitalismo, por la necesidad de mano de obra y de soldados; las dos, en su colusión continua–, y también el joven comunismo (Marx hablaba de Malthus diciendo «ese delincuente vulgar»), convencido de que la multiplicación de las clases proletarias –proletario, evidentemente, viene de prole– era un factor revolucionario. Los problemas que la demografía plantea hoy al mundo son numerosos, y apenas cabe aquí enumerarlos: los mayores crecimientos de población corresponden a las zonas subdesarrolladas y hambrientas y, dentro de las naciones ricas, a las clases más desfavorecidas, de modo que la idea de Marx de que el crecimiento de poblaciones es revolucionario resulta real; hay países o ideologías que continúan practicando política natalista mediante un control de poblaciones –primas a la nupcialidad y a la natalidad, protección a familias numerosas, etc.– porque sostienen la antigua idea de la necesidad de soldados y mano de obra; hay otros que practican el control inverso favoreciendo el descenso de la natalidad para evitar la amenaza del hambre; en algunos países imperiales se fomenta y propaga el control inverso de poblaciones en los países subdesarrollados con finalidad contrarrevolucionaria y el estímulo natalista en el propio; numerosos científicos creen que el aumento general de la población del mundo superará pronto a la capacidad de producción de alimentos y destruirá la ecología por la producción industrial masiva de productos baratos para todos; otros estiman que si la progresión de poblaciones se debe en gran parte a la prolongación de la vida por el adelanto de la profilaxis, la cirugía, la medicina y la química, el control inverso producirá un envejecimiento de las poblaciones; el exceso natalista producido tras la última guerra mundial se reflejó en un crecimiento numérico de las capas jóvenes, lo que amenaza la concepción senatorial de las sociedades existentes, y se manifestó en los continuos desórdenes juveniles de todo el mundo en torno al año 1968, aunque había más razones que la mera demografía. Para los apasionados de la demografía, el movimiento de poblaciones es la clave absoluta de toda política; y, en realidad, puede decirse que es un factor determinante sobre todo en esta época en la que la presión de las poblaciones crecientes comienza a advertirse ya. Terminado el siglo, los economistas occidentales especializados en esta cuestión critican la reducción de nacimientos por qué causa el «envejecimiento de la población», unido al efecto de la prolongación de la vida por la medicina y, sobre todo, por la higiene y la sanidad. En realidad, este aumento en las capas sociales de más edad ha sorprendido a economistas políticos y a los sociales que habían apostado por las jubilaciones anticipadas para dejar paso a las capas jóvenes, y se han encontrado con la necesidad de protecciones a los ancianos, desde las pensiones a los hogares o asilos, y con el aumento de los gastos de medicinas social; la respuesta es maltusiana en el sentido de suprimir, reducir o rebajar los beneficios sociales para esta clase, dentro de las medidas generales que tratan de cambiar la idea del Estado-providencia.

Depuración

Depuración, limpia, purga son términos tétricos con que un partido fuerte o un régimen totalitario indica que se libra de elementos indeseables que habían penetrado en su círculo interior y que, en los países estatalistas, pueden llegar hasta lo más humildes puestos. Por ejemplo, en la famosa y larga depuración macartista de los Estados Unidos se juzgó y depuró a una mujer de la limpieza, suponiendo que por su trabajo podía tener acceso a las cestas de papeles usados en los despachos oficiales y ejercer así alguna forma de espionaje. La depuración puede entrañar desde la pena de muerte, como fue el caso que aplicó Stalin con fruición en la Unión Soviética durante los grandes procesos de acusados de trotskismo (y los «contaminados» de desviacionismo posibles por haber estado presentes en la guerra de España) o el del matrimonio Rosemberg en Estados Unidos, a la simple exclusión del partido, pasando por la muerte civil –o inhabilitación para ejercer derechos ciudadanos y cargos públicos–, la incautación de bienes, la prisión. Puede ser encomendada a tribunales especiales o simplemente funcionarios o a la arbitrariedad de un solo personaje. Las víctimas de la depuración pueden ser simplemente personas con matices de opinión distintos de los impuestos por la mayoría, o solamente enemigos personales de quienes ejercen la depuración, o bien ocupan un cargo que desea ocupar otra persona. A veces, la depuración puede consistir en una individual de autocrítica y de promesa de una actitud distinta; incluso la confesión, para los católicos, es una forma de depuración puesto que, tras ella la penitencia y el arrepentimiento y no reincidencia, el individuo regresa a su pureza original. En política, la depuración permite siempre sospechar de las máximas arbitrariedades, por lo cual el vocablo se utiliza poco como autodefinición y se aplica como peyorativo para los otros. En países de apariencia democrática, la depuración se ejerce discretamente mediante el apartamiento paulatino y no declarado de la víctima, hasta su erradicación. Durante la Guerra civil y la posguerra en España, las depuraciones se ejercieron con fruición y con ánimo de exterminio de las oposiciones y los partidos de la legitimidad del régimen republicano. En ese caso, como en general en todos, puede observarse que no se llega nunca a la extinción de las ideas, y tan pronto como sucede una normalización, vuelve lo que se quiso congelar. La caída del comunismo soviético ha mostrado la reaparición de nacionalidades reprimidas, del zarismo barrido, de los viejos popes y los rabinos, de los adoradores de la aristocracia; y de la admiración por el arte, la literatura, la filosofía, que habían sido ocultadas durante más de tres cuartos de siglo.

Derecha

Se sabe que en la primera Asamblea Constituyente francesa, tras la Revolución, tomaron asiento a la derecha del presidente los partidos del antiguo régimen; a la izquierda, los del nuevo, y así nacieron las denominaciones políticas de izquierda y derecha, de tanto uso y abuso posteriormente. El hecho de que todos los lenguajes la derecha, lo diestro, lo derecho, tengo un significado meliorativo mientras que los siniestros es diabólico tiene algo que ver con esa situación: los conservadores de la Asamblea se sentaron a la derecha como lugar privilegiado. Esta alusión localista y circunstancial a su origen no aclara nada, a no ser que también en aquel momento había una tendencia al dualismo político que suele presentarse comúnmente en todos los momentos de la historia, y que aparece aun en épocas de gran fragmentación. Todas las definiciones de derecha han fracasado hasta ahora, porque las actitudes políticas son coyunturales y aplicadas, y difícilmente se puede aplicar un término general a lo que es continuamente variable y porque las autodefiniciones tienden a enmascarar la realidad: rara vez un hombre se definirá si mismo como perteneciente a la derecha y más aún, puede decirse que cuanto más se defina como de la izquierda, más de derecha será aunque últimamente hay más tendencia a la autodefinición. El Partido de Izquierda Republicana, antes de la guerra española, tenía una posición derechista; el Venstre (izquierda) de Dinamarca es de derecha, la Gauche Republiquen de Francia era de derecha. Ningún partido parlamentario lleva el nombre de derecha: será «popular» o «centrista». Buscando ciertas identidades que pudieran establecer un denominador común, puede decirse que la derecha es partidaria del orden establecido y conformista con las instituciones y la sociedad elaborada; nótese que orden, instituciones y sociedades pueden obedecer a un esquema y a un programa de la izquierda y, sin embargo, la defensa de su inmovilidad es una actitud derechista, y el deseo de que cambie y se modifique es izquierdistas. Ahora bien, los que sugieren que nada cambie, o que simplemente cambien algunas apariencias y algunas estructuras en el mismo sentido en que están establecidas, son los privilegiados por la situación, mientras que la izquierda estaría formada por los desfavorecidos, y sería una continua oposición. Pero en esta oposición hay por lo menos dos actitudes: la de los que quieren que el cambio se haga en un sentido regresivo, en el de volver a la antigua situación, y la de los que pretenden que se busque una situación nueva; los primeros serían antiguos privilegiados que han sido desposeídos, y sería considerados como la derecha; los segundos serían eternos desfavorecidos que esperaban del cambio su privilegio. Pero esta aclaración no aclara, en realidad, nada; en una situación histórica dada, la actitud regresiva puede significar el regreso a una democracia representativa, con libertades y con participación, lo cual es una actitud conocida por su carácter de izquierda, y la progresiva puede ser un adelanto de las instituciones hacia el fascismo, o extrema derecha. En definiciones más clásicas, la derecha suele coincidir con la idea de que el hombre es malo por naturaleza (o por pecado original) y requiere una fuerte represión para contener sus instintos, pero también hay fuertes sociedades represivas que tienen una programación de izquierda, y hay sociedades tolerantes con morfología de derecha; se basa en las tradiciones y en la religión, pero igualmente las tradiciones de un determinado país pueden tener un amplio contenido de izquierda, aunque no se ha seleccionado por la derecha, y la interpretación de las relaciones puede nutrir las ideologías de izquierda, como la «teología de la liberación». Las nociones de raza, desigualdad, privilegios, propiedad privada suelen ser atribuidas a la derecha; la negación de que existe una derecha y una izquierda es también de derecha. Puede decirse que la derecha es una grabación, una medida relativa y respectiva. En dos hombres que se encuentran unos será de derecha y otro de izquierda, de cada uno con respecto al otro, y en un solo hombre conviven factores de derecha y factores de izquierda, que se harán más dominantes y aparentes según su situación dentro de la sociedad.

Derechos políticos

El ciudadano en democracia está en posesión de todos los derechos políticos que le permite la Constitución: primordialmente el de elegir y ser elegido, y ello por los medios de libertad de prensa, expresión, reunión, etcétera. Forman parte de los derechos civiles, que comportan el disfrute de todos los beneficios del Estado, principalmente de los de igualdad plena. La condena por ciertos delitos puede comportar la suspensión por un plazo que figura en la sentencia de los derechos políticos, y de algunos de los derechos civiles cuando comporte penas de prisión o destierro.

Desaparición

Crimen de Estado. En algunos países con dictaduras militares –Argentina, Chile, Perú–, numerosas personas de la oposición ha desaparecido sin dejar rastro; en las grandes fosas descubiertas después se han hallado los restos de algunos. Son países sin pena de muerte: la desaparición es un delito difícilmente perseguible desde los juzgados, y la policía suele colaborar con los militares y paramilitares en la desapariciones y en las torturas de los oponentes. Las famosas Madres de la plaza de Mayo, que pasean aún por la plaza de ese mismo nombre en Buenos Aires, reclaman a sus familiares desaparecidos, muchas veces niños de corta edad secuestrados con la familia completa y adoptado después por los mismo asesino de sus padres.

Desarme

Movimiento puramente contemporáneo, si se acepta como contemporaneidad el arranque del siglo XIX. Coincide con el momento del desprestigio histórico de la guerra, considerada hasta entonces como máximo exponente del honor, la gloria y la caballerosidad (y se han visto, después, varios retrocesos hacia aquel sentido, sobre todo en los fascismos). La primera idea internacional de desarme, en la Conferencia de La Haya, 1900, coincidió con el invento de la ametralladora Maxims; y las últimas que se han celebrado (multinacionales, o entre los Estados Unidos y la Rusia, que aún continúan en sus detalles) han coincidido con el desarrollo de los grandes cohetes intercontinentales de múltiple cabeza atómica. En esta visión de los dos sectores, el del desarme y el del rearme, se observará la inmensa capacidad de la carrera y del ingenio armamentístico, y como el desarme no ha pasado de ser algo que se suele aplicar a los vencidos por la fuerza. Otros acuerdos o intentos de acuerdo de desarme tienen un alcance principalmente económico (dos o más países convienen la reducción de sus gastos militares) o estratégico (idea de desnuclearización del Mediterráneo, retirada de tropas extranjeras de Europa, etcétera). Como idea general y demagógica, parte de una aberración dos. La de suponer que las tierras y los enfrentamientos pueden evitarse disminuyendo el armamento, como si éste fuera el causante, y no la consecuencia de aquellos. Las armas nucleares han dado un sentido más grave y más inminente a la necesidad de desarme, pero también se aplica en el sentido de los intereses del más fuerte: Estados Unidos (las Naciones Unidas) obligan al desarme atómico de Corea o de Irak (países de los que es dudoso que tengan un desarrollo real de miniaturización y de capacidad de trayectoria de puntería de vectores), pero no interviene en Pakistán o Israel, sus aliados, en los que existen muchas más posibilidades de armamento nuclear.

Desarrollo

Objetivo místico, revestido de caracteres económicos y sociales, que se fijan las sociedades que aparecen muchas veces como sustitutos de revoluciones, cambios de régimen o juegos políticos. La sustitución del término de «países subdesarrollados» por el de «países en vías de desarrollo» es una muestra del carácter mítico y lenguajístico de la cuestión. Hoy no hay desarrollo en esos países: la situación en que nos ha sorprendido el «nuevo orden mundial» es en la que se han quedado, mientras aumentan los factores adversos al desarrollo (demográficos, caída de la fuerza o mano de obra como valor, sustitución química de materias primas). El desarrollo real está en estrecha relación con el proceso creciente de la tecnocracia y la tecnología. Es un nivel y, por lo tanto, sólo se puede conocer en relación con otro grupo o naciones; al mismo tiempo, es una acción continua y planificada para mejorar ese nivel. En cuanto al nivel de desarrollo, se han estudiado numerosas fórmulas para definirlo. Una es simple y puramente cualitativa que se refiere a la renta nacional por cabeza; otras se hacen con referencia la calidad de vida, utilizan cálculos y combinaciones de diversos índices: consumo de energía, lectura de periódicos (o, simplemente, consumo de papel), proporción de automóviles, teléfonos, electrodomésticos y habitantes, consumo de pan, de proteínas, de hidratos de carbono, porcentajes de paro forzoso, de mano de obra agrícola y de mano de obra industrial, etcétera. Cualquier sociedad pretende el desarrollo pero, como el término tiene cierto aroma peyorativo, en los países adelantados se utiliza más bien la palabra crecimiento, y el desarrollo se deja para los atrasados o, evidentemente, subdesarrollados, y también para ciertas zonas no privilegiadas dentro de países que se consideran avanzados. Los planes de desarrollo continúan, en general, la obsesión por los planes que se adueñó del mundo económico a partir de los quinquenales de Rusia, luego Unión Soviética, y de nuevo Rusia, y tratan de realizar, con mayor o menor fortuna, una coordinación entre los distintos factores de producción y de consumo de una determinada región o zona, atendiendo sus posibilidades naturales, o de un país completo. Desde el momento en que se introdujo en el mundo la noción de desarrollo –especialmente, después de las independencias de países colonizados–, los resultados han sido decepcionantes: el desarrollo se produce fácilmente y con alcance multiplicador en países avanzados, y muy difícil y muy lentamente en los subdesarrollados, de forma que el desnivel es creciente. La mística del desarrollo comienza a perder valor y credibilidad cuando se utiliza como consuelo de otras carencias políticas. En cuanto al subdesarrollo, nadie está libre de él: hay países industrializados que pueden estar en él con un simple revés de fortuna, o con un cambio de sentido de la dirección mundial. Si el centro económico se desplazase hacia la zona del Pacífico y el Atlántico, con Japón y un desarrollo del grupo China-Taiwán, podría ocurrir que cayesen en el subdesarrollo numerosos países europeos. La gran cultura, la base de la civilización, nos salva nadie: véase Grecia, véase Egipto.

Desclasamiento

Perdida, hacia abajo, de la clase social en que se está. Se entiende que no es un suceso individual ligado a avatares de fortuna, sino de grandes grupos que, por un empobrecimiento colectivo –contención de salarios, o reducción; pérdida de puestos de trabajo; simultáneamente, aumento de precios–, descienden políticamente de nivel. Algunos procesos históricos han elevado de clase a algunas minorías; temen siempre que otro cambio les arrojé hacia su destino anterior. Es un fenómeno frecuente que clases que han sido elevadas por gobiernos de izquierda o colectivistas, como ocurrió con el «modelo sueco», dejen de votar al partido que las sirvió al convertirse en propietarios, tener mayor imposición de requerirles solidaridad con los que aún continúan en situación de inferioridad: al cambiar de clase cambian también de ideología por miedo al desclasamiento. Que, sin embargo, puede ocurrirles al dar su voto a una derecha tradicional que vuelve a apoyar a la burguesía anterior.

Desculturización

Pérdida de educación, cultura, conocimientos, información, que se desarrolla en una sociedad abandonada, o donde los medios están en relación directa con la riqueza. Algunos regímenes han practicado deliberadamente para no dar acceso a las clases inferiores a sus propios puestos; sería parte de la lucha de clases. Algunos ideólogos de la izquierda creyeron ante esta situación que la cultura sería la clave de la liberación y crearon las Casas del Pueblo, los Ateneos Libertarios y algunos otros centros de ese orden. O no se busca en Occidente esta forma de libertad, sino la de mejora en la situación económica para tener acceso a la enseñanza directa. Algunos extremistas creen que las televisiones contribuyen a la de desculturización programada del pueblo; lo creyeron, en sus momentos, del cine o del teatro, incluso de la imprenta. Como en otros casos, el problema depende de quién posea esos medios.

Desobediencia civil

Llamada a no pagar impuestos a menos que ciertas condiciones se cumplan; o a no obedecer órdenes gubernamentales. Es una acción pacífica.

Despenalizar

Sirve para que ciertas conductas consideradas antisociales sean admitidas, pero sin decirlo claramente: se «despenaliza el aborto», lo cual sólo quiere decir que su comisión no tendrá pena de cárcel o de otra índole. Es un ejemplo del eufemismo político. También al aborto se le priva de su nombre clásico: lo de él se «despenaliza» es la «interrupción del embarazo».

Desplazados

Las migraciones económicas llevan a otros países a masas de personas que no encuentran sustento en la suya. Se puede producir también en el interior de un mismo país, desde zonas deprimidas hasta otras en las que se supone mejor nivel de vida o facilidad de trabajo; al mismo tiempo que el fenómeno de despoblación se produce en las zonas desertadas (en España, principalmente, en los pueblos y ámbito rural), la acumulación se produce en las otras, que no pueden absorber las masas que llegan y no tienen armas legales para expulsarlas. Los desplazados producen los suburbios (ranchitos de Venezuela, favelas de Brasil, chabolas en España), donde viven en condiciones infrahumanas, sufren ataques de la vecindad, son sospechosos de todos los delitos y a veces agredidos directamente; no se admite a sus hijos en los colegios. En plena democracia, los desplazados son una población privada de todos los derechos –no incluidos en el censo–, que ejercen trabajos negros o sin retribución legal, nutren la prostitución y la mendicidad, y desmienten todas las normas de igualdad; y la de la fraternidad, si la palabra supusiese algo real. Los refugiados son desplazados por razones políticas: huyen de sus países por un régimen dictatorial que los persigue. Pueden encontrar más ayuda entre sus correligionarios. En los cambios políticos de los países del tercer mundo pueden formar verdaderas masas que van a campos de concentración o vagan por terrenos de nadie. Algunas organizaciones internacionales de la ONU se ocupan de todo ello, pero no abarcan la magnitud de la tragedia. Las organizaciones no gubernamentales (ONG) actúan en su favor. Todos los esfuerzos son inútiles.

Despolitización

La despolitización es una tendencia a privar de carga política ciertos asuntos o temas que afectan a la colectividad. No hay que confundirla con el apoliticismo, o tendencia de los apolíticos a zafarse del juego de la política. La despolitización, por el contrario, es arma de combate de la política establecida, aunque ello aparezca en contradicción con su valor etimológico. Las oposiciones, por ejemplo, intenta presentar como despolitizado ciertos asuntos de la esfera de acción de los poderes y por lo tanto de las diversas influencias de la autoridad. Pero los poderes, a su vez, ejercen la despolitización para evitar debates, discusiones y oposiciones, y pretenden la entrega de estos valores o asuntos a los técnicos, dando un creciente valor a la tecnocracia, que, en suma, está controlada por el poder y por lo tanto politizada, aunque extraída de ese escamoteo del juego libre de la política. El valor contrario es, evidentemente, la politización, que suele cargar los aspectos más inesperados de la vida de un país –el deporte, las artes, la sexualidad, las costumbres, las asociaciones profesionales o recreativas, la escuela– en los países donde hay escasa o nula participación directa del ciudadano en la política específica, y ello puede ocurrir no solamente por regímenes dictatoriales sino en aquellos donde la afiliación a los partidos políticos es muy baja o donde en dichos partidos no hay verdadera representación democrática de los ciudadanos. La desafección a los partidos pequeños, castigados brutalmente por los mayores, es una forma de despolitización, o de falta de vías para los matices de ideas. Suelen aparecer algunos absurdos como considerar «de derecha» o «de izquierda» un estilo literario, una moda o un equipo de fútbol; pero, estudiados a fondo estos absurdos, no dejan de ofrecer algunos aspectos razonables. Un equipo de fútbol puede representar un autonomismo o incluso un separatismo, aunque no sea más que por su nombre, mientras que el nombre de otro puede evocar el centralismo. El juego de politización y despolitización es muy fluido, muy sutil y puramente circunstancial. Es a veces el poder el que pretende la politización de determinados aspectos de la vida cotidiana con el fin de canalizar por esas vías las pasiones y las tensiones, y entonces la oposición trata de desmitificar y despolitizar esa situación; pero, otras veces, en la misma oposición la que politiza esos pequeños hechos para reunir y distinguir a sus partidarios, al carecer de otra ocasión de hacerlo, e incluso para qué el poder reciba si el signo de su importancia numérica y de su influencia. Cuando la politización y despolitización no son espontáneas resultan perniciosas, sea el poder o la oposición que las maneja, porque tienden a adulterar la verdadera dinámica de la vida de la sociedad. Parece advertirse que en esta lucha política, los poderes establecidos tienen mayor suerte, y así se existe crecientemente al fenómeno llamado de despolitización de las masas, que en esta acepción si está muy relacionada con el fenómeno del apolítico, bien que éste actúe individualmente y con cierto número de arreglos mentales, trampas y trucos, y despolitización sea un fenómeno colectivo producido por numerosos factores: la incomprensión del lenguaje político; la creencia real en que lo científico y técnico están fuera de su alcance y debe confiar en quienes lo dominan; la desproporción creciente entre los riesgos de la acción la política y los beneficios que se pueden obtener con ella; la idea de la inutilidad de todo esfuerzo, y sobre todo en las sociedades de regular o alto desarrollo, la falta de estímulos graves, como el hambre y la miseria. Algunas doctrinas políticas sostienen la despolitización como ideal máximo de las sociedades que pretenden construir: en la derecha, la tecnocracia ha venido a sustituir con mayor éxito la teoría llamada de la clase política que entendía que el juego de la política estaba reservado a los profesionales de ella. En la izquierda, el marxismo-leninismo pretende, a través de sucesivas etapas, edificar la «sociedad comunista», en la que la propia perfección de los instrumentos elaborados y la educación dada a los pueblos sustituirán a la política, que se habrá convertido en innecesaria. El anarquismo primitivo de Proudhon suponía que la abolición del Estado sería el final de la política y el comienzo de una vida feliz para el pueblo; Saint Simon consideraba también «el final de toda política» como deseable, y estimaba que se conseguiría el día en que los pueblos es un gobernador por ideas y no por hombres. La mayor parte de las utopías literarias o políticas, se basan también en una sociedad ideal donde la política no existe, porque se ha llegado a la colocación de personas y cosas en relaciones respectivas referidas a un orden natural e inalterable, sin que puedan aparecer imprevistos ni sorpresas. Algún ensayo contemporáneo a esta edición establece la idea de que es bueno que la masa esté despolitizada y que sea sólo una élite en la que en la política: se aproxima así a la idea ateniense o la de la «clase política», que sostiene que esta es casi hereditaria o dinástica, lo mismo en la izquierda que en la derecha. Es real en la política española muchos de los nombres tienen sus antecedentes en otros de gobiernos históricos (Maura, Sartorius).

Despotismo

En cualquier forma de gobierno en que se ejerza opresión sobre los gobernados. Aunque déspota y despotismo sean vocablos que indican un máximo en la opresión, pueden encontrarse otros matices. El despotismo ilustrado fue una peculiar forma histórica europea del siglo XVIII que trataba de responder a la fórmula «todo para el pueblo, pero sin el pueblo», que aún prevalece en algunas sociedades actuales y está basada en la idea que tiene el grupo gobernante de que el pueblo vive en una perpetua minoría de edad que no le permite comprender que su propio bien reside precisamente en dejarse llevar en ese grupo gobernante, y que tendería a destruirlo –y, por ende, a destruirse a sí mismo– si se le dieran oportunidades de hacerlo. No se las dan. Aunque en España los periodos de despotismo ilustrado terminaron en motines.

Dialéctica

Pensamiento original de Hegel, a pesar de que es su principal valor político se lo dio el marxismo, aunque antes era un término filosófico diversamente interpretado según los autores. Marx hizo de él una piedra angular de su doctrina y ha pasado al lenguaje vulgar en una serie de alteraciones confusas. La dialéctica era, para Platón, una técnica de lenguaje que permitía interrogar la realidad mediante las preguntas justas para el conocimiento claro; para Aristóteles, el razonamiento con probabilidades que conduce a una explicación probable en aquellas esferas donde la ciencia pura no puede alcanzar una solución demostrativa o exacta. Kant se considera una ciencia de las ilusiones que usa de la lógica y de la razón, sistemas de pensamiento en torno a ideas abstractas que consideran dotadas de realidad. En Hegel, la dialéctica viene a ser el motor de la actividad humana, de la historicidad: una cosa sólo puede conocerse cuando se conoce su movimiento, su pasado y su futuro, las negaciones y afirmaciones de sí misma en su devenir. Marx por parte de Hegel para «descortezarlo», como él dice, privarle de su idealismo y aplicarlo a la realidad material: la dialéctica materialista. Una cita larga explicativa del concepto marxista de la dialéctica es la contenida en el post espacio de la segunda edición de El capital:

Mi método dialéctico no difiere del hegeliano por la base sino que es exactamente lo contrario. Para Hegel, el movimiento del pensamiento, que personifica bajo el nombre de Idea, es el demiurgo de la realidad, la cual no es más que la forma fenoménica de la Idea. Para mí, por el contrario, el movimiento del pensamiento no es más que la reflexión, el reflejo del movimiento real, transformado en el cerebro del hombre. Pero, aunque gracias a su quid pro quo, Hegel desfigura la dialéctica por el misticismo, es él de todas maneras quien ha sido el primero en exponer el movimiento de conjunto. En él, la dialéctica camina de cabeza; basta con ponerla de nuevo sobre los pies para encontrarle una fisionomía razonable. Bajo su aspecto místico, la dialéctica se convirtió en moda en Alemania porque parecía glorificar las cosas existentes. Bajo su aspecto racional, es un escándalo y una abominación para las clases dirigentes y sus ideólogos doctrinarios de porque en la concepción negativa de las cosas existentes incluye la inteligencia de su negación total, de su destrucción necesaria; porque, apoderándose del movimiento mismo, del que toda forma que ya no es más que una configuración transitoria, nada podría imponérselo; porque es esencialmente crítica y revolucionaria.

Las leyes de la dialéctica marxista entienden la naturaleza como un todo unido, coherente, en el que los objetos y los fenómenos están íntimamente relacionados, se condicionan y dependen unos de otros (ley de la acción recíproca y de la conexión universal); naturaleza es un estado de movimiento perpetuo en los que en cada instante algo nace y se desarrolla y algo muere y se desintegra (ley del cambio universal y del desarrollo incesante), y este proceso de desarrollo produce cambios que no son contingentes, sino necesarios, resultado de la acumulación de cambios cuán tentativos insensibles y graduales (ley del cambio cualitativo). La dialéctica parte de que objetos y fenómenos de la naturaleza implican contradicciones internas, porque todos tienen un costado positivo y otro negativo, un pasado y un porvenir, unos elementos que desaparecen y otros que se desarrollan; la lucha de estos contrarios, entre lo antiguo y lo nuevo, entre lo que muere y lo que nace, entre lo que perece y lo que se desarrolla, es el contenido interno del proceso de desarrollo de la conversión de cambios cuantitativos en cambios cualitativos (ley de la lucha de los contrarios). Al mismo tiempo, la dialéctica es un modo de pensamiento: el enfrentamiento continuo de dos tesis (tesis y antítesis) produce una síntesis. La combatividad política y la aplicación inmediata que Marx daba a todo su pensamiento produjo el hecho de que la dialéctica fuera un tema continuo de discusión entre filósofos, divididos ya en marxistas y antimarxista, comunistas y anticomunistas, lo cual no ha contribuido mucho a esclarecer la idea de dialéctica. Esta misma politización contribuyó a que el vocablo pasase a formar parte del partido comunista y del movimiento anticomunista, perdiendo en esta vulgarización toda su riqueza clásica y moderna. En la panoplia ideológica anticomunista, la dialéctica se ha convertido en una utilización del lenguaje perfectamente pérfida para engañar, para convencer por su astucia de cosas que no son verdad, mientras que en el movimiento comunista, a escala de militantes, con su tosquedad característica, se utiliza para indicar la única forma de pensamiento que es capaz de arrojar a la luz de la verdad de todas las cosas. Poco a poco va trazándose el pensamiento que se puede considerar libre de las ideologías de combate, y podrá observar el valor de ésta y de otras doctrinas de Marx. No es posible considerarle muerto y enterrado, aunque el comunismo haya cumplido una etapa, y el pensamiento marxista puede considerarse como una de las grandes aportaciones de la era moderna al conocimiento del hombre, de sus problemas y de sus posibles soluciones; pero sólo se le puede considerar como perfectamente vivo a condición de que no se le considera como infalible.

Dictadura

Modalidad peculiar del absolutismo, o concentración del poder de gobierno en una sola persona o grupo (durante el gobierno militar de la República Argentina se sustituían los nombres, pero no la condición de la dictadura). Si el absolutismo se justifica a sí mismo y no necesita pretextos, la dictadura suele aparecer como reacción a un estado de cosas y se presenta como un propósito de regeneración y saneamiento, muchas veces como transitoria hasta la reparación de las circunstancias que dice repudiar o combatir, lo cual no siempre cumple. Este mismo hecho de su duración sirve para sus clasificaciones: Carl Schmitt las divide en «comisorias» (obligatorias durante un tiempo determinado) y «soberanas»; Friedrich entre «constitucionales» y «anticonstitucionales». Son comisorias aquellas que, como la dictadura romana, que ha dado su nombre al fenómeno, se aplican en un período extraordinario y por una duración que bien puede estar prefijada, bien puede establecerse hasta que termine ese periodo extraordinario (la dictadura en tiempo de guerra acabará cuando termine la guerra misma) y, por su carácter, pueden ser «constitucionales»: previstas por la Constitución, que determina cuáles de sus artículos, cuáles de sus garantías para el ciudadano pueden ser suspendidas en determinados casos (estados de excepción, de urgencia, de alarma, ley marcial, etc.). La «soberanas» o «anticonstitucional» es aquella que se considera como sin límite en el tiempo, anula el orden anterior, construye su propia legalidad y sus instituciones. Son las más frecuentes. Es propio de la dictadura un gobierno rígido y disciplinado, sin tolerancia para todo lo que le aparte de su cometido, con severidad en las penas y castigos. La dictadura se centra esencialmente en la persona del dictador, cuya figura han de atribuirse todos los méritos y por las sabidurías, ya que de otra forma no podría justificarse su poder absoluto. Si los gobernantes han de estar siempre por debajo de las leyes y su espíritu, el dictador está por encima, puesto que es su creador, capaz de repudiarlas o modificarlas. Muchas veces el dictador no es más que la cabeza visible de un grupo, como antes queda dicho, más menos amplio, y aunque goce externamente de todos los mitos de infalibilidad y de omnipotencia, rinde fidelidad al grupo que le ha situado, y que puede eliminarle, física o políticamente, para reemplazarle. Otras veces el dictador llega a dominar incluso al grupo que le ha alzado al poder y elimina a sus principales oponentes (Hitler o Stalin). En circunstancias, el grupo que inspira y sostiene la dictadura que es tan numeroso y tan fuerte que puede ejercer en su seno una verdadera democracia que niega a los demás, como podría aparecer en un examen de los momentos más luminosos de la democracia ateniense, en la que los ciudadanos, igualitarios entre sí, ni con todos los derechos a metecos y esclavos, sobre los que ejercían una dictadura real. Las dictaduras burguesas, aristocráticas o capitalistas responden a esa idea. Es esencial en este aspecto la noción de dictadura del proletariado, forma explícita del gobierno comunista («La primera etapa de la revolución obrera es la constitución del proletariado en clase dominante», manifiesto comunista de Marx y Engels) para constituir la «dictadura revolucionaria del proletariado» (Crítica del Programa de Gotha, Marx) que conduzca a la sociedad sin clases; es decir, que en el programa, la dictadura aparece como una fase transitoria. Numerosas dictaduras han aparecido en Europa en lo que va de siglo, la y algunas de ellas, como el nazismo y el fascismo, han contribuido de tal modo al desprestigio de este gobierno, que las que han permanecido al tratado de eliminar este nombre y enmascarar sus formas. Aparecen, sin embargo, con fuerza considerable en los países nuevos del mundo subdesarrollado, muchas veces con añadidos de constituciones, elecciones, cámaras y otros elementos nominales o formales de la democracia, que sirven principalmente para que las naciones extranjeras tengan algún pretexto para justificar la situación.

Dimisión

Palabra generalmente excluida de los vocabularios autocráticos, la dimisión es el gran heroísmo del demócrata: abandona su cargo cuando considera que las circunstancias en torno a él son poco claras (no suele considerarlo), o se le fuerza a la dimisión cuando se pone en duda su propia claridad (no suele aceptarlo). La división de un miembro del gobierno, o de un grupo de ellos, provoca la crisis ministerial. A veces esta división es exigida públicamente, cuando los gobernantes se resisten a abandonar sus puestos: el grito de «¡Dimisión, dimisión!» ha sido emitido por todas las oposiciones en todos los parlamentos del mundo. En 1994 el jefe de la oposición de la derecha (PP), José María Aznar, acuñó la frase, retirada, de «¡Váyase!», dirigida al jefe del Gobierno Felipe González (PSOE): no fue escuchado.

Diplomacia

Fue la forma clásica de mantener relaciones entre países, y los embajadores representaban a su jefe de Estado. Poco a poco la diplomacia como carrera ha ido quedándose en puestos burocráticos y administrativos, y son los ministros y los jefes de Gobierno y de Estado los que acuden frecuentemente conferencias internacionales o en visitas directas a otros correligionarios y extranjeros para llevar los asuntos mundiales, que también se tratan de resolver en asambleas, congresos, reuniones especiales o permanentes. La facilidad de comunicaciones en nuestro fin de siglo ha cambiado estas costumbres, al mismo tiempo que la personalidad del jefe de un país ha perdido su carácter augusto y se rebela como polivalente. Ahora es diplomacia no sólo el trabajo de los diplomáticos, sino todo aquello en que se media, que se acuerda, se pacta o se resuelve sin acudir a la fuerza.

Diputado

Bajo diversos nombres posibles (representante, parlamentario, congresista), según países y costumbres, se supone que el diputado es el enviado de un grupo o sector, generalmente geográfico (provincia, circunscripción; aunque en parlamentos mediatizados se haya utilizado el gremio o la condición familiar) para qué le represente en la asamblea (Cortes, Parlamento, Congreso) y exponga allí los problemas propios de sus representados y su opinión y su voto en los grandes temas nacionales. Es una pieza clave en la teoría de la democracia representativa indirecta, y procede del momento en que, por las grandes aglomeraciones de población, se hizo imposible que todos los ciudadanos participasen en las decisiones colectivas reunidos en asamblea, como sucedía en las ciudades-estado griegas. Teóricamente, el grupo elige a su diputado como uno de entre ellos. En la práctica, el diputado suele ser un profesional de la política y su elección se hace por el intermedio de los partidos políticos que sostienen su candidatura, sufragan su propaganda existan a votarle a sus afiliados, de forma que muchas veces lo que se elige es un partido y un programa político, y no precisamente un ciudadano del grupo (partitocracia). Por otra parte, los poderes suelen determinar las condiciones de elegibilidad, según sean más o menos democráticos, que limitan el número y calidad de los candidatos. La figura del diputado, mítica en los primeros tiempos de la democracia representativa indirecta, ha perdido gran parte de su prestigio y es víctima frecuente de humoristas y satíricos que le atacan acusándole de ser sensible a los grupos de presión, de practicar el absentismo, de no estar ligado con sus electores más que en el momento de las elecciones, de someterse en masa a los intereses de partido que a los del grupo que le ha enviado a la asamblea, de atender más a sus intereses propios que a los de la colectividad. Es acusado también, generalmente, de absentismo, porque sólo en ocasiones de voto trascendental está presente en el hemiciclo: suele tener razón para ello, puesto que en los debates sólo participan portavoz y las decisiones se toman por orden del partido. Esto es, naturalmente, más o menos cierto según los regímenes y sistemas de los distintos países; pero el desprestigio del diputado, como en general de la política, puede conducir a la pérdida de la democracia. Hay que advertir que en todas las teorías de los dictadores de cualquier género al ataque al diputado y a su inutilidad es una constante.

Discriminación

Limitación o anulación de derechos de minorías en un Estado en razón de su raza, religión o peculiaridades y ordenó manera de vida. Hasta hace poco, las discriminaciones figuraban en la Constitución (la negativa del derecho al voto de los negros en los Estados Unidos, o a las mujeres en numerosos países hasta fecha reciente); en la actualidad, las constituciones niegan toda clase de discriminación, y cuando ésta se ejerce es por vías sutiles y no aparentes. En la España actual en desarrollo democrático avanzado, la prohibición de ciertos actos de algunos partidos, de manifestaciones o de huelgas («no autorizadas», se dice, por huir de la palabra prohibición) puede ser un acto discriminatorio; alguna ley, como la de Asilo (de extranjeros refugiados, o perseguidos en sus países), ha sido denunciada por el defensor del pueblo como discriminatorio. Aparte de las leyes, la discriminación pueden ejercer las policías (por la consideración de «sospechosos»), los padres que no aceptan en el colegio de sus hijos a personas de otras razas o religiones (o incluso con inferioridad es físicas o psíquicas), los vecinos de un barrio, las asociaciones, los locales diversos (algunos tienen en su puerta encargados de «seguridad» que ejercen a su juicio esa discriminación: incluso por cuestiones de moda, como en algún caso ha sido por llevar calcetines blancos) o por una infinidad de motivos. Ha habido países cuyas normas discriminatorias se han llamado «de mala pinta» sólo por el aspecto de los individuos, que puede variar: en Marruecos, por ejemplo, estuvieron prohibidos los jóvenes de pelo largo, a los que se dejaba entrar en el país solamente si se dejaban cortar el pelo en los puestos fronterizos.

Disolución

La disolución del Parlamento y la convocatoria de elecciones generales para formar uno nuevo se producen casos en los que se cree que el Parlamento formado por elecciones anteriores ha dejado de representar la dosificación exacta de la opinión pública: para lo cual hay que vencer la resistencia de los ministros en ejercicio, puesto que la suposición es que la nueve opinión pública los desamparará en las elecciones inmediatas. Puede llegarse a la disolución como resultado de una falta de mayoría parlamentaria coherente que impida al voto de leyes propuestas por el Gobierno, lo cual sólo puede resultar de la rotura de una coalición o de la deserción de diputados propios (en España, el caso de UCD, primer Gobierno formado por elecciones reales después de la dictadura, abandonado por su derecha). En muchos casos, la disolución prevista por todas las constituciones se ejerce como una amenaza para hacer volver a la sumisión a los rebeldes: los partidos que temen salir debilitados de unas elecciones generales, los diputados que creen que pueden perder sus actas procuran ceder en este caso antes que caer en la disolución. Hay situaciones constitucionales en la que la disolución del Parlamento no va seguida inmediatamente de unas elecciones, sino que el jefe del Estado, aludiendo a necesidades imperiosas, gobierna por decreto-ley. En los golpes de Estado autoritarios, la primera medida es la disolución de las asambleas, los partidos políticos, los sindicatos, etcétera. Es decir, la abolición de la democracia.

Disuasión

En el lenguaje habitual, disuasión es una acción psicológica y racional destinada a convencer a otro de que cambie sus propósitos o actos; en el lenguaje político, preferentemente en el militar y nuclear, la disuasión es una amenaza, el ejercicio de una fuerza para hacer abandonar sus propósitos al adversario. Como desde el punto de vista propio se supone siempre que el otro es sin duda un agresor en potencia, disuadirle de que realice una agresión es simplemente llevar a su ánimo la idea de que la agresión puede llevar a la destrucción. La disuasión se ha realizado siempre en el sentido del fuerte contra el débil o, en muchos casos, ha habido una disuasión mutua entre dos partes de fortaleza similar («equilibrio del terror»). En su sentido más reciente, puede aparecer como una protección o una defensa del débil frente al fuerte, y es consecuencia del arma atómica: el fuerte puede ganar fácilmente una guerra y destruir la nación agredida, pero esta puede tener una fuerza que, siendo mínima, puede dañar tan gravemente que llegue a disuadir a aquel de que la agresión es mal negocio. China podría ser fácilmente destruida por un poderoso ataque nuclear de Estados Unidos, pero la fuerza atómica de China es suficiente para destruir enteramente ciudades como San Francisco con todos sus habitantes. La Unión Soviética podría destruir enteramente a Francia, pero Francia aún tendría tiempo de responder con la destrucción entera de Moscú, y en este sentido el general De Gaulle utilizó la palabra «disuasión» para justificar su construcción nuclear, que Francia continúa desarrollando en el Pacífico (base de Mururoa). La noción de disuasión está relacionada con la credibilidad, es decir, que la amenaza disuasora puede ser querida por el agresor en potencia. La disuasión nuclear se ejerce siempre sobre las poblaciones civiles: la nación débil no tiene fuerza ni capacidad suficiente para destruir la fuerza militar de la persuadió –que es el concepto de ganar la guerra–, pero sí puede tenerlo para causar trágicas pérdidas en su población civil, atacando fuertes núcleos de población. Tiene poco uso en la actualidad; pero forma parte importante de la historia reciente.

Divorcio

Como otros temas propios del laicismo –o contrarios a la monopolización por parte de los poderes religiosos, comúnmente aliados de los grandes poderes temporales–, divorcio, donde aún no existe, es una reivindicación moderna de la izquierda: así como el matrimonio civil. El matrimonio sería un contrato entre dos partes, y la base para el divorcio o anulación de este contrato es que no hay ninguno que pueda considerarse como eterno, sin más límite que la muerte de uno de los contratantes. El poder de casta tiende siempre al control de la familia, considerado en los regímenes-corporativos como «célula básica de la sociedad» y el elemento conservador: de ahí su posición ante el divorcio. Pero los partidos de izquierda, divorcistas en general, son muy cautelosos en la exposición programática de la disolución del matrimonio en las sociedades donde no existe, por miedo a perder clientela electoral en las mujeres, que por la constitución de esas sociedades son la parte débil en caso de divorcio. La Iglesia católica sigue prohibiendo el divorcio en su seno, aunque tenga el suyo propio (disolución del matrimonio) por causas muy determinadas, pero cada vez más amplias en su misión, que resuelve el tribunal eclesiástico de la Rota; sin embargo, los partidos católicos o vaticanista no tienen puntos programáticos contra el divorcio los países avanzados donde existe ya, por no perder votos. La lucha política aún puede hacerse sobre las condiciones exigibles para la concesión judicial del divorcio, donde quien lo solicita debe probar la imposibilidad real de mantenerlo, aunque en las sociedades de mayor civilización basta con el mutuo acuerdo; cuando no lo hay es cuando el juez de familia debe decidir las condiciones, oídas las dos partes y tenidas en cuenta las terceras afectadas (hijos). Aunque parece una conquista definitiva, sobre todo a partir de la revolución sexual, el regreso del conservadurismo en muchos países (y no sólo en los cristianos: el islamismo admite, sobre todo, el repudio de la esposa) puede volver a limitar las condiciones en que se conceda.

Dogmatismo

Creencia en que un cuerpo de doctrina política encierra la verdad absoluta, inalterable, sean cuales sean los cambios históricos, económicos o coyunturales que se produzcan. Estrechamente ligado al fanatismo, impide de toda posibilidad de discusión que no sea una exaltación de dicha verdad o la aportación de nuevos datos para sostenerla. El dogmatismo, parecido muchas veces a la fe, la iluminación o el conocimiento, suele ser, por el contrario, desesperación y la multiplicidad de opciones e ideas que se ofrecen y entre la que es difícil elegir; el dogmatismo, o el dogmatizado, incapaz de elegir o reflexionar, prefiere sostener la doctrina original cerrándose y negándose a cualquier otra versión. Pueden encontrarse este tipo de exageraciones entre los fundamentalismos y los integrismos islámicos del día, y en algunos nacionalismos que no vacilan en el asesinato para expandir sus ideas (terrorismo). La Iglesia del papa Juan Pablo II ha procurado restaurar algunos dogmas que quedaron dañados durante el Concilio Vaticano II y el reinado aperturista de Juan XXIII. Hay dogmáticos optimistas, convencidos de que la verdad se abrirá paso, puesto que es la única posible, y hay dogmáticos pesimistas o escépticos eludan de que la verdad a que se abrazan sea realmente una verdad, pero que al considerar discutibles todas las demás enunciaciones políticas prefieren atenerse a la oficial y cumplirla sin vacilaciones. El dogmatismo se produce preferentemente en los grupos políticos extremistas, para los cuales la persecución, la vida arriesgada, el sentido de lucha que dan a la política sólo pueden sostenerse mediante creencias absolutas. Cuando un dogmático extremista deja de serlo, por lo que alcanzan la noción de que su verdad no es tal, puede fácilmente convertirse en amargado, angustiado, renegado, hasta traidor; y aplicar su dogmatismo a luchar contra quienes fueron sus compañeros. Es, sobre todo, una cuestión de temperamento.

Droga

La extraordinaria difusión de toda clase de drogas y el valor de su mercado clandestino en el último cuarto del siglo XX ha dado lugar a situaciones políticas que algunas veces no han sido utilizadas más que como pretexto. Dentro de la Guerra Fría se especuló en los medios conservadores con la idea de que la droga se expandía en occidente por obra de la Unión Soviética, para «desmoralizar a la juventud» y apoderarse fácilmente de todo. Los Estados Unidos han utilizado el pretexto de la droga para hacer una intervención militar directa en Panamá y secuestrar a su jefe de Estado, Noriega, acusado de tráfico de drogas, cuando en realidad estaban interesados en neutralizar los efectos de ese dudoso personaje en las rebeliones de Centroamérica y de quitarle de su puesto antes de la caducidad del tratado del Canal. Muchas formas de poder en Estados Unidos no están exentas del tráfico, al monopolizar la mafia; y en Italia, tras la operación judicial «Manos limpias», se han descubierto negocios y complicidades de políticos externos con las mafias. En Colombia, los traficantes han formado un estado dentro del Estado, y llegado a declarar la guerra al Gobierno y asesinar a jueces, fiscales, políticos y periodistas. Pero el verdadero debate político sobre la droga está en la posibilidad de su legalización, al igual que otras drogas que no llevan ese nombre, como el alcohol o el tabaco, cuyo consumo está en muchos países nacionalizado y en todos rinde grandes beneficios al Estado, que al mismo tiempo recomienda la abstención porque su uso es dañino para la salud. La legalización, dicen sus partidarios, haría descender inmediatamente sus precios y, por lo tanto, el delito en torno a ella; tanto el del tráfico perseguido como el cometido por el individuo para poder pagar su adicción; disminuiría también, dentro del consumo, la presión psicológica de lo prohibido. El argumento histórico es el de la prohibición del alcohol en los Estados Unidos, que produjo la gran época del gansterismo y la mafia, que no han desaparecido nunca más, aunque hayan transformado su negocio en otras adicciones (juego, prostitución, droga). El punto de vista contrario sostiene que la legalización extendería el uso, y personas que ahora están contenidas en el consumo por el miedo a la prohibición y la clandestinidad se entregarían a él. Es inevitable señalar que la fuerza de los traficantes de drogas, su enorme poder económico con el dinero «blanqueado» en grandes empresas, y su capacidad de soborno harán siempre imposible la legalización, que destruiría su poder y su negocio. Como señas de identificación de las dos posturas, puede decirse que corresponden a las formas habituales del doble pensamiento: la derecha represiva y culpabilizadora niega cualquier posibilidad de legalización, la izquierda más libre o libertaria la considera como una salida, quizá a la larga como una solución. Algunos pensadores estiman que la droga desaparecería, como el alcoholismo, cuando los individuos dejarán de estar sometidos a situaciones miserables que los obligan a evadirse de la realidad: desde los mineros del altiplano de Bolivia –cocaína– a los grandes ejecutivos que necesitan el estímulo para luchar contra la concurrencia, la edad, las responsabilidades y el conjunto de situaciones que se conocen como estrés. Drogas son todos los estimulantes o estupefacientes no legalizados (como el alcohol, el tabaco o ciertos medicamentos cuyo uso no específico puede surtir los mismos efectos). Su movimiento mundial mantiene una economía superior al del presupuesto de varios países; habría que sumarle el de los gastos nacionales e internacionales en su represión, persecución, juicio y encarcelamiento y los de atención a sus víctimas. Puede haber países (Colombia) enteramente en poder de los narcotraficantes; se les atribuye la posesión de negocios lícitos (algunas multinacionales) o tolerados (juegos, prostitución) para blanquear el dinero temido por drogas. Esos negocios legales podrían servir para subvencionar o sobornar o corromper a personas de las clases políticas, policíacas o periodísticas, de una manera aparentemente honesta, por su colaboración o por su lenidad. El debate de la legalización de la droga aparece continuamente en las sociedades: si las declaradas prohibidas gozarán de los mismos derechos que las otras, se producen beneficios al Estado (impuestos sobre alcoholes, monopolio o impuesto sobre el tabaco y el juego), podría quizá extender su uso, que produce daños a veces irreparables en las personas adictas, pero se eliminaría la delincuencia que produce a partir de la necesidad de dinero del drogado para adquirir su necesidad, que a veces ha de convertirse en pequeño delincuente, hasta del gran traficante, pasando por el del pequeño vendedor callejero. Puede decirse que tal interés presiona con toda su fuerza, que es mucha, desde el crimen directo al soborno, para que no se llegue a la legalización. Colabora con estos interesados una moral y un miedo de la sociedad a la pérdida de valores de su conciencia que supondría la venta controlada por médicos y farmacia, o totalmente libre.

Portada del libro Tras el gritoSi te interesa saber más sobre el tema de la legalización de las drogas, os recomiendo, de lectura obligada si eres usuario o contrario a ella, el libro de Johann Hari, Tras el grito: Un relato revolucionario y sorprendente sobre la verdadera historia de la guerra contra las drogas, en el que se explica desde un punto de vista de periodista de investigación y consumidor de drogas, como se ha tratado de ocultar, por parte de muchos gobiernos, principalmente de Estados Unidos y sus persecuciones implacables a las drogas, que la liberación de la venta de drogas podría llevarnos a un mundo mejor y más civilizado.