Curiosidades interesantes XXXVII

El detector de mentiras
  El detector de mentiras fue inventado hacia 1930 por Leonard Keeler, un inspector de policía de Chicago, inspirándose para ello en un sencillo mecanismo que otro policía norteamericano de una pequeña ciudad del Medio Oeste había inventado a su vez para amedrentar en los interrogatorios a los sospechosos. Este primitivo mecanismo consistía en un cajón coronado por dos bombillas, una verde y otra roja, instalado en su escritorio. A cada respuesta del interrogado, el policía pulsaba un botón disimulado bajo la mesa que hacía encenderse una de las dos luces según la respuesta le pareciese verdadera o falsa. Keeler adaptó esa idea y diseñó un mecanismo que determinase, con el menor margen de error que fuera posible, cuándo un interrogado decía la verdad. El aparato que finalmente patentó combinaba tres instrumentos médicos: un cardiógrafo (que registra las pulsaciones y la presión sanguínea), un pneumógrafo (que registra el ritmo respiratorio) y un galvanómetro (que mide la resistencia eléctrica de la piel). A ello añadió varios sensores, un amplificador y un mecanismo que movía una aguja entintada, mediante el que reproducir gráficamente las diversas variables y permitir así su análisis posterior.

Sesión con el detector de mentiras
La Torre de Pisa
  Los arquitectos que proyectaron la Torre de Pisa, Bonanno de Pisa y Guillermo Tedesco, cometieron el error de cavar unos cimientos de solo cuatro metros de profundidad al comenzar su construcción en 1174. Ya a mitad de la obra, el suelo se deslizó y la torre creció ya inclinada, obligando a abandonar el proyecto. Finalmente, el edificio sería terminado en 1350, con tres de sus ocho pisos construidos en vertical, intentándose alterar convenientemente su centro de gravedad y sostener así en pie esta torre o campanile con sus más de cinco metros de inclinación. A la vista está que aquel intento no tuvo éxito, ya que hasta fecha muy reciente, la torre ha seguido inclinándose a razón de 0,75 cm anuales. Recientemente, sin embargo, parece ser que esta progresiva inclinación se ha detenido, a causa de un nuevo corrimiento de tierras en el subsuelo y a la acción de unos contrapesos instalados en su base.

Pirámide de Keops
  La Pirámide de Keops, cuya construcción fue iniciada en el año 2580 a. de C. como tumba para este faraón de la V Dinastía, es la única de las Siete Maravillas de la Antigüedad que se mantiene en pie, a pesar de que su construcción precedió al resto en unos 2000 años. Esta gran pirámide (la mayor de las 80 que se conservan en Egipto) se halla en las cercanías de la actual ciudad de El Cairo, en la zona de Gizeh. Su superficie ocupa 48.000 m2, con una altura de 146,60 metros. La longitud de cada uno de los cuatro lados de su base es de 230 m. Está construida con dos millones y medio de bloques de piedra, con un peso medio de 2,5 toneladas. Sus proporciones son tan grandes que en su interior cabría holgadamente la Basílica de San Pedro.

Sigmund Freud
  A los 67 años, Sigmund Freud (1856-1939) contrajo un cáncer de mandíbula, a pesar de lo cual siguió fumando de 15 a 20 puros al día. En los últimos 16 años de su vida fue operado 31 veces. Murió al inyectarle su médico, a petición propia, una dosis fatal de morfina.

Jean Baptiste Poquelin
  El gran dramaturgo francés Jean Baptiste Poquelin (1622-1673), más conocido por su nombre artístico Molière, murió en escena el 17 de febrero de 1673, durante la cuarta representación de su propia obra El enfermo imaginario. Como iba vestido de amarillo, desde entonces este color es considerado gafe en el teatro. Sus continuos enfrentamientos con las autoridades eclesiásticas de su época, debidos al tono irreverente de algunas de sus obras, provocaron que le prohibieran recibir el último sacramento y ser enterrado en lugar sagrado. Sin embargo, Molière, cuyo padre había sido ayuda de cámara y tapicero real, contaba con el aprecio de los reyes. Y gracias a ello, solo después de la mediación personal de Luis XIII, se levantó parcialmente la restricción, y pudo ser enterrado en el cementerio cristiano a los cinco días de su muerte, aunque en una ceremonia nocturna «para evitar el escándalo».

Enola Gay
  El piloto del avión B-29 Enola Gay que dejó caer la bomba atómica de Hiroshima se llamaba Robert Lewis. Una leyenda suele contar que tiempo después de su acción, desolado y arrepentido, ingresó en un convento de monjes trapenses. Pero lo cierto es que Lewis, finalizada la contienda, reingresó en su puesto de jefe de personal de una fábrica de confitería de Nueva Jersey, donde vivió con su esposa, sus tres hijos y su madre. Es más, no solo no renegó de su participación en tan trágico hecho, sino que incluso acudió a numerosas entrevistas y firmó muchos artículos periodísticos —todo ello bien remunerado— en los que no se cansó de rememorar su acción con todo lujo de detalles emocionales.