Curiosidades interesantes XXXI

Zares rusos

El zar Nicolás II, la zarina Alejandra, el zarevich Alexis y las grandes duquesas Anastasia, Olga, María y Tatiana hubieran podido salvarse del pelotón de fusilamiento bolchevique la noche del 16 al 17 de julio de 1918 si las potencias europeas hubiesen manifestado algún interés en salvarles. Francia, por su talante republicano, decidió olvidarse del tema y Estados Unidos se mostró beligerante porque en la opinión pública norteamericana había calado profundamente el carácter antisemita de los zares rusos. Curiosamente, ni Jorge V de Inglaterra ni el kaiser Guillermo II, parientes de la familia real rusa, movieron un dedo por sus familiares rusos pese a las peticiones de países como Suecia o Dinamarca que solicitaron el apoyo de Gran Bretaña y Alemania para salvar a los nobles rusos. Sólo un rey movió los contactos de manera infructuosa siendo engañado por los dirigentes revolucionarios. Se trató de Alfonso XIII a quien, incluso días después de haber sido asesinados, le hicieron creer que los zares rusos seguían con vida.

La venta de Alaska

En 1867 Rusia consideraba que Alaska era un terreno baldío, improductivo y gélido que nunca daría frutos al imperio de los zares. Rusia consideraba que era una tierra imposible de colonizar y no merecía la pena realizar un esfuerzo económico y militar para defender su soberanía sobre aquel territorio. La fracasada campaña rusa contra Japón, las necesidades de tesorería de la hacienda rusa y el deseo del zar de evitar que Alaska pasara a jurisdicción británica permitió a los Estados Unidos iniciar las negociaciones de compra. El zar Alejandro II encargó al diplomático Eduard Andreevich Stoeckl que entablara conversaciones con el secretario de Estado William H. Seward, quien negoció sin el conocimiento del presidente norteamericano Andrew Johnson. La compra se acordó por 7,2 millones de dólares, tuvo que pasar un duro trámite en el Congreso, que aprobó la operación por un solo voto, y recibió innumerables críticas de la prensa, en especial del The New York Tribune que la calificó de «estupidez» o el «nuevo frigorífico nacional». La compra se hizo efectiva el 18 de octubre de 1867. Pero el descubrimiento de oro a partir de la década de 1890 cambió por completo la percepción que los norteamericanos tuvieron de tan criticada inversión. Y Alaska se ha convertido hoy en uno de los principales yacimientos de materias primas para el país.

Luis XIV de Francia

Luis XIV de Francia era un hombre de costumbres curiosas. Siguiendo las recomendaciones de su médico personal Teofrasto Renaudot (1586-1653), nombrado en 1613 a instancias del cardenal Richelieu, quien decía que «el baño, a no ser que sea por razones médicas o de una absoluta necesidad, no sólo es superfluo sino perjudicial», sólo se bañaba cuando estaba enamorado. Fallecido el rey, un médico de cámara escribió en el Journal de la Santé du Roi que a Luis XIV los baños le producían vértigos y dolores de cabeza. La higiene diaria del rey consistía en lavarse la cara por la mañana con un trozo de algodón que un sirviente impregnaba en alcohol y, en su ausencia, con unas gotas de saliva. Tan sucio era el rey que bajo su fastuosa peluca los piojos pululaban a sus anchas, motivo por el cual el monarca ordenó que le fabricasen una mano de marfil rematada por una mango de porcelana. Con ella podía aliviarse los picores que le producían tan molestos insectos neópteros. Todo hay que decirlo, las manos siempre las llevaba limpias porque por las mañanas y antes de cada comida se las lavaba con un paño impregnado en vino. Pero cuando Luis XIV deseaba conquistar a una amante, bañaba su rostro en un paño empapado de perfume al tiempo que se echaba unas gotas de agua de rosas sobre su noble vestimenta. El cambio de ropa interior no era tampoco muy habitual en el rey y ni siquiera en la corte. Pero para evitar olores se impregnaban de fuertes perfumes.

Atila el Huno

Atila el Huno (406-453), el poderoso líder de la tribu asiática de los hunos, conocido como «el azote de los dioses», era un hombre rudo, complejo y cruel que abusaba del terror para acobardar a sus enemigos exteriores y en la corte. En el año 453 contrajo matrimonio con una bella germana de nombre Ilico. Después de la ceremonia se celebró una gran fiesta que se prolongó hasta altas horas de la noche. A la mañana siguiente Atila apareció muerto en el lecho nupcial. Una hemorragia nasal le había provocado una asfixia mortal. A los pocos días se celebró las exequias fúnebres. Sus soldados, para rendirle homenaje, siguiendo la tradición de los hunos, se cortaron el cabello, se desgarraron las ropas y se hirieron la espalda. En pocas horas se construyó un dique en el río Volga y colocaron al finado en el interior de un sarcófago recubierto de hierro, el material que simbolizaba su fuerza, y de oro y plata, símbolos de la grandeza de sus conquistas militares. Todos los que asistieron a su entierro fueron ejecutados para que nadie pudiese desvelar el lugar donde se había celebrado el enterramiento. Tras su muerte, en menos de una década, el imperio humo se descompuso para gran alivio del Imperio Romano.

La broma de los gatos

Durante la Primera Guerra Mundial los habitantes del mundo no estaban para muchas bromas. Pero un ciudadano de los Estados Unidos, residente en Nueva York, decidió gastar una broma a sus compatriotas y pagó un anuncio en The New York Times en el que se podía leer:

¡Patriotas! ¡Atención a todos los dueños de gatos! Las ratas amenazan seriamente la vida y la salud de los soldados norteamericanos que se encuentran en los campos alemanes de prisioneros. Por acuerdo con una potencia neutral, el gobierno de los Estados Unidos está vendiendo a Alemania una gran cantidad de gatos que se destinarán a exterminar los miles de roedores que habitan en los campos de prisioneros. El gobierno pagará a quien tenga gatos en buenas condiciones los siguientes precios:

  • machos, 82 centavos;
  • hembras, 81 centavos;
  • crías, 80,50 cada una.

Los pagos se realizarán en la Oficina Central de Correos a partir de mañana.

A las siete de la mañana, una hora antes de su apertura, más de cuatro mil personas hacían cola a la espera de entregar sus mascotas para salvar a sus compatriotas del contagio. Los patriotas norteamericanos que se agolpaban antes las puertas de la Oficina de Correos aumentaban a medida que se acercaba la hora de apertura. Cuando el director de Correos llegó al edificio donde se agolpaban miles de neoyorquinos tuvo que llamar a la policía para que dispersara a la gente. Se tardó más de ocho horas en convencer a los dueños de los gatos que aquella patriótica llamada había sido una broma de un desaprensivo.