Curiosidades científicas 8

El ciclo del agua

El ciclo del agua es un mecanismo que hace que el agua no desaparezca, simplemente se transforme. Los humanos nos dedicamos a ensuciarla y cuando retorna a nosotros otra vez está de nuevo filtrada y limpia. ¿Dónde ocurre eso? Sabemos que si calentamos el agua a 100 °C el agua comienza a convertirse en vapor, gas. Pero hemos de saber que también hay evaporación por debajo de la temperatura de ebullición.

Algunos de esos contaminantes, simplemente están al lado del agua, suelen ser polvo o suciedad que puede ser eliminada con un simple filtrado. Si reducimos la escala podemos ver que está formada por moléculas de hidrógeno y oxígeno. Para romper esos enlaces lo único que tenemos que hacer es pasar el agua a estado gaseoso. Esto es el ciclo del agua. En un principio circular por los ríos, las corrientes subterráneas y a esto se añaden los desechos líquidos animales o vegetales; todo acaba llegando a los océanos y a los mares. El agua al evaporarse asciende. Luego está agua cae en forma de precipitaciones y vuelve a correr por ríos y corrientes subterráneas.

Pero puede haber algún problema. Sabemos que el agua no se va al espacio y tampoco al interior del planeta. Los humanos, los adultos, somos agua en un 70% nuestro peso, y cuando vamos al baño intercambiamos el agua que hemos ingerido por el líquido que desprendemos. Por lo que hacemos un intercambio, no la destruimos.

El principal problema puede ser un desequilibrio. Actualmente se genera más aguas residuales y contaminadas de las que podemos purificar y volver a consumir como agua potable. También es cierto que lo que generamos es un problema de agua potable, no de agua.

Pelo rizado

En el pelo hay proteínas, y estas están formadas por aminoácidos. Los aminoácidos serían como los eslabones de la cadena que es la proteína. Esta cadena puede establecer uniones estables entre distintos eslabones formando estructuras tridimensionales. Los aminoácidos contienen átomos de azufre.

Los átomos de azufre pueden formar puentes entre distintos aminoácidos, que se llaman puentes disulfuro. Al unirse con los aminoácidos con otros, las cadenas de proteínas se retuercen aún más y producen el rizado del pelo.

El hecho de que esto ocurra más fácilmente cuando hay humedad es porque las moléculas de agua también generan puentes, llamados puentes de hidrógeno, que facilitan la formación de los puentes disulfuro. Ahora vemos claramente porque calentamos el pelo para alisarlo; lo deshidratamos y liberamos los puentes de hidrógeno.

El equilibrio

En el interior de nuestro oído, en la parte interna, hay un órgano que se llama laberinto. Dentro de él está el vestíbulo, que se divide en utrículo y sáculo y los tres canales semicirculares.

En el vestíbulo hay dos conjuntos de «pelillos» sensibles cubiertos por una masa gelatinosa que responden a la gravedad, de manera que de las señales que producen estas vellosidades obtenemos información sobre nuestra posición. En la base de los canales semicirculares hay otra estructura similar, pero en este caso el estímulo se hace ante el giro. De aquí obtenemos información sobre nuestro estado de movimiento.

Parece que también tenemos sensores en las articulaciones que nos envían información que combinamos con toda la anterior para conocer nuestro estado de equilibrio. A veces, cuando nos sobreviene un mareo, simplemente puede ser que estemos desbordados de información, no la podamos procesar correctamente.

Es frecuente que algunas infecciones o enfermedades que afecten al oído interno, a veces una simple otitis, produzcan mareos al interferir con la información que se envía sobre la posición y estado del movimiento.

Fuerzas G

Cuando vamos en un vehículo al arrancar o frenar bruscamente nos desplazamos hacia adelante o hacia detrás. Y si da un volantazo rápido, nuestro cuerpo se desplaza lateralmente de forma rápida. A eso le llamamos aceleración o desaceleración. Estando sobre la superficie de la tierra ya estamos sometido a una aceleración, que es la gravedad. Nos sentimos presionados hacia abajo. A esa aceleración la llamamos G.

Si decimos 2G u 8G lo único que estamos indicando es que es el equivalente a dos u ocho veces la gravedad. En los aviones a reacción, en los cohetes espaciales, en los coches de fórmula 1 e incluso en las atracciones de feria es particularmente intensa.

Si el cambio de dirección la fuerza nos empuja «desde la cabeza» diremos que son G positivas. Y si es «desde los pies» serán G negativas. La sensación puede ser simplemente desagradable o llegar a producir desvanecimientos e incluso derrames cerebrales.

Los mocos

El aire que respiramos no está muy limpio que digamos, sobre todo dentro de las ciudades; además tampoco está muy húmedo ni caliente. Por eso en el camino que recorren el aire hasta nuestros pulmones tratamos de solucionar este pequeño problema.

El aire se humedece y se calienta. La mucosidad y las vellosidades se encargan de recoger polvo y otras sustancias no deseables. Por eso se generan los mocos en nuestra nariz, y gracias a ellos toda esa porquería no está dentro de nuestros pulmones. A raíz de esto podemos ver con claridad que es mucho mejor respirar por la nariz.

Visión nocturna

Se dice que “de noche, todos los gatos son pardos”. Realmente esto no es así, pero no es una mentira. En el ojo tenemos un sensor increíble que es la retina y la luz a través de los ojos llegar hasta ella. El ojo tiene una forma casi esférica. Y en la parte posterior y sobre su interior se sitúa la retina.

Los expertos consideran que más que un sensor que está conectado el cerebro, deberíamos considerar a la retina como una parte del cerebro que se proyecta hasta los ojos. La retina está compuesta por diferentes células, algunas sensibles a la luz, neuronas, etc. Y dentro de esas células fotosensibles hay dos principales llamadas conos y bastones, debido a su forma.

Los bastones detectan fundamentalmente la cantidad de luz, mientras que los conos son sensibles a los distintos colores. Para ello poseemos tres tipos de conos, que corresponden a cada uno de los tres colores primarios: rojo, verde y azul.

El problema es que a bajas intensidades luminosas, no tenemos suficiente información de los conos, recibiendo simplemente la que proviene de los bastones. Con este condicionante, nuestra visión tiene una coloración muy débil, lo que nos lleva a ver nada más que tonos grises o «pardos».