Cuento de Giovanni Sercambi: Dante y sus vestidos

Giovanni Sercambi (1347-1424) es un imitador de boccaccio no sólo en el estilo, sino también en muchos de los temas, aunque la de inferioridad respecto al modelo es manifiesta.

En tiempos del rey Roberto de Nápoles, su coetáneo, el gran poeta florentino Dante, que no podía residir en Florencia ni en sitio alguno adonde alcanzase el poder de la Iglesia, veíase forzado andar de familia en familia, ya con los de Della Scala, ya con el señor de Mantua, ya con el conde de Lucca, o sea, con el caballero Castruccio Castracani, que era lo más corriente.

Como la fama del talento de Dante se había extendido ya, deseoso el rey Roberto de conocerlo y admirar personalmente sus facultades, le rogó, por cartas dirigidas al duque y al mismo Dante, que fuese a visitarle. Y habiendo resuelto el poeta presentarse la corte del rey Roberto, salió de Lucca y se puso en camino para Nápoles. Llegado a esta ciudad, hizo su presentación en la corte vistiendo de una manera bastante tosca, como solían hacer los poetas, y avisado el rey Roberto de que Dante se hallaba allí, ordenó que le hiciesen entrar en el acto, cuando justamente iban a cenar. Entró Dante en la sala, y Roberto no se movió del sitio donde se hallaba. Luego que todo se lavaron las manos, sentóse el rey a la mesa del testero y a continuación la nobleza, quedando Dante relegado al último lugar. El poeta, como hombre avisado, advirtió bien la desatención del rey; pero, sintiéndose con apetito, comió como todos, y terminada la comida, se marchó bruscamente tomando el camino de Ancona, para regresar a Toscana.

Después de un rato de sobremesa echo de menos Roberto a Dante y preguntó qué había sido de él; a lo que le contestaron que se había marchado y que se hallaban camino de Ancona. Comprendiendo entonces el rey que no había honrado a Dante como debiera, pensó que esto habría sido la causa de su enojo e imprevista partida, y se dijo para sí:

Desatento he estado, en efecto, con él, pues habiendo solicitado yo mismo su presencia, debía haber demostrado obsequioso con él y deseoso de su conversación.

Y en el acto mando a unos pajes suyos, que lo alcanzaron en el camino antes de llegar a Ancona. Dante, leída la carta del rey, volvióse a Nápoles, y ataviado con lujosos vestidos se presentó a el. A la hora de comer hizo Roberto que el poeta se sentase a la cabecera de la mesa que seguía a la suya en orden de preferencia; y Dante, viéndose en tan señalado lugar, determinó darle a entender al anfitrión la idea que tenía de tal honor.

Servida las viandas y los vinos, empezó el florentino a tomar los trozos de carne y restregárselos contra sus vestiduras y a derramar asimismo sobre ellos los vinos que le servían. El rey Roberto y los barones presentes comentaban el hecho desconcertados, suponiendo que se las habían con un villano zafio. No se le escapó a Dante el cuchicheo de censura, mas no por eso perdió su indiferencia. Hasta que el rey, dirigiéndose a él, preguntó:

─Pero ¿qué es eso que estáis haciendo? ¿Cómo, pasando por persona de tanto talento, os conducir de un modo tan tosco?

Dante, que no esperaba sino esto, saltó al punto:

─Esto lo hago, señor, porque he advertido que las atenciones que conmigo tenéis son un honor con el que distinguís a mis ostentosas vestiduras antes que a mí mismo; y así me ha parecido natural que ellas y no yo sean las que disfruten los manjares servidor. Y que esto es así, como a mí me parece, lo demuestra el hecho de que cuando me presenté mal vestido de colocaste al extremo de la mesa, mientras que al verme con lujosos arreos me destinaste la cabecera. No me negaréis que la persona y sus méritos eran los mismo bajo las pobres que las ricas vestiduras.

Con lo que el rey, comprendiendo con cuánta razón Dante se había dolido de su trato, mando que inmediatamente le presentasen vestiduras limpias; y luego que el poeta se mudó, púsose a comer satisfecho de haberle demostrado al rey cuán a la ligera había obrado con el. Y retirada la mesa, empezaron a platicar amablemente del arte en que descollaba Dante, hallando su anfitrión que excedían méritos a los que la fama le achacaba, por lo que lo honro reteniéndolo en la corte, para poder seguir deleitándose con los frutos de su talento.