Crímenes macabros: Albert Fish

Grace Budd de 10 años de edad desapareció de una forma muy especial el domingo 3 de junio de 1928. El hermano mayor Edward había solicitado trabajo mediante un anuncio en un periódico. Un señor mayor, Frank Howard se presento en la casa familiar con el periódico bajo el brazo con la solicitud de oferta de trabajo. Le explico que tenía una granja en Farmingdale, Long Island, New York. Si al chaval no le importaba la vida al aire libre, tenía trabajo.

Albert Fish en 1903
Albert Fish en 1903

Pero la confianza que los padres de la niña sintieron con ese hombre, le permitieron que se llevara a su hija a la fiesta de cumpleaños de la hermana pequeña de Howard. Nunca más la volvieron a ver. No había ninguna fiesta. La niña fue llevada a Wisteria Cottage, una casa abandonada en Greenburg donde Albert Fish, que era el nombre verdadero de Frank Howard la estrangulo. Durante seis largos años, nadie volvió a hablar de Grace Budd. Pero el 11 de noviembre de 1934 en el buzón de correos de los Budd había una carta que decía lo siguiente:

Querida señora Budd:
Hace algunos años mi amigo, el capitán John Davis, zarpó de California con destino a Hong Kong, China, que por aquel entonces estaba sufriendo los efectos del hambre. Las calles se habían vuelto muy peligrosas para los niños menores de doce años, pues existía la costumbre de matarlos, cortarlos en pedazos y vender la carne como alimento. Antes de partir para New York mi amigo capturo a dos niños ─uno de seis años y el otro de once─, los mato guisó su carne y se la comió.

La carta que volvió a remover todo el dolor de la familia hizo que se pusieran en contacto con con un detective, el señor Smith, que se había encargado anteriormente de investigar la desaparición. En el sobre, en el dorso, se podía ver semiborrado, una dirección que permitió a Smith seguir la pista de Fish, que entonces contaba con 66 años de edad y se alojaba en una inmunda pensión en la calle 52 de New York. Allí fue arrestado el 13 de diciembre. Dio la casualidad que se le encontraron recortes de periódicos con los relatos de los asesinatos de Fritz Haarmann, el ogro de Hannover, lo que al final pareció muy significatico y relacional entre los dos asesinos.

Pero a partir de este momento comenzó lo realmente cruento. Fish firmo seis confesiones en relación con el asesinato de Grace Budd. En ellas afirmaba que después de haber estrangulado a la niña, le quito la ropa, le cortó la cabeza con un trinchante y partió el cuerpo en dos a la altura del ombligo. La mayor parte de parte del cuerpo lo escondió en el lugar del crimen y se llevo una cantidad que cocinó de diferentes maneras ─«con zanahorias, cebollas y tiras de bacon»─ y que fue consumiendo durante las siguientes semanas.

Una de las víctimas de Albert Fish
Una de las víctimas de Albert Fish

En el tiempo de espera hasta el juicio, Albert Fish fue sometido a exámenes por parte del doctor Frederick Wertham, uno de los psiquiatras más eminentes de la época. Definió la personalidad de Fish de la siguiente manera:

uno de los casos de perversión sexual mas desarrollados existentes en toda la literatura de la psicología anormal.

Fish le confesó que se sentía obligado a torturar y matar niños, y que solía actuar siguiendo órdenes directas de Dios, cuya voz oía de forma regular. Y que los actos de canibalismo como el de la pequeña Grace le provocaban un estado de éxtasis sexual prolongado. Wertham años después describió la despreocupación de Fish cuando realizaba sus macabros actos:

Era como oír a un ama de casa explicando las recetas de sus platos favoritos. Tenías que recordarte continuamente que estaba hablando de una niña… Acabé convencido de que, fuera cual fuese la definición legal y médica de la cordura, Fish se encontraba más allá de sus límites.

En el juicio, el doctor específico que no tenía constancia que «no existe ninguna perversión conocida que no practicara, y con frecuencia». Fish admitió haber abusado de forma obscena de un centenar de niños, casi todos pertenecientes a los ghettos negros en 23 estados desde New York a Montana y que asesino al menos a 15. Pero también hablo de auto perversiones. Una radiografía tomada en prisión reveló que tenía 29 agujas en el cuerpo y que algunas llevaban tanto tiempo, que habían comenzado a oxidarse. Había intentado clavárselas debajo de las uñas pero dejo de hacerlo por que el dolor era demasiado intenso: «si por lo menos el dolor no fuera tan doloroso…». Describió las emociones que sentía al ingerir sus propios excrementos, y el placer que le producía introducir trozos de algodón empapados en alcohol dentro de su ano y prenderles fuego.

La defensa de su juicio se baso en intentar alegar locura. Los hijos de Fish dieron testimonio de haber visto a su padre golpeándose el cuerpo desnudo con tablones con clavos hasta sangrar al grito de «Soy Jesuscristo» y junto al testimonio de Wertham no evito que el jurado lo nombrara culpable de «asesinato en primer grado».

Albert Fish en la silla eléctrica
Albert Fish en la silla eléctrica

El doctor intento que lo consideraran loco, «psicosis paranoide», pero fue rechazado. Uno de los cuatro psiquiatras que testificaron para que no fuera catalogado de loco llego a opinar:

Un hombre podría comer carne humana durante nueve días y, aún así no padecer psicosis. Los gustos personales son inexplicables…, se trata de algo relacionado con el apetito y la intensidad de su satisfacción, y el individuo puede cometer actos muy repulsivos y pese a ello, seguir siendo capaz de comprender las cosas y ver lo le rodea.

El doctor Wertham intento de forma desaforada una última suplica, aunque fuera en forma de perdón por parte del gobernador, para que no fuera ejecutado, mientras esperaba el momento de la ejecución en el pasillo de la muerte en Sing Sing:

Este hombre no solo es incurable e imposible de reformar, sino que no puede ser castigado. Su mente trastornada anhela conocer la silla eléctrica porque la considera como la experiencia definitiva del dolor supremo.

El martes 16 de enero de 1936 llego al sumun de su experiencia dolorosa, su propia ejecución. No sabremos el placer que sufrió, pero lo que si sabemos es que facilito la desagradable labor a los funcionarios encargados de sujetarlo, a ajustar las correas que lo ataron a la silla eléctrica.