Avances médicos fundamentales

Cloración del agua

Ya en el siglo XIX se sabía que el cloro era un desinfectante eficaz, pero no se instauró la cloración del agua de consumo público hasta comienzos del siglo siguiente. Hacia 1903, en el pueblo deMiddelkerke (Bélgica) empleó gas de cloro para desinfectar el agua potable, y en 1908 un suministrador de Jersey City (EE UU) uso hipoclorito sódico para clorar las aguas. En 1910, el general Carl Rogers Darnall, químico y cirujano militar, utilizó gas clorado licuado y comprimido para purificar el agua que bebía la tropa. Su idea básica de un purificador mecánico con cloro líquido se utiliza en la actualidad en todo el mundo desarrollado. El científico militar William Lyster inventó más tarde la bolsa de lona que contenía hipoclorito sódico para tratar el agua de los soldados.

En 1997, la revista LIFE afirmó que:

el filtrado del agua potable más el uso de cloro es posiblemente el avance más notable del milenio en salud pública.

La adicción de cloro al agua suele ser eficaz contra bacterias, virus y amebas, y ha tenido una gran incidencia en el aumento de la esperanza de vida en los países desarrollados durante el siglo XX. En Estados Unidos, por ejemplo, las enfermedades bacterianas del agua, como la fiebre tifoidea y el cólera, pasaron a mejor vida cuando se cloro el agua potable. Como el cloro permanece en el agua después del punto inicial, sigue combatiendo la contaminación ante la eventualidad de fugas en las tuberías.

El cloro que se aplica para desinfectar el agua puede reaccionar con los compuestos orgánicos de esta y produce trihalometanos y ácidos haloacéticos que son cancerígenos. Sin embargo, este riesgo es bajo si se compara con el de las enfermedades transportadas por el agua. Las alternativas a la cloración son la desinfección como ozono, la cloraminas y la luz ultravioleta.

Según un portavoz de Darnall Army Medical Center,

podemos afirmar que se han salvado más vidas y prevenido más enfermedades con la contribución de Darnall a las aguas saneadas que con cualquier otro logro de la medicina.

La jeringa hipodérmica

La jeringa no es más que un émbolo dentro de un tubo. Al subir o bajar el émbolo, el líquido asciende por la jeringa o se expulsa. Antes de inventarse la aguja hipodérmica (del griego hypos, «debajo», y dermis «piel»), o hueca, ya se usaban jeringas para inyectar líquidos en los orificios naturales del cuerpo o en aberturas creadas por los cirujanos. El árabe Ammar ibn Ali de Mosul (c. 1000) usó una jeringa para succionar y extraer cataratas blandas.

En 1853, el cirujano francés Charles Pravaz fue uno de los primeros en utilizar una jeringa con aguja hueca lo suficientemente fina como para penetrar en la piel y administrar inyecciones. El instrumento era de plata y expulsaba el líquido por medio de un mecanismo de tornillo, y no con un émbolo como las actuales.

El médico escocés Alexander Wood creó un instrumento similar y fue el primero en inyectar un analgésico, concretamente morfina, a un paciente. Es paradójico que la mujer de Wood, conocida como la primera adicta a la morfina intravenosa, muriera de una sobredosis administrada con la invención de su marido. La morfina inyectada se popularizó entre la gente rica y se fabricaron estuches comprendería para que las señoras elegantes tuvieran su adicción siempre a mano.

A pesar de la incontable cantidad de drogadictos que ha habido siempre, la jeringa es un extraordinario avance médico. Los doctores inyectan anestésicos y vacunas. Los dentistas administran anestesia en sus procedimientos. Las jeringuillas con agujas cortas sirven para inyectar insulina. Actualmente, las agujas hipodérmicas son desechables, lo que evita tener que esterilizarlas.

El cirujano estadounidense William Halsted con uno de los primeros en emplear jeringas para bloquear los nervios durante las operaciones de hernias inguinales. Entre 1885 y 1886 realizó más de 2000 intervenciones quirúrgicas distintas con anestesia local. En opinión de los escritores A. Martin Duce y F. López Hernández, el descubrimiento de Halsted fue un punto de inflexión en la cirugía. Libró del dolor operatorio a los pacientes y permitió que los cirujanos exploras en técnicas más allá del umbral de la resistencia humana.

Trasplante de médula ósea

De las células inmaduras llamadas «células madre hematopoyéticas» (HSC por sus siglas inglesas), encargada de fabricar sangre, la mayor parte se encuentra en la médula de los huesos, pero también las hay en la sangre periférica que circula por todo el cuerpo.

Una célula madre es una célula capaz de renovarse a sí misma por división celular y generar otras clases de células especializadas. Las células madre totipotentes (como las de los óvulos fertilizados) pueden dividirse y producir todas las células diferenciadas de un organismo. Las células madre pluripotentes dan origen a cualquier tipo de célula del feto o del adulto, pero no pueden transformarse en ninguno de ellos porque son incapaces de crear tejido extra embrionario como la placenta. Las células madre histoespecíficas (como las HCS) suelen originar una cantidad limitada de tipos celulares. Por ejemplo, pueden formar glóbulos blancos (combaten las infecciones), glóbulos rojos (transportan el oxígeno) y plaquetas (favorecen la coagulación para que las heridas cicatricen). Diversos órganos, como el hígado, tienen células madres durmientes que se activan cuando se produce una lesión y se necesitan células nuevas.

Un paciente con leucemia –cáncer de la sangre o de la médula– produce una cantidad excesiva de glóbulos blancos anormales. En un trasplante de médula ósea, los médicos «recomponen» la médula destruyendo la parte anormal por medio de quimioterapia o radiaciones, y luego inyectan células madre de un donante sano en los vasos sanguíneos receptores. Las células inyectadas llegan hasta la médula ósea del paciente. A veces se pueden usar células madre sanas del paciente mismo, pero si se extraen de otro donante se debe controlar la compatibilidad antigénica para reducir la enfermedad injerto-contra-huésped, en la que las células del donante ataca los tejidos del receptor. En 1956, el médico estadounidense y Premio Nobel Edward Donnall Thomas realizó el primer trasplante exitoso de médula ósea en un paciente que recibió médula sana de su hermano gemelo. La médula donada generó células sanguíneas sanas e inmunes y la enfermedad remitió.

María Tifoidea

El encarcelamiento, en 1907, de María Tifoidea (Typhoid Mary en inglés) marca un hito importante en la medicina: no sólo fue la primera persona aparentemente sana que se encarcela por propagar una «epidemia» en Estados Unidos; además, su caso plantea preguntas importantes sobre el papel que cumple la sociedad al imponer el confinamiento de por vida a los portadores de enfermedades.

La fiebre tifoidea es una enfermedad presente en todo el mundo y que se trasmite al tomar alimentos o agua contaminados con heces que contienen la bacteria Salmonella typhi. Los síntomas suelen ser fiebre alta, diarrea o estreñimiento, perforación intestinal y, en casos graves, la muerte. La cloración del agua potable ha reducido su incidencia en los países occidentales, además de contar con diversos tratamientos anti bacterianos. De personas que pueden estar y ser contagiosas sin presentar síntomas. La más famosa de estos «portadores» fue Mary Mallon, más conocida como María Tifoidea o María la Tifosa.

Mary nació en Irlanda y emigró a Estados Unidos cuando era adolescente; con el tiempo fue cocinera de las élites sociales de Nueva York. En 1906, el ingeniero sanitario George Soper descubrió que en las casas en que trabajaba Mary aparecía con frecuencia brotes de tifoidea. Soper pidió a la mujer una muestra de sus heces, a lo que ella respondió con un cuchillo. Finalmente, los médicos confirmaron que Mary era portadora de la tifoidea y, en 1907, la confinaron en una casita de North Brother Island en medio del East River, cerca del Bronx. La liberaron en 1910 y le prohibieron volver a trabajar como cocinera, prohibición que ella no respetó, causando nuevos brotes de la enfermedad. Cuando se conoció el problema de Mary, una caricatura de un periódico le atribuyó más de cincuenta casos de tifoidea, pero es probable que hubiera infectado a más personas. Volvieron a confinarla en la isla, donde pasó el resto de su vida. Su caso suscitó muchas discusiones y ayudó a establecer el papel de la epidemiología en la salud pública.