El arte de no decir que si

El arte de no decir que si
Un antiguo refrán castellano dice: «Por la boca muere el pez». Y se podría decir que por la boca se salva, pues muchas situaciones comprometidas se pueden salvar gracias a las palabras que se han sabido decir.

Y, por encima de todo, es cierto que muchos de nuestros contratiempos surgen como consecuencia de ver dicho que si cuando otro quería que dijéramos que sí.

El «sí» sobreviene cualquier momento de la conversación y es como una firma al pie de un escrito. Es la conformidad a un compromiso que otro propone, una palabra dada que, si se cumple, será seguramente en beneficio ajeno.

Las consecuencias lógicas de un «sí» cualquiera pueden ser desagradables y, por lo mismo, el que llega a ser maestro en el arte de no decir que si se hallara como acorazado en la guerra de palabras e influencias que supone la vida diaria de relación.

¿Qué se propone este señor?
Si, este señor que está hablando contigo, ¿qué se propone? Si no se trata de un mero diálogo circunstancial, seguro que este señor se propone que le digas que sí. Quiere arrancar en ti esta afirmación. Quiere que tú accedas.

Piensa, que mucha gente vive de que los otros les digan que sí. Existen libros que enseñan arrancar a los otros este sí comprometedor, que pone en una clara situación de inferioridad al que lo pronuncia.

Una regla precisa
Una regla precisa en el arte de influir en los otros es esta:

empieza siempre por hacer decir al otro que sí, aunque no sea precisamente en el tema principal que ha de ser objeto de la conversación.

Es decir: empieza por someter a la tuya la voluntad del otro, por hacerle reconocer esta sumisión, por eliminar esta primera defensa enérgica que es el no.

Mejor será que en tus conversaciones tenga siempre presente la regla del párrafo anterior. No sólo en las conversaciones de la que tú eres el elemento activo, sino en aquellas de las que él es el elemento pasivo. En las primeras, para arrancar este sí inicial al adversario; en las segundas, para no pronunciarlo jamás sino después de estar totalmente seguro de que el nuevo estado de cosas creado por tu afirmación no será para ti un contratiempo.

El arrepentimiento siempre llega demasiado tarde
¡Cuántas veces, es inmediatamente después de haber dicho que sí, ya te arrepientes y dirías que no! Pero temes quedar mal y no te des mientes. Nada cuesta tanto como decir que no después de haber dicho que sí. Equivale a ganarse reputación de ser poco consecuente, a dar motivo a los otros para que digan que cambias de opinión como de camisa.

Cuatro reglas maravillosas
  1. Antes de decir que sí, piensa bien las consecuencias lógicas de tu afirmación
  2. Antes de decir que sí, y de todas las explicaciones y las aclaraciones que creas necesarias, aunque sólo sea para ganar tiempo. Nunca digas que si sin hacer repetir la proposición. Finge que la primera vez no las he entendido bien. Y así, mientras te dan explicaciones tienes tiempo para reflexionar y tomarle la medida al compromiso que adquirirás si dices sí
  3. Vacila ostensiblemente, de manera que el otro se dé cuenta de tu vacilación. Así intentará convencerte, hablará más y conocerás mejor el alcance de su intención.
  4. En un último caso y para cerrar la conversación, sustituir el sí por un adverbio de duda: quizá, tal vez, acaso, o por una aceptación condicionada o, aún mejor, aplazada sine díe. Si el otro es terco y dice sencillamente que no, te expones a que su insistencia la conversación interminable. No olvides que las conversaciones en las que uno tiene el propósito de convencer a otro se declara más o menos persuadido. En principio, dar la razón a otro es una de las fórmulas que más breves, sutiles y ligeras hacen las conversaciones.